BARAHONA DE SOTO: UN VISTAZO que dedico a Carlota Barrenetxea

Don Luis Barahona de Soto (1548-1595), andaluz de Lucena, nacido hidalgo pobre, casi como mi señor Don Alonso Quijano pero médico en ejercicio y regidor de la villa de Archidona no vio su obra publicada, que quedó dispersa
Pedro Espinosa publicó parte de su poesía lírica en su “Flores de poetas ilustres”; Sedano, otra parte en su “Parnaso Español” y Adolfo de Castro otro resto en la “Biblioteca de Autores Españoles”, sin embargo su obra completa no fue publicada como tal hasta que Francisco Rodríguez Marín las incluyera en un apéndice a su “Luis Barahona de Soto. Estudio biográfico, bibliográfico y crítico” (1903), libro erudito y minucioso, imprescindible para acercarse a la obra de Barahona.
Actualmente hay otra edición (2009) debida a Jesús M. Morata y Juan de Dios Luque , pero, francamente, no la conozco.
La que sí conozco -y muy bien- es la debida a mi amiga de aquellos tiempos Genoveva García-Alegre: “Luis Barahona de Soto. Madrigales y sonetos”. Madrid, 1980 en una hermosa publicación de Entregas de la Ventura con una cubierta de Diego Lara, compuesta en tipos Aster cuerpo 10 fundido al 12, siendo la edición de 215 ejemplares en papel verjurado ingres de la casa Guarro. Quince de estos ejemplares no venales y 200 numerados del 1 al 200. El mío lleva el número 11.
Fue Barahona de Soto amigo de Gutierre de Cetina, poeta de mí muy querido y leído (“… ¡Ay tormentos rabïosos! / Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, / miradme al menos.“), y de Fernando Herrera.
Escribió también, siendo regidor, un interesante libro de caza, “Diálogos de Montería”, ya en prosa.
El ser amigo de Herrera no quitó para que escribiera un famoso soneto (el VIII de la edición de que hablo) en el que le criticaba alegremente, éste:
CONTRA UN POETA QUE USABA MUCHO ESTAS VOCES EN SUS POESÍAS
Esplendores, celajes, rigoroso,                                                         
selvaje, llama, líquido, candores,
vagueza, faz, purpúrea, Cintia, ardores,
otra vez esplendores, caloroso,
ufanía, apacible, numeroso,
luengo, osadía, afán, verdor, errores,
otra y quinientas veces esplendores,
más esplendores, crespo, glorïoso,
cercos, ásperos, albos, encrespado,
esparcir, espirar, lustre, fatales,
cambiar y de esplendor otro poquito
luces, ebúrneo, nítido, asombrado,
orna, colora, joven, celestiales,
Esto quitado, cierto que es bonito.
Naturalmente, su amigo Fernando Herrera le contestó con la distinta ironía, lo cual no empañó para nada la amistad que se tenían.
Si de nuestra amistad el nudo estrecho
por desdén, o liviano movimiento,
(que culpa no conozco en mí, ni siento)
queréis que sea sin razón deshecho;
aunque no me saldrá del firme pecho
del justo amor el gran merecimiento,
y he de llevar contino, descontento
la injusta pena de este injusto hecho.
Romped los lazos ya de esta cadena,
que suelto a mi pesar, si al cabo os place
poner fin triste a nuestro dulce trato.
Yo vuestra culpa sufriré y mi pena;
pues tarde sé, que en esto satisface
a tanta voluntad un pecho ingrato.
La verdad es que hecho mucho de menos estos piques poéticos ora en serio ora en bromas, y mucho me temo que los poetas actuales carecen del sentido del humor y mala leche suficiente para estos ardores, agobiados como están -como estamos todos- bajo el peso de lo políticamente correcto, que menuda plaga nos ha caído.
 Pero ya veo que, como siempre, queriendo centrarme en una sola cosa ya me he ido por las ramas, y es que mi sola intención al comenzar este humilde artículo sólo era destacar un madrigal y un soneto de la obra que Genoveva, como dice ella en el preliminar, desempolva, y añadir solamente que en ese mismo preliminar nos dice que en el inventario que de los libros de Barahona que hizo el citado Rodríguez Marín, aparecieron cuatrocientos volúmenes, cantidad más que respetable en esa época, incluso incluyendo los libros de medicina; dice también que aparecieron un volumen de Eurípides y otro de Píndaro, ambos en griego.
Rebuscar –finaliza Genoveva- en una biblioteca privada es acercarse al espíritu de su poseedor.
Por eso no sé si quisiera que alguien rebuscara en la mía, pues es seguro que encontraría un espíritu disperso, desordenado y, como un colibrí, insensato picaflores.
Pero vamos por el madrigal, que serán dos -he aquí un claro ejemplo de mi dispersión indecisa y asistemática-, y el primero será el cuarto y el segundo, el primero, más que todo, para redundar.
IV
Cuando las penas miro
de tu martirio fuerte,
Amor, gimo y suspiro
como último remedio por la muerte.
Procuro por perderte,
perder contigo la enojosa vida
y, viéndola por ti más que perdida,
del gran placer que siento
vuelvo a vivir, y crece mi tormento.

