PURCELL: DIDO Y ENEAS

Henry Purcell

En 1678, Nahum Tate (1652-1715), poeta laureado, conocido por su adaptación de la obra de Shakespeare, Ricardo II, publicó la obra Theodosius, or The Force of Love (“Teodosio o la fuerza del amor”), y sobre otra obra suya adaptó un libreto para Henry Purcell; de esta colaboración nació la ópera Dido and Aeneas (1688 o quizá anterior), “Dido y Eneas” para nosotros. Pero antes de seguir con esta ópera, me gustaría decir algo más del poeta y libretista Nahum Tate respecto de su adaptación del dicho Ricardo II en la cual alteró los nombres de los personajes y el texto escena por escena de manera que éste respetara la majestad real y la dignidad de los tribunales, pero Nahum  -cuyo padre fue acusado de espionaje y colaboración con el gobierno de Londres delatando los planes de la Rebelón Irlandesa de 1641, cuya familia fue atacada y cuya casa familiar fue reducida a cenizas como represalia; el padre, Faithful Teate, terminó trasladándose a Inglaterra. Escribió, aparte de otras cosas, un sermón dedicado a Oliver y Henry Cromwell- Nahum, digo tenía sus propias ideas y Cromwell estaba, por lo visto entre ellas, así que El Usurpador Siciliano (1681), título de la obra citada, fue prohibida a la tercera representación a causa de la muy posible interpretación política republicana.

Por su parte, Purcell, considerado el más grande entre los músicos británicos por los propios británicos, no sé si por su propia grandeza sino también algo por la mediocridad de sus sucesores, es -sin duda- el restaurador  de la música y de la escena británica caída en la más absoluta pacatería del fundamentalismo cristiano durante la dictadura republicana de Cromwell tras la ejecución de Carlos I. Durante la Restauración y bajo los años de Carlos II fue cuando Purcell se mantuvo en la cima musical británica con obras para la escena, óperas como Dido y Eneas, Abdelazar, tragedia debida a Aphra Behn (1640-1689) que, aparte de ser la primera escritora profesional en lengua inglesa,

Aphra Behn

fue espía británica en varias cortes; semióperas como King Arthur o The Fairy Queen, canciones para los Aires, Canciones y Diálogos elegidos de John Playford, Himnos para la portentosa voz de bajo profundo del reverendo John Gostling, del que se sabe poseía una tesitura de al menos dos octavas, uno de ellos, quizá el más conocido sea el They that go down to the sea in ships, escrito en agradecimiento por el salvamento en naufragio del rey en el buque Solent, unas cincuenta canciones de taberna y libertinaje (aunque algunos suponen que una cierta cantidad de estas le son falsamente atribuidas) de las cuales me gustaría escribir en otra ocasión, música religiosa, los conocidos anthems (himnos) profanos y diversas canciones  como Music for a while, bastante música incidental para el teatro o la conocidísima Música para los funerales de la Reina Mary.

Pero hoy sólo quiero escribir un poco sobre la única ópera de Purcell, la célebre Dido and Aeneas, en tres actos con libreto -como he apuntado antes- de Nahum Tate adaptada de su obra Brutus of Alba or The Enchanted Lovers  y de la Eneida, Canto IV de Ovidio que relata la trágica relación entre Dido, primera reina de Cartago e inventora literaria del “isoperímetro” y Eneas, superviviente troyano de la guerra que llega desviado de su rumbo hacia la península itálica por una tempestad la costa cartaginesa del cual se enamora la reina inmediatamente siendo por él correspondida; el tiempo pasa pero Eneas está destinado por Júpiter para fundar una estirpe en el Lacio, de manera que el troyano intenta partir de Cartago al amparo de la noche; Dido se entera y vuela a convencerle de que se quede pero, sin éxito, lo ve partir. Desesperada erige una gran pira donde dispone la espada del héroe, algunas ropas por él abandonadas y el tronco del árbol que resguardaba la cueva donde se amaron intensamente por vez primera. Al alba, subió Dido a la pira y, enterrando la espada en su pecho se desplomó sobre las leñas; la hermana de Dido, Ana que en vano intentó disuadirle, ordena prender fuego a la pira, siendo tras la muerte considerada divinidad por su pueblo.

