LA HIJA DEL LECTOR

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(Para Carlota)

 

También yo leí para mi hija, como tantos otros, pero no quise tener la paciencia de esperar a que ella pudiera entenderme, entender los cuentos destinados a la infancia, no, no quise ni la paciencia ni leer aquellos cuentos aborrecibles de princesas, ranitas, ogros, príncipes, brujas, hadas y demás crueldades literarias; lo que hice a cambio es leer para ella cuando sólo era un bebé casi a punto de ser destetada: con un brazo la sostenía a ella, con la mano su biberón, y con la otra pasaba las páginas de un solo libro, se lo leía una y otra vez, noche tras noche, pasaba de la última página a la primera página sin solución de continuidad. Leía y leía mientras ella comía y escuchaba. Escuchaba. Porque yo sabía y sé que escuchaba las bellas palabras que iban desgranándose en el fondo de su mente a fuerza de repetirlas, lo mismo que el alimento fortalecía su cuerpecito a fuerza de tomarlo y tomarlo. Y ni siquiera pensé qué libro leería a mi pequeña: lo supe desde el primer día en que su madre me dejó ¡por fin! darle el biberón para descansar al menos una de las tomas diarias de su pecho, así que tenía en un brazo a la niña y el el otro un libro: Prosa del Observatorio, no podía ser otro o quizá sí, pero no fue otro. Y era un tiempo plácido, cálido y plácido, un mundo para tres: ella,que escuchaba desde lo profundo de su sueño lácteo, el libro, y yo, el lector, un mundo como una burbuja que flota ingrávida en el espacio, que pervive en el tiempo de todos los universos.

Y así, ella, mi pequeña hija oyó por primera vez la palabra hialino, que quedó enterrada en su propio océano, pero no sólo esa, sino también ictiólogo y anguilas, orificio, amor y sargazos, y esas palabras iban depositándose como limo en su profundo al igual que todo resto que la mar recoge y va delicadamente dejando en el suyo. Pero yo seguía leyendo, noche tras noche, biberón tras biberón, sueño tras sueño, y las palabras seguían cayendo: platea, observatorio, migración, bibliotecas, estrellas, y yo seguro, convencido de que aquellas palabras quedarían allí, en el profundo de mi hija esperando despertar algún día, emerger sin brusquedad a la superficie oceánica de la inteligencia de mi hija: Palabras durmientes. Palabras que esperaban mientras ella se alimentaba y yo seguía leyendo una y otra vez, y así, sin saberlo, supo del anillo de Moebius y de las mensuras estelares, y de que se puede correr inmóvilmente: eso sucedía en esas noches que eran una sola noche circular, una noche que yo hubiera querido, que pensaba mientras leía, interminable, y leía: medusas, plancton, leviatán, Kraken, cerveza, monotonía, singladura y Elsinor, y ella seguía absorbiendo, pensaba yo, y absorbiendo, y haciendo cierto que cuando el estómago está satisfecho la mente se libera, pensaba yo, que cuando llegaba al final del libro suspiraba sabiendo que mañana abriría el mismo y comenzaría de nuevo, para que ella supiese sin saber de las miríadas microscópicas y de Baudelaire y de la atracción sigilosa de la luna y el sol atrayendo y rechazando el pecho verde de las aguas, y yo seguro de que así sucedía  mientras la seguridad  de su cuerpo mínimo sostenido por mi brazo me insuflaba la seguridad que casi no necesitaba; puede que la lluvia estuviera fuera o una luna enorme invadiendo la habitación alumbrada tan solo por la solitaria luz de leer, no lo sé: nada del exterior me importaba, nada turbaba la serenidad que mi niña transmitía. Así son las burbujas, y en aquella, mi hija iba sabiendo sin saber de leptocéfalos y farallones y morse y angulas y supo sin saber que Marzo è pazo y que las palabras que explican la saga de las angulas son dulces e hipnóticas o que existen espejos fusiformes y octopus, y también que las anguilas ya pescadas tardan mucho en morir porque sus estrechas branquias guardan una reserva de agua y también que salen del agua e invaden huertos y vergeles y cazan caracoles y gusanos y guisantes. E iban pasando las noches y las páginas y las vueltas al comienzo y los biberones y el precioso halo de serenidad y ternura, y sin embargo nada pasaba, nada se movía, nada sonaba en la burbuja: el tiempo se había detenido mientras ella, mi niña, escuchaba sin escuchar, absorbía palabras e imágenes de un mundo que viviría, leería, escucharía, aprehendería, sabría sin saber que en las rampas de los observatorios las vastas curvas de senos y muslos ceden sus derroteros de delicia a una mirada, y también sin saber supo que Remedio Varo había sido una pintora y posó en el fondo de su océano la palabra sístole, que quedó dormida hasta poder emparejarse con su contraria mucho más tarde, y así, también, en ese mismo fondo en el que residen los sueños quedó dormida la diferencia entre águilas y anguilas consistente en una esdrújula y una consonante, y el tiempo que no pasaba seguía pasando de noches en noches repetidas, idénticas, noches de una intimidad irrepetible en las que las palabras del libro iban icásticas depositándose en la memoria remota de mi hija, y por eso se enteró sin enterarse de la existencia de lágrimas cibernéticas y de que sólo teniendo agua se dejará de tener sed o de que los astros son mensurables, o que se puede ver desde lejos como en un tango a esa mujer que nos llenó la vida de espejos rotos y de nostalgias estructuralistas. Y sabe, mientras se aferra con sus pequeñas manitas a la tetilla del biberón, o supo ya entonces, que una de las calidades del ciudadano medio es el sonambulismo, y también que la escuela y el ejército y los curas harán lo suyo, y que la revolución es un mar de trigo en el viento (y que lo viejo pervive en lo nuevo). Y mientras el pasado y el presente y el futuro se unían en los párpados cerrados de mi hija, la voz del tiempo suspenso me iba susurrando que ya faltaba poco, poco, para que todo volviese al movimiento, para que el futuro desplazase al pasado y al presente, para que las cosas sucedieran, pero tras los cerrados párpados las palabras seguían instilándose en el gran océano de mi niña para que, quedando en sus fondos de limo y montañas marinas su vida futura las recogiese, reconociéndolas, amándolas y que ese amor por las palabras un día escuchadas, conocidas sin ser conocidas, varadas como pecios con vocación de resurgencia haría de su vida una aventura única, compartida y emocionante, porque ya sabría (sin saberlo) que no hemos aprendido a hacer el amor, a respirar el polen de la vida, a despojar a la muerte de su traje de culpas y deudas, de la misma manera que supo sin saber (y hoy estará sabiendo) que dejaremos atrás una ciencia y una política a nivel de caspa, de bandera, de lenguaje, de sexo encadenado; desde lo abierto acabaremos con la prisión del hombre y la injusticia y el enajenamiento y la colonización y los dividendos y Reuter y lo que sigue. Esas mugres que nos atenazan.

Y yo, que sabía sin saber, que quería sin atreverme a soñar del todo, hoy sé -estoy seguro- de que aquellas noches-palabras, aquellos pecios ascienden, han ascendido a la superficie, pero no como buques fantasmas sino como realidades, conocimiento y ansias de vivir, ansias que se reflejan como los infinitos brillos de la mar amanecida en los ojos -definitivamente abiertos- de mi hija.

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UNA LÁPIDA

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(Dedicado a Marisa Caballero, amiga en las redes, que excitó mi memoria con este resultado)
Una serie de circunstancias me han recordado un pequeño cementerio de una remota aldea en la Montaña leonesa (me cuidaré de nombrarla: aún no hay turistas) a la que solía ir en coche para -desde allí- caminar en otoño por los antiguos bosques y las praderas encumbradas. Pues bien, una tarde, ya de vuelta de mi paseo montañero y después de una sustanciosa comida en la única taberna daba yo una vuelta para ir evaporando la jarra sobrada de recio vino que me había aplicado, cuando di en el pequeño cementerio, uno de esos de antes, anexos a la iglesia parroquial y, mientras distraídamente respiraba el fresco aire otoñal, una de aquellas lápidas cubiertas de musgo me llamó la atención porque tenía, además de nombre y fechas, un pequeño texto.
Me acerqué y leí:
                                                   JUAN DE DIOS
         Naciste en ***** (a tantos de tantos de mil novecientos tantos) y tuviste a bien         dejarme sola en esta parroquia recientemente (y la fecha)
                                           BUEN VIENTO TE LLEVE
Tu esposa agradecida
Me picó la curiosidad, claro, así que me acerque a la casa cural, al otro muro de la iglesia donde, al sonido de la aldaba, me abrió el anciano párroco que me hizo pasar a su casa de un intenso olor de col rancia y me invitó a un café mientras yo le contaba el objeto de mi visita.
-Esa es la Juana, se fue del pueblo después de vender casa y tierras que le dejó el marido, que no eran pocas, y el ganado y entrar en poder de los ahorros del marido, algo tacaño. Nunca volvió.
-¿Pero esa lápida, esa frase?
-¿Buen viento te lleve?
-Sí y lo de tu esposa agradecida, que ahora que ha descrito esa cualidad del difunto me interesa aún más.
-Bueno, no sé si debería contarle… ¿Le apetece una copita de licor de fresas? Lo hace la mujer que cuida de mis cosas.
-Acepté encantado, además ya no sentía la peste a col mientras escuchaba hablar al párroco de cosas del pueblo, de sus montes y tradiciones, más de los muertos que de los vivos, pues era anciano; iba de los Cerros de Úbeda a los Montes de Oca sin solución de continuidad. Pero yo soy paciente cuando me cuentan cosas: me gusta escuchar. Al fin, volvió al mundo.
-Sobre la Juana…, pues no sé si debería contarte estas cosas, pero en fin, Dios nuestro señor ya se llevó al marido y la Juana no va a volver nunca aquí, era una mujer hermosa y dulce, no muy devota, he de decirlo, pero sin grandes pecados y fiel esposa. Aguantó al marido, como Dios quiere y la Iglesia predica, con paciencia constante, y le puedo decir que con ello ya se ha ganado su parte de cielo.
-¿Está seguro? me atreví a interrumpirle
-Era mala gente bajó algo la voz con un gesto que recorría las paredes-, mucho mató en la guerra, mucho mató y mucho robó a sus vecinos fusilados por él mismo. Fue comandante del puesto de la Guardia Civil de **** a pocos kilómetros de aquí, luego se casó con la Juana que era hija de labradores pobres a los que mataron en la guerra y se vino aquí -susurró-, un borracho. La pegaba a la cuitada -una lágrima le rodó por la enjuta mejilla-, La pegaba día sí y día también. Dios sabrá perdonar, tendrá que perdonar a la Juana de todo lo que haga en su vida venidera y, sobre todo, de alegrarse de la muerte del marido y ponerlo por escrito en tierra sagrada.
Pero para quitar esa lápida tendrán que pasar por encima de mi cadáver.

