MI PROPUESTA PARA ESTE FIN DE SEMANA: SALOME, ÓPERA EN UN ACTO DE RICHARD STRAUSS.

“Ah! I have kissed thy mounth, Jokanaan. There was a bitter taste on my lips…”
Así va acabando la obra de Oscar Wilde en su edición inglesa (la escribió originalmente en francés, pero  he perdido esa edición vete a saber dónde y cuándo; la traducción inglesa la hizo su amante Lord Alfred Douglas, como sabréis).
Ésta es la traducción de la frase completa que hizo Julio Gómez de la Serna para la ya antigua edición de Aguilar a dos columnas de 1975:
“He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca. Había un sabor acre en tus labios. ¿Era el sabor de la sangre? Quizá era el del amor. Dicen que el amor tiene un sabor acre… Mas ¿qué importa? He besado tu boca, Jochanaán, he besado tu boca.”
Pero no voy a hablaros de la obra de Wilde, del enorme escándalo que supuso en su época (y para algunas mentes pazguatas, en ésta), sino de la ópera que de ella estrenó Richard Strauss (1864-1949) en la ciudad alemana de Graz el año 1906 bajo su propia batuta, ya que los censores del imperio prohibieron su estreno en Viena; también se prohibió en Londres hasta 1907; cuando se estrenó en Covent Garden en 1910 ya había sido modificada para las hipócritas mentes victorianas. En los EE.UU. se estrenó en la Metropolitan Opera (1907), pero posteriormente fue prohibida por la enorme presión de los patrocinadores capitalistas hasta que se pudo reestrenar en ¡1934!
Y como muestra del rechazo que esta ópera produjo en ese país, cito (siguiendo a Alex Ross (The Rest in Noise, 2009) la carta que un médico envió a The New York Times:
“Soy hombre de mediana edad, que ha dedicado más de veinte años a la práctica de una profesión que requiere, en el tratamiento de enfermedades nerviosas y mentales, un contacto diario con perturbados (…) Afirmo tras meditarlo cuidadosamente, y tras una familiaridad con las producciones emocionales de Oscar Wilde y Richard Strauss, que Salome es una exposición detallada y explícita de los rasgos más horribles, desagradables, repugnantes e innombrables de la degeneración (utilizando ahora el término con su significado social y sexual habitual) que jamás he oído, leído o imaginado (…) Lo que representa no es otra cosa que el móvil de los actos indescriptibles de Jack el Destripador.
La mayor parte del público no pudo apartar su mirada del escenario. Un crítico escribió que el espectáculo lo lleno de “un horror indefinible.”
La ópera comienza con un clarinete que asciende del Do sostenido al Sol pero en medio hay un intervalo muy conocido: el tritono nombrado la quinta del diablo o diabolus in musica, que resulta perturbador para nuestros oídos, pero como sólo soy un aficionado no seguiré por este camino y contaré sucintamente el desarrollo textual de la obra que resulta casi palabra por palabra pareja al texto de Wilde, salvo en la eliminación de algunos personajes superfluos, pero no en las palabras. De hecho comienza diciendo el capitán de la guardia:
                                         ¡Qué bella está la princesa Salome esta noche! 
A lo que contesta el paje de Herodías:
                                         ¡Qué extraña está la luna! Parece una mujer saliendo de la tumba.
Y el capitán:
                                         Como una princesa cuyos pies fueran unas blancas palomas. Se diría que están bailando.
El paje:
                                         Como una mujer muerta se desliza con lentitud.
Casi calcado del texto original.
El argumento, supongo que todas lo conocéis: Herodes, enamorado de Salomé, ruega a ésta que baile para él; Salomé después de algunas previas negativas acepta tras el juramento de Herodes de que le dará a cambio lo que desee; le pide la cabeza de Jochanaán (Juan Bautista) puesto que éste se ha negado a mirarla, a dejarse seducir, a permitirle besar su boca; la ha despreciado y humillado: ésta es una venganza, pero también un acto de amor. Herodes al fin accede, le da la cabeza de Jokanaán y ella sostiene un amor necrófilo con ella, de una dulzura y dureza inenarrables.
La versión que os traigo aquí es de todas las que conozco, la que más amo y la que tengo en casa, la de la Deutsche Oper Berlin dirigida por Giuseppe Sinopoli, con una maravillosa Catherine Malfitano (Salome) que soporta toda esta ópera en un acto con una voz y una teatralidad extraordinarias, Simon Estes como Jochanaan, Horst Hiestermann como Herodes (fabuloso), Leonie Rysaner como Herodías, y producida por Petr Weigl.
Notaréis que la música que Strauss escribe para la danza de los siete velos de Salome una música aparte de toda la obra, algo ramplona quizá, pero como dice Alex Ross (Op.cit), Strauss sabía casi con certeza lo que estaba haciendo: ésta es la música que le gusta a Herodes, y cumple su función como un contraste kitsch para la truculencia que se avecina. Hay, como es natural, muchas preferencias para una u otra soprano en esta escena de la danza (incluso algunas se negaron a bailarla siendo sustituidas por bailarinas profesionales), pero para mí, Malfitano es la mejor, la que mejor me llega a los sentidos, la más estética de todas las que he visto (que son unas cuantas).
La escena final es tremenda; a muchos horroriza; a mí me emociona hasta la congoja. Es un acto de amor terrible, amor trágico, sí, pero amor.
Dice Salome en su aria final:
He besado tu boca Jochanaan y en ella había un sabor amargo. ¿Sería el sabor de la sangre? No. Tal vez era el sabor del amor. Dicen que el amor tiene un sabor amargo. ¿Pero qué importa? He besado tu boca Jochanaan.
No sé lo os pasará a las que escuchéis esta ópera extraordinaria de Richard Strauss, a mí se me oprime el corazón cada vez que llega este terrible final.
Esta versión se hizo para televisión en 1990, así que tiene una calidad excelente tanto de imagen como de sonido. No llega a una hora y cincuenta minutos que pasan, lamentablemente, demasiado rápidos; pero se puede repetir. He de explicar que Strauss la tituló “Salome”, de ahí la divergencia que habréis podido observar con la Salomé del texto.Su enlace para YouTube:
                                      