La primera representación de esta tristísima histoire d’amour sucedió en un colegio de señoritas, el de Josias Priest en Chelsea, Londres allá por el verano de 1688, para turbación de las honestas doncellas allí recluidas que, supongo yo se derritieron con esta historia y, sobre todo con el maravilloso Lamento de Dido final, donde hasta las piedras lloran, pero también para la consternación del profesorado y autoridades locales que no debieron ver demasiado adecuada la ópera para las virginales mentes femeninas a su custodia. De hecho el estreno comercial de la obra no sucedió hasta 1700 en Londres. Y, como curiosidad (que si os fijáis bien no es tan curiosa) diré que en España, la ópera se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1956, es decir cuando yo ya había cumplido los cinco años e iba a por los seis: para mí pronto, pero para la historia, bien tarde, como suelen suceder estas cosas en España.

El libreto estricto, que parece ser alegórico, se refiere a los gozos del matrimonio entre los dos monarcas que, en segunda lectura, parece referirse al de Guillermo III de Inglaterra y María, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda; Jacobo II aparece como un Eneas desorientado por maquinaciones de la Hechicera y sus brujas (que representan al catolicismo de Roma, a los papistas), significando Dido

Queen Mary

al pueblo británico abandonado por Roma. Cierto que la ópera es una tragedia, sin embargo el genio de Purcell la aligera con de vez en cuando con escenas amables como la canción (del marinero 1º): Take a boozy short leave of your nymphs on the shore, and silence their mourning with vows of returning, though never intending to visit them more, cuya moraleja explica a las jovencitas ardientes que no deben ceder a las promesas y -sobre todo-proposiciones de los ardientes jóvenes, lo cual debió sin duda arrebolar unas cuantas mejillas en el internado.

Henry Purcell, que murió de neumonía a los 36 años, al negarse su esposa a abrirle la puerta de casa una fría noche invernal en que volvía él como otras noche a deshoras y bastante achispado fue enterrado frente a su órgano en la Abadía de Westminster en 1695 con los mayores honores. El Reino Unido no ha dado más que otro enorme músico, Benjamin Britten, un gran músico, Edward Elgar, un músico que no amo demasiado pero que es un maestro, Michael Nyman y, coño, The Who.

Os traigo una magnífica versión, la de Cristine Pluhar y su agrupación l’Arpeggiata y ocho voces sopranos (2), contratenores (2), tenores (2), un barítono y un bajo, y tres solistas, Mariana Flores y Céline Scheen , sopranos y Marc Mauillon, barítono. A L’Arpeggiata ya la he traído más veces así que no hace falta presentación, lo único, repetir que soy devoto de ésta y de su directora, Cristine Pluhar que elige para esta ocasión la dirección historicista a manos, sin batuta, en el Tivoli Vredenburg de Utrecht, en 2015. No he logrado identificar al director de escena, así que me atrevo a decir que ésta se debe al trabajo conjunto de L’Arpeggiata y, sea como fuere, he de decir que es una puesta en escena maravillosamente minimalista desde el simple escenario hasta el último gesto de los cantantes.

En fin, una ópera no demasiado larga -poco más de hora y media- para disfrutar este u otro fin de semana, así que con ese fin aquí la apunto:

Perdérsela sería como mínimo un enorme error entre los que gustéis de la ópera o de la música en general que, sinceramente, espero seáis incapaces de cometer.

 

 

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UN RECUERDO: CHISPAS DE MEDEA

Ya os conté que releo a Eurípides estos días; esta nota es sólo para defender su recuerdo contra los que siempre le han acusado de misógino: un trágico como él había de utilizar los lugares comunes de su época para ridiculizarlos: eso pienso yo, falsa misoginia, como cuando hace decir a ese paradigma del egoísmo, Jasón, semejante exabrupto:
“Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que existir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres.” (Medea, fr, 575). Jasón es el misógino, no Eurípides.

