DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

DE SIRENAS Y OTROS MALES: EN CONTRA DEL AMOR ROMÁNTICO

En el fondo del más azul de los océanos había un
maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar,
un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba
blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral
multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas,
cinco bellísimas sirenas.

 

Así comienza La Sirenita, el cuento de Hans Christian Andersen (1805-1875) que, a pesar de haber podido nacer en Ourense lo hizo en Odense, una errata que nos obliga a leerlo en traducción ¿qué le vamos a hacer?

Antes de nada afirmaré que es la risa lo que podría sanar los males del mundo, pero el mundo ríe cada vez menos: llora y se lamenta como si ya estuviera en una estampa de Doré, allí, en el Infierno del Dante.

Afirma Agustín de Hipona (De civitate Dei) que Cam, hijo de Noé (y padre de Zoroastro), ha sido el único humano que, naciendo, rió, dizque debido al diablo, quiero suponer que será porque una de las etimologías para Cam es ‘quemado’ o quizás ‘caliente’, lo que a Agustín eso le haría pensar en el diablo. El caso es que nació desternillándose de risa, aunque no se tiene constancia de que eso viniera bien para sus asuntos a no ser que se refiera a Génesis 9, 20-27 en que Cam ve a su padre en cueros y (se supone) que o bien lo violó o bien lo emasculó o ambas cosas, con lo cual Noé (con razón, coño, que estaba borracho) lo maldijo y lo hizo siervo de Jafet y de Sem.

¡Me encantan las digresiones!

Y sigo con La Sirenita aunque reír, lo que se dice reír, la pobre no termino riendo: yo soy el que río (poco) al observar cómo se generan y persisten los tópicos y se establecen tradiciones y costumbres, si ir más lejos, este de que van las siguientes líneas que, como siempre, no serán demasiadas: No temáis, oh cerebros lectores.

De las cinco (bellísimas) sirenas, una, y sólo una era artista: sabía música y cantaba con maravillosa voz acompañándose del arpa no eólica, claro, sino poseidónica, puesto que en el reino de Ποσειδῶν​ vivía. ¿Y cómo suena una arpa poseidónica? Pues la verdad es que no lo sabemos, pero había de sonar muy bien, lo mismo que la voz de la sirenita, puesto que todos los peces, balénidos, tanto los balaena como los eubalaena, los bentónicos, los nectónicos y los pelágicos, medusozoas, y demás habitantes del océano, holoturoideos incluidos acudían maravillados a extasiarse con aquella música que la sirenita les regalaba.

Balaenoptera musculus acudiendo al concierto

De hecho, casi siempre estaba cantando y (aquí está la trampa) cuando lo hacía, miraba de vez en cuando la débil luz que de la superficie se filtraba apenas, y es que deseaba conocer el mundo del aire, el mundo seco, el mundo de las flores y los sonidos de la voz de los hombres esparcidos a una velocidad media de 343,2 m/s, y no a 1500 m/s, que era a lo que estaban todos acostumbrados en las saladas profundidades. En fin: soñaba con viajar: como todo el mundo. Estar en otra parte que donde se está.

Ten paciencia -le decía la abuela- cuando tengas quince años ya serás mayor  y tu padre te dará el permiso para subir a la superficie que anhelas.

Y la Sirenita seguía soñando con el mundo de los hombres, que sólo conocía por los relatos de sus hermanas mayores: siempre soñando con lo que no tenía… ¿Y qué hacía mientras tanto (aparte de cantar como he dicho más arriba)? Pues las cosas propias de las sirenitas: cultivar su jardín de plantas hidrófitas o higrófitas, las briófitas como los arquegonios o arqueridios, las vallisnerias, ceratophyllum, etc. La miriophyum  acuaticum, tan recia como elegante, la azolla ficuloides, grácil y flotante, o la aldovanda vesiculosa, carnívora submarina que, aún siendo más amiga de aguas ácidas, la sirenita había logrado adaptarla al medio salino de su jardín y ese largo y bellísimo catálogo particular de las plantas preferidas de nuestra Sirenita.

aldovanda vesiculosa,

Venían delfines, hipocampos y demás syngnathidae, todos tan enigmáticos; venían los estilizados y rápidos selaquimorfos; veían Mola mola, con sus mil kilos de peso, lo que les colocaba entre los peces óseos más pesados del océano, lo cual no les quitaba un ápice de afabilidad… En fin muchos habitantes de las profundidades venían a admirar el jardín, mucho excepto las asteroideas todas: Spinulosida, Valvatida, Velatida​,  Forcipulatida,  Notomyotida y demás, dado su carácter algo arisco y quisquilloso: De ninguna manera respondían a las llamadas de la princesita, ya veis qué cosas.

Bueno, al fin llegó el momento en que su padre, acariciando sus largos cabellos, le dio el permiso tan deseado, pero le advirtió o más bien le reiteró los consejos sobre el peligro de la superficie:

Puedes respirar aire, puedes ver los cielos, puedes escuchar los extraños sonidos de los hombres a 343,2 m/s, cosa admirable… pero has de tener siempre, siempre en cuenta que aquél no es nuestro mundo y sobre todo que no somos como los humanos, que son seres animados careciendo nosotros de ese ánima que a ellos de algo les servirá pero que para nosotros es un enorme peligro. ¡Aléjate de los hombres: son portadores de la desgracia!

Charrán (fotografía de Carlota Barrenetxea)

Y subió, la cándida, nuestra sirénula, y vio el ocaso del sol y las estrellas rutilantes y la luna brillando en lo alto como una sonrisa errante y escuchó Sterna hirundo, larus michaellis, Stercorarius parasiticus y Calionectris  diomedes, los admiró en sus vuelos rapidísimos, precisos y elegantes. Y fue feliz y palmeaba las manos y lágrimillas de alegría jaspeaban sus mejillas delicadas.

Págalo (fotografía de Carlota Barrenetxea)

¿Y qué más vio? Pues vio el asombro: una nave se acercaba a su escollo y, ya a sotavento (ah, el viento: cómo sorprendió a la Sirenita) fondeó meciéndose en las tranquilas aguas.

Y los vio: vio a los hombres y escuchó sus voces y admiró aquellos que sus hermanas le describían sin que ella pudiera comprenderlo del todo: sus piernas. Y vio su cola plateada y se entristeció porque no podría hablar con ellos, estar con ellos, y entonces observó agitación a bordo y escuchó como una saloma:

 

 

¡Viva nuestro capitán!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Vivan sus veinte años!                                                                                                                                                                                                                                                                                            ¡Viva su juventud y su pericia marinera!

Y, claro, quedó maravillada, pues era música como os dije, y la saloma sonaba muy bien en Mi mayor, y era, por tanto muy alegre, pero lo que más le maravilló fue el destinatario del alborozo en cubierta, pues era alto y moreno y se distinguía perfectamente la nobleza de su porte, y sonreía… ¡Ah, su sonrisa franca, ah sus preciosos ojos y dulce mirada…! La Sirenita quedó extasiada, con una sensación de alegría y dolor, y una extraña presión le oprimió el corazón.

Y entonces se afoscó el horizonte y un viento frío recorrió la mar y el viento frío arreció y las olas batían contra la nave cada vez más furiosas. Y del cielo afoscado surgieron relámpagos y truenos: La borrasca había sorprendido a la tripulación y, aunque el joven capitán mantuvo la calma y mando arriar el ancla, ya no daba tiempo a nada, entones la nave levantada en vilo rompió la cadena, y en el fragor cayeron mayor y mesana sobre cubierta y el buque comenzó a hacer aguas por las costuras y, finalmente, se hundió, mientras la sirenita gritaba y gritaba.

Vio cómo caía el guapo joven, cómo se hundía pues en aquellos tiempos los marinos no sabían nadar pues pensaban (y con razón) que era mejor morir rápido que lentamente luchando contra las aguas y el frío que portaban. Entonces ella fue al rescate, pero después de nadar rápidamente de un lado para otro ya no lo veía y comenzaba a desistir angustiada, pero entonces lo divisó, cayendo rápidamente al abismo que para él era la muerte. Inconsciente lo tomó en sus brazos y lo mantuvo en superficie hasta que amainó la galerna, y lo transportó a la playa depositándolo en la arena con cuidado de dejar que el agua lamiera su preciosa cola mientras frotaba sus manos y su cuerpo para darle calor. Pero entonces un murmullo de voces que provenían de tierra la obligó a retroceder hacia el mar.

¿Qué sucedió entonces? Pues lo que vio la Sirenita fue cómo unas damas se acercaban gritando tontamente al cuerpo del capitán: Corred, corred: hay un hombre en la playa -decía- seguramente es de la nave que ha desparecido en la tormenta; llevémosle al castillo, pidamos ayuda. y, por supuesto, vio también como el bello capitán recobraba el sentido y agradecía a la dama el haberle salvado ya que nada sabía de la Sirenita.

¿Y qué conclusión sacó ella de esta situación sabiendo que la dama (¡la otra!) quedaba a los ojos del capitán, el del apuesto cuerpo, como salvadora de su vida y él como deudor de la misma? Pues la de siempre en estos casos: De ninguna manera podría olvidar las horas que, inconsciente, le tuvo entre sus brazos; de ninguna manera la opresión de su corazón de sirena cesaría ni el anhelo del bello náufrago le dejaría en paz. Lloraba la Sirenita, desconsolada lloraba sin cesar; en su apartamento encerrada, sin comer, sin beber, sin compañía, lloraba y lloraba la pérdida de lo que nunca tuvo ni tendría, pues el capitán -un hombre animado- jamás podría ser suyo. Su amor -enorme y desdichado- resultaba imposible.

Ningún consuelo, pues.

No lo sabréis, seguro que no, pero resulta que en lo más profundo de los abismos, más profundo aún  que la Fosa de las Marianas con sus casi doce mil metros de profundidad y una presión de más de 110.000 kPa , siempre velado para los humanos de entonces, de ahora y de siempre, en aquel abismo, digo, vivía una hechicera a quien se podía ¿pero a qué precio? recurrir en casos desesperados, y allá fue la Sirenita en su aflicción para ver qué se podría hacer para calmar el terrible dolor de su corazón, porque algunos piensan que todo tiene solución si se tiene voluntad, cosa que es absolutamente falsa, pero a veces se confunden los deseos con la realidad; eso se llama mitomanía o pseudología fantástica y pasa lo que pasa, porque la hechicera le dijo las cosas claras, pero la Sirenita las vio borrosas, tal como deseaba; le dijo: Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener piernas como el capitán al que amas; quieres que el capitán te ame y piensas que te amará gracias a tus piernas: puedes tenerlas, pero sufrirás de manera atroz y  cada vez que apoyes tus pies en el suelo el dolor será terrible.

Otra pregunta obvia: ¿Qué contestó la Sirenita ante semejante panorama? ¿Desistió apelando a la prudencia? ¿Se conformó y decidió adaptarse a la realidad? ¿Supo que el dolor que sentía sólo era deseo y pensó que era un capricho que se podía sustituir fácilmente? Pues no: Pensó, decidió que era amor; inventó la palabra: Amor, en vez de llamar  a las cosas por su nombre.

En el mundo de las sirenas no había ningún motivo para confundir el amor con el deseo, no como en la superficie en que un mal día apareció Petrarca sobre la tierra e inventó el amor poético para beneficio del Poder y maleficio de las gentes, que hasta entonces se revolcaban alegremente como describían Juan Ruiz y otros juglares, sin embargo, la Sirenita, quizás al verse tan cerca de la nave que naufragó, de la tripulación y del bello capitán se inficionó y, sin saber que ya estaba tergiversado el amor, creyó que lo inventaba y lo inventó, así que contestó a la hechicera:

No me importa nada, no me importa el dolor ni el sufrimiento, nada con tal de estar con él.