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APARICIONES

Pues estaba yo aquí, con mis cosillas, cuando escuché como un revoloteo nervioso en el exterior; miro: no veo nada; quito el ruido de un programa lamentable de Radio Clásica con sambas argentinas y cafrunes varios y aguzo el oído: en efecto, lo dicho: un revoloteo nervioso; me dispongo a abrir el ventanal de mi Belvedere y héteme aquí que, en mis propios nasos se me aparece ¡el Paráclito! ¡joder, el mismísimo Paráclito! Pero no queda ahí la cosa, de repente va y me dice, así, en francés (el don de lenguas, I supose): “Je vous salue, Marie”, así que me quedo algo cortado frente a Él, que también me mira como dudando; al fin le digo: “Tío, Paráclito, que no soy María ni, lamentablemente, virgen, que soy Tales de Emilito, y mira que te lo digo así, sin acritud (no vaya a ser que éste me saque un ojo, que los dioses, aunque sean de tercera persona o mano o lo que sea, tienen su mala hostia, pensaba de paso).
“Ah, Tales, rapaz, que me he liado, pero ya te tenía yo ganas, que estás todo el día haciéndome chistes y metiéndote conmigo, y sólo porque tengo pluma. ¿No te da vergüenza?”
“Bueno -musité- un poco sí, claro, pero tío, es que tengo mis clientes y les gusta, ya sabes, lo del dedito, y claro… uno es débil.”
“Ya te daré yo dedito, y a tus clientes les dices que ojo con lo que pinchan, que para mí, un dedo es pan comido, carallo. Y bueno, por esta vez pase, pero quedas avisado, que m’e quedao con tu cara, Tales, coño.”
Y dando un gracioso vuelco de alas se dio la vuelta, voló un poco hacia arriba (es natural) y desapareció con bastante salero, todo hay que decirlo.
Os lo cuento así, como sucedió, joder, que aún no se me ha pasado el susto.