Sin embargo cuando habla su Medea, lo hace de muy otra forma, y esta vez no hay ironía alguna sino justo lamento y desesperada actitud (es necesario para la perfecta comprensión de este párrafo extraído, el conocimiento de las costumbres sociales, de la situación de la mujer, que en muchos aspectos y culturas apenas han variado, y en la nuestra, sólo en el envoltorio a lo que parece, y de los tremendos peligros de los partos en aquellas épocas, de la cantidad de mujeres que morían en el hecho o intento):
“…De todo lo que tiene la vida y pensamiento, nosotras las mujeres, somos el ser más desgraciado. Empezamos por tener que comprar un esposo con dispendio de riquezas y tomar un amo de nuestro cuerpo, y éste es el peor de los males. Y la prueba decisiva reside en tomar a uno malo, o a uno bueno. A las mujeres no les da buena fama la separación del marido y tampoco les es posible repudiarlo. Y cuando una se encuentra en medio de costumbres y leyes nuevas, hay que ser adivina, aunque no lo haya aprendido en casa, para saber cuál es el mejor modo de comportarse con su compañero de lecho. Y si nuestro esfuerzo se ve coronado por el éxito y nuestro esposo convive con nosotras sin aplicarnos el yugo por la fuerza, nuestra vida es envidiable, pero si no, mejor es morir. Un hombre, cuando le resulta molesto vivir con los suyos, sale fuera de casa y calma el disgusto de su corazón. Nosotras, en cambio, tenemos necesariamente que mirar a un solo ser. Dicen que vivimos en la casa una vida exenta de peligros, mientras ellos luchan con la lanza. ¡Necios! Preferiría tres veces estar a pie firme con un escudo, que dar a luz una sola vez.”

Nota bene: He seguido para estas extracciones la edición de Alberto Medina González y Juan Antonio López Férez, publicada por Gredos en 1977.

Iba también a colgar algún cuadro que represente a Medea, pero todos, todos son tendenciosos. Ojalá aparezca alguien que la represente con la justicia que hasta ahora se le ha negado; ojalá alguien comience a leer Medea con eso que un querido amigo llamaba “amor compasivo”.
Y Medea me cae bien: No hay cuadro.

Unas líneas (pocas, no temáis) minimalistas

Si realmente buscamos la esencia de las cosas, lo más simple, si nos deshacemos de flecos, metáforas, circunloquios, restos de series anteriores, carga histórica, si realmente lo que deseamos es despojarnos de todo aquello que nos sobra, nos daremos de morros con el minimalismo, de hecho, una vez conseguido todo lo anterior seremos, sin duda, minimalistas, ¿fácil, eh?

Por ejemplo, ya que me ha dado por aprender algo -a dar el pego, más bien- de pintura, Hard Reinhardt fue calificado por primera vez como minimalista por el filósofo Richard Wollheim allá por el año 1965 de la era de los cristianos que dirían (ellos, los cristianos) -como es natural- el año del Señor de 1965. ¿Veis? toda esta línea que antecede puede ser cualquier cosa menos minimalista, en fin sigo. Reinhardt se refería a la pintura de Wollheim, pero también a cualquier trabajo de alto contenido intelectual muy poco o escasamente manufacturado; curiosamente (aunque no tanto si lo pensáis) también puede decirse minimalista a cualquier movimiento ascético puesto que este comportamiento rechaza necesariamente todo elemento superfluo del del ser humano o de su propia supervivencia. ¿Otros pintores ya que estamos en ello? Pues así, deprisa, tenemos a Agnes Martin o Robert Ryman (a quien también pude ver en la Tate),

Ledger 1982 Robert Ryman (1930)

por ejemplo, y aquí he de decir que en esto soy partidista: me gusta el minimalismo, me gusta el constructivismo que lo influencia, me gusta la arquitectura minimalista -la casa donde vivo es minimalista, un minimalismo como de pueblo, algo chapucilla pero minimalista-, los relatos minimalistas y hasta las conversaciones telefónicas minimalistas pero, sobre todo, me gusta -y mucho- la música minimalista que, fíjate, aparece pletórica de fuerza al mismo tiempo que suenan las músicas pop de los Beatles, Charlie Parker, pero sobre todo, John Coltrane y Miles Davis, cuyos últimos años ya estaban abocados en la suma sencillez, en la desnudez formal con una gran carga artística y/o emotiva. Ornette Coleman, o Charles Mingus se movían en este mundo de tonalidad expandida, Coleman, por ejemplo era un tipo que con una o dos armonías improvisaba toda la noche ya en los comienzos de los ’60, cuando presentó su álbum Free Jazz, que fue definitivamente paradigmático. Steve Reich, de quien podréis escuchar la pieza de hoy, admiraba a Coleman, tanto que poco después de su conversión publicó su It’s Gonna Rain, primera partitura que considera la música como un proceso gradual.