Archidona

I

Alegres ojos, dulce, grave, honesto
semblante señoril, altiva frente,
y rostro que en colores ha vencido
la luz del rojo Oriente,
do Amor su imperio y nuestra gloria ha puesto,
si no pusierdes presto
socorro presuroso a las entrañas
que Amor con vuestros fuegos ha encendido,
según las llamas salen ya tamañas
que vuestro claro cielo han escondido
al pensamiento mío,
veréis en un momento
quemarse en vuestro amor, cual yo le siento,
y, al fin, cercarse de un esmalte frío.                                            
 Y un solo soneto, el sexto:
VI
No es tiempo ya crüel, que más te ascondas
ni pongas a mi bien más embarazos;
haz esta carta, como a mí, pedazos,
que ya no espero más que me respondas.
Ya estoy como el que en esas aguas hondas,
cansado de medir el mar a brazos,
soltó los flojos y cansados brazos,
la boca abriendo a las saladas ondas.
Vencido me ha tu cruel y duro pecho,
mas, pues mi fino amor no conociste,
no es mucho que me prives de esperanza.
Con esto solo parto satisfecho,
que cuando entiendas lo que en mí perdiste
tú misma me darás de ti venganza.
Leed, si os place, estos poemas en voz alta: es más vívido el placer y menor la congoja.
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La Libertad de Paul Éluard

Paul Éluard murió a finales de 1952 de un infarto de miocardio; había vivido cincuenta y siete años, no es mucho, pero le dio tiempo para escribir maravillas como La capitale de la doleur en 1926, texto inevitable del surrealismo, pero antes (1917) publicó Le devoir et l’inquiétude y un delicioso texto (1922), Les malheurs des immortels, ambos de su época dadaísta.

A mí, como puede imaginar cualquiera que me conozca, me encantó esa prosa poética que escribió en colaboración de André Breton, La Inmaculada Concepción, páginas en las que aparecen unas cuantas enfermedades mentales según el “método paranoico” de Salvador Dalí. Curiosamente (o consecuentemente) Éluard cayó en una profunda depresión cuando Dalí sedujo a su mujer, Gala, que ya no volvió con él.

Nuestro Jesús Munárriz tradujo y editó (Hiperión, 2005) los últimos poemas de amor, Derniers poèmes d’amour (1963) en edición bilingüe muy recomendable, y que ya había sido publicada en Buenos Aires (1968), traducida por César Fernández Moreno.

Además de las obras citadas conservo en casa una que me es muy apreciada, que es el ejemplar nº 75 de una tirada de 130 en papel de Auvergne con ilustraciones de Joan Miró sobre los textos de Paul Éluard editada por Gérald Cramer en 1958. Fequet el Baudier imprimieron el texto; el Taller Lacouriére y Frélaut, los grabados sobre madera.

SAMSUNG CAMERA PICTURESilustracones de Miró sobre textos de Éluard que se imprimió en París en 1958 en las prensas de Fequet y Baudier para los textos y del taller Lacourière ey Frèlaut para los grabados en madera. Su título; A Toute Épreuve (A Toda Prueba)

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Bien, no he comenzado a hablar de Éluard para contar su vida y milagros, sino para traeros un solo poema, Liberté, versos harto famosos, pero no por ello recordados hoy como se debiera. Un poema de mediana extensión: veintiún cuartetos con un cuarto verso repetido, como un mantra, de bellísima factura, emocionante resultado. Habla, sí, de la Libertad, aunque yo lo leo como un conjunto de libertades posibles e individuales, no como una libertad absolutizada, idealista y etérea, una libertad, más bien intelectual, esa que es imposible de usurpar o robar al individuo que la practica con su propia vida, pero no quiero por ello -por mor de esa misma libertad- insinuar al lector cómo debe leer el poema, precisamente porque es ésta una actividad exclusivamente individual, así que cualquier influencia sería negativa.

De manera que, simplemente, transquibiré el poema en su idioma original, dejaré una traducción (que alguna que yo me sé mejorará de largo la mía, pero cada uno sabe lo que sabe, en mi caso, muy poco) y como regalo dejaré un enlace que he encontrado en San YouTube con la declamación estupenda del mismísimo Éluard.

 

También podía dejar el enlace de la música que Francis Poulenc dejó escrita para este poema, pero quizá sea demasiada cosa, ¿no? ¡No, qué coño! Ahí va, para quien se interese: https://www.youtube.com/watch?v=nNse9ycuhdA

 

 

LIBERTÉ

 

Sur mes cahiers d’écolier
Sur mon pupitre et les arbres
Sur le sable sur la neige
J’écris ton nom

Sur toutes les pages lues
Sur toutes les pages blanches
Pierre sang papier ou cendre
J’écris ton nom

Sur les images dorées
Sur les armes des guerriers
Sur la couronne des rois
J’écris ton nom

Sur la jungle et le désert
Sur les nids sur les genêts
Sur l’écho de mon enfance
J’écris ton nom

Sur les merveilles des nuits
Sur le pain blanc des journées
Sur les saisons fiancées
J’écris ton nom