GATOS

He subido a la mansarda; estoy sentado en mi sillón con un libro en las manos: espero el ligero sopor posprandial.

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En el tejado de enfrente veo los repugnantes gatos: su indecente molicie al sol. Me producen un horror inefable.   accidente-harina-gato-demonio-3

Una sombra se agranda en el cielo; los gatos despiertan; con ojos de asombro la observan y comienzan a moverse inquietos.

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El águila (adalberti) cae como un rayo, atrapa a uno de esos demonios, le parte con un movimiento convulso el espinazo.

Con el cuerpo desmayado asciende a las alturas: “Uno menos”, pienso, y en ese momento se oye una tremenda explosión: entonces despierto.

El libro despatarrado en el suelo.

LA FORJA DE UN REBELDE

Es cierto que hay que leer a Galdós para entender nuestra historia pasada: las llamas de ayer, los rescoldos de hoy, pero hay otras llamas entre aquellas y estos, y esas las describe a la perfección otro escritor aún menos leído que Galdós y no menos importante: Arturo Barea (Badajoz, 1897-Faringdon (UK), 1957)
No voy a escribir un artículo sobre Barea sino tan sólo comentaré o entresacaré sucintamente algunos textos de su trilogía autobiográfica titulada La forja de un rebelde en sus partes La Forja (1941), La Ruta (1943) y La llama (1946)  publicada en Inglaterra, en el exilio, y por primera vez en castellano, en 1951, en Buenos Aires. En España apareció mucho más tarde, claro, en 1977, por Turner, que es la edición que conservo yo en mi casa; en realidad, tengo dos, la del 77 y la de 1984 (también de Turner) porque el deterioro de la primera hacía ya poco manejable su lectura.
En la primera, La Forja, describe su niñez en Madrid adonde su madre, viuda, lleva a sus cuatro hijos viviendo en un tugurio del Avapiés (Lavapiés actual) y trabajando ella de lavandera. Describe sus estudios en las escuelas pías, su imposibilidad de continuar los estudios estando muy bien dotado para ello, sus primeros trabajos: como recadista sin salario de un banco, aprendiz, oficinas…
El segundo título, La Ruta, trata del servicio militar en Marruecos donde describe a la perfección el ambiente de corrupción militar, siendo la única idea desde el último cabo hasta los generales, el enriquecerse mediante el expolio a los recursos del ejército y de los soldados reclutados obligatoriamente (a no ser que, como en Cuba pudieran pagar su exención del servicio). Describe muy plásticamente a personajes como Millán Astray o Franco en sus ansias de poder y su corrupción.
El tercero, La Llama, nos sitúa ya en el fallido golpe de estado de los generales y la consiguiente rebelión armada que devino en guerra civil. Su descripción es tan valiosa como precisa puesto que Barea lo ve todo -todo- y todo lo guarda y lo traspasa al papel, de ahí que quien realmente quiera saber qué pasó ha de leer La Llama, pero para entender La Llama, el lenguaje y discurso de Barea tendrá que leer los dos anteriores. Y por orden. Porque Barea tiene algo muy valioso: su honradez: nada escapa a su memoria y nada oculta al lector -ni a la historia-, pero además, Barea es un hombre muy inteligente y con el don del relato, pero su imposibilidad de seguir estudios académicos le convierte en un autodidacta, lo cual le hacer recurrir al lenguaje popular y eso hace de su relato algo precioso (de precio) sobre todo en su primer libro, ese en el que la miseria y la precariedad de la clase trabajadora española se describe tan plásticamente.
Y, por cierto que tanto se va pareciendo a la actual, y si no leed esto que extraigo (La Forja, pp. 264, 265):
-En los anuncios de El Liberal venía hoy buen anuncio: “Se necesita un contable. Empleo fijo” Aunque ya sé que ninguna oficina abre hasta las nueve de la mañana por lo menos, me fui allí a las ocho y media. Estaban ya cinco antes que yo.(…) A las diez había lo menos doscientos desde la puerta del primer piso hasta la mitad de la calle. Nos mandaron entrar a los diez primeros (…) Al lado hay una habitación con un mostrador el dueño, y allí se metió el dueño de la casa con el primero  (…) Lo empezó a preguntar su nombre, dónde había trabajado, etcétera
(…) El hombre trabajaba bien. Se veía que era un empleado que conocía su oficio (…)
-Bien, me gusta (…) ¿Cuánto quiere ganar usted?
– Lo que la casa tenga por costumbre pagar por el puesto.
No, no (…) dígame cuáles son sus aspiraciones.
Pues mire usted como contable en una casa así, de la importancia de la suya, no estaría mal unos sesenta duros al mes.
-¿Trescientas pesetas? ¡Usted está loco! ¡Trescientas pesetas! No amigo mío; éste es un negocio modesto (…) A ver, el segundo.
– Señor, aunque fuera menos, me podría quedar
– No, no, de ninguna manera (…)
Se volvió al segundo con una risita:
-¿Usted también tendrá pretensiones?
-Con treinta duros me arreglaría: llevo sin trabajar tres meses.
Entonces el sexto, un muchacho muy fino con lentes de oro, se levantó:
Yo soy perito mercantil y poseo el francés y el alemán, cosa que a usted puede interesarle. A Dios gracias no necesito sueldo para vivir. Así que para tener para mis pequeños vicios no necesito nada más.
(…)
-La plaza está cubierta -nos dijo a todos-. Y usted desde mañana puede venir a trabajar. Le daré cien pesetas al mes, y ya veremos más adelante cómo van las cosas…
¿No os suena esto? Lo que ya no suena igual es cómo sigue, pero para eso habrá que leer el libro.
Repito: La cualidad más conspicua de esta trilogía, de la prosa de Barea es su sinceridad y su testimonio de primera mano siempre acompañada por un lenguaje económico: apenas hay adornos ni metáforas que oculten la realidad.
Por ejemplo, en la parte en que se habla de la corrupción en la campaña de Marruecos, del enriquecimiento de los militares desde el último sargento hasta el más encumbrado general, no se utiliza un lenguaje panfletario ni nada por el estilo, sino los hechos sencillos del robo cotidiano y de cómo hacerlo:
(…)
-No parece ser muy difícil.
No. Esto no es difícil. Un estado de cuentas se manda cada mes al Tribunal de Cuentas, donde lo aprueban y lo archivan. Y el punto es que bajo ningún concepto tiene nunca que ser rechazado un estado de cuentas. Para eso, cada anotación debe tener su comprobante correspondiente. Y aquí tiene usted la llave más importante de nuestra contabilidad: EL COMPROBANTE.No hay comprobante, no hay dinero. Esta es la regla.
Tampoco eso me parece muy difícil.
– Ah, pero es difícil. La cuestión del comprobante es la más difícil de todas. Voy a darle un ejemplo y verá usted por qué: De acuerdo con el presupuesto, cada soldado tiene derecho a un par de alpargatas cada tres meses. Cuando se le dan sus alpargatas, se le anota en su hoja de vestuario. Eso sirve de prueba de que las ha recibido y ya no puede reclamar otro par. Ahora bien, la compañía tiene cien hombres, y cada tres meses Intendencia da cien pares de alpargatas para la compañía. El suboficial de la compañía firma un recibo por estos cien pares. Eso prueba que la compañía ha recibido sus cien pares y no puede reclamarlas más.El depósito de Intendencia precisa cada año, digamos ochenta mil pares de alpargatas. Se da la orden al almacenista o al fabricante, e Intendencia firma el recibo de estos pares, con lo cual el fabricante se presenta a cobrar su dinero. Nadie puede hacer una reclamación porque, como usted ve, cada uno tiene su comprobante.
(…)
Pocas alpargatas duran tres meses. Si un soldado pide otro par, después de uno o dos meses, se le dan las alpargatas, pero el coste se le descuenta de su haber. El coste total, no la cantidad proporcional al tiempo que le falta hasta que le den nuevas alpargatas. Cuando debía corresponderle un nuevo par de alpargatas, el soldado espera y espera, hasta que el cabo se decide a pedírselas al suboficial.
-Pero hombre, ¡te han dado alpargatas a primeros de mes!
-No señor -dice el soldado.
-¿Cómo que no? Mira la hoja del vestuario, tus alpargatas están tachadas. Pero en fin, si no estás conforme, reclámaselas al capitán.
 Claro es que ningún soldado es tan idiota que vaya a quejarse del suboficial, pero como realmente necesita otras alpargatas, se calla y las pide a descuento.
Es decir, que a la corta o a la larga cada soldado se paga sus alpargatas.
(…)
Y de esta forma se sigue explicando cómo se sacan los dineros del soldado, por una parte y del Estado por la otra: Hay mucho que repartir. Y cualquiera que haya pasado por el servicio militar obligatorio y no las pasara papando moscas podrá contar cómo se sacaban cantidades ingentes de dinero simplemente en el abasto de las cocinas: El Ejército es una enorme fuente de corrupción. Y no sólo en España, pero en España vivimos nosotros.
En el último volumen de la trilogía, La Llama, Barea describe, como siempre sólo aquello de lo que es testigo directo, en este caso, la Batalla de Madrid desde la rebelión de los generales africanos hasta su salida, primero a París y más tarde a Londres. También como siempre cuenta los hechos de manera neutra (no neutral, entiéndase), es decir: a pesar de militar él mismo en la UGT, no esconde hechos que siendo indecentes no por ello fueron menos ciertos; asimismo coloca en su justo campo ecológico la quema de algunas iglesias de Madrid.
Extraigo tan sólo dos párrafos de las 416 páginas del volumen: poco, es cierto, pero da una idea general y no quisiera pecar de prolijo en un pequeño artículo que sólo pretende avivar el deseo de lectura en quienes tienen a bien leerme. El primero procede de la página 250 de la edición citada:
Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos  y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que el que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que carne de cañon del fascismo. Los otros, los herederos de la casta que habían regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era cuestión de teorías politices, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede tener tan poca vergüenza de sí mismo?
La verdad: no queda mucho -nada- que comentar a estas palabras que son un grito de agonía para un pacifista, y es que la verdad, la Verdad fue ésa: Los generales africanos amaban su propia podredumbre y no hallaron otro medio para seguir en ella y aumentarla que servir de sicarios a la clase dominante en España: caciques, nobles (¿qué nobleza?) e Iglesia católica. Y eso hicieron.
El siguiente párrafo que entresaco (Op.cit.: pp. 356, 357), Barea ha acudido al padre Lobo (no en confesión litúrgica: Barea no es creyente), un amigo, con el fin de desahogar su pena o su dolor o ambas cosas, pero Lobo no le contesta como esperaba (esta aparición de un cura en el relato lo hace aún más creíble y certero):
-¿Y tú, quién eres? ¿Quién te da a ti el derecho a erigirte en juez universal? Lo único que tú quieres es justificar tu miedo y tu cobardía. Tú eres bueno, pero quieres que todos sean buenos también, para que el ser bueno no te cueste ningún trabajo y sea un placer. Tú no tienes el coraje de predicar en lo que crees en medio de la calle, porque te fusilarían. Y como una justificación de este miedo, echas la culpa a los otros. Tú crees que eres decente y que piensas limpiamente, e intentas contármelo a mí y a ti mismo, afirmando que lo que pasa a los otros es culpa tuya y los dolores que tú sufres también. Te has unido a esa mujer, a Ilsa, contra todo y contra todos. Vas con ella del brazo y la llamas “mi mujer”. Y todos pueden ver que es verdad, que estáis enamorados uno del otro y que juntos sois completos. Ninguno de nosotros nos atrevemos a llamas a Ilsa tu querida, porque vemos que es tu mujer. Es verdad que habéis hecho daño a otros -a tus gentes-, y justo es que sufras por ello. ¿Pero te das cuenta de que también has sembrado una buena semilla? ¿Te das cuenta de que cientos de gentes que desesperan de encontrar jamás lo que se llama amor os miran y aprenden a creer  que existe y es verdad, y que pueden tener esperanza? Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta hablar y están aprendiendo lo que significa la hermandad entre  hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se os habrá despertado la voluntad. Todos tenemos nuestro trabajo que hacer, así, que haz el tuyo en lugar de hablar de un mundo que no te sigue. Sufre y aguántate, pero no te encierres en ti mismo y comiences a dar vueltas dentro. Habla y escribe lo que tú creas que sabes, lo que has visto y pensado, cuéntalo honradamente con toda tu verdad. No hagas programas en los que no crees, y no mientas. Di lo que has pensado y lo que has visto y deja a los demás que, oyéndote o leyéndote, se sientan arrastrados a decir tu verdad también. Y entonces dejarás de sufrir ese dolor de que te quejas.
Es este párrafo el que me ha impelido a redactar el artículo, no sólo porque comparta sus ideas siendo como soy un acérrimo enemigo de la pena de muerte, sino porque es una muestra de sinceridad literaria y autobiográfica, de sencillez para explicar lo complicado. De Verdad, en dos palabras, así que nada más tengo que decir sino recomendar la lectura de esta trilogía, que es un espejo en el que mirarse en completa desnudez.
Vale.
PENSAMIENTOS DIVAGANTES EN TORNO A UN LIBRO