Harry Parch

No estaba solo Reich en esto del minimalismo, por ahí andaba también Harry Parch (1901-1974) que sólo deseaba salir del laberinto musical europeo que se ha sucedido desde Bach, abominaba del sistema de afinación con temperamento y se puso a estudiar la afinación de los griegos clásicos que parecían obtener todas las notas a partir de ratios de números enteros de la serie armónica natural. En fin, algo complicado de explicar en tan corto espacio, además, tengo planeado poner alguna cosa de Parch, que era, realmente un tipo duro de la música; escribió: Hay, gracias a Dios, un amplio sector de nuestra población que nunca ha oído hablar de J. S. Bach.

También tenemos -hoy como una gran estrella del público- a Arvo Pärt (1935), con cuyo disco Tabula Rasa (1984) y sobre todo esa maravilla que es el Cantus en memoria de Benjamín Britten he viajado yo unos cuantos cientos de kilómetros como si el viaje no fuera conmigo sino con otra persona que se llamaba como yo pero no era yo, ya me entendéis, a Henryk Górecki, cuya Tercera Sinfonía, Opus 36 es seguramente la emoción más triste de toda la historia de la música, a La Monte Young, el ínclito Mychael Nyman (al que no amo demasiado), al popularísimo e ídolo de los poperos Philip Glass, a Wim Mertens, al galleguizado Mike Oldfield y su campana ubicua, a Pauline Oliveros y a muchos más, todos muy conocidos por el público pop,

Arvo Pärt

como he dicho, ahí tenéis, por último a Brian Eno, amigo de Philip Glass o, como apunta ahora mismo mi compañera, a Pink Floyd cuya música -dice- le recuerda a ésta: natural. Y es que como veis, el mundo del pop está muy enraizado con el minimalismo de que escribo hoy en mi minimalista casa. Pero mi intención primitiva era la de hablar un poco de Steve Reich (1936, octubre, como el menda) y otro poco más de la pieza que traigo.

Reich, con John Cage -del que ya he escrito algo no sé si aquí o en FB (https://www.facebook.com/Barrenetxea )-, La Monte Young, Phipip Glass y Terry Riley es un pionero de esto del minimalismo desde que publicó la obra arriba citada  Va a llover en la que usa Bucles (que son varios samples sincronizados que ocupan uno o varios compases musicales exactos que se reproducen en secuencia, consiguiendo de esta forma una sensación de continuidad; su término inglés es “loop” ) y de la que habría mucho de qué hablar, pero hoy no toca, que se lía uno y luego no sabe por dónde salir: un bucle, vaya, pero inarmónico . Esos primerizos bucles se grababan en cinta magnética hasta que fueron sustituidas dichas grabaciones por las informáticas. Desde hace años, Reich utiliza con sabiduría músicas no occidentales y tradicionales de África y Asia, mezclando sin solución de continuidad músicas cultas, populares y tradicionales.

Amigo de músicos como Brian Eno o David Bowie  ha colaborado profusamente con ellos y con otros músicos populares; los seguidores de estos dos últimos podéis observar la enorme influencia que Reich o Cage o Glass tienen sobre ellos.

No quiero alargarme, ya que los datos biográficos y demás los puede encontrar cualquiera en Google, así que iré directamente a la obra de hoy que será su Music for 18 musicians (1974-76) y que está escrita para violín, cello, tres voces femeninas, tres pianos, uno con maracas, cuatro marimbas, una con maracas y tres con xilófono, otro piano con metalófono (vibráfono desenchufado), otro con marimba, una marimba con xilófono y piano, dos clarinetes y dos clarinetes bajos (no saxofones, que algunos los confunden) y una voz femenina con piano, en total dieciocho músicos, como promete el título con una base cíclica de once acordes, ni uno más, en cada cual se basa una pequeña pieza que retorna al ciclo original. Comprobaréis (las que escuchéis la obra, claro) su efecto hipnótico y su gran belleza que yo creo se basa en el hálito humano de las voces y los clarinetes que estructuran toda la pieza. Las aficionadas a la música de Bowie habréis de saber, que éste amaba esta pieza desmesuradamente, incluyéndola entre las veinticinco mejores de su discoteca.