OMAR KHAYYAN: UN FLORILEGIO

Como he tenido la suerte, el placer y la dicha de obtener bienes que no he buscado sino que ellos me han encontrado a mí, a veces, utilizo pequeños medios a mi alcance para devolverlos al humo: quizá alguien los recoja también sin haberlos deseado.
Un ejemplo es haber, por una serie de enigmáticas casualidades, podido colaborar en una novela, la de Octavio Colis (“El Éxtasis y la Pasión”. Madrid, 2017), haber surcado sus páginas vírgenes de lectores, un placer inefable de lector empedernido.
Otro, estar haciendo lo mismo con el libro que sobre el vino preparan Jesús Paul y Octavio Colis, aún sin título definitivo; nada diré sobre él como nada dije sobre el anterior; no es esto lo que quiero contaros sino dejar un par de líneas sobre las coincidencias, pues gracias a la factura de este libro, que promete maravillas, he recordado a un poeta que yacía en algún rincón lejano de mi memoria: Omar Ibn Ibrahim Khaiyyam (Persia, ss. XI y XII de la era cristiana; V y VI del Al-Hegir), matemático, astrónomo, metafísico, ético, jurista y naturalista, y además, poeta, un poeta epicúreo en aquella Persia refinada y culta, un poeta del amor, del vino y de la nada.
Este hecho -el reencuentro- me ha hecho muy feliz, quizá por eso no me queda más remedio que ir dejando aquí para vosotras algunos de los poemas que he ido seleccionando con el fin de que mi placer se disperse como las semillas voladoras que anuncian la primavera.

Iré transcribiendo algunos poemas de él, así, como quien hace nada, puesto que nada somos y en la nada soñamos:

I
“El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas:
sombras.
El resultado de tu meditación perpetua:
nada.”

II
“Bebe vino porque dormirás mucho tiempo
bajo tierra, sin amigo, sin mujer.
Yo te confío un secreto:
los tulipanes marchitos no vuelven a florecer.”

 

En este florilegio que iré pergeñando hay de todo, pero, por encima de las palabras sólo existe una suerte de pasividad activa que toma los bienes de la vida sin reparos ni medida. Khayyam no desea nada pero lo toma todo, bebe su vino a grandes tragos y a mi me sucede lo que a él: El mejor vino es que tengo ahora en mi copa; no deseo otro ni añoro los vinos pasados.
Un poema es una nube que viaja dejando una feraz llovizna que nunca se extingue; nos envuelve en su neblina cálida y húmeda, útero al que volver siempre.
El vino de Khayyam son los dones de la vida, el único tiempo de que disponemos: Nada hay antes y nada después.

III
“No busques la felicidad. La vida es más breve que un suspiro.
El polvo de Djemschid y de Kai-Kobad revolotea
en la polvareda rojiza que contemplas.
El universo es espejismo. La vida, un sueño.”

IV
“¡Siéntate y bebe! Gozarás de una felicidad que Mahmud
nunca conoció.
Escucha las melodías que exhalan los laúdes de los amantes:
ellas son los verdaderos salmos de David. No busques
en el pasado ni el porvenir.
¡Que tu pensamiento no vaya más allá del momento!
Ese es el secreto de la paz.”

V
“Yo no temo a la muerte.
Prefiero esta certeza que aquella otra que se me impuso al nacer.
¿Qué es la vida? Un bien que me han confiado, a mi pesar,
y que devolveré indiferente.”

 

El poeta ve el mundo que vemos todos, ve lo que nosotros vemos, y lo ve porque no hay otra cosa, no hay otro mundo; Paul Éluard lo sabía, lo poetas lo saben, miran el mundo y ven los detalles; miran el bosque y ven los árboles: Nos cuentan los árboles, las historias de los árboles.
Aquel que se obceca en no leer poesía arguyendo que no la entiende, que es críptica, complicada, que necesita de una hermeneusis (ερμηνευτική τέχνη), sólo expresa su vagancia intelectual, su dejadez, su pretender acceder a las cosas sin esfuerzo, porque un pensamiento que ha costado expresarse exige el esfuerzo del lector, y es un esfuerzo agradecido y simple, pero esfuerzo que el vago intelectual no quiere hacer, sino que lo haga alguien por él, de ahí el relativo éxito de los cantantes populares de poemas ajenos (o propios): texto fácil envuelto en música mejor o peor. Claro que hay excepciones, sin ir más lejos las “Cuatro últimas canciones” de Richard Strauss, pero ésa sería otra historia.
El poeta sabe, digo; Omar Khayyam sabía -lector seguro de Epicuro o de Lucrecio- que la vida es cada instante que se toma, sólo lo justo: que lo que sobre caiga entre los dedos como la arena de una clepsidra.