Sur tous mes chiffons d’azur
Sur l’étang soleil moisi
Sur le lac lune vivante
J’écris ton nom

Sur les champs sur l’horizon
Sur les ailes des oiseaux
Et sur le moulin des ombres
J’écris ton nom

Sur chaque bouffée d’aurore
Sur la mer sur les bateaux
Sur la montagne démente
J’écris ton nom

Sur la mousse des nuages
Sur les sueurs de l’orage
Sur la pluie épaisse et fade
J’écris ton nom

Sur les formes scintillantes
Sur les cloches des couleurs
Sur la vérité physique
J’écris ton nom

Sur les sentiers éveillés
Sur les routes déployées
Sur les places qui débordent
J’écris ton nom

Sur la lampe qui s’allume
Sur la lampe qui s’éteint
Sur mes maisons réunis
J’écris ton nom

Sur le fruit coupé en deux
Dur miroir et de ma chambre
Sur mon lit coquille vide
J’écris ton nom

Sur mon chien gourmand et tendre
Sur ses oreilles dressées
Sur sa patte maladroite
J’écris ton nom

Sur le tremplin de ma porte
Sur les objets familiers
Sur le flot du feu béni
J’écris ton nom

Sur toute chair accordée
Sur le front de mes amis
Sur chaque main qui se tend
J’écris ton nom

Sur la vitre des surprises
Sur les lèvres attentives
Bien au-dessus du silence
J’écris ton nom

Sur mes refuges détruits
Sur mes phares écroulés
Sur les murs de mon ennui
J’écris ton nom

Sur l’absence sans désir
Sur la solitude nue
Sur les marches de la mort
J’écris ton nom

Sur la santé revenue
Sur le risque disparu
Sur l’espoir sans souvenir
J’écris ton nom

Et par le pouvoir d’un mot
Je recommence ma vie
Je suis né pour te connaître
Pour te nommer

Liberté.

 

(Sobre mis cuadernos de escuela, sobre el pupitre y el roble, sobre la nieve y la arena, escribo tu nombre.   Sobre  páginas leídas, sobre incólumes páginas -piedra, sangre, papel, ceniza- escribo tu nombre.   En los dorados iconos, sobre las armas guerreras, sobre coronas de reyes, escribo tu nombre.   Sobre junglas y desiertos, sobre el nido y la retama, sobre el eco de mi infancia escribo tu nombre.   Sobre el prodigio de la noche, sobre el pan blanco de los días, sobre las estaciones desposadas escribo tu nombre.   Sobre los trapos azules, sobre el estanque sol mohoso, sobre el lago viviente luna escribo tu nombre.   Sobre los campos en el horizonte, sobre las alas de los pájaros y sobre el molino en las sombras escribo tu nombre.   Sobre bocanadas de aurora, sobre la mar, sobre los barcos, sobre la loca montaña escribo tu nombre.   Sobre la espuma de las nubes, sobre el sudor de la tormenta, sobre la lluvia gruesa y sosa escribo tu nombre.   Sobre las formas espumosas, sobre las campanas del silencio, sobre la verdad física escribo tu nombre.   Sobre los despiertos senderos, sobre los caminos desplegados, sobre los asientos que desbordan escribo tu nombre.   Sobre la lámpara que se enciende, sobre la que se apaga, sobre las casas reunidas escribo tu nombre.   Sobre la fruta cortada en dos, sobre el mirador de mi cuarto, sobre mi cama concha vacía escribo tu nombre.   Sobre mi perro glotón y tierno, sobre sus orejas verticales, sobre su torpe pata escribo tu nombre.   Sobre el trampolín de mi puerta, sobre los familiares objetos, sobre el flujo de fuego benigno escribo tu nombre.   Sobre toda la carne concedida, sobre la frente de mis amigos, en cada mano que se tiende escribo tu nombre.   Sobre la ventana de las sorpresas, sobre los atentos labios, por encima del silencio escribo tu nombre.   Sobre mis refugios rotos, sobre mis faros colapsados, sobre los muros de mi sueño escribo tu nombre.   Sobre la ausencia sin deseo, sobre la soledad desnuda, sobre las marchas de la muerte escribo tu nombre.   Sobre la salud recuperada, sobre el riesgo desaparecido, en  la esperanza sin memoria escribo tu nombre.   Y por el poder de una palabra recomienzo mi vida; he nacido para conocerte, para invocarte: Libertad).

 

KOSHER

1491. Cesar Borgia, de dieciséis años, es nombrado obispo de Pamplona por su padre, Alejandro VI, Papa de la cristiandad; al año siguiente, arzobispo de Valencia y cardenal; en el ’98, Luis XII, en un movimiento de acercamiento al Papa le nombra duque de Valentinois; ese mismo año es sospechoso de la muerte de su hermano Juan a quien hereda, recordándome este suceso otro más cercano en el tiempo e inserto en la realidad española cuyo carácter fratricida no he de detallar aquí en mi natural deseo de no dar con los huesos en la cárcel. El carácter fogoso de César hace que su padre, el Papa, le conceda una licencia especial para fornicar sin medida ni desdoro de su estado eclesial. Murió en Viana (Navarra) el año de 1507 en acto de guerra carcomido ya su cuerpo por la sífilis.