He intentado encontrar alguna de las versiones legendarias, la original del ’78, pero no lo he conseguido, ni la estupenda de Harmonia Mundi pero he encontrado una interpretada en la Temple University de Philadelphia por músicos de la Universidad y la Moebius Percusion  que me ha parecido muy buena y con muy buen sonido; su duración es de cincuenta y seis minutos que os permitirá disfrutarla mientras mañana os metéis un saludable desayuno de huevos, panceta, fruta tostadas y bastante café. La gente vegetariana puede sustituir los huevos y la panceta por lo que sea que se pueda comer a esas horas.

Éste, es el enlace:

UN POEMA DE YEVGUENI YEVTUSHENKO

Hace ya muchos años alguien me habló de un poeta recién descubierto, Yevgueni Yevtushenko, entonces y en la edición que conservo Evgueni Evtuchenko; hablé ayer mismo de él con una amiga, concretamente del poema que dio título a la edición española de Alianza (1968) “Entre la ciudad sí y la ciudad no”, según la traducción de entonces, de Natalia Ivanova y Jesús López Pacheco. Aparecía en castellano Yevtushenko como el poeta de las nuevas generaciones soviéticas, una especie de rayo de esperanza que quería ser preciso y vigoroso como Vladímir Mayakovski y fugaz y tierno como Boris Pasternak. Y a fe que lo consiguió.
Esta edición de que hablo, la de Alianza (1968), la que adquirí y conservo desde entonces la hizo el mismo Yevtuchenko a su paso por España, casi en secreto, como se puede suponer, puesto que por mucho poeta que fuera liberador, también era ciudadano soviético al uso (fue nombrado en el ’89 diputado del Soviet Supremo); así que hemos de suponer que el poeta decía lo que quería decir y no una loa a la aún poderosa y represora Unión Soviética o un peloteo al mundo capitalista de enfrente.
Así que leí el libro, casi sin esperanza de leer algo bueno: prejuicios, ya se sabe; abominaba de los stalinistas, libertario como era yo (sigo siendo hogaño libertario, pero en la derrota y la desesperanza), y el libro, los poemas me fueron ganando, y lo hicieron porque ya no hablaba del repugnante realismo materialista ni de la colectividad como bien supremo ni de la sabia dirección del Partido-Para-El-Bien-De-Los-Pueblos, ni de las maravillas y alegrías del capitalismo feroz USA sino de una universal convivencia y también de la tensión constante que ello conlleva, puesto que tanto la aparente felicidad de un mundo o la oscura visión del otro son falsas en sí mismas. La tensión de que habla Yevtuchenko es la que mantiene despierto y alerta al lector, al ciudadano consciente, reflexivo y responsable de sus actos.
Y como esto no da mucho de sí, y sólo quería introduciros a la poesía de Yevtushenko a quienes no sepáis nada de él, traigo aquí el poema que dio título a la colección de que hablo y que procede de cuatro libros, “Saludando con la mano” (1962), “Ternura” (1962), “Lancha de enlace” (1966) y “Lo que me pasa” (1966). Este poema, concretamente aparece en el libro citado “Lo que me pasa” y, después de pensarlo un poco, me decido por la traducción del ’68 que cito arriba en desdoro de otra más reciente de Rolando Alarcón, que no termina de gustarme (no quiero decir que sea mala, ojo, simplemente prefiero la primera, seguramente porque es la que llevo en mi memoria).
ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO
Soy un rápido tren
                               que hace años va y viene
Entre la ciudad Sí
                                y la ciudad No.
Mis nervios están tensos
                                        como cables
entre la ciudad No
                                                y la ciudad Sí.
Todo está muerto y asustado en la ciudad No.
Es como un despacho empapelado con tristeza.
Fruncen el ceño en él todas las cosas.
Hay recelo en los ojos de todos los retratos.
Cada mañana enceran con bilis su parquet.
Son sus sofás de falsedad, sus paredes de desgracias.
Jamás en él un buen consejo te darán,
Ni un ramo de flores, ni un simple saludo.
Las máquinas de escribir teclean, con copia, la respuesta:
“No-no-no… no-no-no… no-no-no…”
Y cuando al fin se apagan todas sus luces
los fantasmas inician su lúgubre ballet.
Jamá, ni aunque revientes, billete lograrás
para escapar de la negra ciudad No.
La vida, en cambio, en la ciudad Sí, es un canto de mirlo.
Carece de paredes la ciudad, es como un nido.
Las estrellas te piden acogerte en sus brazos.
Y, sin avergonzarse, los labios solicitan tus labios
con un quedo susurro: “Todo son tonterías…”
La reseda incitante solicita ser cortada,
y ofrecen los rebaños la leche en sus mugidos,
y en nadie hay asomo de recelo,
y adonde quieras ir, te llevarán al instante trenes, barcos, aviones.
y, con rumor de años, va el agua murmurando:
“Sí-sí-sí-… sí-sí-sí… sí-sí-sí…”
Sólo que, a veces, en verdad, es aburrido
que todo se me de apenas sin esfuerzo en esta ciudad Sí multicolor y deslumbrante.
¡Mejor ir y venir hasta el fin de mi vida
                                                                entre la ciudad Sí
y la ciudad No!
                                  ¡Mejor tener los nervios tensos como cables
entre la ciudad No
                                      y la ciudad Sí!

