UN LIBRO DE NATURALEZA: EL PEREGRINO

UN LIBRO DE NATURALEZA: EL PEREGRINO

En 1967 se publicó este libro de Jonh Alec Baker y recibió además en ese mismo año el premio Duff Cooper, premio anual que se otorga a la mejor obra de historia, biografía o política y, raramente, de poesía, y fue aclamado, entre otros, por Robert Macfarlane, escritor británico sobre naturaleza, viajes, lenguaje y paisajes.

Baker finalizó sus estudios a los 16 años a causa de la baja situación económica de su familia, sin embargo su dominio del lenguaje y de su economía es enorme: sus calificativos son austeros pero precisos, ni faltan ni sobran siendo su terminología amena, extensa y divulgadora. Algunos críticos achacan esto a su afición y conocimiento de la obra de Charles Dickens, no sé, es muy posible, pero algo más hay: se deja entrever en sus líneas.

Baker dedicó una década a seguir al peregrino (Falco peregrinus), una de las más bellas aves que surcan los cielos, y lo siguió en la comarca de Essex, en su zona costera rural hasta que la contaminación agroquímica disminuyó drásticamente la población de peregrinos y demás aves, y de ahí surge este libro, resumen escrito en forma de diario de esos diez años.

El halcón peregrino es una rapaz altamente eficiente, un cazador casi infalible que puede hacer picados a una velocidad espectacular: puede rondar los 320 km/h, así que de ese ave, del pertinaz seguimiento que le hace Baker (siempre en bicicleta: no tuvo nunca otro vehículo, como mi amigo Dave Langlois, al que siendo novelista podríamos definir también como escritor de naturaleza y no creo que se me enfade por ello (La presa de hoy (2016), Primavera de Soco (2018), para el que la bicicleta es el único medio de transporte que utiliza), pero no lo hace sólo como un naturalista sino también como un agudo observador del mundo que le rodea y de ahí observador certero de nuestras costumbres como humanos que somos, nuestra constante intervención en la naturaleza, nuestra capacidad depredadora, nuestra pertinaz habilidad para justificar nuestras acciones contra algunos de los demás seres vivos a causa de la perjudicialidad  de estos, perjudicialidad a todas luces falsa y tendenciosa.

Pero no espere quien se interese por este libro un texto al uso de textos actuales, invasores de las redes sociales, libros, artículos, etc, siempre con una tendencia estúpida a la humanización de los animales que llega hasta la moñería más cursi y resbaladiza, como llamar bebés a los cachorros o crías, no, nada de eso. He aquí un ejemplo que nos aparece nada más comenzar el libro, más precisamente en la página 17 de mi edición en castellano (El peregrino, Ed. Sigilo, 2016):

Voy a tratar de dejar claro lo sangrienta que es la matanza. Demasiado a menudo los que defienden a los halcones lo han pasado por alto. El hombre carnívoro no es superior en modo alguno. Amar a los muertos es facilísimo.  El mal uso ha deformado la palabra ‘depredador’ como un pantalón viejo. Todas las aves comen carne viviente en algún momento de su vida. Piensen en el zorzal de ojos fríos, ese carnívoro saltarín de los jardines, apuñalador de gusanos, verdugo exultante de los caracoles. No deberíamos ponernos sentimentales con su canto como para olvidar la muerte que lo sustenta.

Creo que con esto está ya definido cómo está escrito el libro, desde qué punto de vista: el de un observador neutro que sólo observa pero no juzga, un tipo de esos (entre los cuales tengo el placer de contarme) que no diría orca asesina y tonterías por el estilo.

Y como no es un libro que se pueda destripar (ahora, como destripar es castellano, parece que no sirve, tendría que escribir ¿spoilear? ¡vaya gilipollez!), os dejaré algunos otros extractos tan sólo para incitaros a la adquisición de este libro, por ejemplo, éste:

Para un ave solamente hay dos clases de pájaros: los de su clase y los peligrosos. No existe ninguna otra. El resto son inofensivos como las piedras, los árboles o los hombres cuando están muertos.

O éste, sobre el miedo como medida de las cosas sin el cual es imposible sobrevivir:

Toda la mañana los pájaros la pasaron amuchados de miedo al halcón pero no volví a encontrarlo. Estoy seguro de que si yo también le tuviera miedo lo vería más seguido. El miedo libera poder. Tal vez el hombre sería más tolerante, menos irritable y engreído, si tuviera más miedo. No digo miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida,miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente.