Y a partir de esta estúpida declaración se convirtió in pectore en una esclava. Pero aún hubo más:

Aún hay más -dijo la hechicera-: deberás en pago darme tu voz y quedarás muda, y advierte que si tu capitán se casa con otra tu cuerpo desaparecerá y será espuma en la cresta de una ola.

Acepto todo -insistió la Sirenita. Por amor acepto: Dame el pomo de la poción.

Y subió con el pomo a la superficie y se dirigió a la playa y se arrastró por la arena y abrió el pomo. Y bebió.

Perdió el sentido y cuando lo recobró en medio de un molesto dolor de cabeza abrió los ojos y vio a su capitán que, paseando por la playa la descubrió allá tumbada y, recordando que él había estado en la misma situación se arrodilló cerca de ella y cariñosamente cubrió con una manta el cuerpo que trajo aquel cuerpo, y al verla ya consciente le dijo: No has de temerme ¿de dónde vienes? ¿quién eres? Pero la Sirenita había pagado sus piernas con la voz y quedó muda. Dijo el capitán: Iremos al castillo y te curaré.

Entonces vivió la Sirenita unos días maravillosos acompañada por el amable capitán que era (estaba previsto) un príncipe y que la llevaba de paseo de aquí para allá y habiéndola vestido con preciosas telas, la colmaba de atenciones, incluso un día la invitó a un esplendoroso baile en la enorme sala de recepciones del castillo. Y la Sirenita supo entonces que cada paso que daba en el baile le respondía con un terrible dolor que era el precio por vivir al lado de su amado, que, sin embargo, a pesar de su amabilidad pensaba constantemente en la otra, la dama que le había salvado en la playa hacía tiempo y a la que no había vuelto a ver. A él le pasaba lo mismo que a la Sirenita: Quería lo que no tenía. así suele pasar. Y como la Sirenita fue tonta en su decisión absurda de ceder libertad por amor pero no tanto como para no darse cuenta de que el capitán/príncipe, afectuoso con ella, no dejaba de pensar en la dama desconocida, sufría en silencio y lloraba desconsolada cuando quedaba a solas en su dormitorio, dormitorio que el príncipe/capitán jamás holló.

Pero lo peor -el destino evidente, la soga con la que, una vez tejida, se ahorca quien no sabe verlo- aún había de llegar, y llegó en forma de una enorme nave que a la costa se acercaba y que el príncipe quiso ir a recibir acompañado de la muda Sirenita, y resultó que de la nave bajó la dama de la que estaba enamorado el príncipe, estando ella también de él enamorada porque -como ya he dicho- en tierra se confundía amor con deseo desde hace tiempo y no había manera de arreglar eso según parece.

Veréis, sucedió lo que tenía que suceder: se casaron dama y príncipe y salieron en la gran nave de viaje de novios llevando a la Sirenita consigo como doncella de compañía, y ella recordó la profecía de la hechicera y se dispuso a morir; entonces, procedente del mar oyó las voces de sus hermanas.

Puedes salvarte, hermanita: hemos negociado con la hechicera nuestros cabellos a cambio de este puñal que te traemos; es un puñal mágico y si con él matas al príncipe (y con él al romántico amor que como cáncer te devora) volverás a ser una sirena como nosotras, olvidarás toda esta tontería y reirás de nuevo.

Pero ya os conté al principio que la Sirenita olvidó reír, de manera que tomando el puñal entró furtivamente en el camarote de los esposos y lo alzó sobre él, pero cuando vio su semblante feliz en el sueño se volvió, subió a cubierta y por la borda arrojó a las aguas el puñal y tras él fue ella dispuesta a esperar en las aguas al amanecer en que se convertiría en espuma de las olas al contrario que Afrodita que, de la espuma de las olas surgió a la playa para traer el sexo placentero, alegre y feliz hasta que los hombres decidieron preferir el amor con el que sojuzgar a las mujeres.

Y para que veáis cómo se urden las mentiras convertidas en finales ilusoriamente felices he aquí el final del relato:

Amanecía en la mar; el primer rayo del orto barrió casi paralelo la superficie sacándola de su negrura y trayendo consigo la muerte de la Sirenita que abúlica flotaba esperándola, y, de repente, una fuerza vertical la abdució a lo alto, al cielo y mientras las nubes se teñían rosas y el mar aumentaba su brillo y se hacía azul oyó como campanillas la Princesita, y las campanillas eran voces que le decían:

Princesita, Sirenita, ven con nosotras.

¿Qué son esas voces, quiénes sois? ¿De dónde venís? –dijo pues milagrosamente había recuperado la voz- Somos las hadas del cielo y en el cielo estás; somos inanimadas como tú y no como los humanos que tienen alma para manipular la realidad, y es nuestro deber premiar a quienes hayan mostrado buena voluntad con ellos -respondieron.

Miró abajo la Sirenita y vio la nave llenándose sus ojos de cálidas lágrimas que caían al mar. Y decían las hadas: Tus lágrimas y las nuestras, pues también hemos pasado por lo que tú pasas son el rocío que baña la tierra al amanecer. ¡Ven con nosotras allá donde falta el aire y los humanos no pueden vivir! Llevaremos viento y consuelo a las que su sufren y, cuando pasen para cada una de nosotras trescientos años, recibiremos un alma inmortal, seremos animadas, y participaremos de la felicidad de que gozan los humanos. Como nosotras, has sufrido y merecido la victoria y ahora, como espíritu del aire sólo has de esperar que pase el tiempo para obtener tu alma por tus buenas acciones -le dijeron.

Y entonces la Sirenita lloró ya abundantes lágrimas, bajó -espíritu invisible- a la nave, abrazó a la princesa, sonrió al príncipe y subió a lo alto con sus nuevas hermanas que no eran, como podéis observar, sino mujeres que, presas del amor, habían sucumbido a la esclavitud que Amor impone y ahora, en vez de olvidarse de todo y vivir una vida libre y feliz, sólo esperaban a volver a lo mismo después de penar una culpa de la que en verdad carecían: La Culpa es el Alma, pero ellas seguían sin saberlo. Y como los cuentos terminan como han de terminar, la Sirenita subió al cielo envuelta en una nube de color rosa.

¿De qué otro color podría ser si no?

Andersen el embaucador y su nariz de mentiroso

 

 

 

 

 

 

 

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SANTAS LECTURAS

SANTAS LECTURAS

En el capítulo 81 (página 185) de la (las) Gesta Romanorum : exempla europeos del s. XIV  (Akal, 2004) se escribieron en 1342 y son un florilegio de Ejemplos moralizados se supone que para uso de predicadores. Hay de todo, es decir, de todo se nutren: hagiografías, mitos, cuentos, leyendas, lays, etc, todos muy populares en la época y que, vistos desde nuestro siglo (y nuestros ojos, de los cuales mucha gente aún carece o quiere carecer como propone Boris Vian en su relato El amor es ciego) son realmente grotescas y siempre divertidas.

Si me perdonáis la redundancia propongo de los Exempla un ejemplo. ¿Que no? Pues una verbigratia: La tremebunda historia del Nacimiento del Santo Padre Gregorio, que recoge (y amplía con verdadera devoción) la tragedia de Sófocles, Edipo rey (Edipo quiere decir en nuestra lengua pies grandes o hinchados, puesto que su padre, Layo le atravesó con fíbulas los pies antes de abandonarlo). En fin, en este ejemplarizante cuento se relata cómo Gregorio, a pesar de su pecaminoso y horrible origen , además aún de su vida de abominable recuerdo, nada pudo impedir su elevación al trono de San Pedro.

La cosa (muy resumida) es así: Resulta que dos hermanos, es decir, hermana y hermano, hijos de reyes, se amaban, al principio fraternalmente pero una vez entrados en la juventud su amor se convirtió en una pasión sexual irrefrenable, así que los dos, ya infatuados totalmente, se amaron, se amaron y se amaron, a resultas de lo cual ella quedó embarazada y, en consecuencia, llegó al mundo un niño, más tarde muchacho, de inefable hermosura, un bellísimo fruto incestuoso del que parte esta historia moral que tengo el gusto de contaros para vuestro solaz y ejemplo.

En fin, el padre, buscando la remisión de su enorme pecado se arma y parte a Tierra Santa como cruzado: allí muere en hecho de guerra y, mientras tanto la vida lleva al hijo por caminos inciertos y peligrosos, puesto que la reina, decidida a no permitir el bautismo del fruto ilegítimo y sacrílego de su hija, encierra al retoño en un tonel junto con su cuna, una tableta explicativa y oro suficiente para la cría y sustento. Y lo confía al mar. Siete días festivos más tarde las olas y la marea depositan el tonel con el niño vivo aún (y no sabemos cómo, pero Dios Nuestro Señor todo lo sabe) en una playa vecina a un monasterio cuyo abad, Gregorio de nombre y de gran piedad, bautizó al fortuito y errabundo marino y le puso su propio nombre. El muchacho, tan agraciado como dije, y gran inteligencia natural, recibió en el monasterio una educación exquisita y piadosa a resultas de la cual estuvo preparado para lo que había de venir.

Su madre, sabiéndose pecadora y no confiando en la cristiana remisión de su pecado, se negaba a casar, no sólo por su sentimiento de culpa sino porque en lo más íntimo de su ser guardaba por su hermano muerto una sacrílega y inquietante fidelidad, y se negó, incluso cuando un poderoso príncipe extranjero del que nada más sabemos pidió su mano, de manera que airado en grado sumo por el desaire, le declaró la guerra, invadió sus territorios y ocupó la mayor parte de ellos excepto -claro- la última plaza fuerte, el bastión de la ahora reina soltera, que no doncella.

Sucedió que Gregorio, ya sabedor de su origen incestuoso y en camino penitente al Santo Sepulcro llega a la ciudad en que su madre resiste ya sin esperanza al conquistador. Habiendo tenido conocimiento de la desgracia de la reina le ofrece su ayuda y con ella la ultima resistencia, dando en combate la muerte al colérico príncipe desairado. La reina le recibe, le escruta pero no le reconoce y, aprovechando su agradecimiento y buena disposición, los cortesanos le proponen a este joven salvador tan agraciado y de tan buenas maneras que indican una noble procedencia, le proponen, digo, la boda con él; ella vacila, pide tiempo: un solo día; reflexiona y, sorprendentemente, accede, de forma que la suma de horrores se adueña de la escena, puesto que en el fondo de la alegría popular y la celebración del himeneo entra el hijo de la reina en el lecho y el cuerpo de su madre, amándose ambos con amor verdadero. Se deja llevar la reina de sus recuerdos, por ejemplo, cuando sabe de la muerte de su esposo y hermano; recuerda su amargo lamento: Se fue mi esperanza, se extinguió mi fuerza, mi único hermano, mi segundo yo; recuerda cómo se lanzó sobre el cadáver, lo cubre de besos, la apartan de él por la fuerza, y entonces… Entonces descubre la tableta que su esposo guardaba celosamente en un secreto gabinete y, de repente, la verdad amarga y definitiva llega a su pensamiento, y sabe que su esposo es su hijo. Dice: Oh, mi dulce hijo, eres mi único retoño, mi esposo y mi señor, eres mi hermano y de mí el único vástago, dulce hijo mío. y Tú, mi Dios, ¿por qué me dejaste nacer?

Y aún se pensó afortunada porque no le había dado un hijo a su esposo, un hijo, que hubiera sido su hermano, un hijo que hubiera sido nieto suyo… Oh, cuánto desastre.

Y marchó Gregorio en busca de su penitencia y su expiación. Marchó descalzo y a pie y dio con pescador que se percató enseguida de su alcurnia, y le rogó al pescador que le ayudara a encontrar la más sola de las soledades y el pescador, quiso y le llevó a un apartado peñasco del oleaje batido constantemente y allí quiso ser encadenado con grilletes anclados en la roca y al mar fue la llave de los grillos que ahora rodeaban sus tobillos. Y así pasó.