ENMIMISMAMIENTOS

 

 

El enmimismamiento es la cualidad por la cual uno entra dentro de sí mismo de manera que resulta ser incapaz de encontrar luego la salida, una salida.

 

 

Cuando el enmimismamiento sucede por la incapacidad física de entrar en el otro, de imbuirse o agregarse a él, entonces ese enmimismamiento es como una herida abierta a la que se mantiene cotidianamente en alguna especie de salmuera, de manera que jamás tiende a la cicatrización, que suele ser una salida o, simplemente, olvido.

 

 

 

 

 

A esta herida abierta y levemente salada

como las lágrimas, damos en llamar pena o, muchas veces, noche sostenida.

Persistente.

 

Cuadros de Edward Hopper (Hotel room), Luis Bejarano (Avistamientos). De la talleronline que encabeza estas leves líneas, desconozco el autor.

ADVERSO FLUMINE

Cuando la oscuridad es una presencia

todo mi cuerpo se desmorona, me vence el sueño; salgo a la noche,

al nocturno cielo de las estrellas: observo las constelaciones, nuestra galaxia,

el camino del Norte: la Polar.

Todo está bien, y yo estoy vivo, por eso miro intensamente,

por eso me sumerjo en los millones de mundos y en sus fuegos.

En los infinitos evos de luz, porque quizá en la mañana que ha de seguir yo ya no esté: Todas las noches

me despido de la vida;

suspiro profundamente porque sé que ha sido una vida colmada:

No tengo queja aún a pesar de los desequilibrios: me han amado

más de lo que yo amé hasta hoy, hasta esa noche, digo,

porque mi egoísmo parece ser más grande

que mi ignorancia: es mi gota de infelicidad, por eso

despierto cada poco bañado en sudor, preso de terrores: los ogros

de mi pasado que vuelven de noche y hacia las Dos, hora de Greenwich, salgo de nuevo al nocturno cielo, veo:

Orión puebla mi ventana: Betelguese, Rigel, su rival al sur, Bellatrix y Sahiph

en la otra diagonal. Alnitak, Alniman y Mintaka, y abajo,

la Espada de Orión, El Cazador, el que quiso exterminar todos los animales de la tierra, el Asesino,

el ogro terrible de mis pesadillas, el violador

de Mérope, hija de Enopión que lo dejó ciego, y cuya vista

le fue devuelta por Helios, que todo alumbra, que todo ve

menos la iniquidad. Gea lo mató,

Gea ordenó al escorpión gigante cazar a Orión y éste lo mató,

al asesino, al violador, al que arrasaba la tierra…

La venganza de Gea me calma, el sueño de muerte se va y yo

recupero el mío: quizás algún amor quiera venir a poblarlo, a besar

mis párpados contra toda la corriente de miedos y maldad que pueblan mi mundo.