Frases cortas, puntos rápidos: así escribe Baker, porque tiene mucho que decir y lo quiere decir claro, sin parábolas ni metáforas, pero también frases de indudable belleza:

Los halcones son remisos a volar cuando los están mirando. Esperan a que el raro cautiverio de los ojos se rompa.

Y otras, más largas, además de de una desnuda belleza, la crítica despiadada al humano que caza por cuenta ajena, es decir, nosotros:

Y para la perdiz el sol se escondió de golpe, tapado por la vibración siniestras de las alas abiertas, el rugido menguante, el centelleo de las cuchillas y la espantosa cara blanca que se acercaba, su garfio, su máscara, su cuerno, sus ojos fijos. Y luego empezaron el tormento de la espalda quebrada, el rocío de nueve levantado por el pataleo y la nieve llenando el ancho grito mudo, hasta que la aguja piadosa del pico del halcón se insertó en el pescuezo y extrajo de un  tirón la vida trémula.

Y para el halcón, que ahora descansaba en el bulto suave y flácido de la presa, vino el momento de arrancar las plumas sofocadas, de la sangre caliente chorreando del pico, de la furia retrayéndose poco a poco a un  pequeño núcleo interior.

Y para el observador, resguardado por los siglos de un hambre y una furia, un sufrimiento y un miedo semejante, quedaban el recuerdo de esa caída como un sablazo del cielo y el goce vicario del cazador sin culpa que sólo mata a través de un criado y deja que se alimente.

En fin, no quiero entreteneros más y espero haber despertado vuestra curiosidad sobre este libro, esta estética del hambre, la vida y la muerte violentas, pero antes, una última cita como colofón al ideario que impelió -y esto sólo es una opinión- al Baker a escribir este libro realmente maravilloso, pues maravilla es la vida que, de una u otra forma nos lleva a la muerte, alimentarnos y ser alimento (ojalá desapareciera esa sombra, ese pudor religioso, la religión en general, y mi cadáver, fuera cual fuese mi muerte, pudiera ser arrojado a una buitrera, simplemente para cumplir mi ciclo):
Al final de las crestas había orlas de cielo frío. En una combada rama de un alerce se había instalado un camachuelo, pinzó un brote con una delicada torsión del pico y lo masticó cavilosamente. Luego descolgó la cabeza y picoteó brotes de una rama de abajo. Era un gordito rojinegro en perezoso plan de alimentarse, que, con un suave temblor de la papada, de tanto en tanto se esforzaba por espirar el umbrío diudiudiú de su canto. Parecía un buey rumiando hojas de espino. Pero los tironeos del pico para romper los retoños me recordaban la forma en que los peregrinos le quiebran el cuello a la presa. No importa qué se destruya, el acto de destrucción no varía mucho. La belleza es vapor del foso de la muerte.

 

 

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LOS DÍAS ALCIÓNICOS

Los dioses son mala gente por naturaleza, esa es la verdad. Todos. A veces, algunos se ablandan y ceden algo en su cólera o cabreo o como se diga tratándose de dioses. Eolo, por ejemplo tuvo una hija, Ἀλκυόνη o Alcíone, que enamorada casó con Κήυξ o Ceix, que era rey en Tesalia e hijo de Ἓσπερος, o sea Eósforo que quiere decir Hijo del Astro de la Mañana, es decir, Lucifer para los romanos, y precisamente hago esta pequeña elipsis para que veáis que de demonio bíblico, nada, que la Biblia sólo toma tradiciones previas y las tergiversa como hacen todas las religiones. Bueno, Eolo tuvo pues una hija, Alcione que casó con Ceix y eran tan, tan felices ellos que se comparaban a Zeus y Hera (que de felices, nada, sobre todo a causa de la rijosidad de Zeus, todo el rato pensando en eso), pero a lo que se ve, como si fueran pequeñoburgueses, aparentaban formas y todo eso, así que no les hizo ni pizca de gracia que esos dos, Alcíone y Ceix se compararan con ellos en connubial felicidad.

“De eso, nada” Dijeron entrambos.

Y sin más historias los transformaron en aves, a ella en alción y a él en somormujo (κήϋξ, cuyo es su nombre griego). Y diréis, “coño, ya podrían haberlos transformado a los dos en una pareja de alciones”, pues no, y eso que estaría estupendo: un matrimonio perfecto pues los alciones ni siquiera tiene dimorfismo sexual. Pues tampoco: “Que se jodan” dijeron al unísono Hera y Zeus.