Y sucedieron los años, tantos como diecisiete de dura penitencia, que no sabemos de qué se alimentó, qué agua bebió, y una vez pasado ese tiempo Dios Nuestro Señor escuchó su súplica y le dio el perdón y sucedió el milagro, pues en Roma, el Papa había muerto y una voz del cielo se oyó, y dijo: Id en busca de Gregorio, el hombre de Dios y nombradle mi Vicario en la Tierra. Y de todos los mensajeros, uno le encontró por medio del pescador, que recordaba hecho y posición del peñasco en la mar y, además, pescó de paso un pez que, en la barriga, llevaba la llave de los grilletes que aprisionaban a Gregorio, y cuando el mensajero le dijo que Dios le había destinado a ser Su Vicario, Gregorio ni se inmutó y dijo consecuentemente: Si tal es el deseo de Dios, que su voluntad se cumpla.

Llego a Roma, repicaron las campanas sin necesidad de campaneros como diciendo: “Nunca, en la historia de la cristiandad, había Roma tenido un papa tan piadoso, recto y sabio. Y tanta fue la repercusión de estas novedades que la noticia llegó a su madre y antigua esposa convenciéndola de que quién mejor para curarla habría en el mundo que este santo varón. Y allá que se fue a Roma a confesar sus pecados al Papa, pero éste, escuchada su confesión, la reconoce: Oh mi dulce madre, hermana y esposa. Oh mi amiga. El Diablo quiso y creyó conducirnos al Infierno, pero Dios ha sido más fuerte y lo ha evitado.

Acto seguido ordenó construir un claustro y, una vez consagrado, hizo de él abadesa a su madre, y con el tiempo, ambos murieron y eternamente vivieron  en el seno del Señor.

 

… Bueno si alguna vez habíais leído una historia tan desmesurada, divertida y sacrílega, destinada a la amonestación del pueblo llano y a mayor gloria de Dios, pues no tenéis más que decirlo, y si no, simplemente espero que hayáis pasado un buen rato leyendo estos excesos que produce la fe religiosa, fe que armada resulta peligrosa siendo estos relatos de (las) Gesta romanorum simplemente perniciosas para la salud mental de los cándidos oyentes candorosos, papanatas y supersticiosos.

Vale.

SU DAÑO ESTÁ EN ELLAS MISMAS

SU DAÑO ESTÁ EN ELLAS MISMAS

Llevo dándole vueltas a este asunto de la parcialidad evidentísima en los juicios por violación o malos tratos o, incluso, muerte mediante. Y es que no resulta fácil de explicar tanta coincidencia en la magistratura para sabotear el derecho de las mujeres víctimas de los casos arriba citados, la comprensión benevolente de jueces y juezas ante el violador, maltratador o asesino y, lo que es aún peor y termina de rizar el rizo: la remota culpabilidad de la mujer vejada o muerta en los hechos, ya sea por poca defensa, vestimentas o actitudes provocativas y demás peregrinas opiniones al respecto, todas ellas coreadas por los medios de comunicación de masas, periodistas y/o tertulianos bien pagados o, simplemente imbéciles como ese matador de toros cuyo nombre no citaré aquí, y un largo etcétera de energúmenos en todas las tabernas de España.
Por supuesto, bien mirado este paisaje social desde los partidos de derecha y extrema derecha de nuestro desventurado país.
¿De dónde sale todo esto? ¿Quién sustenta la teoría, la ideología desde la cual todo está permitido si contra las mujeres se trata?
Nada existe en el mundo de los humanos que no tenga una justificación. Nada, ni guerras, ni masacres, ni etnocidios, ni asesinatos políticos o civiles, ni hambrunas, ni esclavitud ni…

Y en este caso que nos ocupa (en otros también, pero ciñámonos al tema): A la Iglesia católica, a sus teólogos. La teología sustenta vejaciones y muertes de mujeres, pero sobre todo su propia culpabilidad: es la mujer la culpable de sus propios males y lo es con todo el peso de ese inteligente artificio que es la teología.

MI problema en este caso es de índole espacial, porque comenzar a citar párrafos y párrafos de Agustín de Hipona, Padres de la Iglesia, Tomás de Aquino y otras preclaras mentes eclesiásticas se me hacía engorroso, largo y de difícil comprensión para el que no está habituado a leer este tipo de literatura ni sabe nada de la historia de la Iglesia ni de las bases que en la Alta Edad Media sostuvieron la superchería de las brujas y el nacimiento de la Inquisición, así que he recurrido a la novela, muchas veces reflejo del mundo y de las opiniones que por él medran o desaparecen y, también muchas veces, más plausibles y menos dictadas por la conveniencia del Poder, como suele serlo la Historia que nos enseñan desde la infancia.
Y entre los diversos novelistas, he recordado a uno que es compendio de poetas precedentes,  Milton, Shakespeare y Goethe: Thomas Mann, y su novela Doktor Faustus.
Es una novela culta no fácil de leer para la mayor parte de lectores por eso, porque es culta, porque hay que tener una base filosófica y religiosa amplia, incluso unos conocimientos musicales que no están al alcance de una gran mayoría. Esta novela es una imitatio del Fausto de Goethe, y como afirma Leopold Bloom (y yo siempre estaré de acuerdo con esta afirmación), Cualquier gran obra literaria lee de una manera errónea -y creativa- , y por tanto malinterpreta un texto o textos precursores, de forma que Mann, en su imitatio lo que consigue es una lectura errónea del Fausto antecesor que se resuelve en el Doktor Faustus que citaré seguidamente.
La novela está escrita en primera persona y es, en realidad, una biografía, la de Adrian Leverkühn narrada por su amigo Serenus Zeitblom, como digo, un texto no fácil (pero no imposible, claro: es una delicia para el pensamiento), que recorre la historia de Alemania en sus autores; su título original (hoy resumido) es Doktor Faustus. Das Leben des deutschen Tonsetzers Adrian Leverkühn, erzählt von einem Freunde  (Doctor Fausto. La vida del compositor alemán Adrian Leverkühn contada por un amigo). La escribió Mann en el exilio en los USA; en sus páginas aparecen opiniones de Strawinski, Schönberg, Adorno y otros exiliados en Los Ángeles, sobre todo Adorno (tan querido de Cortázar, recuerdo ahora). En sus páginas viven Nietsche, o Wolf… Y Mann construye su novela siguiendo la técnica compositiva de la escala cromática (doce notas) de Schömberg como se anunció en todas las ediciones. En fin, no seguiré hablando del texto sino para situar al lector en él: es mejor leerlo y observar en sus páginas, cómo Alemania se vende al nazismo, cómo a causa de esto cae desde las cumbres intelectuales y artísticas en que estaba a la mayor regresión y penuria de la que, desde mi punto de vista no ha salido, si no se cuenta el poder del dinero como una virtud sino como el producto de un país de mercanchifles y expoliadores. La Culpa ha dejado Alemania una falsa grandeza, un oropel ridículo. Y un montón de dinero.
Como siempre, me he desviado de mi propósito con este largo circunloquio pero ya vuelvo al asunto primero: La culpa de las mujeres en su propio daño, y ésta, sin más es la larga cita con la que quiero llamar a la reflexión:
¿Pero de dónde venía la tentación? ¿Sobre quién había de recaer la maldición por haberla provocado? Fácil era decir que la tentación procedía del diablo. En el diablo residía la fuente, pero el encantamiento procedía del objeto tentador, y este objeto, instrumento del Tentador, era la hembra. Con ello, la hembra era, al propio tiempo, instrumento de la santidad, ya que ésta era inconcebible sin el apetito tumultuoso de pecar. La gratitud que por ello era amarga. Era, al contrario, de notar, y característica al propio tiempo, que si bien el Hombre (sic), en sus dos formas era un ser sexual, y aún cuando la localización del demonio en los riñones se aplicaba mejor al hombre que a la mujer, la maldición de la carne y la esclavitud del sexo eran exclusivamente atribuidas a la mujer y así se llegó al apotegma: “Una hembra hermosa es como un anillo en la nariz de una cerda.”  ¡Cuántas cosas semejantes, y profundamente sentidas no se han dicho desde tiempo inmemorial sobre la mujer! Todas se refieren a la apetencia de la carne identificada con la hembra en tal forma que  lo carnal en el hombre es también de cuenta de la mujer. De aquí la palabra: “Encontré a la mujer más amarga que la muerte e incluso una buena mujer está sometida a la apetencia de la carne.”
El párrafo forma parte de una clase de teología a cargo del profesos itinerante Eberhard Schleppfuss que habla de la libertad (desde este punto de vista teológico, claro) y, más concretamente de la libertad del Diablo a quien Dios le da una especial libertad No en vano le dijo el Ángel a Tobías: “El demonio se apodera de aquellos que se abandonan a la lujuria.”
 Y siguiendo con la cita (larga, ¿eh? ¿Ha llegado alguien hasta aquí?) Bueno, va:
Podría preguntarse si no le ocurre lo mismo al buen hombre. Y de un modo más particular, al Santo. Sin duda, pero sobre todo ello era obra de la hembra que, como tal, representaba la lujuria sobre la tierra. El sexo era su dominio, y por el mismo nombre, Femina, que en parte significa Fe y en parte quiere decir menos, es decir, de poca fe, era natural su relación con los espíritus abominables de que este reino está poblado y natural también que pesara sobre ella la sospecha de brujería. Ejemplo de ello era precisamente aquella mujer que tuvo durante largos años relaciones con un íncubo en presencia de su dormido y confiado marido  (recordad a Rosemary en la peli de Polansky, Rosemary’s babe, La semilla del diablo en nuestro país, claramente inspirada en este texto)…
Un poco más adelante, Scheleppfuss cuenta una historia tremenda, repugnante y esclarecedora respecto al tema que tratamos: ¿Por qué es la mujer la culpable de su propio daño y no el hombre que lo causa? La historia se resume en que Heinz Klöpfgeissel, joven apto de cuerpo y con buena salud, se enamora, desea a una muchacha llamada Barbel y es correspondido por ella, pero la negativa del padre de ésta les hace imposible una boda, así que, a escondidas del padre, ellos se amaron apasionadamente y abrazados los dos, cada uno creía que el otro era el ser más bello de la tierra. Pero un día que el joven se fue con los amigos a una fiesta a Constanza y, por la noche, quisieron los amigotes ir en busca de putas a un garito local; él, Heinz, se resistía a ir con ellos, pero le tacharon de poco hombre y demás insultos y vejámenes como se suele, así que al final cedió. Sin embargo al encontrarse frente a la mujer alquilada no pudo por más que quiso levantar su ánimo y sufrió la correspondiente humillación. La mujer, no sólo lo ridiculizó, sino que sospechó que allí había algo anormal y sospechoso… Regresó a su casa y en cuanto pudo a su amada Barbel y con ella no tuvo problema alguno y gozaron dos deliciosas horas. Pero el muchacho se quedó, digamos, con la mosca tras la oreja y volvió de putas con el mismo resultado que la primera vez, cosa que nunca le pasaba con Barbel, y comenzó a sospechar de que ella algo escondía. Más adelante una mujer se le insinuó claramente, pero él se retiró avergonzado por las burlas e irritado por su comportamiento tan poco varonil.
¿Se le ocurrió pensar que Barbel llenaba todo su amor y que las demás, simplemente, no le atraían? No, lo que se le ocurrió es que su cuerpo había caído en las garras del demonio, así que viendo en peligro su honor y la salvación de su alma cantó todo en el confesionario; el confesor contó el caso a sus superiores, que llamaron a declarar a la joven que, al final, terminó confesando que le había untado la espalda con un ungüento por miedo a perder la fidelidad del muchacho; el ungüento se lo procuró una vieja y estaba hecho -decía la confesión- con grasa de un niño muerto sin bautizar, la vieja lo negó, pero la Iglesia la envió al brazo secular (La Inquisición no podía derramar la sangre de los interrogados, sólo podía presionar con la tortura simple: tortura,procedente de ‘torquere’  término del latín tardío que se refiere a torsión, torcimiento, curvar, pero nada de sangre, como se acepta ahora). La vieja, confesó,claro: Había cerrado pacto con el Diablo (un monje con pies hendidos de cabrón), profanado las cosas sagradas con las más horribles blasfemias obteniendo a cambio las recetas para todo tipo de pociones y panaceas.
Pero de lo que se trataba era de saber hasta qué punto la salvación del alma de la joven estaba en peligro, y a resultas de la totalidad de su confesión, resultó que sí, que estaba en peligro conspicuo y flagrante, así que no había más remedio que salvarla mediante el fuego de las garras del Diablo, por tanto la vieja y la joven, brujas confesas, fueron liberadas mediante el fuego a la vista de todos, Heinz incluido que, al ver reducido a cenizas su amor, se sintió liberado y con toda su hombría en regla.
De ahí, que necesariamente la culpa de los males debidos al deseo y la lujuria de los hombres sea exclusivamente cosa de las mujeres, puesto que son ellas las que de una u otra forma provocan la virilidad y excitan el deseo hasta el punto de perder ellos la noción del daño puesto que no son ellos los que lo causan sino las propias mujeres las que lo piden a causa de su propia fatalidad.
Y, como conclusión, una observación sobre nuestro cuerpo de judicatura: ¿No está acaso perfectamente inficionado de jueces ultra católicos, gente del Opus Dei, que se basan en estas “Verdades directamente inspiradas por Dios”, sus profetas, exegetas y teólogos en general. ¿O pensabais que están ahí solamente de figurones y para pasar el rato?
Seguid votando a las derechas y permitiendo que la Iglesia mantenga su poder político y financiero y seguiréis oyendo cada vez que le pillen a uno de sus miembros tirándose niñas  que fueron ellas, las niñas, las que me provocaron; el Diablo por medio de ellas.
Y todos tan amigos.
EL MANZANARES, PARADIGMÁTICO CAUDAL