PENSAMIENTOS DIVAGANTES EN TORNO A UN LIBRO

Casi siempre, cada vez que recomiendo un libro o un autor, y alguien, leyéndolo, guste de él y lo comente aquí, en FB o donde sea, casi siempre, digo, me apetece tomar al autor de nuevo y darle un repaso en lectura azarosa, un golpecito en la espalda -el lomo del libro-, como agradeciendo su existencia.
En este caso ha sido Primo Levi, de quien comenté hace poco su Sistema periódico; no he tomado ese libro sino Si questo é un huomo (1947), (Si esto es un hombre (1987), publicada por primera vez (con poco éxito) en 1947, por segunda, en 1958 y, por fin, ya con el reconocimiento internacional, en 1963.
Me hablaron de ella, por primera vez en Italia en el ’66 (lo mismo me pasó con Lorca: lo conocí en Italia antes que en España por razones obvias). A Italia viajé, a Valconasso (Piacenza) entonces, en un programa de ayuda internacional en la reconstrucción de Europa que se llamaba Compagni di costruzione (compañeros constructores), promovida por el Partido comunista italiano. Allí conocí a Silvia Zoratti, que venía de Údine, al Nordeste de Venecia y Noroeste de Trieste, comunista convencida, algo mayor que yo y encantador recuerdo: Fue ella la que me introdujo a Levi, a Pitigrilli (aquel que oportunamente escribió: “La estadística es una ciencia según la cual todas las mentiras se tornan cuadros”), a Pirandello y a… Lorca. Tenía yo quince años aquel precioso verano, al que ella llamó Emilio.
Leo pues alguna frase suelta de Levi en este libro de los horrores de los Lager nazis, pero también esperanzador dentro de ciertos límites, ésta, por ejemplo:
No creo en la más obvia y fácil deducción: que el hombre es fundamentalmente brutal, egoísta y estúpido tal y como se comporta cuando toda superestructura civil es eliminada. y que el “Häftling” no es más que un hombre sin inhibiciones. Pienso más bien que, frente a la necesidad y el malestar físico oprimente, muchas costumbres e instintos sociales son reducidos al silencio.
En sí, estas palabras borran de la memoria la reducción tan conocida Homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre, y mal traducida como ‘El hombre es un lobo para el hombre’), frase que debemos, no a Rousseau, como pretenden los libros de texto habituales, sino a Plauto (254-184 a. E.C.) en su obra Asinaria o Comedia de los asnos, aunque la frase completa es más clara y no dice exactamente lo que parece en la reducción que todo el mundo conoce. Ésta: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).
Comentaba hace poco mi amigo Octavio Colis (La vida de mi mujer (2013), La Luna sobre el río (2015),El Éxtasis y la Pasión (2017), Micromujer (2010), etc,  y el inminente El vino, en todos los sentidos, escritor, pintor y sabio de prodigiosa memoria, que no comprendía cómo ya no se estudia latín (desde hace ya tantos años) en el bachiller obligatorio, pero así es: no se estudia, y quedan los estudiantes con una enorme laguna en sus conocimientos que más tarde les pesará, y a los más curiosos, como una losa.