 

 

Se le daba bien el trato con el clero: curas, obispos, monjas, sacristanes, vicarios, cardenales… sí, se le daba estupendamente, y más le valía puesto que el clero era su negocio. Albas, casullas, dalmáticas, sotanas, mucetas, manteos, mitras, bonetes, escapularios, cogullas, cíngulos, alzacuellos, botonaduras… sabía excitar la vanidad de aquellas gentes con rasos y brillos aguados, caídas, aires de sotana, hebillas en los zapatos, pieles finas para los pies, cebellinas para los hombros, conocía perfectamente los colores litúrgicos, el blanco para fiestas del Señor, morado para advientos y cuaresmas, rosa para los gaudete y laetare, rojo para fiestas del Señor en su Pasión, o para misas del Paráclito, o de los mártires, o de la Confirmación que también puede ser blanco y que en su exaltación puede ser dorado, o la vestimenta cardenalicia en los funerales del Santo Padre; negro para el 2 de noviembre o Viernes Santo, y también, puesto que nuestra historia sucede en España, el azul, que es privilegio especial para nuestra Bienamada Iglesia Patria por la festividad de la Inmaculada Concepción, que los matadores de toros adoptan con el nombre de azul purísima y que el populacho confunde con el virginal nacimiento de Jesús sucedido sin intervención de varón revera, Paraclito inspirante, según nos dice la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854 debida al ilustre Pío IX (Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente…), y es privilegio especial para España porque ya (asombraos, oh gentes que me leéis) el rey Wamba, en el onceno concilio de Toledo era titulado Defensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una veta de honda devoción real que fue desde él hasta Fernando III y Carlos III pasando por los dos Jaimes, I y II, hasta el punto de que la ciudad de Sevilla, en el año del Señor de 1615 declaró documetalmente que juraba la defensa de la Concepción de María Toda Pura, así que desde 1644, en todo el Imperio español de su Majestad Católica se declaró fiesta de guardar hasta que lo fue por orden de Clemente XI fiesta para todo el orbe católico en 1708.

Todas estas cosa y más sabía nuestro sastre litúrgico, de nombre Luis -don Luis Amantis- hombre por lo demás bien campechano que sabía tratar a su clientela con sabia confianza no confianzuda, untuosidad sin exageración, incluso con un claustral sentido del humor que le hacía decir cosas como mire su Ilustrísima lo buena que es la advocación a la Inmaculada que siendo patrona de Farmacéuticos y facultades de Farmacia lo bien que les va a las industrias farmacéuticas, y su Ilustrísima le reía sottovoce el chiste con un quite, quite, don Luis. Usted siempre tan chisposo. Y es que los obispos y los Borbones saben ser así de campechanos, y don Luis conseguía que confiaran en él, que le contaran chascarrillos eclesiales, rumores de secretas batallas intramuros, comidillas conventuales… esas cosas, y él les contaba las cosas del común, las de pie de calle, aunque más dado era a escuchar y afirmar lo que escuchaba con leves movimientos de ojos o de cabeza de manera que era considerado por su elevada (pues no era barato) clientela como gente de la Casa, formal y de orden.

También le contaban otras cosas, no siempre, no todos, claro, pero le contaban.

Cositas que él guardaba en su memoria mientras sonreía, aprobaba o celebraba y, más tarde apuntaba en su libreta detalladamente mientras fruncía su ceño de sastre y confidente, cositas difíciles de escuchar porque se dicen por perífrasis retóricas o metáforas o circunloquios, pero siempre en voz muy baja y comprobando de reojo quién escucha, cositas que no se refieren a los negocios o al escalafón, que de todo eso hacen chistes los interesados pues siempre hay alguien de quién reírse.

¿De qué hablan los obispos con los obispos, los curas con los curas, las monjas-sirvientas con sus amos tonsurados? Hemos de suponer que de todo un poco, incluso si te descuidas, de religión, aunque no creo que se pasen: al fin de al cabo son profesionales y saben muy bien lo que venden con tanta elegancia como carga trucada en la báscula. En realidad hablan de lo que todo el mundo: ascensos, política, fútbol, tabernas y vinos… pero no de amor, claro, que de eso no deben saber, no deben, digo, no que no sepan, pero de amores no hablan, no entre ellos; los confiesan a veces como pecados, pero de amores, nada. De pasiones, quizá, aunque no creo: las incluyen en el apartado del secreto de confesión, ese gran invento que la mayoría de creyentes no sabrán valorar nunca en toda su dimensión. Maravillas de la irresponsabilidad y el perdón ¿o era al revés? Porque amores tendrán muchos, pasiones, todos y secretitos más allá de la pasión mensurable y sana, algunos. No pocos.

Y de esos secretitos y el espanto que le produjeron nació otro Luis Amantis, también secreto, entre las sombras sombra.