VI
“¡Vino! ¡Mi corazón enfermo quiere ese remedio!
¡Vino de aroma almizclado! ¡Vino de color de rosa!
¡Vino para apagar el incendio de mi tristeza!
¡Vino y tu laúd de cuerdas de seda, mi bienamada!”

VII
“Todos los hombres quisieran marchar
por el camino del Conocimiento. Este camino,
unos lo buscan, otros afirman haberlo encontrado.
Pero un día una voz clamará: “¡No hay camino
ni sendero.”

VIII
“Me dicen: “No bebas más Khayyam!”
Yo les digo: “Cuando he bebido,
oigo lo que dicen las rosas, los tulipanes y los jazmines.
Digo, incluso, lo que no puede decirme mi bienamada.”

 

Como dije hace un par de días, es seguro que Omar Khayyam conocía el pensamiento de Epicuro, sea directamente, sea por la traducción que de él hizo Lucrecio, de ahí este primer poema de hoy, tan deliciosamente materialista, puesto que como dice Lucrecio, “… en realidad, ningún reposo es concedido a los átomos , porque en ningún sitio existe un fondo absoluto a donde puedan confluir y sentar sus reales. Todo lo que existe está en perpetuo movimiento…” (“De Rerum Natura”, 992 y sig.: “At nunc nimirum requies data principiorum corporibus…”). Khayyam lo dice así:

IX
“Aspirar aquí abajo a la paz: locura.
Creer en el reposo eterno: locura.
Después de tu muerte, tu sueño será breve. Renacerás
en un matojo de hierba que será pisoteado o en una flor
que el sol marchitará.”

O así, convertidos en polvo y cenizas, y de ese polvo, en barro para el alfarero:

X
“He visto ayer a un alfarero sentado ante su torno.
Modelaba las asas y los flancos de sus urnas.
Amasaba cráneos de sultanes
y manos de mendigos.”

XI
“Me pregunto qué poseo verdaderamente.
Me pregunto qué subsistirá de mí tras de mi muerte.
Nuestra vida es breve como un incendio:
llamas que se olvidan,
cenizas que el viento dispersa: Un hombre ha vivido.”

Por eso, Khayyam toma lo que la vida regala, tanto tristezas como alegrías: todo es fugaz e inane; todo conforma nuestras vidas:

XII
“No he pedido vino.
Me esfuerzo en acoger sin asombro y sin cólera
todo lo que la vida me aporta.
Partiré sin haber preguntado
a nadie sobre mi extraña estancia sobre esta tierra.”

“Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego fue el primero en osar elevar hacia ella sus efímeros ojos y contra ella rebelarse. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos del cielo con su amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor de su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza.” (“Humana ante oculos foede cum vita iaceret…” “De Rerum natura”, vv 62 – 72)

Así comienza Lucrecio su Elogio de Epicuro (Επίκουρος, ‘el aliado’ 435- 506 de la Primera Olimpiada, 341-279 antes de EC), padre del materialismo científico, faro de inteligencias en el océano de ignorancia y superstición que aún capeamos, timón a la vía.

Y así he querido terminar esta humilde selección de los poemas de Omar Khayyam en deseo de que os haya servido para conocer un poeta que escribió, pensó y bebió sobre la tierra hace más de mil años, siendo sus versos perfectamente legibles hogaño, legibles, inteligibles y peligrosos, como suelen ser los textos de aquellos que honrada e inteligentemente nos relatan la realidad, peligrosos como la Idea de Darwin (“La peligrosa idea de Darwin: Daniel C. Dennett; Galaxia Gutemberg, 2000), bellos como los hexámetros de Lucrecio Caro (anno 759 ab Urbe condita, 94 antes de EC), poeta que murió cuarenta y tres años más tarde.