Recuerdo el Trieste (en latín, Tergeste) de 1966, de aquel verano adonde fui después de terminar el trabajo en Valconasso con Silvia como encantadora guía, una ciudad abierta y cosmopolita, la ciudad de mi admirado Claudio Magris (1939) autor de maravillas como Danubio (1986; en España, 1988), Microcosmos (1997; Esp., 2006), Ítaca y más allá (1982; Esp., 1989), Alfabetos (2008; Esp.: 2010), Utopía y desencanto (1999; Esp.: 2004), Lejos de dónde (1971; Esp.: 2002), Así que usted comprenderá (2006; Esp.: 2007) y otros más que ahora no recuerdo y que para recordar tendría que levantarme e ir a las estanterías y no me apetece. La vieja ciudad ilírica de la antigüedad, que fue al principio un mercado (‘terg’) y considerada colonia romana por Julio César, puerto franco desde 1719, que resistió a la italinización posterior a la 1ª guerra mundial. Alessandro Lotta, Italo Svevo, Vladimir Bartol y otros músicos y escritores allí nacieron; James Joyce y Rainer Maria Rilke, allí residieron. Sus calles antiguas, su hermoso ayuntamiento, el rosetón de la catedral bajo cuya luz el cabello de Silvia, sus ojos, brillaban iridiscentes, sus calles de agua…

Claudio Magris

Pero sigo con Levi, con el libro que tengo en las manos, del cual quiero extraer otra cita, ya del final en el que fija algunas de las preguntas que le hicieron aquí y allá en las múltiples conferencias que llegó a dar.
La pregunta fue ésta:
En su libro no hay expresiones de odio hacia los alemanes, ni rencor ni deseo de venganza. ¿Los ha perdonado?
Y ésta es la respuesta (a la que siempre me he adherido):
Por naturaleza el odio no me viene fácilmente. Lo considero un sentimiento animal y torpe, y prefiero en cambio que mis acciones y mis pensamientos, dentro de lo posible, nazcan de la razón; por ello nunca cultivé en mí mismo el odio como deseo primitivo de revancha, de sufrimiento infligido a mi enemigo real o presunto, de venganza privada. Debo agregar que, por lo que creo percibir, el odio es personal, se dirige a una persona, un hombre, un rostro: pero nuestros perseguidores de entonces no tenían rostro ni nombre, lo demuestran las páginas de este libro: estaban alejados, eran invisibles, inaccesibles. El sistema nazi, prudentemente, hacía que el contacto directo con esclavos y señores se redujese al mínimo (…)

Primo Levi

Por lo demás, en los meses en que este libro fue escrito, en 1946, el nazismo y el fascismo parecían realmente carecer de rostro: parecían haber vuelto a la nada, desvanecidos como un sueño monstruoso, según justicia y mérito, tal como desaparecen los fantasmas al cantar el gallo. ¿cómo habría podido cultivar el rencor, querer la venganza contra un conjunto de fantasmas?
Pocos años después Europa e Italia se dieron cuenta de que se trataba de una ingenua ilusión: el fascismo estaba muy lejos de haber muerto, sólo estaba escondido, enquistado; estaba mutando de piel, para presentarse con piel nueva, algo menos reconocible, algo más respetable, mejor adaptado al nuevo mundo que había salido de la catástrofe de la 2ª Guerra Mundial que el fascismo mismo había provocado. Debo confesar que ante ciertos rostros no nuevos, ante ciertas viejas mentiras, ante ciertas figuras en busca de respetabilidad, ante ciertas indulgencias, ciertas complicidades,la tentación de odiar nace en mí, y hasta con alguna violencia: pero yo no soy fascista, creo en la razón y en la discusión como supremos instrumentos de progreso, y por ello antepongo la justicia al odio. Por esa misma razón, para escribir este libro he usado el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje del vengador (…)
No querría empero que abstenerme de juzgar explícitamente se confundiese con perdón indiscriminado. No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno, a menos que haya demostrado (en los hechos, no en la palabra, y no demasiado tarde) haber cobrado conciencia de las culpas y los errores del fascismo nuestro y extranjero, y que esté decidido a condenarlos, erradicarlos de su conciencia y la conciencia de los demás. En tal caso, sí, un no cristiano como yo, está dispuesto a seguir el precepto judío y cristiano de perdonar a mi enemigo; pero un enemigo que se rectifica ha dejado de ser mi enemigo.
Palabra por palabra, punto por punto comparto estas palabras y como tal las cito aquí, escritas ahora en el país en que nací y vivo, en este país donde el fascismo ni siquiera ha cambiado de cara ni de brutalidad; sólo ha dejado en el arcón de los desvanes el traje azul, los correajes, y no del todo, no tanto. No seré yo quien perdone ni a los antiguos e impunes criminales ni a los actuales, defendidos ahora por grandes cortinones de riqueza acumulada tras setenta años de expolio, de propaganda demagoga y falaz, de la reescritura de la historia bajo el miserable manto de la mentira sistemática y el discriminado reparto de miedo y estupidez.
Y para terminar, pues incluso en el imperdón hay que ser breve, un aviso para los actuales tiempos, en España y en esta Europa injusta, en la que poco a poco la riqueza se acumula en menos manos, en la que los países del sur nos hemos convertido en feudatarios de los del norte, de Alemania exactamente: en vasallos nos están convirtiendo , no en gente libre: A la deuda que acumulamos, le llaman deuda, pero son tributos. Los fascistas están aquí, en los bancos, en las corporaciones, en la industria farmacéutica (por tercera vez), en el Poder escondido, pero cada vez menos, los nazis están aquí, bien trajeados desuniformados, educados y finamente crueles. Nada de gritos, nada de líderes esperpénticos: Ya no les hace falta.
Hay que desconfiar, pues, de quien trata de convencernos con argumentos distintos a la razón, es decir de los jefes carismáticos: hemos de ser cautos en delegar en otros nuestro juicio y nuestra voluntad. Puesto que es difícil distinguir los profetas verdaderos de los falsos, es mejor sospechar de todo profeta; es mejor renunciar a la verdad revelada, por mucho que exalte su simplicidad y esplendor, aunque las hallemos cómodas porque se adquieren gratis. Es mejor conformarse con otras verdades más modestas y menos entusiastas, las que se conquistan con mucho trabajo, poco a poco y sin atajos por el estudio, la discusión y el razonamiento, verdades que pueden ser demostradas y verificadas.
Esto escribe Levi al final del libro, y esto digo yo aquí: Si se acepta todo como verdad sin someter nada a nuestro propio juicio y reflexión seremos unos vagos del intelecto y terminaremos (como ya se está haciendo aquí mismo, en España) dando gritos, seguiremos confundiendo la política necesaria con el fútbol ineducado y patriotero.
INFIERNOS

INFIERNOS

 

Creo que el primero fue Gilgamesh o Bilgamés, un sumerio que solía llevar un león apresado con un brazo (la presa del león, para los que sepan combatir), que era (ya entonces) hijo de cura, Lillah, se llamaba, y de Ninsun, que además de señora era una diosa. Gilgamesh era  -como todos los reyes sin tener en cuenta su carácter- un cabrón, cruel, déspota y codicioso, pero no sólo de riquezas: también de mujeres recién casadas (que no desposadas), a las que aplicaba sin contemplaciones el ius primae noctis. En fin, el infierno de Gilgamesh estaba en el fondo del mar (como Il bar sotto il mare, de Stefano Benni: lo siento, me molan las digresiones) adonde fue en busca la Planta de la Juventud por consejo de Utnapishtin, un vejete que resultó ser el único hombre que sobrevivió al Diluvio (no el de la Biblia que sólo es una copia, sino el genuino: Cómo sobrevivió la Humanidad a partir de un solo hombre sigue siendo un misterio, que ni el de la Trinidad). Más digresiones. Y otra: El héroe, en un exceso de pulcritud, una vez la planta en su poder (y viniendo del mar) le dio por darse un baño, dejó la planta a su lado, pasó por allí una serpiente y se la robó: por eso las serpientes  crecen pero no cambian de forma, sino de piel. ¿Otra digresión? Bueno: Que dice Giovanni Pettinato que Gilgamesh llegó a Uruk y se suicidó ritualmente mediante enterramiento en vida  llevándose con él a ochenta miembros de la corte (esta vez la digresión la podéis hacer vosotras mismas, jeje).

Perséfone también viajó a los infiernos, pero reclamada por Hades y más bien, como turista estacional pues sale y vuelve cada seis meses (paso de Perséfone: me aburre).

Bueno, lo de Orfeo es la repera. Anda que la pelmada que dio al pobre Hades que tan tranquilo estaba pues Perséfone estaba arriba, de vacaciones. Pelmada de órdago. Y cantando en el infierno (¿de qué me suena eso?)… Total para conseguir llevarse a Eurídice con la que acababa de casarse sin tocar pelo; Eurídice era algo lela, así que aún sabiendo que no podría mirar atrás (que es lo que deberíamos hacer todos en vez de añorar un pasado embellecido y falso), fue y miró. Y en el infierno se quedó. Por eso, por lela. Orfeo salió a superficie e inventó las baladas de amor inconstante. Y hasta hoy.

Odiseo (Ulises) también bajó, pero porque era un cotilla, a charlar con Tiresias y gozarse de los muertos dado que él seguía vivo. Volvió con un montón de chismorreos que a él no le sirvieron para nada pero que Homero utilizó para escribir el canto XI de la Odisea.

Y -¿cómo no?- Heracles también hizo su excursión al infierno, pero (es natural) para hacer el bestia: Bajó, se cargó a Cerbero (un tipo asqueroso de tres cabezas) y volvió tan ricamente a romper más cosas hasta que se enamoró de Deyanira y la cagó pero bien.

Teseo y Piritoo también se dieron una vuelta, en plan ligue por Helena y Perséfone (ay, ay) y también la cagaron, bueno, Piritoo más que el otro al que terminó salvando el de arriba, Heracles, que lo mismo valiá para un roto que para un descosido.

Ahí tenéis a  Dante que también se hizo un tripi, lo que pasa que acompañado por Virgilio (el muy pedante) como guía, y también en plan cotilla, más que todo cómo les fue a sus enemigos (mal, claro). Cuando llegó al cielo (Dante no se cortaba un pelo) le acompañaba Beatriz, puesto que como pagano, Virgilio, por más que escribiera un latín estupendo, de cielo, nada: El dios de los cristianos tiene sus cosillas.

Y hablando de cristianos, su jefe, Cristo, también estuvo en los infiernos, pero sólo tres días y sin pena ni gloria pues volvió y en eso estamos. Aunque ahora que lo pienso, ¿cómo iba a estar Cristo que era dios en triunvirato irreversible en el infierno? Ni en el Purgatorio. Y el Limbo lo declararon inexistente hace poco. Vale: lo dejo, que me da la risa y esto va en serio.