Luis, don Luis, era un caso raro en la sastrería religiosa, oficio que suele pasar de padres a hijos, años y años de influencias y relaciones, unas familias más y otras menos, sin embargo Luis Amantis se había hecho un hueco por sí mismo, y no un hueco pequeñito, sino grande, firme y afamado, no sólo por su arte, que era mucho -un don de Dios, le decían sus santos clientes-, sino por su delicada discreción e intangible sometimiento a la curia y sus caprichos. Aún y todo, seguía siendo un caso raro, pues su padre y abuelo no sólo no fueron sastres, sino carniceros, negocio -el de la carnicería- que llevaba actualmente su hermano mayor, Estanislao, heredero del comercio familiar y nombre de línea paterna. Estanis, un buen hombre y buen hermano mayor que le llamaba vistecuras pero con cariño: con él se podía contar. Sí.

Y a él acudió una tarde al cierre de la carnicería, y con él se fue a una taberna fuera del barrio, donde nadie les conocería ni les estorbaría, porque lo que quería Luis era hablar. Hablar largo, de lo que estaba harto de callar.

Fue una larga conversación, larga y sigilosa pues encerraba su peligro, que no trataba de las cosas familiares y cotidianas. Y trataba de otros, no de ellos. Y los otros eran poderosos. Y al cabo de las horas surgió un plan: una venganza ¿o era justicia? Luis tenía sus dudas, pero no así su hermano, de mente práctica y amante de los resúmenes: Eso de la justicia es una chorrada, ya lo sabes; una justicia ideal tendría que estar contrastada por todos los grupos sociales sin excepción; la justicia y su instrumento son las fronteras que los poderosos han erigido para aislarse de las demás gentes. Nosotros somos o seremos instrumento de venganza ya que con nadie consultaremos, ¿no es así? Luis terminó coincidiendo con su hermano: un hombre es libre en el momento en que toma para sí la responsabilidad de sus actos.

 

-Pero me ha de prometer Su Ilustrísima que irá en el más riguroso anonimato, invisible Su Ilustrísima, invisible yo, que no hay más que malos ojos esperando la mínima para desprestigiar nuestras instituciones.

-¿Y el lugar?

-Es seguro, no se preocupe Su Ilustrísima: allá nos estarán esperando; luego Ya es cosa suya, yo me iré y el que llaman El Encargado esperará su llamada para volver: no sabe quién es Su Ilustrísima; no debe verle.

-Descuide, don Luis; hasta mañana y gracias.

 

Notó un leve pinchazo en el cuello, luego la oscuridad, nada.

Habían remodelado el baño del piso para su nueva actividad: encima de la bañera había una fuerte sujeción al techo de la que pendía un cable con dos abrazaderas que subían o bajaban con una roldana eléctrica; cada abrazadera servía para sujetar un pie; el sistema podía aguantar una carga de doscientos kilos en movimiento. Desnudo en esa posición boca abajo, con los pies trabados por los tobillos con las abrazaderas y semiconsciente pendía el cuerpo de Su Ilustrísima José María de Bicresa y Guelarba, fundador de Soldados por la Virginidad de María. Respiraba fatigosamente sin salir del todo de las sombras en que estaba, y fue entonces cuando unas manos enguantadas le sujetaron la cabeza y cuando sintió un golpe seco en el cuello; notó algo tibio que le entraba en las comisuras y caía, intentó despertar y entonces supo: su sangre escapaba con enorme fuerza, la vida con ella. Luego, nada más.

Mientras el cadáver terminaba de desangrarse en la bañera, el grifo de ésta iba mezclando sangre y agua que escapaban por el sumidero, hacia las alcantarillas, las depuradoras, los ríos, el mar tarde o temprano o quizá los campos de regadío, las huertas. Quién sabe. Los dos hermanos miraban sin expresión alguna, sin placer ni odio aquel cadáver que iban a vaciar, manipular, despiezar en sus diversas partes hasta hacerlo pequeños paquetes transportables. En la habitación vecina -antes dormitorio principal- había instalada una mesa de trabajo, una máquina de envasar al vacío, bolsas estancas, instrumentos de corte y torsión, pero nada que hiciera un ruido llamativo, sólo el agua que corría por el desagüe.

Cinco era el tope que se impusieron los dos hermanos, cinco porque era doloroso matar, una carga que se impusieron desde el principio, cinco asesinatos ejemplares escogidos cuidadosamente en ese club de perturbados fuera de toda ley o, más bien protegidos de leyes por el silencio más cerrado, en total cuatro usuarios y la cabeza organizadora (también usuario) de La Red.

Los diversos medios de comunicación sólo podían especular sobre las desapariciones, que es como se catalogaban ya que en ningún caso se encontraba un cadáver o el rastro de un cadáver. Todos los noticieros hablaban de lo mismo y había opiniones para todo. Normal, Bicresa y Guelarba, obispo,  Valeriano Couro, arzobispo emérito, Agustín Ordes González profesor de religión en un colegio católico perteneciente al Supo, Paco Campos,  senador y por último Roberto Bafra, paradigmas todos de la soberbia, el orden y la moral. Todos ellos. Desaparecieron en  el corto plazo de una semana, algo tan fuera de toda medida que estaba todo el país desconcertado, policía, guardia civil, ministerio del Interior, gobierno en general, prensa, radio y televisión, por no hablar de las redes sociales… Cada cual con una interpretación más peregrina, todo como ecos de confusión, enconadas disputas, insultos, incluso actos religiosos rogando (¿o era exigiendo?) la intervención divina mientras otros, más prácticos clamaban por la intervención directa de las fuerzas armadas puesto que alguien estaba atacando los fundamentos de nuestra sociedad, mejor, su fundamento más importante: La Iglesia Católica.