Y es que Omar Khayyan, la poesía de Omar Kayyan es clara y carece de doblez o subterfugio: No necesita ocultarse:

XIII

“Sobre la tierra abigarrada camina alguien que no es musulmán

ni infiel

que no es ni rico ni pobre. No venera a Alá

ni a sus leyes.

No cree en la verdad. No afirma nunca.

Sobre la tierra abigarrada, ¿quién es este hombre bravo

y triste?”

Siempre la fugacidad de las cosas, el viento que hace llorar a nuestros ojos y desaparece, la lluvia que anega y bendice,lo que es y no es, la paradoja de Heisenberg, la muerte portadora de vida:

XIV

“¡Mira! ¡Escucha! Una rosa tiembla en la brisa. Un ruiseñor

le canta un himno apasionado.

Una nube se ha detenido. ¡Bebamos vino!

Olvidemos que la brisa deshojará la rosa, se llevará el

canto del ruiseñor

y esa nube que os da una sombra tan preciosa.”

Pero sabed -nos dice Khayyam- que lo que se toma ha de ser tomado con pasión, con apasionada dulzura, nunca con indiferencia, guardemos la indiferencia para lo que no necesitamos, que es mucho.

Ayer mismo hablábamos en casa del amor apasionado y devastador, de la angustia que en el pecho produce; hablamos largo y tendido del asunto. El poeta es sucinto y dice más:

XV

“El amor que no devasta no es el amor.

¿Un tizón expande el calor de un brasero?

Noche y día, durante toda su vida,

el verdadero amante se consume de dolor y de gozo.”

De la misma forma existe el amor abúlico, o el amor destructivo, el amor institucional y aburrido e insano:

XVI

“Tú puedes sondear la noche que nos envuelve.

Puedes adentrarte en esa noche… No saldrás.

Vuestro primer beso debe haber sido atroz, Adán y Eva,

¡pues nos habéis creado desesperados!”

Eso respecto del amor, mas de su base epicúrea, el libre pensamiento, la única libertad que es interior y personal, la discreción como forma de vida:

XVII

“Cierra tu Corán. Piensa libremente y mira la tierra

y el cielo.

Al pobre que pasa, dale la mitad de lo que poseas.

Perdona a todos los culpables. No entristezcas a nadie.

Y escóndete para sonreír.”

Y hasta aquí hemos llegado queridas, queridos que me leéis, hasta aquí mi mínimo florilegio, este buquet de poemas que espero os hayan acercado a Omar Khayyam, este poeta que seguro os era absolutamente desconocido y que he recuperado de mis estanterías y de mi memoria gracias a la oportuna erudición de Octavio Colis, un poeta que me afirmó en mi sentido libertario de la vida en mi agradecimiento a Epicuro y Lucrecio, siempre tan releídos.

El poeta que lo es te lleva no a mundos extraños, sino que de los mundos enajenados te trae al cierto; eso es lo que hace Omar Khayyan desde hace un milenio, porque lo que vienen llamando los poderosos realidad es enajenación y el poema, certeza.

En la esperanza de haberos sido útil, el último poema en la edición que poseo, la de Ramón Hervás, 1992 y Clásicos Ucieza, 2000, un poema que une amor, vida y valiente inteligencia, que resume, en fin, la brevedad de nuestro estar aquí, tan pasajero.

XVIII

“¡Laúdes, perfumes y copas, labios, cabelleras y grandes ojos,

juguetes que el Tiempo destruye, juguetes!

¡Austeridad, soledad y labor, meditación plegaria y

renuncia,

cenizas que el Tiempo aplasta, cenizas.”