Un inciso tonto: El alción (Alcedo atthis) es el ave que llamamos Martín pescador, ese rapidísimo pájaro que caza bajo la superficie de las aguas para desgracia de inocentes pececillos y que a pesar de sus llamativos colores es tan difícil de ver si no está uno muy atento.

Pareja de alciones en cópula. Foto de Bohuš Číčel 

Y es que rara es la vez que no salen al aire sin su presa: veloces cazadores.

Ovidio, que interpretaba a su modo los mitos nos dejó otra versión más piadosa pero menos atractiva desde un punto de vista literario o trágico: Ceix, en un arrebato, decidió embarcar para consultar al oráculo con tan mala fortuna que, en una tremenda tempestad, la nave fue a pique y él murió ahogado, devolviendo el mar a su debido tiempo el cuerpo a las olas y a la orilla donde, no se sabe cómo, lo encontró su esposa que por allí pasaba; desesperada -pues grande era su amor- se transformó en ave de lastimera voz y los dioses, afirma Ovidio, le concedieron al marido muerto una metamorfosis semejante, de ahí -claro- el ausente dimorfismo del que hablaba yo antes. Ovidio, como un personaje que yo me sé de la novela El éxtasis y la pasión (Octavio Colis, 2017), no daba puntada sin hilo.

A lo que iba, que ya lo estaba olvidando, resulta -y vuelvo a la primera versión, la trágica- en que Alcíone, ya en su actual metamorfosis, hacía sus nidos al borde del mar y siendo que las olas tempestuosas lo destruían implacables, el mismo Zeus que la castigó por ser feliz con su pareja, se apiadó de ella y ordenó a los vientos calmasen durante los siete días que anteceden y los otros siete que suceden al solsticio de invierno, período en que Alcíone empolla sus huevos cosa que no sucede en realidad (ponen en abril y en junio y nunca en los acantilados marinos), pero esto sólo es un cuento.

Esos son los llamados Días del alción, los días en que no se conocen tempestades, los Días alciónicos, que es de lo que trataba este pequeño relato dedicado con cariño a Isabel García-Rodeja, que fue la que me inició en este mundo pajarero que tantos momentos dichosos me va dejando.

Con lo que no contaba Zeus es que los humanos, de algunas de cuyas hembras tanto gustaba, iban a cambiar no sólo la superficie de la tierra sino su clima; quizá esos días del alción ya no existan y hayan sustituidos por días de clima azaroso que quién sabe, pero yo, en el conjuro del relato, espero que al menos este año sucedan. Fijaos bien: Han de empezar el 14 de este mes y acabar el 31.

¡Huid, oh vientos, a las tierras donde el alción no caza.

 

DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

LECCIÓN BREVE DE ZOOLOGÍA: LOS PATRIOTAS

imagesHoy, queridas amigas y amigos vamos a pensar en los patriotas. ¿Raro? Pues no sé por que: estamos rodeados de ellos, nos hablan, o gritan, o insultan desde todos los medios de comunicación, nos cuentan de las bondades, alegrías y verdades de la Patria, pero también nos amenazan con los peores males y castigos si nos notan tibios, flojos inconvencidos, torvos, traidores y pecadores contra esta diosa amable vista por aquí y cruel si miras por allá.

¿Quiénes son? ¿De dónde salen? ¿Qué les preocupa o les duele? ¿Qué cosa producen sus ilustres cerebros?

Del qué son nada diremos porque ya está dicho: Patriotas.

Así, a vuelatecla, yo distingo dos clases generales de patriotas, claro que hay algunos grises en la foto pero ni me da la cabeza ni tengo paciencia  para todos ellos. El primer grupo lo constituyen los fanáticos, los extremosos, los que ya viven en la violencia o los que tienen la violencia soterrada, siempre a punto de aparecer, son peligrosos si te das de bruces con ellos y, por alguna razón arcana no les gustas nada, pero nada, entonces, sin más que tú o vosotros estás bien jodido; además, cuando te los encuentras por ahí, en plan agresivo siempre son más y, aparte de que Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos, en este caso no deseable se ha de tener en cuenta una cosa clarísima: Dios siempre está con ellos, ¡coño! si no ¿para qué lo quieren?