WIR ARME LEUT

Los asesinatos de mujeres, los ataques a mujeres, las violaciones a mujeres, sea por parte de sus propias parejas, ex parejas, conocidos, parientes en mayor o menor grado, desconocidos, individualmente o en grupo están empezando a poblar de pesadillas mis noches. sueño con tiempos pasados que pugnan por volver, que nunca se fueron del todo, en el asesinato de Marie, muerta por el acero de Wozzeck, su pareja ya loca, pero no lo suficiente como para no intentar escapar, para no querer limpiar la sangre de sus manos; en el asesinato de Desdémona, estrangulada por Otelo; Ifigenia, sacrificada para la gloria de Agamenón, las mujeres incastas de Deuteronomio 22: 13-21; Las incontables evas perseguidas por una culpa que no les pertenece y que transmiten a causa de un síndrome mucho más antiguo que el de Estocolmo, las carnes de las mujeres asesinadas mediante el fuego, cortadas sus lenguas para que no pudieran gritar, la trata de mujeres para no el efímero placer sino para el perdurable placer del hombre investido por Dios como dueño de todo ser viviente sobre la tierra, las mujeres asesinadas de  Ciudad Juárez, cuyo conocimiento llegó a mí en  la página 443 del libro de Bolaño “2666”, y cuyas trescientas cuarenta y nueve páginas siguientes arrasaron mi corazón y lo siguen arrasando.

No puedo vivir en paz, queridas, y no puedo porque -como todos- formo parte de esta matanza, de este tráfico de esclavas, de esta anulación.

De esta vergüenza.

No puedo vivir en paz porque es el silencio de los hombres lo que autoriza tanto crimen, tantos golpes, tantas vejaciones, tantas muertes; el silencio de los que miran a otra parte aún no compartiendo la barbarie, el silencio cómplice de los puteros, de los que miran a las mujeres como se mira un objeto venal, de los que ocultan su ofensiva crueldad con el aspecto externo de las mujeres que insultan o atacan, de los que ponderan el buen comportamiento de sus mujeres (no compañeras) y de sus hijas en vez de ser como ellas, padecer con ellas, sentir con ellas, vivir con ellas.

Con vosotras, queridas.

No puedo soportar esta vergüenza, esta congoja constante.

Ni las risas de los culpables directos, que indirectos lo somos todos nosotros, no vosotras, ni sus miradas, ni sus coches aparcados en los clubes de carretera protegidas sus matrículas por una valla protectora, ni la pornografía infamante, ni los comentarios groseros, ni la prepotencia machista, la injusticia constante, la diferencia de salarios, la posesión, las religiones todas que amparan y teorizan tanto crimen y las leyes hechas por hombres para proteger sus iniquidades, ni los asesinos impunes todos, celebrados en gran parte de nuestra miserable sociedad todos, siempre disculpados, siempre consentidos los asesinos, los tratantes, los puteros, los padres que matan a sus hijas, que las violan, que matan a sus mujeres. Que matan.

No sé, no puedo saber cómo os sentís vosotras, queridas, pero sí cómo me siento yo todos los días, cada vez que me asomo al mundo, cada vez que veo un cartel publicitario; tampoco sé cómo expresar todo lo que siento porque me parece que me va reventar el corazón.

Y escribo esto, no para disculparme, no para apartarme de los asesinos ni de los demás hombres, pues soy uno de ellos, un hombre; supongo que escribo para vaciar mi pena enorme, mi congoja acumulada de tantos años. Mi propia culpa.

Ahora que veo, para mi mal y mis pesadillas, que no sólo nada ha cambiado sino que otra vez la violencia contra vosotras aparece con mucha más fuerza, protegida de  nuevo (como si nunca lo hubiera sido) por una sociedad que vuelve a ser feudal con otras formas pero con el mismo fondo.

No espero paz, ni creo en un mundo menos peor; vivo en la desesperanza; paliar el daño que haya podido hacer, evitar más daño: escribir, eso es lo único que puedo hacer.

Nada.