LOS LITÓGENAS

Después del castigo que impuso a Licaón por ofrecerle a comer la carne de Arcas, hijo del propio Zeus y de Calisto, hija a su vez de Licaón, es decir (según Apolodoro y Eratóstenes) convertirlo en lobo (en Higino, mueren fulminados todos los hijos); Pausanias dice que Licaón se convirtió en lobo después de haber sacrificado un niño en el altar de Zeus Liceo, éste, Zeus, decretó un diluvio (el segundo en Ovidio “Metamorfosis” I 240-243) sobre la tierra con el fin de eliminar a la raza de hombres sanguinarios antropófagos y perversos; se salvan Decaulión, hijo de Prometeo y Clímene, (Hesíodo. fr. 4 M-W) y Pirra, su prima hermana, hija de Epimeteo y Pandora, la primera mujer (Ruiz de Elvira (Mit. II 7), y lo hacen construyendo (mira tú qué cosas) un arca por consejo de Prometeo y visto bueno de Zeus; una vez finalizado el diluvio, arriba y queda varada el arca en el monte Parnaso (Apolodoro). Desembarcan y ofrecen un sacrificio a Zeus Fixio (Protector de la Huída)e y ruegan, viendo el desierto que quedó tras el castigo que repueble la tierra con seres humanos.
A continuación procrean por orden de Zeus Decaulión y Pirra sin unión sexual por el método de tomar (con la cabeza tapada y las ropas desceñidas) piedras del suelo y arrojarlas a sus espaldas: las arrojadas por Decaulión fueron hombres y las de Pirra, mujeres, constituyendo esta raza humana la de los litógenas, que carecen de nombres individuales.
Sin embargo, Pirra y Decaulión procrean otra vez, ahora con unión sexual ordinaria a tres hijos, dos hombres, Helén y Anfictión, y una mujer, Protogenía.
Os cuento esta historia porque pensando en un artículo que ha publicado Octavio Colis (https://www.facebook.com/search/top/?q=octavio%20colis%20aguirre   09h 1 junio) sobre la indiferencia con que recibimos las noticias (las no noticias) de los atentados en Kabul y, por extensión, quiero entender, los crímenes contra las poblaciones civiles de todo Medio Oriente (excluyendo a los sionistas, que son perpetradores), atentados, bombardeos y toda la parafernalia militar y/o terrorista contra tan desdichados pueblos, mujeres, niños, hombres…, todo lo que se mueve y respira(ba) bajo el sol.
Nunca hablo de estos atentados, de estos crímenes, ni de los cometidos aquí, en nuestra casa (nada comparado con aquello) porque sé que es la misma mano la que los mueve, la misma mente homicida la que los decreta y no quiero entrar en banales discusiones…
Así que he pensado recurrir a la metáfora de los mitos y os diré que convivimos las dos razas sobre la tierra, la litógena, creada de la piedra y la procedente del amor sexual. La litógena ha ido encubriéndose de carne humana a lo largo de los evos, de nombres humanos, de gestos humanos, pero su corazón sigue siendo de piedra; sus ojos son fríos diamantes; su mente pertenece a la muerte. Los demás, somos los otros, los que sufrimos la deshumanidad de los litógenas, la desdicha de la impiedad pétrea, la destrucción, la intransigencia. La muerte violenta, pues tan violento es partirle a uno la cabeza, como derribar su casa, la casa de sus padres bajo bombas o tanques o expropiaciones o embargos o miseria o miedo, temor constante.
Y dado que Zeus hace siglos que se retiró a las nieblas del Olimpo y no hay defensa contra quien no siente como nosotros sólo nos quedaría destruirlos, eliminarlos, sí.
Pero ellos, en su cardiolito, saben que al final nos vencerá la humana piedad que ellos no tienen.
Y por eso siempre saldrán ganando.
Y esta vez no hay foto: Que cada uno se la construya en la mente y no la olvide.

EL PRECIO DE LA CARNE: FÁBULA MÍNIMA SOBRE LA DEUDA Y EL MERCADO.

Un hombre, agobiado por una pesada deuda, acude a unos comerciantes de carnes y les ofrece carne humana a cambio del dinero ausente; llegan a un acuerdo; paga a sus acreedores…

El hombre, frente al espejo, enjabona su cara, afila en el cuero la navaja y se afeita meticulosamente; se lava y seca su rostro…

Limpia con cuidado la navaja y, una vez lista, se corta limpiamente la garganta.