Esta gente fanática tienen a la patria siempre presente, a todas horas, de día y de noche; están solemnemente orgullosos de su patria que, a partir de aquí llamaremos España, para entendernos: “Yo estoy muy orgulloso de ser español”, dicen siempre que pueden, que pueden siempre, nada grave, lo malo es que pocas cosas tienen para estar orgullosos: Son, normalmente de clase baja, o esa que llamamos media pero que no llega ni al cuarto: baja con pretensiones (ahí estamos casi todos, no en vano vivimos en un país empobrecido), incluso lumpen. ¿Qué le queda al fanático aparte de la patria y la religión aquí en España: Premios Nobel hay pocos en esta tierra árida para la ciencia, cultura y demás; bueno está el fútbol y demás espectáculos de masas en los que el fanático patriota está como pez en el agua. Le dices a uno de ellos, pongamos por caso, que es mucho poner: ” Y a ti qué te parece Richard Dawkins”, y seguramente te contestará que una puta mierda porque para centrocampista, Casemiro, y los demás pueden ir a tomarporculo.

Aquí debo confesar mi ignorancia por si me he confundido: Nada sé del tal Casemiro ni de ningún otro. He copiado del Google: el fútbol me es tan arcano como las virguerías del Paráclito con sus mozas virginales, aunque he de reconocer que este último resulta más divertido.

En fin, a lo que iba: Un patriota fanático aquí en en las españas es alguien con unos ingresos no altos (máximo, funcionario clase A), o más bajos, o aún más bajos, o sin salario ni nada, que los hay, y no pocos, que sigue religiosamente el fútbol vislumbra los titulares de la prensa deportiva, papeles sagrados donde los haya y anatemiza a todo aquel que difiera de su línea de defensa, que sin problemas se convierte en línea de ataque si se dan las condiciones suficientes; su mundo ecológico es el bar, el salón-comedor-donde-ve-los-partidos-y-las-tertulias, la Puerta del Sol en noche vieja, la Plaza de Oriente cuando cae en la nostalgia, lo mismo que el Valle de los Caídos; también hay otros lugares según autonomía o nacionalidad más o menos histórica cuyo repaso haría excesivamente prolija esta reflexión: Las españas es un país (o varios) de recursos, no cabe duda, pero por encima de todos ellos está el bar, bar con tele, claro, para ver los partidos, las carreras, las olimpíadas (las llaman así, qué le voy a hacer), las tertulias y demás mensajerías culturales. Allá, en esos benditos lugares, entre cañas, vinos, calamares refritos, mejillones en vinagreta y demás delicias locales se dirimen los Grandes Problemas Del País, se grita, se insulta al oponente, se comenta como si nada lo del “orgullo de ser español” antedicho, o catalán, o vasco o lo que sea, con un vocabulario ingénito que suele rondar entre los cincuenta y los ciento veinte términos de la lengua utilizada, normalmente el castellano.

En general, digo, ellos son los defensores de la Patria y la Religión, incluso del mismo Dios que, al parecer no es tan todopoderoso como pretenden puesto que necesita ayuda. Y mucha.

En fin, abandono aquí a mis admirados fanáticos, a mis patriotas sentidísimos, a los verdaderos soldados, gleba, carne de cañón de las patrias y los dioses verdaderos que darán sin duda hasta la última sangre suya y ajena por cualquiera de las causas justas que Patria y Religión ofrecen.

Luego están los Patriotas Verdaderos, así con mayúscula, los que realmente sí tienen una enorme (o varias) razones para amar  la Patria, ahora sí, hispana: Los ricos.

¿A que sí? en realidad son los únicos que tienen una poderosísima razón para amar a la Patria: Sus dineros. “¡Coño! Y por qué” se preguntará más de uno anhelante. Pues porque España es el paraíso de los ricos, es El Paraíso, sin más: todos los españoles restantes, incluidos los patriotas de que hablaba antes está a su servicio; somos todas las profesiones y oficios que ellos necesitan para su apacible vivir, pero de todas, las que más aman es la de camarero, que se sepa, por eso hay tantos camareros aquí; todos trabajamos o no trabajamos, según nos toque, para ellos, para que ellos no tengan que pasar por ese mal trago que supone el trabajo durante cuarenta y tantos años, que digámoslo claramente: es un asco, pero ese asco que es para nosotros es gloria bendita para ellos, que lo disfrutan bien gusto desde sus despachos, parlamentos, senados, alcaldías, diputaciones, viendo martirizar toros en la barrera, patear balones desde sus salones privados en el estadio mientras se meten varios lingotazos de Chivas Regal, porque eso sí: los ricos españoles son, en general unos horteras y beben Chivas, ya ves, aburriéndose apaciblemente en los palcos no escuchando la ópera de turno, pero sobre todo, por encima de todas las cosas para redundar a gusto, gastando a manos llenas dinero público y guardando el que van privatizando día a día. ¡Claro!