Muchos más han estado en los infiernos: Don Quijote, ¿qué pasa? La entrada del infierno en las españas está -lo sabe todo el mundo pero en fin…- en Montesinos, en la cueva de Montesinos cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubre, claro, y allá estuvo el sin par caballero manchego a pesar de los ruegos de Sancho que sensatamente le avisaba: —Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo. Sí, que a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que mazmorra.

Don quijote, al contrario que sus antecesores, en vez de ir a buscar hembra, se encomienda a ella: —¡Oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, solo porque conozca el mundo que si tú me favoreces no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe.

Sancho, que era bien sensato pero no escatimaba admiración por su caballero, al ver que no había más remedio, le animó con hidalguía manchega: —¡Dios te guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz desta vida que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas! Y después de soltar las cien brazas de cabo (soga, dice el libro) y cobrarlo, sin peso hasta las ochenta brazas, emergió a un Don Quijote atónito y mudo hasta que al fin abriendo su digna boca dijo: —Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos.

Y continuó: —¿Infierno le llamáis? —dijo don Quijote—. Pues no le llaméis ansí, porque no lo merece, como luego veréis.

Pero si queréis saber qué vio Don Quijote en el infierno, tendréis que leer, al menos el siguiente capítulo, pillastres, que todos lo nombráis y de leerlo, nada (y pillastras, perdón).

…Como digo muchos más bajaron a los infiernos, unos por esto y otros por aquello. Yo mismo he estado allí, y no quiero contaros (al menos hoy) las cosas que allí vi ni las gentes con las que hablé ni las cosas que aprendí (una sí os apuntaré: ¿no me veis más joven a pesar de los años que tengo?) ni el alivio que tuve al salir y verme vivo y entero, pero sí os diré, queridas mías, que no consta el que a una sola mujer le haya dado por viajar a los infiernos: Está claro que ellas tienen más sentido y no andan por ahí haciendo el capullo ni inventando historias tontas para llegar tarde a casa.

¡Coño, lo olvidaba: aún me queda un viajero más! y eso que es el más reciente, y también (me parece) el más bajito.

Los demás, por las causas que sean, se dan el paseo para buscar mujeres, lograr recompensas, tener visiones del pasado o del futuro, matar o robar o ambas cosas, pero nunca, nunca a tirar la basura, como un marido vulgar de clase media tirando a nada.

De todos los personajes que han bajado a los infiernos y han vuelto para contarlo el más, el más moña, tristón y soso es Frodo Bolsón: joder, qué sufrimiento de tipo, si parece que nació ya mayor (que no alto), y que se fue a los infiernos a tirar un anillo de nada, una bagatela, un ápice, y todo el camino la pasa gimiendo y suspirando porque si pesa mucho, que vaya carga, que no sé si podré, que si esto que si lo otro: Una murga ¿no? Y con esa cara de amargado o de estreñido…

En fin, siento tener que acabar el cuento así; tenía que haberlo nombrado al principio y acabar con don Quijote, de manera que a estas alturas ya habríais olvidado a este tipo tan lamentable.

Hala, sed buenas.

QUÍMICA Y ARTES

El otro día recomendé a un amigo, un libro, pero también lo he hecho  a algunas otras personas aluna de las cuales acabó entusiasmada con la lectura.
Así que hoy hablaremos de:
¡Químicos, jajaja!

Es curioso este denominador común -la química- para dos artistas tan diferentes y tan lejanos: diferentes en su arte y lejanos en la geografía y en el tiempo. Sin embargo ambos personajes eran muy cercanos -aparte del oficio- en sus cualidades personales de bonhomía, término este que ya no se usa porque quizás la bonhomía está pasada de moda y priman más liderazgos más o menos evanescentes, cretinismo y sociopatías.
Uno, músico y el otro, escritor: ambos químicos. Aleksandr Borodin 1833-1887) y Primo Levi (1919-1987): como veis, cien años separan sus muertes y una serie de diferencias, sus vidas.

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Borodin fue hijo ilegítimo (lo mismo que sus dos hermanos) del príncipe Luká Stepánovitch Gedevanishvili y, lo mismo que sus hermanos, fue registrado como hijo de uno de los sirvientes, pero incluido en el testamento, a resultas de lo cual pudo estudiar y llevar una vida acomodada y terminó siendo médico del hospital de la Armada, profesor de química (materia en la que se especializó) en la Academia militar de química, pianista y compositor, aparte de dominar -además de su propia lengua- el francés y el alemán. En el año ’63 fue alumno de Mili Balákirev estando ya casado con la famosa pianista Ekaterina Serguéievna Protopópova. Como me he referido a la bonhomía, os diré que Borodin -muy adelantado a su época- defendió persistentemente los derechos de las mujeres, y no sólo con palabras sino con hechos: fundó la Escuela de Medicina para mujeres en San Petersburgo. Formó parte del Grupo de los cinco o el Gran puñado (Mogúchaya kuchka) con Balákirev, César Cui, Modest Músorgski y Nikolái Rimski-Kórsakov, siendo este último junto con Aleksandr Glazunov quienes acabaron su famosísima ópera”El Príncipe Igor que la muerte dejó inconclusa y de la que extraigo una curiosa versión de las Danzas Polovstianas) debida a la Compañía de ópera de Kirov dirigida por Valeri Guérguiev, música que podréis escuchar mientras leéis (si es que habéis llegado hasta aquí) la noticia siguiente.
Decir tan solo, puesto que los datos de su obra y demás están a mano en cualquier enciclopedia de música o común o en google, que a Borodin (junto con Adolphe Wurtz) deben los químicos la llamada Reacción aldólica muy importante en la química orgánica, y la reacción conocida como Reacción Borodin -Hunsdieker.

Y ahora, vamos con Primo Levi.

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Que aunque nació en el seno de una familia acomodada y liberal no pudo llevar una vida tan cómoda como la de Borodin ¿Y eso?, se preguntará alguien: pues porque era judío, claro y se licenció en Química justo en 1941, así que -por su condición, pero sobre todo por la maldad y estupidez del régimen fascista- le costó mucho encontrar medios de vida, trabajando incluso en forma clandestina. Se hizo partisano con algunos amigos, todos novatos y sin entrenar, así que le pillaron pronto (1943) y esta vez, su condición de judío le salvó la vida puesto que las leyes raciales obligaban a los fascistas a deportar a Alemania a los judíos; por partisano, lo hubieran fusilado en el acto. Acabó en Monowitz, unos de los complejos de Auschwitz donde aguantó vivo casi un año hasta que fue liberado por el Ejército rojo. Seiscientos cincuenta judíos fueron deportados con él, veinte sobrevivieron: Primo Levi, uno de ellos.
Retornó a Italia y trabajó como químico en Turín. Y comenzó a escribir: Primero, Si esto es un hombre, sobre el Campo, y luego La tregua, sobre su vuelta a casa, sus memorias más conocidas, pero escribió también otra, Momentos de indulto, y una más, la que traigo hoy aquí (aunque toda su obra es interesantísima, enorme y necesaria), El sistema periódico.
Escribió también una colección de relatos, La torcedura del mono y un manifiesto, Los hundidos y los salvados, en donde afirma estar libre de rencor pero no poder ni querer perdonar al pueblo alemán lo que hizo.
El sistema periódico, del que alguien escribió que es el mejor libro de ciencia jamás escrito, es realmente una maravilla, una delicia para el lector. No diré nada de su contenido porque siempre es sorprendente para el que se acerca a él por primera vez y no quiero fastidiar a nadie la sorpresa, el asombro, el de verdad, no el del muñequito ese de feisbú, tan sólo que no hay que ser aficionado a la divulgación científica para disfrutar de este libro, cuyas páginas siempre están imbuidas de una especie de niebla o bruma de melancolía.
Leedlo, comentadlo a tras personas: os hará pasar un rato magnífico y haréis un favor a los demás.

Primo Levi -como tantos otros: Paul Celan, Jean Amèry, etc- se suicidó el 11 de abril de 1987, sin dejar nota ni despedirse, sumido en su propia soledad.

LOS LUGARES DE LA PLEBE

La etimología del término ‘orquesta’ está clara: orkhéstra (ὀρχήστρα), que era el lugar “donde evolucionaba el coro, o tocaban los músicos, situado entre el escenario y el público” (Corominas, Breve d.e., 1568); proviene o deriva del tiempo verbal orkhéomai, ‘yo danzo’. De aquí pasa al latín como orchestra pero Lisardo Rubio Fernández, en su edición del Satiricón de Petronio (Gredos, 1978, 3ª parte: Eumolfo, p.181) y desde el párrafo: “…Mi señora pertenece a esa categoría: de la orquesta, salta por encima de las catorce graderías siguientes y va a las últimas filas de la plebe en busca de su amor.” , explica en nota a pie de página que “La ley Roscia, del año -67 (686 AUC), reservaba la orquesta a los senadores y las catorce filas siguientes a los caballeros. Detrás venía la plebe”…

La lex Roscia theatralis fue debida al tribuno de la plebe Lucio Roscio Oton durante el consulado de Cayo Calpurnio Pisón y Marco Acilio Gabrión y señalaba una zona de asientos en la orquesta de catorce gradas en beneficio de los ‘equites’ (caballeros) que tuviese un patrimonio individual al menos de cuarenta mil ases (aes (bronce) grave: 293 gr: doble cara de Jano en el anverso y un 1en el reverso).
Esta ley pareció ignominiosa a la plebe y generó turbulencias sociales durante el consulado de Cicerón, y se sabe que tuvo que ser derogada porque volvió a imponerse en el imperio de Tito Flavio Domiciano unos 157 años más tarde. Domiciano fue asesinado en el año 96 (849 AUC) eliminando a la dinastía Flavia del listado de emperadores. Si seguimos a escritores como PLinio el Joven, Suetonio o Tácito, sabremos que fue cruel, despiadado y autócrata; también sabremos que era perezoso en grado sumo y tanto o más paranoico que Calígula o Nerón. Al restituir la lex Roscia, se erigió asimismo como un perfecto clasista.