El también emérito pero de la política -ex de todo mientras los escándalos resbalaban por ese rictus permanente que era su rostro sin mirada- colgaba desnudo igual que sus predecesores, pero vivo y consciente; las manos sujetas por una brida, la boca amordazada. Sin gafas.

-Bueno, Bafra, esto se acaba, vas a palmarla, pero no te torturaremos ni usaremos tu cuerpo para nada ni te insultaremos ni ofenderemos el inmenso ego que tu despreciable y degenerado cerebro ha  construido para tapar la mierda que es tu vida miserable; el por qué ya lo puedes imaginar ¿no? ¿No sabes por qué cuelgas boca abajo, desnudo, con los pliegues de tu obesidad colgando, amarrado y amordazado?

¿No?

Bafra movía la cabeza, sus ojos expresaban pánico; con el movimiento, las abrazaderas se hincaban en los tobillos, que empezaban a sangrar: la roldana, la cruceta afianzada al techo resistía perfectamente, como estaba previsto.

No podrás hablar: ya has hablado y mentido bastante en la vida, Bafra. ¿Seguro que no sabes por qué estás aquí? Es por los niños, ¿sabes? Los niños, las niñas que has violado y asesinado, que habéis, mejor dicho: tú y tus compinches, ¿verdad? Pero tú eras el peor, el que manejaba todo el cotarro, el que llevaba a éste o aquel a tus redes de manera que quedaban de ti presos para siempre, bueno para siempre que tu vivieras, pero ya no. ¿Tienes miedo? ¿Tenían miedo tus, vuestras víctimas? ¿Pensabas a menudo en ellas o sólo pensabas en tu propia impunidad, en tu placer y tu impunidad? ¿Qué sentías? Tu placer era el poder, ¿cierto? el poder sobre personas y cosas, el poder que te daba el silencio de tus compinches y el miedo de las víctimas mientras las despojabais de toda dignidad y toda inocencia, de la vida? Hazme un gesto para que yo vea que me has entendido aunque eres muy capaz de hacerlo para negar lo que has hecho, Bueno, en realidad no nos importa nada tu opinión al respecto porque sabemos lo que sabemos. Lo mismo que tú.

Lo que no sabes es qué va a pasar. Verás estás ahí colgado mientras te meas sobre tu barriga y tu cara porque es ahí donde vas a morir, encima de la bañera; te inyectaremos un potente sedante para que dejes de moverte, pero estarás consciente todo el rato, y enseguida te rebanaremos el pescuezo como a una res para que te desangres; al tiempo abriremos el grifo de la bañera para que tu sangre infame se mezcle con el agua y desaparezca por el sumidero adonde quiera que el sumidero la lleve; una vez desangrado, Bafra, tu carne será tan kosher que tu Jehová se relamerá de placer al verla, y con tu carne kosher haremos un despiece perfecto una vez eviscerada, haremos paquetes manejables y la llevaremos con las de los demás a la carnicería; una vez allí, lo picaremos todo menos las vísceras que desecharemos, picaremos tu carne y moleremos tus huesos y la juntaremos con las de los otros; luego volveremos a etiquetar y la venderemos para que con ella hagan comida para perros, gatos o lo que sea que hagan con ella: Carne kosher para animales, ¿qué te parece? Al menos vas a ser útil por una vez en la vida, Bafra.

Por cierto, no está bien que no sepas dónde vas a morir, y no está nada mal para un megalómano narcisista como tú, verás, en realidad estás rodeado de todos tus santos, de montones de iglesias, algunos de cuyos sacerdotes han sido clientes tuyos, y rodeado también de iglesias y religión, esa a la que tanto has apelado en tu vida lamentable y a la que me temo que ahora no podrás recurrir porque ni siquiera quedará de ti una uña para hacer un funeral y un entierro.

¿Y por qué, Bafra, lo de la carne kosher? Pues verás, habíamos pensado que por una vez la tuya sea lo más pura posible, así que, si lo piensas bien, te estamos haciendo un favor, ¿no te parece?

Y ya, Bafra, un pinchacito de nada y un cuchillo. Y luego, la Nada, la de verdad.

El agua del grifo empezó a correr lo mismo que la sangre; ambas se iban por el desagüe en sentido contrario a las agujas del reloj según impone el efecto Coriolis para el hemisferio norte hasta que pasaron unos veinte minutos. Después de ese tiempo, el cuerpo de Bafra estaba perfectamente desangrado y en la bañera quedaban apenas unas pequeñas salpicaduras.

En el segundo piso del número 17 de la calle Traviesa de Salamanca, comentaba un anciano caballero a su esposa ensimismada con la complicada trama de una de las antiguas novelas de John Le Carré.