OTRA DE PERROS (PERDÓN: PERROS Y PERRAS)

¿A que habéis en alguna ocasión oído como los perros vecinos se quedan colgados ladrando en la noche?
¿A que no sabéis por qué, almas de cántaro?
Un perro, de repente y sin que nadie sepa por qué dice en medio de la noche:
-Guau, guau, guau.
Y a la de poco, otro contesta desde ve a saber dónde:
-Guau, guau, guau.
Entonces el primero repite:
-Guau, guau, guau,
Y el otro:
-Guau, guau, guau.
Y así un montón de tiempo sin variación alguna ni de melodía ni compás ni tonalidad ni motivo argumental. Sin embargo, parece que puede haber variaciones, a veces a lo largo de varias noches y muy raramente en la misma noche.
Os pondré un ejemplo más cercano, con mis perras, que son más de confianza: inopinadamente el perro del vecino va y dice (siempre cuando estás cogiendo el sueño):
Perro del Vecino: -Guau.
Mi perra Martes: -Guau.
PV. –Guau.
M. –Guau.
PV. – Guau.
M. –Guau.
Y así sucesivamente…
O bien:
PV. –Guau, guau, guau.
M. – Guau, guau, guau.
Y mientras tú te vas desvelando ellos se van quedando colgados de la frase, siempre la misma.
¿Y de qué coño hablan? os preguntaréis lo que habéis llegado hasta aquí. Pues mira, os lo voy a decir, que para eso llevo años estudiando lenguaje, semiología, semiótica y semántica canina, con el corazón en la mano os lo digo, que menudas ojeras me ha dejado esta ardua investigación. Bueno, al avío, y traduzco:
PV. –Guau, guau, guau (soy Chusqui, soy Chusqui, soy Chusqui).
M. – Guau, guau, guau (soy Chusqui, soy Chusqui, soy Chusqui).
Lo mismo: así tres horas. ¿Y por qué Martes dice “soy Chusqui”? Pues ni idea, pero a lo mejor es que hablan en plazos largos, porque al día siguiente o dos días después comienza Martes:
M. –Guau, guau (soy Martes, soy Martes).
PV. –Guau, guau (soy Martes, soy Martes).
Así que supongo que al cabo de un mes ya saben cómo se llaman las dos, y a la de varios meses, dónde viven, qué comen, qué tal es el señorito y demás intereses caninos.
Además, hay variaciones, por intrusión de terceros; ahora, por ejemplo tenemos dos perras, Martes, la vieja, y la joven Flaca que hasta ahora mantenía la boca cerrada, pero este año ya interviene. Muy suelta ella ahora que ya hay confianza con el perro del vecino:
PV. –Guauguau, guauguau?
M. –Guauguau, guauguauguau.
F. –Guauguauu.
Etc.
Como veis, esto ya es más complicado, pero al final he podido traducirlo para vosotros y para la ciencia en general. Así:
PV. –Guauguau, guauguau? (¿de dónde vienes, de dónde vienes?).
M. –Guauguau, guauguauguau (manzanas traigo, manzanas traigo)
F. – Guauguauu (traemos).
PV. –Guauguau, guauguau? (¿de dónde vienes, de dónde vienes?).
M. –Guauguau, guauguauguau (manzanas traigo, manzanas traigo)
F. – Guauguauu (traemos).
Y así siguen durante largo rato sin poder llegar a ninguna parte: colgadas.
Antes no sabía qué hacer, excepto cabrearme y perder el sueño, claro, pero ahora mis largas horas de estudio ha dado su fruto, así que nada más fácil: Me asomo a la ventana, y digo (no demasiado alto para que no me oiga el perro del vecino):
-¡Chuchas, a la cama!
Entonces oigo como dos suspiros aliviados mientras las dos se meten en su casita.
A la de nada, están fritas.