EL MANZANARES, PARADIGMÁTICO CAUDAL

Rodolfo II en sus buenos tiempos

Con el Manzanares se mete todo el mundo, por ser río familiar de Madrid y cuyas riberas se besan por la noche: tan cercanas viven la una de la otra.  Pero es un gran río, no en vano lo ponderó Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio y alquimista en ratos libres, del cual sacaron el gesto Carlos V y Felipe II, dejando el deterioro absoluto para los siguientes austrias, que dijo entusiasmado:
El Manzanares es el mejor río del mundo porque es el único navegable a caballo
Y uno de sus descendientes, el citado y ya tocado por los incestos, Felipe II, rey de las Españas todas, picado porque Madrid no tenía puerto y Londres, Pariś e, incluso los Países Bajos sí que lo tenían,  ideó un puerto en el Manzanares al que se llegaría a través del Tajo, pero de ánimo obsesivo, timorato y morboso como usaba se rajó al poco de la derrota de su Armada diciendo :
¿Para qué queremos un puerto si naves ya no quedan?
Tenía su gracia Felipe: la Gracia de Dios. Y el caso es que todo el mundo tenía algo qué decir, también el pepino alambicado e incomprensible llamado don Luis de Góngora y Argote que cuando se construyó el puente de Segovia, gracioso escribió:
Y aunque un arroyo sin brío os lava el pie diligente / tenéis un hermoso puente con esperanzas de río.

Don Francisco

Don Luis, gran pedante

O don Francisco de Quevedo y Villegas, tatarabuelo de Mer, que dejó estos versos:
Enano sois de una puente / que pudierais ser marido / si al besalla en los tres ojos la llegareis al tobillo. / Al tobillo, mucho dije: / a la planta apenas digo / y eso no siempre, descuida / porque calzada ha vivido.
Y aún podría seguir una abigarrada lista de opiniones sobre este fenómeno de la naturaleza, pero como estoy dando un repaso a mis queridas Rimas de Tomé de Burguillos lo dejo con este soneto en el que el mismísimo Manzanares -¡por fin!- opina sobre sí mismo, con castizo humor, de manera que es su decir el que prima entre todos, puesto que -como se ve- el Manzanares es río que se conoce a sí mismo.
No como otros.

Don Félix: su mirada melancólica, sin duda causada por la racanería del miserable duque de Sessa, gran cretino de España

LAMÉNTASE MANZANARES DE TENER TAN GRAN PUENTE
Quítenme aquesta puente que me mata,
señores regidores de la Villa;
miren que me ha quebrado una costilla;
que aunque me viene grande me maltrata.
De bola en bola tanto se dilata,
que no la alcanza a ver mi verde orilla;
mejor es que la lleven a Sevilla,
si cabe en el camino de la Plata.
Pereciendo de sed en el estío,
es falsa la casual y el argumento
de que en las tempestades tengo brío.
Pues yo con la mitad estoy contento,
Tráiganle sus mercedes otro río
que le sirva de huésped de aposento.
                                                                                                                                                                                                                                   (Edición de J. M. Blecua, 1976)

El Manzanares en invierno

VILLIERS

VILLIERS

Como recientemente (justo abajo) cité de pasada al doctor Tribulat Bonhomet, me ha dado el capricho de volver a leer algo de Villiers, así que he acudido a alguno de mis libros y, directamente, a la novela corta que recordé en mi cita, la llamada Claire Lenoir:

                                                                                                       

CLAIRE LENOIR

MEMORANDUM DEL DOCTOR

TRIBULAT BONOMET

Miembro honorario de varias academias

catedrático de psicología

referente al

MISTERIOSO CASO DE LA DISCRETA

Y CIENTÍFICA PERSONA

VIUDA CLAIRE LENOIR

Así que releyendo confortablemente sentado en mi sillón llego a la página 54 de mi edición (que citaré más tarde) y me encuentro con este texto que había olvidado:

“En todos los países, todo ciudadano digno de ese nombre dispone, entre sus trabajos y sus comidas, de cerca de tres horas de ocio por día. Normalmente llena esos momentos de respiro con la ayuda de una pequeña charla inocente y digestiva, sobre los asuntos de la patria.Ahora bien, ¿si no pasa nada notable ni “grave”, en qué podrá centrar su discusión? Se aburrirá, falto de tema de conversación: y el aburrimiento de los ciudadanos es fatal casi siempre para los jefes de Estado. Cuando la lengua está ociosa el brazo está presto a actuar, y, como hay que llenar las tres horas citadas anteriormente, el conversador de ayer se convierte en el conspirador de hoy. Ese es el triste acento de las revoluciones.

Me parece entonces que es deber de todo buen gobierno suscitar, lo más a menudo posible, guerras, epidemias, acontecimientos de toda clase ( afortunados o desgraciados, poco importa), cosas, en fin, que sean capaces de alimentar la charla banal, inocente y digestiva de todo ciudadano.

Tras veinte, treinta, cuarenta años de perpetuo ¡quien vive! los reyes han desviado la atención: han reinado tranquilamente, se han divertido mucho y todo el mundo está contento. Esta es, en mi opinión, una de las principales definiciones de la alta diplomacia: ¡ocupar el espíritu de los ciudadanos al precio que sea, a fin de evitar cualquier atención sobre sí misma, cuando se ha tenido el honor de recibir de las manos de Dios la misión de gobernar a los hombres! ¡Maquiavelo -mi amado maestro- (lloro al pronunciar su nombre), nunca ha hallado una fórmula tan clara como ésta! así se concibe mi indiferencia por los acontecimientos, los imprevistos políticos y las complicaciones de los gabinetes de Europa; dejo el interés de las controversias que suscitan a espíritus cariados por un ansia congénita de perder el tiempo.

La extraña historia del Doctor Bonhomet; Alfaguara-Nostromo. traducción de Eduardo Bustos para esta colección dirigida por J.A. Molina Foix y Mauricio d’Ors. Madrid, 1977.

Una muy estimada y venerable colección la de Alfaguara-Nostromo, que aún no sé cómo ha resistido completa el devenir de los años y mis múltiples traslados.

En fin, sólo quería constatar lo poco que cambia el paisaje de los tiempos, de los humanos y de su inocente majadería. Ahora, los entretenimientos que los gobiernos de los diferentes estados y del mundo en general simplemente tienen más medios para lanzar sus redes de arrastre y palangres varios. Y todos pican, o casi todos (uno o dos de cada millón, no, estimo, pero no cuentan). Las redes sociales cumplen su cometido y, quien más quien menos reproduce fielmente personajes, bulos y estupideces sin fin, de todo con tal de no sentarse a pensar un minuto sin imágenes, sin ruido de fondo, a solas con su cerebro: Todos entretenidos en sus tres horas de ocio, incluso perdiendo las del sueño con tal de seguir enfangados en tanto dulce de una basta mixtura de miedo pánico, felicidad compulsiva y amor desmedido también pánico.

Un sinvivir, queridas y queridos, una angustia permanente, siempre sin darse cuenta que tanto angustia como angosto tienen la misma raíz: Angustus, ‘desfiladero o abismo profundo y estrecho’, es decir que cuando uno va y dice que está o se siente angustiado, lo que está diciendo es que permanece en ese desfiladero o abismo, y lo que siente es simplemente miedo, porque tanto desfiladeros y abismos son de siempre peligrosos.

Así que toda esta panoplia de disparates, horrores, guerras -todas injustas- antidisturbios cada vez más parecidos a los de los cómics de Moebius, catástrofes, baladronadas o majaderías emitidas por políticos de este u otro signo o de sus periodistas bien pagados, son -puedo afirmarlo sin temor- nuestros desfiladeros y nuestros abismos.

Y ahí permanecemos esperando nada.

O que alguien nos degüelle.

 

Así que ya sabéis por qué nunca reproduzco fotos de gobernantes, mandamases o propios; nunca reproduzco noticias (ni leo periódicos, ni escucho noticieros ni tengo TV)

en las que la mal llamada política tenga algo que ver ni comento nada de nada. Y es que es mejor leer y leer, aunque parezca que se olvidan textos

(que no se olvidan: simplemente quedan ahí, en el cerebro de uno, con sus alarmas conectadas).

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LISTADOS

LISTADOS

Por encima de todas las cosas escritas están las listas; amo las listas, como a algunos lectores compulsivos que conozco , me fascinan, y por tanto, amo los diccionarios, que son listas de listas porque cada entrada forma parte de una o varias listas, por ejemplo, taza, que está en la lista de palabras que comienzan por T, pero también en objetos para tomar café, té, infusiones varias, medir la cantidad de arroz, de azúcar, tazas de loza, de porcelana, de vidrio y de cristal, de manera que las listas de un diccionario rozan el infinito. Y están los diccionarios de fósiles, de minerales, de cristalografía, de filosofía, religión, mitologías, de aves, de mamíferos, de ungulados, de anélidos, que forman un enorme grupo de invertebrados protóstomos de aspecto vermiforme,  de anuros y uroledos, de orden y de uso… por tener, tengo en casa diccionarios de todo lo citado, de varias lenguas, algunas de las cuales no comprendo, un diccionario de perfumería, otro de bosques caducifolios del norte de España, de la Selva Negra, de plantas gimnospermas, angiospermas y monospermas; tengo un diccionario de insectos y otro de anatomía humana y tengo otro de geografía política, uno verdaderamente oportuno que se titula Diccionario de la ignorancia (1998), dirigido por Michel Cazenave, y que trata, como su título indica, de lo que no sabemos: cosmología negra, vacío cuántico, matemática como modelo de la realidad, sopa prebiótica, la locura, la inteligencia artificial y  -por supuesto- el no-saber,  y alguno más que se me escapa ahora. Y tengo para mi goce los 23 tomos con sus cinco apéndices de la Enciclopedia Hispanoamericana de Muntaner y Simón comenzada a publicar en 1887 y terminada en 1910.