-¿Me has oído, Helena? Digo que en el piso de arriba debe vivir toda una tribu a juzgar por lo que tardan en ducharse.

 

CARGO CULT

Estaba yo tranquilamente escribiendo un relato que quizás acabe o quizá no, que eso nunca se sabe siendo yo el escribiente, cuando me ha dado en pensar la enorme cantidad de chorradas en las que cree plebe y capos de plebe, es decir, todocristo, y más en estos días en los que el éxito, la prosperidad, el amor y la felicidad está al alcance de cualquiera que merodee por las sociales redes, claro que si se comienza creyendo en la Santísima Trinidad y demás coñas, el camino está más que trillado para cualquier cosa,  ¿acaso no cree cada cual en las promesas de su político preferido? Es más, gentes hay que creen que si hacen esto o lo otro, no comes aquello pero sí eso de allí, vivirán milenios, y otros -muchos más- que sometiéndose a ciertas normas y actitudes, lo harán eternamente, siendo que lo eterno, según ellos mismos es lo que no tiene fin, pero tampoco principio, así que no sé muy bien cómo harán para llevar a buen fin sus creencias.

Dios

A mí me gustan todas: unas me hacen mucha gracia y otras menos, por tristes, más que todo; la actual fe en la Felicidad es de las que me hacen gracia, la antigua en la Libertad, pesadumbre, la de los dioses bondadosos me produce pérdidas de orina, en cambio veo muy bien la de los dioses enfadados e intransigentes, que a menudo son los mismos.

¿Y a qué viene esto?

Pues como siempre, a nada, simplemente me he acordado de uno de los últimos dioses existentes, Cargo*, que es dios proveedor: no se cabrea, ni exige cuentas, ni promete eternidades, pero sí bienes materiales: comida, armas, gafas, ropa… esas cosas.

Es posible que haya quienes conozcan a este dios, que es Dios, más o menos lo mismo que otros dioses, y también es posible que haya quienes no tengan pajolera idea de ello, y mira que es un buen culto: sólo hay que mirar para arriba y esperar, en realidad, como todas las religiones, ¿no?

Durante la Segunda Guerra Mundial, tras el ataque japonés a los gringos, el Pacífico se llenó de soldados; generales y políticos también había, pero estaban lejos y tomaban café. Pues bien, algunos de estos soldados llegaron a Melanesia, desembarcaron en algunas de las islas y establecieron en ellas sus bases contra otros soldados que también tenían generales y políticos y estaban lejos y tomaban café, así que plantaron sus tiendas, sus prefabricados para oficiales y, sobre todo, sus equipos de radio y sus antenas.

Hembra reclamando

Los que vivían allí, que no eran soldados y a los que nadie había preguntado qué les parecía el asunto aquel de la guerra, no salían de su asombro: jamás habían visto tanta gente haciendo tantas cosas, así que observaron, ¿y qué vieron? pues que una vez establecidas las radios y las antenas, los extranjeros esperaron y, a la de un tiempo indeterminado (lo indeterminado es el mejor principio religioso) enormes pájaros muy ruidosos, aparecieron en el cielo y dejaron tras de sí unos enormes regueros de cajas que bajaban tranquilamente a tierra colgando como de unas sombrillas o algo así, ¿y qué había en estas cajas? Pues lo dicho: comida, armas, etc, etc, lo cual no dejó de maravillar a los isleños expectantes.

Radio y antenas; sacerdotes rezando

Y pasaba otro tiempo, y se afanaban los extranjeros con sus cajas y sus antenas y ¡oh sorpresa! volvían a aparecer en el cielo los enormes y rugientes pájaros, que volvían a sembrar el suelo de estupendos regalos. La cosa estaba clara: aquellos extranjeros tenía un dios poderoso y nutriente y lo traían para ellos exclusivamente, para que vieran su poder y lo siguieran a través de los siglos. De manera que cuando los extranjeros se marcharon los isleños se pusieron a reproducir radios y antenas. Y aviones, que no eran más que aviones hembras que servirían de reclamo cuando los aviones machos -los enviados de Cargo- volvieran a pasar atendiendo sus ruegos las vieran y soltaran sus regalos, ¡oh Dios munificiente!

Y así siguen: esperando hasta que Dios considere la prueba superada y les favorezca, puesto que los extranjeros blancos desaparecerán y sus poderes les serán transmitidos de manera que los días felices habrán llegado, y la tierra será un paraíso en el que no existirá la esclavitud del trabajo, ni la carestía ni la miseria.

Festividades religiosas

En los tiempos de la Revelación apareció en las islas Vanuato un blanco que se presentó en la extraña lengua: I am John from America, así que tan esperanzadora religión que no habla ni de castigos ni de vidas eternas ni cosas tan lejanas sino de la abundancia sobre la tierra tiene su santo: Jon Frum, y una festividad: la del 15 de febrero en el calendario de los extranjeros.