JUANA INÉS DE LA CRUZ: POEMAS DE AMOR

He comprado hace unos días un ejemplar de “Un amar ardiente”, de Sor Juana Inés de la Cruz, del cual no obtengo sino placer constante, de manera que hablaré sucintamente de él aún con la certeza de que a pocos puede importar lo que se diga de un libro de poemas.
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, inteligencia precoz y gran curiosidad intelectual elegió profesar religión por librarse de marido y amo y por amor a las letras, y lo hizo en la orden de san Jerónimo. Como no tengo intención de hablar de su vida ni de su obra remito al lector curioso a cualquier enciclopedia o al mismo google que, salvo las inexactitudes habituales dará noticia de ambas.
Esta colección de poemas que en la primera edición de Francisco De las Heras aparecen salteados aquí y allá con el fin de no escandalizar al lector no pudiendo leerse sino intercalados con otros poemas de muy distinta índole, sin embargo, De las Heras advierte:
 
“O el agradecimiento de favorecida y celebrada, o el conocimiento que tenía de las relevantes prendas que a la señora virreina dio el cielo (…) causó e la poetisa un amar a su excelencia con ardor tan puro, como en el contexto del libro ira viendo el lector.”
 
Debiendo entender quizá como “puro” en un mundo de amor casto, pero lo cierto es que Juana Inés se enamoró de Maria Luisa, condesa de Paredes y virreina consorte de México, y su amor fue -casto o no- correspondido.
 
Y es que, como consignó su primer biógrafo, el padre Calleja, sor Juana Inés era guapa, y así le pareció extraño que tomara ella los hábitos por “lo singular de su erudición junto con su no pequeña hermosura”.
 
No me extenderé sino para decir que en estos cincuenta poemas hay de todo, desde los primeros intentos de seducción hasta la separación sucedida por ser llamados los virreyes a Madrid con los interregnos de amor declarado, enfados por los celos (la virreina era autoritaria y celosa) y amorosas reconciliaciones como sucede en cualquier relación amorosa.
 
Los (o las, que será lo más probable) que os decidáis a adquirir este libro veréis cómo a veces Juana Inés disfraza el nombre de la condesa con heterónimos, alias o apodos a la moda como Lisys, Filis, Lísida, etc, e incluso con nombres masculinos como Fabio, adjetivos como señor mío, etc.
 
Sus versos están escritos en su mayoría en un lenguaje claro, aunque hay alguno de un culteranismo bellísimo (49), por ejemplo, estos que cierran el poema (11 de esta edición):
 
“Y a vos, beso el zapato
la más inmediata suela;
que con ese punto en boca
sólo, callaré contenta.”
 
del principio de la relación lo mismo que estos, maravillosos, del poema 7:
 
“…y no yo, pobre de mí,
que ha tanto que no te veo,
que tengo, de tu carencia,
cuaresmados los deseos,
la voluntad traspasada,
ayuno elentendimiento,
mano sobre mano el gusto
y los ojos sin objeto.”
 
O estos, defendiéndose de los celos:
 
“Reina de las flores eres,
pues el verano mendiga
los claveles de tus labios,
las rosas de tus mejillas…”
 
“Baste ya de rigores,
hermoso dueño, baste;
que tan indigno blanco
a tus sagrados tiros es desaire.”
 
O éste (50) en la distancia, ya ida la virreina a Madrid:
 
“Ya que para despedirme,
dulce idolatrado dueño,
ni me da licencia el llanto
ni me da lugar el tiempo,
háblente los tristes rasgos,
entre lastimosos ecos,
de mi triste pluma, nunca
con más causa justa negros…”
 
Pero he querido recoger entero el que más me impresiona de todos siendo todos los que me impresionan, el soneto (39) que, como dice el epiǵrafe de De las Heras, “En que satisface un recelo con la retórica del llanto”:
 
Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía
que el corazón me vieses deseaba;
Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía:
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.
Baste ya de rigores, mi bien, baste;
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste
con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.”
 
 
Y si alguien ha llegado hasta aquí ha de ser porque le interesa la siguiente noticia:
 
“Un amar ardiente”. Poemas a la virreina
Sor Juana Inés de la Cruz
“Un amar ardiente”. Poemas a la virreina
Compilación de Sergio Téllez-Pon
Flores Raras. Madrid, 2017.
 
En el retrato, Juana Inés a los quince años.