Me gusta cuando en un libro aparece una lista entre las cuales destaco las que hace Joyce en el Ulises (cap. 17), listas excelsas, como ésta primera: 

¿De qué deliberó el duumvirato (Bloom – Stephen) durante su itinerario?

Música, literatura, Irlanda, Dublín, París, la amistad, la mujer, la prostitución, la alimentación, la influencia de la luz de gas, o la luz de arco voltaico en el crecimiento de los paraheliótrópicos árboles adyacentes, la exhibición de cubos de basura municipales par emergencias, la Iglesia Católica, Romana, el celibato eclesiástico, la nación irlandesa, la educación jesuítica, las carreras, el estudio de la medicina, el día de ayer, el maléfico influjo de la víspera de fiesta, el desmayo de Stephen.

O ésta que a mí me anonada porque -entre otras cosas- en su día escribí un diccionario de términos marineros que no me ha hecho modestamente millonario:

¿Qué admiraba en el agua Bloom, amador del agua, sacador de agua, portador de agua volviendo al fogón?

Su universalidad: su igualdad democrática y su fidelidad a la naturaleza buscando su propio nivel: su vastedad en el océano de la proyección de Mercator: su profundidad no sondeada en la fosa de Sundam en el Pacífico excediendo las 8.000 brazas: la inquietud de sus olas y partículas superficiales visitando uno tras otros todos los puntos del litoral: la independencia de sus unidades: la variabilidad de los estados del mar: su quiesciencia hidrostática en calma: su turgidez hidrocinética en las aguas muertas y en las mareas vivas: su apaciguamiento después de la devastación: su esterilidad en los casquetes circumpolares, ártico y antártico: su importancia climática y comercial: su preponderancia de 3 a 1 sobre la tierra seca en el globo: su indisputable hegemonía en extensión de leguas cuadradas por toda la zona por debajo del trópico subecuatorial de Capricornio: la estabilidad multisecular de su fosa original: su lecho lúeofulvo: su capacidad para disolver y contener en solución todas las sustancias solubles incluyendo millones de toneladas de los metales más preciosos: sus lentas erosiones de penínsulas y promontorios con tendencia a bajar sus depósitos aluviales: su peso y volumen y densidad: su imperturbabilidad  en lagos y lagunas de meseta: su gradación de colores en las zonas tórrida y templada y frígida: sus ramificaciones vehiculares en corrientes continentales en cuencas lacustres y ríos confluyentes y fluyentes al mar con sus tributarios y las corrientes oceánicas: corriente del Golfo, con sus ramas nordecuatorial y sudecuatorial: su violencia en maremotos, trombas marinas, erupciones, torrentes, remolinos, desbordamientos, avenidas, olas de fondo, divisorias de aguas, géiseres, cataratas, torbellinos, maelstroms, inundaciones, diluvios, aguaceros: su vasta curva ahorizontal circumterrestre: su secreto en los manantiales y la humedad latente, revelada por instrumentos rabdománticos o higrométricos y ejemplificada por el agujero en la pared en Ashtown Gate, la saturación del aire, la destilación del rocío: la sencillez de su composición, dos partes constitutivas de hidrógeno por una parte constitutiva de oxígeno: sus virtudes curativas: su capacidad de hacer flotar en las aguas del Mar Muerto: su perseverante penetrabilidad en arroyuelos, canales, diques insuficientes, vías de agua en buques: su propiedades para limpiar, apagar la sed y el fuego, alimentar la vegetación: su infalibilidad como paradigma y parangón: sus metamorfosis como vapor, niebla, nube, lluvia, nevisca, nieve, granizo: su fuerza en mangueras rígidas: su variedad de formas en lagos y bahías y golfos y calas y ensenadas y lagunas y atolones y archipiélagos y estrechos y estrechos y fiordos y minches y estuarios y brazos de mar: su solidez en glaciares, icebergs, témpanos: su docilidad en hacer funcionar ruedas hidráulicas, turbinas, dínamos, plantas hidroeléctricas, lavaderos, tenerías, fábricas textiles: su utilidad en canales, en ríos, si navegables, en dique flotantes, y secos: su potencialidad derivable de mareas embridadas o cursos de agua cayendo de un nivel a otro nivel: su fauna y su flora submarina (anacústica, fotofóbica), numéricamente, si no literalmente, los habitantes del globo: su ubicuidad al constituir  el 90% del cuerpo humano: la nocividad de sus efluvios en marismas lacustres, pantanos pestilentes, agua de macetas echada a perder, charcos estancados bajo la luna menguante.

¿No es una belleza? Y aún hay lectores que temen a Joyce.

Recuerdo las listas infinitas de Borges de el Aleph o de La Biblioteca de Babel (El jardín de los senderos que se bifurcan, 1941; Ficciones, 1944), una biblioteca aparentemente infinita pero finita aunque de enorme e inimaginable vastedad al limitarse por las 410 páginas por volumen, 40 renglones por página y 80 símbolos por renglón. Una biblioteca que es un universo cerrado con todo lo que contiene que son todos los libros posibles inteligibles o ininteligibles arbitrariamente ordenados o desordenados y que precede o preexiste a lo humano.

Los listados de los lugares e historias que el Danubio recorre y alimenta según Magris (El Danubio,1986), a saber: Alemania, Austria, Hungría, Checoslovaquia, Yugoeslavia,Rumanía y Bulgaria, con todos y cada uno de los lugares que visita, 85, si mal no recuerdo, comenzando por las dos fuentes, la de Brigach y la de Breg y acabando en el hermoso e inmenso delta del Danubio cuya ciudad más oriental es Sulina, en el canal del centro,  o del mismo Magris, el listado secreto de Microcosmos; 1997, la encadenada relación de dioses y diosas en la novela de Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía, 1988) o la precisa relación de Antonio Ruiz de  Elvira en su libro imprescindible Mitología Clásica (1975).

The art of living

Y sin lugar a dudas La vida instrucciones de uso (1978) De Georges Perec, obra de culto, un libro que según el mismo Perec se ha construido como una casa en la que las habitaciones se unen unas a otras siguiendo la técnica del puzzle. Perec nos explica haberse inspirado en El diablo cojuelo, de Luis Pérez de Guevara (1641) en la traducción (o más bien adaptación) de Lesage (1707), en en una escena que aparece en el Gengi Monogatari (+/- 1000) o La novela de Gengi, de Murasaki Shibiku, uno de los tesoros preferidos de mi biblioteca) y, finalmente en un dibujo de Saul Steinberg, The Art of Living (1949) en el vemos un edificio sin fachada con todas las habitaciones y sus ocupantes y objetos. El resultado es una novela de elementos cruzados con más de cien personajes, aunque al final todo acabe girando alrededor del millonario Bartlebooth (acrónimo del Bartleby de Melville y del Barnabooth de Larbaud) y del constructor de puzzles, Gaspar Winkles, y está concebido a la manera oulipiana (de Oulipo, acrónimo de ouvroir de litératture potentielle , método creado por escritores y matemáticos franceses y fundado por Raymond Queneau y François le Lionnais en 1960). Pero no seguiré explicando este texto porque temo que los que no lo conozcan le van a pillar canguelo: siempre es mejor leer sin prejuicios, ni buenos ni malos. Lamentablemente no logro encontrar mi ejemplar en las estanterías: es posible que con tantos traslados en mi vida, haya decidido reinventarse a sí mismo como sugiere el texto y se haya transmutado en personaje imaginario del sótano de la señora Moureau. Y por ahí ande, de manera que no puedo apuntar aquí alguna de las páginas de esta obra maestra, de culto creciente desde su aparición en 1978, culto al que me adscribí yo mismo en 1993 al aparecer la edición de Anagrama, edición que, precisamente es la que se me ha escapado de las estanterías.

Perec relata detalladamente cada objeto, cada estado, cada personaje que están en cada lugar de cada estancia un ejercicio de literatura hiperrealista para los muy caprichosos; frikis nos llaman ahora: bien.

Del mismo Queneau (1903-1976), podéis leer todo un listado completo de formas retóricas a partir de una anécdota común y corriente bajo el epígrafe Notaciones. A partir de ella, siguen 99 formas retóricas, narrativas, poéticas, musicales, etc. que reinterpretan el mismo texto. El libro se titula, por si a alguien le interesa Ejercicios de estilo (1947, y 1987 de la edición en castellano de Cátedra).

Pero ya que he nombrado al Oulipo, no puedo por menos que poneros un ejemplo de un texto interpretado a la manera oupiliana, de una de sus formas más conocidas: el método de transformación S+7, algo laborioso pero muy sencillo y que consiste en partir de u texto base y -con ayuda de un diccionario reemplazar en él cada sustantivo (S) por la séptima entrada (+7) que se encuentre después de dicho sustantivo: muy divertido:

En la prisa creó Dipsómano el cientopiés y las tijeretas. Pero las tijeretas eran confusión y vacío; había tintorerías por encima de la ablución y el esplín de Dipsómano estaba planeando por encima de los aguijones. Entonces dijo Dipsómano: “Que haya labio” y hubo labio. Vio Dipsómano que el labio era bueno y separó el labio de las tintorerías. Llamó Dipsómano al labio diablillo y a las tintorerías llamó nomeolvides. Atardeció y amaneció: diablillo primero.

Dijo entonces Dipsómano: “Que haya un fisgón en medio de los aguijones y que él esté separado de los aguijones”. Y fue así. Hizo pues Dipsómano, el fisgón y separó los aguijones que están abajo de los aguijones que están por encima del fisgón. Llamó Dipsómano al fisgón cientopiés. Atardeció y amaneció: diablillo segundo.

Dijo entonces Dipsómano: “Que se amontonen los aguijones de debajo del cientopiés en una sola lujuria y que aparezca la secta” Y fue así. Llamó Dipsómano a la secta tijeretas y al amontonamiento de los aguijones llamó marca.

Vio Dipsómano que estaba bien; Dijo entonces Dipsómano: “Que las tijeretas broten higo, higo que produzca simpatía y arcabuces frutales que den fuerza según su espectro con su sémola dentro de sí, sobre las tijeretas. Y fue así.

¿Reconocéis el texto? Claro. Decir que la traducción pertenece a La Sagrada Escritura, texto y comentario por profesores de la Compañía de Jesús (B.A.C., 1967, pp 26-30)

Una lista que me subyugó y me impelió a leer de una tirada el libro es la que aparece en el primer capítulo de la novela de Thomas Pynchon (uno de mis fetiches desde entonces) El arco iris de gravedad, es la descripción del despacho, de la mesa del despacho del teniente Tyrone Slothrop, personaje de apariencia inquietante como suele ser la apariencia de los espías:

…, el (escritorio) de Slothrop es un revoltijo descomunal. Desde 1942 no se ha limpiado hasta su superficie original de madera. Todo tipo de cosas han caído allí descuidadamente formando capas, sobre una base de esmegma burocrático que se tamiza todo el rato hacia el fondo, compuesto de millones de rizos rojos y pardos de goma de borrar, virutas de lápices, té seco y manchas de café, restos de azúcar y de leche, mucha ceniza de cigarrillos, despojos muy finos de cinta de máquina, engrudo, aspirinas que se desmenuzaron hasta convertirse en polvo. Además, gran cantidad de sujetapapeles, piedras de encendedor, gomas elásticas, grapas, colillas de cigarrillos y cigarrillos aplastados, fósforos dispersos, alfileres, trozos de plumas, cabos de lápices de todos los colores, incluyendo el difícil heliotropo y el ocre puro, tan difícil de obtener, cucharillas de madera, pastillas para la tos, es decir, los famosos Thayer’s Slappery Elm Throat Lozenges que la madre de Slopthrop, Nalline, manda desde Massachusetts, trozos de cinta magnetofónica, cordeles, pedazos de tiza… Encima de ese estrato, una capa de memorandos olvidados, libretas de racionamiento usadas, números de teléfono, cartas sin contestar, acordes para guitarra hawaiana garabateados en papeles correspondientes a una docena de canciones, incluyendo Johnny Doughboy encontró una rosa en Irlanda (“sus adaptaciones son bastante dinámicas”, dicen los informes de Tantivy. “Es una especie de George Formby norteamenricano, suponiendo que uno pueda llegar a imaginarse tal cosa”, pero Bloat opina que la cosa o es para tanto), una botella de tónico Kreml para el cabello, piezas sueltas de puzzles en las que se ve: el ojo izquierdo de un  perro Weimaraner, los pliegues de terciopelo verde de un vestido de mujer, el veteado azul pizarra de una nube distante, la aureola anaranjada de una explosión (quizás una puesta de sol), los remaches de la superficie de una Fortaleza Volante… y luego el muslo rosado de una guapa pin-up de labios prominentes…, algunos Resúmenes Semanales de Información Secreta del G-2, es decir, del servicio de espionaje del ejército de Estados Unidos, una cuerda de guitarra hawaiana rota y en forma de tirabuzón, algunas cajas de estrellas de papel engomado de diversos colores, piezas de una linterna eléctrica, la tapa de una caja de betún Nugget para los zapatos, en la que de vez en cuando Slopthrop estudia su borroso y broncíneo reflejo, una cantidad cualquiera de libros de la biblioteca de ACHTUNG, situada en la parte posterior del vestíbulo -un diccionario técnico alemán, un Manual Especial o Plan Urbano del Foreign Office- y, generalmente, a menos que desaparezca, un ejemplar de News of the World, del cual Slopthrop es fiel lector.