¿A qué viene esto?
Pues, la verdad, no lo sé: moi et mes digressions. Había pensando en la capacidad melodramática de nuestros rebién pagados políticos, sus gradas teatrales según clases e influencia, la riqueza actual de algunos y la futura de otros, aún aspirantes o meritorios, su absoluta incapacidad para el sentido del ridículo o de la simpatía social, y su nimbado espacio de no-realidad. ¿Se puede ser pobre siendo político? No parece que eso sea posible; quizás alguno encandilado (es decir alumbrado por un solo candil) tenga a posteriori un arranque de honradez y renuncie a sus prebendas (parece que hay uno, pero mi mano en el fuego: ¡jamás!), sin embargo sus intereses son (para los menos adinerados) salir de la penuria y bañarse en dinerillo lo mismo que el Tío Gilito y, a fortiori, los que siendo ricos y gozando ya de las alegrías de la pasta quieren más, pues cuanto más rico, menos conforme.
¿Y la plebe?
Pues en eso hemos avanzado mucho: en tiempos romanos estaba al final del todo, tras los caballeros que no llegaban a los cuarenta mil ases, lejos, muy lejos del poder y la riqueza, aunque aún podían verles desde lo que ahora llamamos en el lenguaje teatral gallinero. Ahora ni eso: no tiene cabida la plebe en los teatros parlamentarios ¿por qué iba a tenerla? Ahí arriba, donde había de estar la plebe están los llamados “medios”, los periodistas que -se supone- informan a la plebe de lo que hacen los políticos aparte de pensar en dinero, sexo o poder, pero claro, “se supone”, porque lo que hace esa gente es también pensar en dinero, más humilde claro: la pasta del garbancero, así que lo que hace es de filtro de colorines para que la plebe sigamos picando a cualquier carnada, aunque sea de mierda y, en vez de levantarnos, “contra semejante ignominia” como hicieron nuestros romanos antepasados, estemos atentos a ver qué fotito hacemos y en cuánto tardan en ponernos algo en el guasá.

Complebeyas(os) mías(os): ¡Tarariií!

(un as de la época de Nerón y una maleta-regalo de la época democrática española

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DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

En el fondo del más azul de los océanos había un
maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas,
cinco bellísimas sirenas.

 

Así comienza La Sirenita, el cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875) que, a pesar de haber podido nacer en Ourense lo hizo en Odense, una errata que nos obliga a leerlo en traducción ¿qué le vamos a hacer?

Antes de nada afirmaré que es la risa lo que podría sanar los males del mundo, pero el mundo ríe cada vez menos: llora y se lamenta como si ya estuviera en una estampa de Doré, allí, en el Infierno del Dante.

Afirma Agustín de Hipona (De civitate Dei) que Cam, hijo de Noé (y padre de Zoroastro), ha sido el único humano que, naciendo, rió, dizque debido al diablo, quiero suponer que será porque una de las etimologías para Cam es ‘quemado’ o quizás ‘caliente’, lo que a Agustín eso le haría pensar en el diablo. El caso es que nació desternillándose de risa, aunque no se tiene constancia de que eso viniera bien para sus asuntos a no ser que se refiera a Génesis 9, 20-27 en que Cam ve a su padre en cueros y (se supone) que o bien lo violó o bien lo emasculó o ambas cosas, con lo cual Noé (con razón, coño, que estaba borracho) lo maldijo y lo hizo siervo de Jafet y de Sem.

¡Me encantan las digresiones!

Y sigo con La Sirenita aunque reír, lo que se dice reír, la pobre no termino riendo: yo soy el que río (poco) al observar cómo se generan y persisten los tópicos y se establecen tradiciones y costumbres, si ir más lejos, este de que van las siguientes líneas que, como siempre, no serán demasiadas: No temáis, oh cerebros lectores.

De las cinco (bellísimas) sirenas, una, y sólo una era artista: sabía música y cantaba con maravillosa voz acompañándose del arpa no eólica, claro, sino poseidónica, puesto que en el reino de Ποσειδῶν​ vivía. ¿Y cómo suena una arpa poseidónica? Pues la verdad es que no lo sabemos, pero había de sonar muy bien, lo mismo que la voz de la sirenita, puesto que todos los peces, balénidos, tanto los balaena como los eubalaena, los bentónicos, los nectónicos y los pelágicos, medusozoas, y demás habitantes del océano, holoturoideos incluidos acudían maravillados a extasiarse con aquella música que la sirenita les regalaba.

Balaenoptera musculus acudiendo al concierto

De hecho, casi siempre estaba cantando y (aquí está la trampa) cuando lo hacía, miraba de vez en cuando la débil luz que de la superficie se filtraba apenas, y es que deseaba conocer el mundo del aire, el mundo seco, el mundo de las flores y los sonidos de la voz de los hombres esparcidos a una velocidad media de 343,2 m/s, y no a 1500 m/s, que era a lo que estaban todos acostumbrados en las saladas profundidades. En fin: soñaba con viajar: como todo el mundo. Estar en otra parte que donde se está.

Ten paciencia -le decía la abuela- cuando tengas quince años ya serás mayor  y tu padre te dará el permiso para subir a la superficie que anhelas.

Y la Sirenita seguía soñando con el mundo de los hombres, que sólo conocía por los relatos de sus hermanas mayores: siempre soñando con lo que no tenía… ¿Y qué hacía mientras tanto (aparte de cantar como he dicho más arriba)? Pues las cosas propias de las sirenitas: cultivar su jardín de plantas hidrófitas o higrófitas, las briófitas como los arquegonios o arqueridios, las vallisnerias, ceratophyllum, etc. La miriophyum  acuaticum, tan recia como elegante, la azolla ficuloides, grácil y flotante, o la aldovanda vesiculosa, carnívora submarina que, aún siendo más amiga de aguas ácidas, la sirenita había logrado adaptarla al medio salino de su jardín y ese largo y bellísimo catálogo particular de las plantas preferidas de nuestra Sirenita.

aldovanda vesiculosa,

Venían delfines, hipocampos y demás syngnathidae, todos tan enigmáticos; venían los estilizados y rápidos selaquimorfos; veían Mola mola, con sus mil kilos de peso, lo que les colocaba entre los peces óseos más pesados del océano, lo cual no les quitaba un ápice de afabilidad… En fin muchos habitantes de las profundidades venían a admirar el jardín, mucho excepto las asteroideas todas: Spinulosida, Valvatida, Velatida​,  Forcipulatida,  Notomyotida y demás, dado su carácter algo arisco y quisquilloso: De ninguna manera respondían a las llamadas de la princesita, ya veis qué cosas.

Bueno, al fin llegó el momento en que su padre, acariciando sus largos cabellos, le dio el permiso tan deseado, pero le advirtió o más bien le reiteró los consejos sobre el peligro de la superficie:

Puedes respirar aire, puedes ver los cielos, puedes escuchar los extraños sonidos de los hombres a 343,2 m/s, cosa admirable… pero has de tener siempre, siempre en cuenta que aquél no es nuestro mundo y sobre todo que no somos como los humanos, que son seres animados careciendo nosotros de ese ánima que a ellos de algo les servirá pero que para nosotros es un enorme peligro. ¡Aléjate de los hombres: son portadores de la desgracia!

Charrán (fotografía de Carlota Barrenetxea)

Y subió, la cándida, nuestra sirénula, y vio el ocaso del sol y las estrellas rutilantes y la luna brillando en lo alto como una sonrisa errante y escuchó Sterna hirundo, larus michaellis, Stercorarius parasiticus y Calionectris  diomedes, los admiró en sus vuelos rapidísimos, precisos y elegantes. Y fue feliz y palmeaba las manos y lágrimillas de alegría jaspeaban sus mejillas delicadas.

Págalo (fotografía de Carlota Barrenetxea)

¿Y qué más vio? Pues vio el asombro: una nave se acercaba a su escollo y, ya a sotavento (ah, el viento: cómo sorprendió a la Sirenita) fondeó meciéndose en las tranquilas aguas.

Y los vio: vio a los hombres y escuchó sus voces y admiró aquellos que sus hermanas le describían sin que ella pudiera comprenderlo del todo: sus piernas. Y vio su cola plateada y se entristeció porque no podría hablar con ellos, estar con ellos, y entonces observó agitación a bordo y escuchó como una saloma:

 

 

¡Viva nuestro capitán!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Vivan sus veinte años!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Viva su juventud y su pericia marinera!

Y, claro, quedó maravillada, pues era música como os dije, y la saloma sonaba muy bien en Mi mayor, y era, por tanto muy alegre, pero lo que más le maravilló fue el destinatario del alborozo en cubierta, pues era alto y moreno y se distinguía perfectamente la nobleza de su porte, y sonreía… ¡Ah, su sonrisa franca, ah sus preciosos ojos y dulce mirada…! La Sirenita quedó extasiada, con una sensación de alegría y dolor, y una extraña presión le oprimió el corazón.