Los ricos aman a la Patria hispana porque ésta les permite ocultar sus tesoros en otra parte, así que cuando cualquiera de ellos dice: “Yo amo a España por encima de todas las cosas” ya sabéis qué está diciendo.

En este crucial momento he de distinguir las diversas especies de rico de que gozamos en la españas: La primera de ellas es la oculta desde hace casi doscientos años, la que se encumbró con aquel borbón malévolo, astuto y cruel que fue el tal Fernando, alias Séptimo, la que creció a la sombra del otro borbón, Alfonso, alias Trece, rey de traiciones, crímenes, pero sobre todo rapiña, un tipo al que hubo que echar de España no por rey sino por ladrón y la que pelechó a la crudelísima sombra de Franco, alias Caudillo. A partir de aquí son todos visibles porque aún no les ha dado tiempo a ocultarse o -como en el caso del borbón llamado Juan Carlos, alias Primero y más rapacero quizá que su abuelete- no hayan necesitado hacerlo en modo alguno; aquí encontramos todos los nombres de nuevos ricos, ricos en subida, ya sea por el saqueo directo a las arcas del Estado, comisiones, fraudes enormes, explotación de niños, usura galopante, mentira sobre mentira y demás especialidades del robo a gran escala que no puedo contener en mi escasa memoria; excepto algunos privilegiados que ya casi están arriba del todo y a punto de desaparecer de todas partes quizá en la siguiente generación, los demás están en ello: Sus armas son varias pero no muchas ni muy imaginativas como el peloteo con los poderosos y la crueldad con los humildes, la mentira en contra de toda evidencia, la soberbia, el chantaje, la prevaricación y no nombro el abuso de poder porque todo poder es siempre un abuso, y todas esas cosas que le hacen a uno rico sin producir, sin dejar nada, sin rendir cuentas a nadie, Estado incluido, bueno, sobre todo, Estado.

Sin embargo, cuando digo que España es el Paraíso para esta gente, lo digo porque el mismo Estado contempla alborozado que todos esos dineros no cuesten nada al ladrón ya que si siembras permisividad recoges riqueza y, con ella, honorabilidad. Y ahí está el asunto, cualquiera de esta gente deviene en poco tiempo en honorable, algunos, incluso llevan ese título con salero. entonces, ¿cómo no ser patriota, cómo no amar tiernamente la patria que te permite gozar de tu riqueza sin exigirte nada a cambio? Así pues toda esta caterva: artistas, gente del espectáculo, aristócratas de risa, banqueros, comisionistas, políticos, deportistas famosos, obispos, cardenales, familiares de éste o aquél, horteras, ordinarios y engominados en general, son todos ellos grandes patriotas, y es que además de saber que nadie les tocará saben que la plebe patriota antes mentada les ama, les envidia, aplaude, admiran, pagan gustosos los salarios de esbirros que les defienden, magistrados que les escudan, y, llegado el momento irán a cualquier guerra por ellos -por la Patria- mientras ellos miran todo desde lejos, otro país por ejemplo hasta que pase el vendaval.

Así llevamos -ya digo- casi doscientos años. Y lo que nos queda, según parece.

Y por cierto, ¿qué hay en medio de estas dos clases generales de patriotas? La verdad: Bueyes, mansos bueyes, tristes bueyes contemplativos sin futuro ni esperanza.

A muy poca gente se le ocurre que en vez de ser un cretino fanático de patrias y religiones o un patriota de guante blanco se puede -y se debe- ser simplemente un ciudadano solidario con los demás que sabe pagar su parte de la ronda porque así debe ser, un ciudadano consciente de sus derechos y deberes, que no necesita patrias ni bobadas por el estilo para vivir con los otros, ni estados que las sustenten, ni avarientos disfrazados de payasos que les digan qué deben creer, cómo comportarse mientras ellos arramblan con la bolsa común que desde su punto de vista no es sino su derecho, hacen y deshacen a voluntad en las tierras y mares que dan en llamar Patria con la boca enorme cuando la consideran finca para sus desmanes…

Y no digo más por no abundar, que cualquier persona con dos dedos de frente, con sentido de su propio valor dentro de las sociedades y de su honor como ciudadano libre sabe perfectamente.

Yo, por mi parte, cada vez que oigo hablar de patrias tiemblo, unas veces de ira y otras de pavor.