Los libros de cocina -y no me refiero a los simples recetarios- son una fuente casi inagotable de listas; una se me viene a la memoria y proviene del texto (apreciadísimo) de Álvaro Cunqueiro La Cocina Cristiana de Occidente (1981), en el que aparecen montones de listas; he escogido esta misma al azar, simplemente porque por ahí se ha abierto el libro:

– Es jacaré– explicó.

Es decir, cocodrilo. Bueno, era cola de cocodrilo joven. Rossi creía que era pirarucú lo que estaban comiendo, un pez enorme, que puede llegar a pesar un quintal; salta fuera del agua y entonces lo arponean. Rossi creía estar comiendo al tiempo que el pez, sus brincos, su furor, su violencia, la ansiedad de los hombres que lo pescaban temiendo acabar ellos en el río. “Era como si al comer un pajarillo, pensar uno en su canto y en el cielo por donde había volado”. Hay que sentirse poético cuando se come. Pasó el cocodrilo. ¿Mona asada? Es buena, pero algo dura. No más dura que la carne de asno, aseguran los anfitriones de Rossi, pero más sabrosa.

-Si se le despelleja, ya no parece un niño desnudo- aseguró el ama.

En cierta ocasión un amigo me contaba que había visto en Morella un cuadro de azulejos en el que se cuenta el milagro de san Vicente Ferrer. Cuando el santo andaba por allí, llegó a la casa de una pobre que quiso darle un banquete. Como no tenía carne a mano, mató a un niño de meses y se lo ofreció al santo guisado con garbanzos. Cuando el santo se sentó a la mesa adivinó qué carne era aquella, y resucitó al niño, que en los azulejos aparece saliendo de la olla. En la mitología griega hay otro banquete semejante, ofrecido a los dioses, que también devolvieron la vida al primogénito asado, aunque ya le habían comido un hombro, que se lo pusieron de marfil… En los banquetes amazónicos se come el guaribá, o mono aullador, y el coatí, que parece un gato enorme y negro, Se come el papagayo, y también se comen las hormigas saúba, que son su caviar, el caviar de aquellos indios. Las hormigas saúba, en el período de reproducción, ven su abdomen aumentar prodigiosamente. Los indios cogen la hormiga con dos dedos, la golpean en el borde de una calabaza, y hacen caer en ella el abdomen. Cuando han reunido unos cientos, se los comen, relamiéndose. Dice que los vientres de las hormigas saúba tienen mucho éxito entre los japoneses que viven en el Brasil.

Y en el libro de Jean Anthelme Brillat-Savarin, Fisiología del gusto, se puede leer:

Examinando las listas de platos de las diversas fondas de primera clase, y en especial la titulada de los hermanos Véry y la de los Provincianos, resulta que el gastrónomo sentado en el comedor tiene a mano como elementos de su comida por lo menos lo siguiente:

12sopas, 24 extraplatos, 15 o 20 entradas de vaca, 20 entradas de carnero, 30 entradas de aves y caza, 16 o 20 de ternera, 12 de pasteles, 24 de pescado, 15 asados, 50 platos intermedios y 50 platos de postres.

También podemos leer un listado absolutamente necesario para que las damas engorden (y también los hombres, pero antepongo a las damas porque como explica Brillat-Savarin, La mujer delgada desea engordar) y éstas son las disposiciones adecuadas:

Regla general: Debe comerse mucho pan tierno, amasado del día y no hay que separar la miga.

A las ocho de la mañana, y aún estando acostado, tómese una pequeña cantidad de sopa de pan o de pastas, a fin de que se digiera pronto, y si se prefiere, una taza de chocolate superior.

A las once se almorzará con huevos frescos revueltos o fritos, algunos pastelillos, costillas, y cuanto apetezca. Esencial es tomar huevos. Una taza de café no perjudica.

Debe elegirse la hora de comer de manera que al sentarse a la mesa se tenga hecha la digestión del almuerzo. Según nuestro dictamen, es perjudicial empezar una comida sin que la anterior esté fuera del estómago.

Terminado el almuerzo, hágase ejercicio, los hombres si se lo permiten sus ocupaciones, porque la obligación es lo primero, las señoras irán al bosque de Boloña,  a los jardines de la Tullerías, a casa de la modista, a tiendas y a visitar a sus amigas para charlar sobre lo que han visto. Somos de la opinión de que esos paliques obran como medicamentos eficaces por el contento que producen.

En la comida se tomará sopa, carne y pescado, cuanto se quiera; pero cuídese de adicionar a los manjares con arroz, macarrones, pasteles de dulce, cremas, pudines, etcétera.

De postres, tómese pan de bizcocho de Saboya, ñoclos y otros melindres hechos de masa de harina, azúcar, manteca de vaca y huevos.

El régimen anterior, aunque con estrechura limitado en la apariencia, admite mucha variedad. Comprende casi todo el reino zoológico. Se cuidará mucho de cambiar clases, guisos y condimentos de los diversos manjares harináceos que se tomen, a fin de que estén convenientemente sazonados con objeto de evitar que produzcan repugnancia que sería un obstáculo invencible para seguir el régimen.

Bébase cerveza con preferencia, y vinos de Burdeos y del Mediodía de Francia.

Húyanse de los ácidos, exceptuando el de la ensalada que alegra el corazón. Añádase azúcar a las frutas que convenga. Hay que abstenerse de baños demasiado fríos; respírese algunas veces el aire puro del campo; en la estación, cómanse muchas uvas y cúidese de no bailar hasta el cansancio.

Por lo general, cada noche la hora de acostarse será las once y lo más tarde y por extraordinario, la una. Observando este régimen exacta y animosamente, se repararán pronto las faltas de la naturaleza y aumentarán la salud y, al mismo tiempo, la belleza. De ambas sacará provecho la voluptuosidad, y las expresiones de gratitud llegarán agradablemente a los oídos del catedrático. Se ceban los carneros, terneras, vacas, aves, carpas, cangrejos y ostras; de lo cual deduzco la siguiente máxima general: Todo lo que se come puede engordar, con tal que la elección de los alimentos sea buena y conveniente.

Del libro que editó en 2006 Andoni Luis Aduriz (Restaurante Mugarizt) en honor y recuerdo de Gyula Madarás, ornitólogo, entre otras cosas, rescato tan sólo (por no incurrir en una excesiva extensión) el índice del recetario  del libro titulado Bestiarium Gastronomicae que es éste:

Rhinopez. Collum aquiles o toro de cuello largo y cabeza lastrada. cigala punzón o stylus. Piscis pudoria. Lubina traditora. Anser bernicla o ganso bernacla. Becada falsa o duplex. El Textor deus acuático o tejedor Penélope. el pájaro florete o pájaro esgrima, o Volucris glaudius. La esmeralda dedecus o non lenis. Tortuga pathus mei pathus tuus. El puercópato. El petidado. Un fémur anatómico y una cabeza… ¿dispersa?. Sensaciones ante un plato. Sepia Flor de Todos los males. Cervus octopus. El calamar fantasma o incopóreo. El saltador estático o pez cronos. El salmonete tuerto. El terrible bocapez o pez-rana. Oveja bufón u oveja veneciana. La ubre de la cerda ucraniana. El despiojador tupis. Pichón gothic o pichón gárgola. El escarabajo minero. Cuando el crimen del gozo, las peras en las ramas. Plomoruga plaudere. La ternera verde. La mosca y la zanahoria.

Es una lástima no poder presentaros aquí alguna de las hermosas láminas del libro, pero me temo que tienen derechos de autor y no seré yo quien los vulnere.

Melville es un gran relator de listas; solamente en su obra magna Moby Dick, or the Whale (1851), que dedica a su admirado Nathaniel Hawthorne, hay varias, todas muy detalladas comenzando por el índice: 136 capítulos, todos titulados desde el primero, Espejismos, hasta el último, La persecución. El tercer día, más un Epílogo.

La primera lista no se hace esperar; sigue al índice y son las Etimologías:

Es como si estuviera viendo en este mismo instante a aquel viejo bedel… llevaba el traje tan desastrado como el corazón, el cuerpo y el cerebro. Siempre estaba desempolvando viejos diccionarios y gramáticas con un excéntrico pañuelo burlonamente embellecido con las alegres banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le encantaba desempolvar sus viejas gramáticas, de alguna manera le recordaba amablemente su propia mortalidad.

ETIMOLOGÍA

“Cuando pensáis que vuestra obligación es aleccionar a la gente y enseñarles cómo debe llamarse a una ballena en nuestra lengua y os olvidáis por necedad de la letra h que casi otorga por sí solo todo el significado a la palabra whale, estáis hablando con falsedad”.                                                                                                                                                                                                   Hackluyt                                                                                                                                                                                                   

“WHALE. En sueco y danés, hual. Este animal se denomina así por su redondez y modo de revolcarse porque en danés hualt designa arqueado o abovedado.”                                                                                                                                                                 Diccionario Webster  

“WHALE. Del holandés y el alemán wallen, del anglosajón walw-ian, rodar, revolcarse”.                                                                    Diccionario Richardson

A continuación consigna la palabra ballena en una docena de lenguas de pueblos relacionados de una u otra forma con ella, desde el hebreo (תן) hasta el Erromangoano (Phi-nui-nui).

Seguidamente cita ochenta autores o libros en los que aparece la ballena, desde el anónimo Génesis: “Y Dios creó a las ballenas” hasta la anónima Canción de la Ballena: “Ah extraña y vieja ballena, entre tormentas y galernas / siempre estará tu hogar en el océano, / verdadero gigante de poder, / rey de los mares sin límite”, pasando por Plutarco: “Sea lo que sea que acabe en el abismo de la boca de ese monstruo, ya fuere barco, animal o piedra, es devorada en un solo y terrible trago y perece en el inconmensurable golfo de su panza”, Hobbes (frase inicial del Leviatán): “Por el arte se creó aquel gran Leviatán llamado República o Estado (Civitas, en latín) para referirse a un hombre artificial”, Dryden: “Y allí, tras aquel promontorio, acechaban /  a sus presas los grandes leviatanes. / No perseguían a los peces; se los tragaban, / y ellos penetraban en su boca desconcertados”, Hawthorne: “Construí una cabaña para Susan y para mí, e hice una entrada con forma de arco gótico cruzando dos huesos de mandíbula de ballena”, o el mismísimo Darwin: “Pude ver en una ocasión a dos de aquellos monstruos (ballenas), probablemente macho y hembra, nadando lentamente uno tras otro a menos de un tiro de piedra de una orilla (Tierra de Fuego) cubierta por las ramas de un hayedo”.