Y entonces se afoscó el horizonte y un viento frío recorrió la mar y el viento frío arreció y las olas batían contra la nave cada vez más furiosas. Y del cielo afoscado surgieron relámpagos y truenos: La borrasca había sorprendido a la tripulación y, aunque el joven capitán mantuvo la calma y mando arriar el ancla, ya no daba tiempo a nada, entones la nave levantada en vilo rompió la cadena, y en el fragor cayeron mayor y mesana sobre cubierta y el buque comenzó a hacer aguas por las costuras y, finalmente, se hundió, mientras la sirenita gritaba y gritaba.

Vio cómo caía el guapo joven, cómo se hundía pues en aquellos tiempos los marinos no sabían nadar pues pensaban (y con razón) que era mejor morir rápido que lentamente luchando contra las aguas y el frío que portaban. Entonces ella fue al rescate, pero después de nadar rápidamente de un lado para otro ya no lo veía y comenzaba a desistir angustiada, pero entonces lo divisó, cayendo rápidamente al abismo que para él era la muerte. Inconsciente lo tomó en sus brazos y lo mantuvo en superficie hasta que amainó la galerna, y lo transportó a la playa depositándolo en la arena con cuidado de dejar que el agua lamiera su preciosa cola mientras frotaba sus manos y su cuerpo para darle calor. Pero entonces un murmullo de voces que provenían de tierra la obligó a retroceder hacia el mar.

¿Qué sucedió entonces? Pues lo que vio la Sirenita fue cómo unas damas se acercaban gritando tontamente al cuerpo del capitán: Corred, corred: hay un hombre en la playa -decía- seguramente es de la nave que ha desparecido en la tormenta; llevémosle al castillo, pidamos ayuda. y, por supuesto, vio también como el bello capitán recobraba el sentido y agradecía a la dama el haberle salvado ya que nada sabía de la Sirenita.

¿Y qué conclusión sacó ella de esta situación sabiendo que la dama (¡la otra!) quedaba a los ojos del capitán, el del apuesto cuerpo, como salvadora de su vida y él como deudor de la misma? Pues la de siempre en estos casos: De ninguna manera podría olvidar las horas que, inconsciente, le tuvo entre sus brazos; de ninguna manera la opresión de su corazón de sirena cesaría ni el anhelo del bello náufrago le dejaría en paz. Lloraba la Sirenita, desconsolada lloraba sin cesar; en su apartamento encerrada, sin comer, sin beber, sin compañía, lloraba y lloraba la pérdida de lo que nunca tuvo ni tendría, pues el capitán -un hombre animado- jamás podría ser suyo. Su amor -enorme y desdichado- resultaba imposible.

Ningún consuelo, pues.

No lo sabréis, seguro que no, pero resulta que en lo más profundo de los abismos, más profundo aún  que la Fosa de las Marianas con sus casi doce mil metros de profundidad y una presión de más de 110.000 kPa , siempre velado para los humanos de entonces, de ahora y de siempre, en aquel abismo, digo, vivía una hechicera a quien se podía ¿pero a qué precio? recurrir en casos desesperados, y allá fue la Sirenita en su aflicción para ver qué se podría hacer para calmar el terrible dolor de su corazón, porque algunos piensan que todo tiene solución si se tiene voluntad, cosa que es absolutamente falsa, pero a veces se confunden los deseos con la realidad; eso se llama mitomanía o pseudología fantástica y pasa lo que pasa, porque la hechicera le dijo las cosas claras, pero la Sirenita las vio borrosas, tal como deseaba; le dijo: Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener piernas como el capitán al que amas; quieres que el capitán te ame y piensas que te amará gracias a tus piernas: puedes tenerlas, pero sufrirás de manera atroz y  cada vez que apoyes tus pies en el suelo el dolor será terrible.

Otra pregunta obvia: ¿Qué contestó la Sirenita ante semejante panorama? ¿Desistió apelando a la prudencia? ¿Se conformó y decidió adaptarse a la realidad? ¿Supo que el dolor que sentía sólo era deseo y pensó que era un capricho que se podía sustituir fácilmente? Pues no: Pensó, decidió que era amor; inventó la palabra: Amor, en vez de llamar  a las cosas por su nombre.

En el mundo de las sirenas no había ningún motivo para confundir el amor con el deseo, no como en la superficie en que un mal día apareció Petrarca sobre la tierra e inventó el amor poético para beneficio del Poder y maleficio de las gentes, que hasta entonces se revolcaban alegremente como describían Juan Ruiz y otros juglares, sin embargo, la Sirenita, quizás al verse tan cerca de la nave que naufragó, de la tripulación y del bello capitán se inficionó y, sin saber que ya estaba tergiversado el amor, creyó que lo inventaba y lo inventó, así que contestó a la hechicera:

No me importa nada, no me importa el dolor ni el sufrimiento, nada con tal de estar con él.

Y a partir de esta estúpida declaración se convirtió in pectore en una esclava. Pero aún hubo más:

Aún hay más -dijo la hechicera-: deberás en pago darme tu voz y quedarás muda, y advierte que si tu capitán se casa con otra tu cuerpo desaparecerá y será espuma en la cresta de una ola.

Acepto todo -insistió la Sirenita. Por amor acepto: Dame el pomo de la poción.

Y subió con el pomo a la superficie y se dirigió a la playa y se arrastró por la arena y abrió el pomo. Y bebió.

Perdió el sentido y cuando lo recobró en medio de un molesto dolor de cabeza abrió los ojos y vio a su capitán que, paseando por la playa la descubrió allá tumbada y, recordando que él había estado en la misma situación se arrodilló cerca de ella y cariñosamente cubrió con una manta el cuerpo que trajo aquel cuerpo, y al verla ya consciente le dijo: No has de temerme ¿de dónde vienes? ¿quién eres? Pero la Sirenita había pagado sus piernas con la voz y quedó muda. Dijo el capitán: Iremos al castillo y te curaré.

Entonces vivió la Sirenita unos días maravillosos acompañada por el amable capitán que era (estaba previsto) un príncipe y que la llevaba de paseo de aquí para allá y habiéndola vestido con preciosas telas, la colmaba de atenciones, incluso un día la invitó a un esplendoroso baile en la enorme sala de recepciones del castillo. Y la Sirenita supo entonces que cada paso que daba en el baile le respondía con un terrible dolor que era el precio por vivir al lado de su amado, que, sin embargo, a pesar de su amabilidad pensaba constantemente en la otra, la dama que le había salvado en la playa hacía tiempo y a la que no había vuelto a ver. A él le pasaba lo mismo que a la Sirenita: Quería lo que no tenía. así suele pasar. Y como la Sirenita fue tonta en su decisión absurda de ceder libertad por amor pero no tanto como para no darse cuenta de que el capitán/príncipe, afectuoso con ella, no dejaba de pensar en la dama desconocida, sufría en silencio y lloraba desconsolada cuando quedaba a solas en su dormitorio, dormitorio que el príncipe/capitán jamás holló.

Pero lo peor -el destino evidente, la soga con la que, una vez tejida, se ahorca quien no sabe verlo- aún había de llegar, y llegó en forma de una enorme nave que a la costa se acercaba y que el príncipe quiso ir a recibir acompañado de la muda Sirenita, y resultó que de la nave bajó la dama de la que estaba enamorado el príncipe, estando ella también de él enamorada porque -como ya he dicho- en tierra se confundía amor con deseo desde hace tiempo y no había manera de arreglar eso según parece.

Veréis, sucedió lo que tenía que suceder: se casaron dama y príncipe y salieron en la gran nave de viaje de novios llevando a la Sirenita consigo como doncella de compañía, y ella recordó la profecía de la hechicera y se dispuso a morir; entonces, procedente del mar oyó las voces de sus hermanas.

Puedes salvarte, hermanita: hemos negociado con la hechicera nuestros cabellos a cambio de este puñal que te traemos; es un puñal mágico y si con él matas al príncipe (y con él al romántico amor que como cáncer te devora) volverás a ser una sirena como nosotras, olvidarás toda esta tontería y reirás de nuevo.

Pero ya os conté al principio que la Sirenita olvidó reír, de manera que tomando el puñal entró furtivamente en el camarote de los esposos y lo alzó sobre él, pero cuando vio su semblante feliz en el sueño se volvió, subió a cubierta y por la borda arrojó a las aguas el puñal y tras él fue ella dispuesta a esperar en las aguas al amanecer en que se convertiría en espuma de las olas al contrario que Afrodita que, de la espuma de las olas surgió a la playa para traer el sexo placentero, alegre y feliz hasta que los hombres decidieron preferir el amor con el que sojuzgar a las mujeres.

Y para que veáis cómo se urden las mentiras convertidas en finales ilusoriamente felices he aquí el final del relato:

Amanecía en la mar; el primer rayo del orto barrió casi paralelo la superficie sacándola de su negrura y trayendo consigo la muerte de la Sirenita que abúlica flotaba esperándola, y, de repente, una fuerza vertical la abdució a lo alto, al cielo y mientras las nubes se teñían rosas y el mar aumentaba su brillo y se hacía azul oyó como campanillas la Princesita, y las campanillas eran voces que le decían:

Princesita, Sirenita, ven con nosotras.

¿Qué son esas voces, quiénes sois? ¿De dónde venís? –dijo pues milagrosamente había recuperado la voz- Somos las hadas del cielo y en el cielo estás; somos inanimadas como tú y no como los humanos que tienen alma para manipular la realidad, y es nuestro deber premiar a quienes hayan mostrado buena voluntad con ellos -respondieron.