Las gentes creyentes en la Verdadera Religión (que son todas, como es de esperar) me diréis: “cosas de salvajes ignorantes que se creen cualquier cosa” ¿a que sí? “Supersticiosos salvajes a los que hay que salvar”… Cosas de esas diréis, oh creyentes, incluso habrá quienes aboguen por un justo y esmerado exterminio, como el de los cátaros pero a lo bestia: “¿queréis aviones? ya os vamos a dar aviones…”.

No será la primera vez.

Pero, oh creyentes de la Verdadera Religión: Todas las religiones son espejos. Unas de otras: espejos cóncavos y convexos, como en las atracciones.

Rogando a la hembra para que atraiga al macho

¿Por qué no os miráis en ésta?

 

 

 

 

 

*Cargo: cargamento.

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

LA INTELIGENCIA NACIONALISTA: UNA ANÉCDOTA.

De todos los nacionalismos, los que mejor conozco de cerca, digamos que en mis carnes, son el español y el vasco; el más peligroso es -cosa clara- el español que, además de ser el que más tradición acumula, está armado hasta los dientes y tiene bajo las cunetas de España sus más hondas raíces, así que de ese nacionalismo no diré nada más (de momento).

El vasco, el nacionalismo vasco, digo, me pilla más de cerca y, aunque no le he sufrido como el español sí que lo he tenido que soportar de muy diversas formas, sobre todo en su carácter curil y su desapacible sentido del humor, sin embargo tengo una anécdota familiar que cuento de vez en cuando a mis amigos y que siempre nos hacer reír un montón; es ésta:

Toda mi familia es -como saben algunos- de Mundaka, unos marinos y otros simplemente pobres y, por tanto, emigrantes, sin ir más lejos mis abuelos, tanto maternos como paternos pertenecieron a esta última clase, de manera que mi madre y alguna tía nacieron en México y otros, en La Argentina, mi tío Paco, uno de ellos, era de hecho, argentino.

Pero también era nacionalista (vasco, por supuesto), un nacionalismo romántico*, que así empiezan todos, de bosques, montes y praderas, de costas, playas y acantilados, todos ellos vascos, vascos, vascos; era también  mi tío apocado, buena gente y gruñón, así que durante la primera dictadura franquista, aún simpatizando, no militó más que circunstancialmente, pero cuando comenzó la segunda -la de ahora- decidió que ya era hora de formar parte del Partido (el PNV, por supuesto: Dios y Leyes Viejas), así que apoyado por los frailes benedictinos de Estibaliz, pues era meapilas y amigo de curas mi querido (querido de verdad: me llevaba bien con él) tío quiso ser admitido en las filas del dicho Partido (que habría sido Único si las cosas hubieran sido diferentes: quizás alguien escriba alguna vez esta distopía).

Pasó el tiempo, demasiado, quizá incluso para las cosas de Palacio, más aún con todo un monasterio benedictino como fuerza de aval y apoyo y, una vez, pasó el suficiente, mi tío recibió una terrible negativa que lo dejó en deplorable estado, pues no, no y no lo podía entender. ¿Y sabéis por qué mi pobre tío no fue admitido en tan deseadas siglas?

Ni en treinta vidas podríais imaginarlo así que os lo diré: Porque no era español, sino argentino, y aunque os parezca raro de cojones, para ser  (entonces, que ahora no sé ni me importa) del Partido Nacionalista Vasco ¡había que ser español!

Si esto no es divertido no sé ya que hacer para alegraros el día, coño, ni Tip & Coll, ni Faemino & Cansado, príncipes del humor absurdo hubieran podido concebir un chiste como éste, así que ya me diréis.

 

 

JAUN GOIKUA ETA LAGI ZARA (grafía antigua) DIOS Y LEYES VIEJAS

 

* Lo peor del romanticismo fueron los nacionalismos; no hay cosa más repugnante que un alemán cantando un lied sobre los susodichos campos, praderas, florecillas silvestres o truchas mientras se prepara para arrasar el mundo en general, y si no, escuchad esto: son los nazis, que nunca se fueron y, sin irse, aquí están de nuevo.

 

ELOGIO DE LA PEREZA

las interminables jornadas laborales de Caronte

(este texto está dedicado, pero me da pereza decir a quién)

 

 

¿Sabéis quién es el tipo más rico de la historia? Ya podéis pensar, ya: no daréis con él, y es que no se le nota.

Vale: Su nombre es Caronte, de oficio, barquero.

Imaginad, si sois capaces, por un momento la cantidad de muertos que ha habido en toda la historia de los humanos desde que el mundo es mundo, ¿Millones, cientos de millones, miles de millones?

Y los que irán muriendo todavía.

Hoy mismo, ,¿Cuántos la han palmado?

Pues todos,  toditos, han pagado y han de pagar a Caronte su monedita, así que echad cuentas.

¿Y qué coño hace Caronte con tanta pasta, ¿lo pasa pipa, colecciona arte, castillos, coches de lujo, yates, editoriales, medios de comunicación, presidentes de gobierno, lee, toma copas al menos. ¿Se rodea de lujo y boato como un obispo travestido?

Pues no, ya veis, nada de eso, ¿y sabéis por qué,?

No tiene tiempo para nada: TRABAJA TODO EL PUTO DÍA.