Pero es quizá en el capítulo XLII. LA BLANCURA DE LA BALLENA donde Melville crea uno de los listados más bellos de la literatura, listado que no voy a reproducir aquí a causa de su longitud, nueve páginas en que es la blancura, lo albo, esa blancura que “no hemos conseguido aclarar el encantamiento de esta blancura ni hemos descubierto por qué ejerce un influjo tan poderoso sobre nuestra alma. Y se trata de un fenómeno realmente extraño y particular ya que, como hemos visto, la blancura es el signo más significativo de lo espiritual -y más aún; el mismo velo de la divinidad cristiana- y al mismo tiempo el factor que intensifica las cosas más terribles para el hombre”, sin embargo emplazo a quienes este pequeño florilegio lean se lancen a la lectura no ya sólo de este capítulo sino de la novela entera, que todos conocen y pocos han leído en su totalidad, y que subyuga de una forma sorprendente.

Si por mí fuera, seguiría y seguiría añadiendo listas, desde las homéricas de la Ilíada , las cervantinas del Quijote: libros que han de ir al fuego; libros que deben ser salvados de las llamas, o

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas; porque eran seis medias tinajas y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo, y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase….

Y todo el enorme resto de delicias coquinarias que Cervantes relata no con exactitud puesto que las hace infinitas, inefables, lo mismo que hace Homero con las armas de griegos y troyanos, resto que no voy a copiar aquí por la misma razón que no lo he hecho con Moby Dick, es la esperanza de que alguien pique ¡por fin! y se lance a leer el Quijote antes de que le llegue la muerte, que es libro que todos nombran y pocos han leído, y muchos de los que dicen haberlo leído mienten como bellacos. Y, coño, es una pena, ¿no?

Listas estupendas también las tiene Umberto Eco en sus novelas: se ve que le gustan; desde los libros ciertos e inventados de la Biblioteca de El Nombre de la Rosa (1980), las genealogías (falsas) de su Baudolino (2000), los colores de piedras, peces, algas del coral en su La Isla del día antes (1994), maquinarias, extraños e inservibles artefactos, inventos obsoletos en su El Péndulo de Focault.

Las tenéis en ese texto de insólita hermosura debido a Inger Christensen que siguiendo la secuencia de Fibonacci, es decir que cada verso es la suma de los dos precedentes: 0.1.1.2.3.5.8.13…, y que comienza así:

Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen / / los helechos existen; y y zarzamoras, zarzamoras / y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno //  las cigarras existen; chicoria, cromo / y limoneros existen; / las cigarras existen; / cigarras, cedros, cipreses, cerebelo //  las palomas existen; los soñadores, las muñecas / los asesinos existen; las palomas, las palomas; / niebla, dioxina y días; y los poemas /  existen; los poemas, los días, la muerte //  el otoño existe; el regusto y la reflexión / existen;  y el lugar retirado existe; los ángeles / las viudas, y el alce existen; las particularidades / existen, el recuerdo, la luz del recuerdo; / y el resplandor crepuscular existe, el roble y el olmo / existen, y el enebro, la semejanza, la soledad / existen; y el éider y la araña existen, / y el vinagre existe, y la posteridad, la posteridad // la garza real existe, con su abovedada espalda / gris azulada existe, con su negro copete / y sus claras plumas caudales existe; en colonias / existe; en el llamado viejo Mundo; y también los peces existen; y el águila pescadora; la perdiz nival / el halcón, la poa común y los colores de las ovejas; / los productos de la fisión existen, y la higuera existe; / los errores existen, los gruesos, los sistemáticos, / los fortuitos; el control remoto existe y los pájaros; / y los árboles frutales existen y las frutas en el huerto donde / los albaricoqueros existen / en países donde el calor producirá precisamente / el color de la carne que tienen los albaricoques //…

El libro que cito de Inger Christensen es una teogonía en verso, una teogonía sin dioses, valga la contradicción y que se titula simplemente Alfabeto, publicado (en una preciosa traducción de Francisco J. Uriz, que le valió el Premio Nacional de Traducción en 1996 por su traducción de Poesía Nórdica y en 2012 por el conjunto de su obra) por Sexto Piso en 2014.

Más: Robert Burton: Anatomía de la melancolía vol. II, Raymond Queneau: Ejercicios de estilo, Joris- Karl Huysmans: A contrapelo… montones y montones de libros, catálogos, listas que no puedo traer aquí ni por el espacio que suelo dedicar a estos artículos en este blog ni por suficientes conocimientos críticos como para abordar tan enorme (aunque apetitoso) trabajo.

 

Las sobrecogedoras 350 páginas del libro de Bolaño “2666“, pertenecientes a su capítulo 4º, titulado “La parte de los crímenes” ofrecen -seguramente- la relación más prolija de la literatura en cuanto a crímenes contra mujeres se refiere. hay que saber, primeramente que 350 páginas ocupan un ancho de dos centímetros, que es mucho ancho, y que Bolaño, olvidándose de sí mismo, de su sentido estético de la metáfora, tan plástico a veces, relata los asesinatos de las mujeres de  Ciudad Juárez en un lenguaje forense, sin el menor atisbo de adorno, sin comentarios: sólo los hechos crudos, las muertas halladas, sin el más mínimo comentario. Puede que alguien piense: No se puede leer eso, no se pueden leer 350 páginas así, como las describes. Pues se equivoca: se leen, crimen tras crimen, muerta tras muerta, hallazgo tras hallazgo sin poder en ningún momento despegarse del libro, como si una corriente eléctrica nos hubiera pegado a esos dos centímetros de papel impreso; se leen con una congoja creciente que ahoga, con una compasión que desborda, con un dolor indescriptible, siempre siguiendo como si fuera un mantra el ritmo monótono del texto, un ritmo que recuerda a Baudelaire: Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.

Bolaño, hace de la indiferenciación de “las muertas de Juárez” una personalización, una muerta, tras otra, tras otra y tras otra: todas tienen una individualidad, todas tienen una muerte particular, todas eran personas previamente vejadas por la indiferencia oficial, por los salarios de miseria de las maquiladoras, por los juegos fronterizos de los narcos, que con los cuerpos muertos de  cada mujer marcan sus terrenos. Se describen las heridas, una por una: todas las heridas, de la misma forma que Homero describe las heridas de los guerreros de las llanuras de Troya, las heridas, los nombres, el lugar: todo. Lo que sucede es que las muertes homéricas son de hombres armados contra otros hombres armados: el relato de una épica; las muertas de Juárez, no tienen esa muerte de epopeya, son violadas, estranguladas tiroteadas, apaleadas, cortadas; son el producto de la barbarie y nada más, pero sobre todo, de la indiferencia. Se sigue matando en Ciudad Juárez.

Me es imposible apuntar aquí esta relación de crímenes, no sólo por la enorme extensión del listado sino por el recuerdo que personalmente me produjo la lectura de ese libro: cuando lo leí, en 2004, hacía poco que había sobrevivido a un infarto que casi me mata: la vida se me hizo afecta y vi cosas en ella que antes no había querido o podido ver. Cuando terminé este cuarto capítulo, De los crímenes, me ahogaba de tal forma que tuve que levantarme, apoyarme en la baranda de mi terraza y verter mi congoja enorme en la tarde del Cabo de Gata, en el horizonte del mar, en la transparencia del dolor y la muerte que nos devuelven a la vida de forma persistente.

La primera muerta es Esperanza Gómez Saldaña, ni siquiera he tenido que repasar las páginas del libro: La recuerdo. La primera muerta de esta lista que comienza en enero de 1993 y acaba en diciembre de1997 en que las mujeres son secuestradas, violadas, torturadas, y finalmente muertas de diversas formas, incluyendo la muerte terrible causada por los alambres de espino con que las inmovilizan.

… Esperanza Gómez Saldaña había muerto estrangulada. presentaba hematomas en el mentón y en el ojo izquierdo. Fuertes hematomas en las piernas y en las costillas. Había sido violada vaginal y analmente, probablemente más de una vez, pues ambos conductos presentaban desgarros y escoriaciones por los que había sangrado profusamente. A las dos de la mañana el forense dio por terminada la autopsia y se marchó. Un enfermero negro que hacía años había emigrado al norte desde Veracruz, cogió el cadáver y lo metió en el congelador.

Cinco días después, antes de que acabara el mes de enero, fue estrangulada Luisa Celina Vázquez. Tenía dieciséis años. De complexión robusta, piel blanca y estaba embarazada de cinco meses.

A mediados de febrero, en una callejón de Santa Teresa, unos basureros encontraron a otra mujer muerta. Tenía alrededor de treinta años y vestía una falda negra y una blusa blanca escotada. Había sido asesinada a cuchilladas, aunque en el rostro y el abdomen se apreciaron las contusiones de numerosos golpes. En el bolso se halló un billete de autobús para Tucson, que salía esa mañana a las nueve y que esa mujer ya no iba a tomar…

En marzo la locutora de la radio El Heraldo del Norte (…) Isabel Urrea y el técnico de sonido decidieron quedarse a platicar un rato más (…) mientras el técnico se perdía calle abajo Isabel se dirigió donde estaba su coche. Al sacar las llaves para abrirlo una sombra cruzó la acera y le disparó tres veces (…) Isabel intentó levantarse pero sólo pudo apoyar la cabeza sobre el neumático delantero. La sombra se acercó a ella y le disparó una balazo en la frente.

Un mes después, un afilador de cuchillos que recorría la calle El Arroyo en los lindes entre la colonia Ciudad Nueva y la colonia Morelos, vio a una mujer que se agarraba a un poste de madera como si estuviera borracha (…) la cara de la mujer era un amasijo de carne roja y morada (…) hay que llamar a una ambulancia, dijo el afilador. Esta mujer se está muriendo (…) La mujer se llamaba Isabel Cansino, más conocida por Elizabeth y se dedicaba a la prostitución. Los golpes recibidos le habían destrozado el bazo. La policía achacó el crimen a uno o varios clientes descontentos…

Al mes siguiente, en mayo, se encontró a una mujer muerta en un basurero (…) Esta noche, la muerta la pasó en un nicho refrigerado del hospital de Santa Teresa y al día siguiente uno de los ayudantes del forense le realizó la autopsia. Había sido estrangulada. Había sido violada. Por ambos conductos, anotó el ayudante del forense. Y estaba embarazada de cinco meses.

La primera muerta de mayo no fue jamás identificada (…) Pero la primera muerta no fue la única muerta. Tres días después murió Guadalupe Rojas (a quien se identificó desde el primer momento), de veinticinco años, residente en la calle Jazmín (…) La causa de la muerte fueron tres heridas de arma de fuego, una de ellas de pronóstico mortal (…) La última muerta de mayo fue encontrada en las faldas del cerro Estrella (…) Allí la encontraron. Según el forense había muerto acuchillada. Presentaba signos inequívocos de violación. Debía de tener unos veinticinco o veintiséis años. La piel era blanca y el pelo claro (…) no había indicios de violación anal…

Es suficiente. Así es como comienzan las trescientas cincuenta páginas de este capítulo atroz, de esta relación de crímenes: página tras página, mujer tras mujer, mientras a este lector le iba faltando el aire sin poder despegar los ojos del infamante informe…

MIchel Rio

Una de las listas más prolijas del horror religioso es la que nos ofrece Michel Rio en una de las tres novelas que de él poseo, La percha del loro, le perchoir du perroquet, 1983, percha que no es una percha real para loros sino una metáfora más de la maldad humana; es una técnica de tortura utilizada sobre todo en la América latina, aunque aquí, en las Españas bien la conocemos algunos: La víctima (desnuda) es suspendida boca abajo de manera que todo el peso de su cuerpo caiga sobre los antebrazos. Muy pronto nota que sus dedos van a estallar; sus brazos parecen dislocarse. Habéis de saber que esta técnica es sólo una introducción a otras torturas más especializadas. En este texto, quien la sufre, añadida a las demás, es el padre Joachim que (y cito directamente de la solapilla delantera del libro) en la percha del loro, en medio de las tinieblas del sufrimiento, nunca había perdido su fe en el hombre ni en Dios, abandonó toda esperanza al comprender que la perversión absoluta no residía en el extremo de la crueldad y el dolor, sino en las palabras, en las que había fundado su existencia.