Miró abajo la Sirenita y vio la nave llenándose sus ojos de cálidas lágrimas que caían al mar. Y decían las hadas: Tus lágrimas y las nuestras, pues también hemos pasado por lo que tú pasas son el rocío que baña la tierra al amanecer. ¡Ven con nosotras allá donde falta el aire y los humanos no pueden vivir! Llevaremos viento y consuelo a las que su sufren y, cuando pasen para cada una de nosotras trescientos años, recibiremos un alma inmortal, seremos animadas, y participaremos de la felicidad de que gozan los humanos. Como nosotras, has sufrido y merecido la victoria y ahora, como espíritu del aire sólo has de esperar que pase el tiempo para obtener tu alma por tus buenas acciones -le dijeron.

Y entonces la Sirenita lloró ya abundantes lágrimas, bajó -espíritu invisible- a la nave, abrazó a la princesa, sonrió al príncipe y subió a lo alto con sus nuevas hermanas que no eran, como podéis observar, sino mujeres que, presas del amor, habían sucumbido a la esclavitud que Amor impone y ahora, en vez de olvidarse de todo y vivir una vida libre y feliz, sólo esperaban a volver a lo mismo después de penar una culpa de la que en verdad carecían: La Culpa es el Alma, pero ellas seguían sin saberlo. Y como los cuentos terminan como han de terminar, la Sirenita subió al cielo envuelta en una nube de color rosa.

¿De qué otro color podría ser si no?

Andersen el embaucador y su nariz de mentiroso

 

 

 

 

 

 

 

SANTAS LECTURAS

SANTAS LECTURAS

En el capítulo 81 (página 185) de la (las) Gesta Romanorum : exempla europeos del s. XIV  (Akal, 2004) se escribieron en 1342 y son un florilegio de Ejemplos moralizados se supone que para uso de predicadores. Hay de todo, es decir, de todo se nutren: hagiografías, mitos, cuentos, leyendas, lays, etc, todos muy populares en la época y que, vistos desde nuestro siglo (y nuestros ojos, de los cuales mucha gente aún carece o quiere carecer como propone Boris Vian en su relato El amor es ciego) son realmente grotescas y siempre divertidas.

Si me perdonáis la redundancia propongo de los Exempla un ejemplo. ¿Que no? Pues una verbigratia: La tremebunda historia del Nacimiento del Santo Padre Gregorio, que recoge (y amplía con verdadera devoción) la tragedia de Sófocles, Edipo rey (Edipo quiere decir en nuestra lengua pies grandes o hinchados, puesto que su padre, Layo le atravesó con fíbulas los pies antes de abandonarlo). En fin, en este ejemplarizante cuento se relata cómo Gregorio, a pesar de su pecaminoso y horrible origen , además aún de su vida de abominable recuerdo, nada pudo impedir su elevación al trono de San Pedro.

La cosa (muy resumida) es así: Resulta que dos hermanos, es decir, hermana y hermano, hijos de reyes, se amaban, al principio fraternalmente pero una vez entrados en la juventud su amor se convirtió en una pasión sexual irrefrenable, así que los dos, ya infatuados totalmente, se amaron, se amaron y se amaron, a resultas de lo cual ella quedó embarazada y, en consecuencia, llegó al mundo un niño, más tarde muchacho, de inefable hermosura, un bellísimo fruto incestuoso del que parte esta historia moral que tengo el gusto de contaros para vuestro solaz y ejemplo.

En fin, el padre, buscando la remisión de su enorme pecado se arma y parte a Tierra Santa como cruzado: allí muere en hecho de guerra y, mientras tanto la vida lleva al hijo por caminos inciertos y peligrosos, puesto que la reina, decidida a no permitir el bautismo del fruto ilegítimo y sacrílego de su hija, encierra al retoño en un tonel junto con su cuna, una tableta explicativa y oro suficiente para la cría y sustento. Y lo confía al mar. Siete días festivos más tarde las olas y la marea depositan el tonel con el niño vivo aún (y no sabemos cómo, pero Dios Nuestro Señor todo lo sabe) en una playa vecina a un monasterio cuyo abad, Gregorio de nombre y de gran piedad, bautizó al fortuito y errabundo marino y le puso su propio nombre. El muchacho, tan agraciado como dije, y gran inteligencia natural, recibió en el monasterio una educación exquisita y piadosa a resultas de la cual estuvo preparado para lo que había de venir.

Su madre, sabiéndose pecadora y no confiando en la cristiana remisión de su pecado, se negaba a casar, no sólo por su sentimiento de culpa sino porque en lo más íntimo de su ser guardaba por su hermano muerto una sacrílega y inquietante fidelidad, y se negó, incluso cuando un poderoso príncipe extranjero del que nada más sabemos pidió su mano, de manera que airado en grado sumo por el desaire, le declaró la guerra, invadió sus territorios y ocupó la mayor parte de ellos excepto -claro- la última plaza fuerte, el bastión de la ahora reina soltera, que no doncella.

Sucedió que Gregorio, ya sabedor de su origen incestuoso y en camino penitente al Santo Sepulcro llega a la ciudad en que su madre resiste ya sin esperanza al conquistador. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia de la reina le ofrece su ayuda y con ella la ultima resistencia, dando en combate la muerte al colérico príncipe desairado. La reina le recibe, le escruta pero no le reconoce y, aprovechando su agradecimiento y buena disposición, los cortesanos le proponen a este joven salvador tan agraciado y de tan buenas maneras que indican una noble procedencia, le proponen, digo, la boda con él; ella vacila, pide tiempo: un solo día; reflexiona y, sorprendentemente, accede, de forma que la suma de horrores se adueña de la escena, puesto que en el fondo de la alegría popular y la celebración del himeneo entra el hijo de la reina en el lecho y el cuerpo de su madre, amándose ambos con amor verdadero. Se deja llevar la reina de sus recuerdos, por ejemplo, cuando sabe de la muerte de su esposo y hermano; recuerda su amargo lamento: Se fue mi esperanza, se extinguió mi fuerza, mi único hermano, mi segundo yo; recuerda cómo se lanzó sobre el cadáver, lo cubre de besos, la apartan de él por la fuerza, y entonces… Entonces descubre la tableta que su esposo guardaba celosamente en un secreto gabinete y, de repente, la verdad amarga y definitiva llega a su pensamiento, y sabe que su esposo es su hijo. Dice: Oh, mi dulce hijo, eres mi único retoño, mi esposo y mi señor, eres mi hermano y de mí el único vástago, dulce hijo mío. y Tú, mi Dios, ¿por qué me dejaste nacer?

Y aún se pensó afortunada porque no le había dado un hijo a su esposo, un hijo, que hubiera sido su hermano, un hijo que hubiera sido nieto suyo… Oh, cuánto desastre.

Y marchó Gregorio en busca de su penitencia y su expiación. Marchó descalzo y a pie y dio con pescador que se percató enseguida de su alcurnia, y le rogó al pescador que le ayudara a encontrar la más sola de las soledades y el pescador, quiso y le llevó a un apartado peñasco del oleaje batido constantemente y allí quiso ser encadenado con grilletes anclados en la roca y al mar fue la llave de los grillos que ahora rodeaban sus tobillos. Y así pasó.

Y sucedieron los años, tantos como diecisiete de dura penitencia, que no sabemos de qué se alimentó, qué agua bebió, y una vez pasado ese tiempo Dios Nuestro Señor escuchó su súplica y le dio el perdón y sucedió el milagro, pues en Roma, el Papa había muerto y una voz del cielo se oyó, y dijo: Id en busca de Gregorio, el hombre de Dios y nombradle mi Vicario en la Tierra. Y de todos los mensajeros, uno le encontró por medio del pescador, que recordaba hecho y posición del peñasco en la mar y, además, pescó de paso un pez que, en la barriga, llevaba la llave de los grilletes que aprisionaban a Gregorio, y cuando el mensajero le dijo que Dios le había destinado a ser Su Vicario, Gregorio ni se inmutó y dijo consecuentemente: Si tal es el deseo de Dios, que su voluntad se cumpla.

Llego a Roma, repicaron las campanas sin necesidad de campaneros como diciendo: “Nunca, en la historia de la cristiandad, había Roma tenido un papa tan piadoso, recto y sabio. Y tanta fue la repercusión de estas novedades que la noticia llegó a su madre y antigua esposa convenciéndola de que quién mejor para curarla habría en el mundo que este santo varón. Y allá que se fue a Roma a confesar sus pecados al Papa, pero éste, escuchada su confesión, la reconoce: Oh mi dulce madre, hermana y esposa. Oh mi amiga. El Diablo quiso y creyó conducirnos al Infierno, pero Dios ha sido más fuerte y lo ha evitado.

Acto seguido ordenó construir un claustro y, una vez consagrado, hizo de él abadesa a su madre, y con el tiempo, ambos murieron y eternamente vivieron  en el seno del Señor.

 

… Bueno si alguna vez habíais leído una historia tan desmesurada, divertida y sacrílega, destinada a la amonestación del pueblo llano y a mayor gloria de Dios, pues no tenéis más que decirlo, y si no, simplemente espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estos excesos que produce la fe religiosa, fe que armada resulta peligrosa siendo estos relatos de (las) Gesta romanorum simplemente perniciosas para la salud mental de los cándidos oyentes candorosos, papanatas y supersticiosos.

Vale.