DOMÉSTICOS CONFLICTOS

Desde mi más temprana adolescencia y por arcanos motivos que no he de desvelar aquí tengo un pacto de no agresión con los arthropoda chelicerata de la clase arachnida y orden aranae; en dos palabras: Las arañas.
Me gustan sus quelíceros fatales, sus pedipalpos, tan eróticos desde el punto de vista de las hembras (bien entendu) tan ricamente insertos en el prosoma portador también de los ojos simples que aunque no les dan una vista de pájaro sí les confieren una lánguida mirada que me enternece; esa maravilla posterior llamada acertadamente opistosoma, desde cuyos mamelones parten las sedas infinitas que tanto forman sus bellísimas, etéreas, y por tanto peligrosas redes que como gotas de diamantes brillan en el rocío de la mañana, o los misteriosos senderos aéreos de sus arácnidos vuelos, producto final de unas complejísimas proteínas.
Me gusta también su carácter depredador (y he de decir en este momento que éste es uno de los términos del pacto), y también su delicadeza depredadora, tan lejos de la barbarie humana, que les impide groserías como la de despedazar a sus presas, oh delicadas compañeras de viaje, que son capaces de inocular venenos neurotóxicos o citotóxicos, sin ir más lejos, para después digerir tranquilamente su alimento en una estupenda digestión externa en la propia presa para absorber la papilla resultante, método ordenado, civilizado y limpio de comer, sin ruidos ordinarios ni migas de pan en el mantel.
Las arañas y yo tenemos una gran cosa en común: No nos gusta pero nada de nada trabajar en equipo, cosa que siempre nos ha parecido causa de agrias disputas de las cuales sólo uno o dos sacan la tajada grande; amamos arañas y yo el silencio y la quietud del acto depredatorio perfecto. He de decir en este punto que a pesar de la galante ritualización de los actos sexuales en los que el macho ofrece a la hembra un presa delicadamente envuelta en sedas, ésta termina devorando a su pareja en un arranque de amor poscoital, comportamiento éste del cual deberían tomar ejemplo algunas mujeres que abrumadas por el celoso amor de sus machos resultan agraviadas en su libertad o, item más, en su vida.
No he de hablar de los múltiples venenos usados ni de sus efectos paralizadores que subyugan como los ojos de alguna bella mujer, ni del cleptoparasitismo de algunas familias, ni mucho menos de la familia Uloboridae, arañas como de clase media que carecen de veneno, ni de la estrecha cinturilla que une el prosoma y el epistosoma, pero sí quiero hablaros de una familia: la loxosceles, las de desordenadas pero eficaces redes en los rincones de las paredes que inoculan un veneno proteolítico causante de necrosis local a veces extensible difícil de cicatrizar de la misma manera que no cicatrizan las ofensas a los poderosos, razón por la cual siempre es más ecológico cargárselos, y quiero hablar de esta familia porque es doméstica (no domestica(da): vive en casa) porque tengo un conflicto con una de ellas que es la causa de esta corta reflexión y que pertenece a las loxosceles laeta: Y es que ¡no trabaja!
Ya sé que son noctámbulas, que hacen la digestión de día mientras duermen y todo eso, pero ésta, a la que llamo Macaria, no, no y no: No hace nada, y así no son las cosas. Ni el pacto establecido entre nosotras, es decir entre mi humilde persona y las arañas, en especial con las laeta, que son como más cotidianas.
El asunto es éste: “Vosotras me quitáis del medio moscas, mosquitos y hormigas y yo no paso el plumero en vuestros rincones”; a veces hasta charlamos un poco y cosas así, pero en general, nuestra relación es saprófita y silenciosa, ya he indicado que amamos el silencio, a pesar de todo insisto a Macaria sobre su dejadez y la necesidad de producir una discreta cantidad de cadáveres.
Llevamos así un par de semanas sin resultados aparentes hasta el punto de que su rincón es centro de reunión o cita de las supuestas víctimas. “¿Qué coño comes, Macaria?” le espeto ya con desesperanza, pero ella sonríe desde sus miopes ocelos y sus atractivos palpos y sigue sin decir nada. Y adelgazando…
Lo peor, el golpe final me lo ha dado esta mañana: No estaba en su rincón, no señor; miro en el suelo angustiado, por si cayó en un ataque de debilidad o de hembra: Nada. Busco por la casa durante una eterna hora…
Al fin la encuentro tranquilamente posada sobre una edición (estupenda: hay que decirlo) de Pre-textos, 2000 de Bartleby el escribiente del señor Herman Melville. Sus ojos decían: “Preferiría no hacerlo…”

Seguía sonriendo.