Ya en la página 12 de mi edición en castellano (Muchnik Editores, 1988) comienza a explicarse Joachim, en realidad lo que va a hacer es el comentario eucarístico del domingo correspondiente en la abadía donde desde hace un año vive en el refugio y el silencio.

…Me he formulado algunas preguntas ¿Tenía que atenerme a la costumbre y repetiros una vez más lo que habéis oído mil veces, lo que sabéis y creéis sobre la humildad, la plegaria y la fe? ¿O tenía que deciros algo, arriesgándome a introducir en esta casa de la que fue expulsada, la voz de un hombre particular, de una carne y un espíritu individuales? ¿Y, en consecuencia, arriesgándome también a escandalizaros? He decidido, por fin, correr tales riesgos y hablaros del dolor, del culto al dolor que es uno de los fundamentos de nuestra religión. Y, en primer lugar, de la Pasión de Cristo, cuyo horror fue minuciosamente detallado en los textos y la iconografía, de modo que tal horror, que debía ser el mayor mal, estuvo desde los orígenes indisolublemente ligado al mayor bien que es la Redención y la Vida, formando ambos un indisoluble tejido en el que se entrelazan la sangre y el amor, el sufrimiento y el goce, el jardín de los suplicios y el jardín de las delicias, la víctima y el verdugo que engendran, de este modo, un tipo de hombre que es su propia víctima y su propio verdugo. Los mártires: Fabián, Valentín, Gordiao, Medeo, Aquiles, Pancracio, Urbano, Marcelino, el apóstol Pablo, Santiago el Mayor, Nazario, Simplicio, Faustino, Abdón, Senén, Donato, Sixto, Eugenio, Protasio, Jacinto, Cipriano, Mauricio, Justina, Cosme, Damián, Valeriano, Tiburcio, Crisógono, Catalina, que tuvieron la suerte de ser sencillamente decapitados. Esteban, Matías, Eusebio, Crisanto, Daría, que fueron lapidados. El apóstol Tomás, Inés, el apóstol Matías, Víctor, Úrsula, y las once mil vírgenes, el apóstol Simón, el apóstol Judas, que perecieron por el hierro. Eutiquio, Gervasio, Máximo, que fueron flagelados hasta morir. Anastasio, el apóstol Bernabé, Teodoro, que fueron quemados vivos. Vito, Modesto, Protasio, Félix, que fueron descoyuntados en el potro. El apóstol Juan y Cecilia que fueron arrojados en agua hirviendo. Blas, Bonifacio, que fueron desgarrados con garfios y púas de hierro. Sinforiano, Cornelio, que fueron flagelados y decapitados. Calixto, que fue flagelado y arrojado en un pozo. Sebastián, que fue flagelado y asaetado. Lucía, Primo, Segundo, Cristóbal, Ciriaco, Sabino, que fueron arrojados en aceite hirviendo, en la pez, en hierro y plomo fundidos, y decapitados luego. Lorenzo, Gorgonio, Dorotea, Dionisio, que fueron flagelados y asados en una parrilla. Saturnino, que fue flagelado, abrasado con hierros al rojo, descoyuntado en el potro y decapitado. Eustaquio, que fue introducido en un toro de bronce calentado al rojo vivo. Jacobo el Interciso, que fue cortado a pedazos. Quintín, que sufrió el tormento del potro, fue flagelado, abrasado con aceite, con pez, con cal viva y empalado. Eufemia, que fue golpeada, colgada por los cabellos y atravesada con una espada. Ligero, a quien arrancaron los ojos, le cortaron la lengua y la cabeza. Bartolomé, Julieta, que fueron despellejados vivos. Adriano, que fue flagelado y a quien cortaron los miembros. Cuentan que la diligente Natalia, mujer de Adriano, dio gracias a Dios por la santificación de su esposo por el martirio, y veló para que sufriera tanto y más que sus compañeros. Hipólito, que fue flagelado, desgarrado con púas de hierro y arrastrado de los cabellos hasta la muerte. Timoteo, a quien abrieron con tenazas horribles heridas en las que pusieron cal viva y que fue decapitado. El evangelista Marcos, que fue arrastrado por el suelo hasta la muerte. Vital, que fue enterrado vivo. Jorge, que sufrió el tormento del potro, fue desgarrado con garfios de hierro, quemado con antorchas y a quien pusieron sal en las llagas. Feliciano, que fue clavado a un madero y decapitado. Longinos, a quien arrancaron los dientes y la lengua, y que fue decapitado. Vicente, que sufrió el potro, fue desgarrado con garfios de hierro, abrasado y atravesado con puntas al rojo vivo, colocado en una parrilla, a quien pusieron sal en las heridas y que fue, finalmente, revolcado sobre cortantes cristales y clavado a un madero. Ignacio, que fue flagelado, quemado, desgarrado, que sufrió el suplicio de la sal y fue arrojado a las bestias feroces. Ágata, que sufrió azotes y potro, a quien desgarraron y cortaron los senos y fue quemada viva en un lecho de ardientes tizones. Las hijas de Sofía, que fueron flageladas, abrasadas en una parrilla, descoyuntadas en el potro, a quienes cortaron los pechos y que fueron decapitadas. Margarita, que fue desgarrada con férreos garfios, dislocada en un potro, abrasada con antorchas y decapitada. Cristina, que fue flagelada, desgarrada con púas de hierro, abrasada con aceite y pez, a quien cortaron los senos y que fue rematada a flechazos. El apóstol Pedro, nuestro primer papa, que solicitó por humildad ser crucificado cabeza abajo. El apóstol Andrés, que fue flagelado y crucificado y, según cuenta Vorágine, dijo a Egeo, su verdugo: “Inventa el suplicio que te parezca más cruel. Cuanto mayor sea mi constancia sufriendo en los tormentos por el nombre de mi Rey, más agradable le será”. Y dijo también, viendo la cruz en la que iban a clavarlo: “Oh, buena cruz, que recibiste gloria y belleza de los miembros del Señor. Procurando el amor del cielo, eres objeto de todos los deseos”. En España, han convertido la palabra “dolor” en nombre de bautismo. He podido recitar entre vosotros la horrible y monótona lista de los sufrimientos de estos mártires, porque no son locuras y escándalos pese a los cuales se ha levantado la Iglesia, sino porque se ha levantado, precisamente, gracias a ellos…

Bien. Quizá podáis suponer que esta terrible lista tiene un lugar en el eucarístico comentario de Joachim, y una coda que explica la razón del libro de Michel Rio (Rio es bretón: pronúnciese en francés): Son 106 páginas tremendas, si es que deseáis recuperar el significado preciso de “tremendo” que deben ser leídas con la unción y el silencio que exige tanto daño y tanto dolor que los humanos causamos y conocemos y que nos esclaviza y encadena.

Quizá os preguntéis por qué he finalizado este pequeño artículo sobre las listas en las novelas, en la literatura, de esta forma tan cruenta: No lo sé, pero ahora que lo repaso pienso que tiene que haber alguna razón para acabar con estas relaciones sobre la crueldad humana, de los hombres, más bien, de nuestra cultura basada en la dominación por el dolor y la muerte. Quizá, a pesar de presentarme a mí mismo como una convencido libertario, no lo sea tanto y no vea en mis prójimos más que peligro e ira, violencia y desesperación; quizá mi esperanza en el devenir de los humanos no sea más que un jirón de niebla en una mañana de verano.

Quizá -y esto parece más seguro- las palabras de Plauto (254 -184 antes de la era cristiana) en su obra Asinaria (o Comedia de los asnos) y que lamentablemente son éstas que siguen son las que han fondeado en mi memoria:
Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.     (lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).

Asinaria es una comedia, pero yo, muy de joven leí a Hobbes que se apropió de la frase basado en su convencimiento de que es el egoísmo quien gobierna al hombre. Si alguien quiere leerla, su obra se titula De cive (Sobre el ciudadano), tengo la impresión de que desde entonces padezco de un pesimismo realista.

Pero como no quiero terminar este artículo así ni dejar demasiado vinagre en los labios, he aquí la última lista, la que siempre alegra el corazón de los melómanos: la debida a Lorenzo di Ponte (1749-1831), poeta y libretista, pero sobre todo libretista de las tres grandes obras de Mozart: La nozze di Figaro (1786),  Don Giovanni, o el disoluto punito (1787) y Così fan tutte, o sia la escuola degli amanti (1790); escribió muchos más libretos, entre otros, dos para la música de Vicente Martín y Soler, y cuatro para la de Antonio Salieri.

Así que, como muchos ya habrán podido deducir la última lista será la titulada Madamina, il catalogo è questo, y la traigo cantada por Lászlo Polgár, que es (para mí) el mejor Leporello, en una función dirigida por el siempre recordado Nikolaus Harnoncourt, con Rodney Gilffry como Don Giovani, el nombrado Polgár, Isabel Rey como Donna Anna, Cecilia Bartoli como Donna Elvira, Roberto Saca como Don Ottavio, Liliana Nikitenau como Zerlina, Oliver Widmer como Masetto, Matti Salminen como Commendatore, y los Coros y orquesta de la Opernhaus Zürich.

Madamina, il catalogo è questo / delle belle che amò il padron mio; / un catalogo egli è che ho fatt’io. /Osservate, leggete con me. / In Italia seicento e quaranta, /in Allmagna duecento e trentuna, / cento in Francia, in Turchia novantuna, / ma in Espagna son già mille e tre! / V’han fra queste contadine, / cameriere e cittadine, / v’han contesse, baronesse, / marchesane, principesse, / e v’han donne d’ogni grado, / d’ogni forma, d’ogni età. / In Italia, ecc. / Nella bionda egli ha l’usanza / di lodar la gentilezza, /nella bruna la costanza, /  nella bianca la dolcezza. / Vuol d’inverno la grassotta, / vuol d’estate la rnagrotta; / è la grande maestosa, / la piccina è ognor vezzosa … / Delle vecchie fa conquista / per piacer di porle in lista; / ma passion predominante /è la giovin principiante. / Noti si picca se sia ricca, / se sia brutta, se sia bella; / purché porti la gonnella, / voi sapete quel che fa! ecc.

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                       

 

 

UN BESO

 

Mi primer beso sucedió en clase de latín, doce años y ya ensoñando ¡ah besar

tus labios de serpiente, acariciar con mi lengua tus colmillos de tósigo ignoto, envenenarme en abismos de sueños y torturas Je baisai ses fines chevilles pero era de latín la clase, bien lo recuerdo Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris etcétera, pero eso no puede ser ¿Catulo a los doce años? Ya estás soñando de nuevo: más hubieras querido prope dimidia parte operis a Caesare diebusque in ea re consumptis etcétera, César, claro, y más que suficiente, oh aquellos gerundios fabulosos, aquellas lapidarias en ablativo absoluto Caesar, cognito consilio eorum ad flumen Tamesin in fines Casivelauni exercitum ducit esas manos, esas uñas que sangrarían mi piel de malévolo niño puer malicious sumido en delirios, en formas y colores descendentes, ese malbien pegajoso, esa vergüenza que nadie me mire, que sea invisible, esa oscuridad esa hoja afilada esa nada nada nada introibo ad altare dei numen para morir, morir, morir, claro, de deseo.

La vida y la muerte y el paso de los siglos.