MÁS HISTORIAS DE MUNDAKA

Las historias de emigrantes y de marinos dan mucho de sí y en mi familia no hubo otra cosa digna de historiar, por ejemplo, mi tío Z. (dejo el nombre oculto en su inicial de su apellido, que el hijo vive) más pobre que una rata, emigró a La Habana pero sin carta de recomendación para nadie así que después de mucho sufrir logró encontrar un trabajo miserable en un almacén igual de miserable de efectos navales allá en Regla. Con lo que le pagaban le daba justo para comer algo pero no para dormir, así que dormía en el mostrador y comía menos de la mitad de lo que ganaba. ¿Pasear por la Habana? no; ¿mulatitas? no; ¿caprichitos de pobretón? No. Nada, pero nada de nada, y fueron pasando los años ahí encaramado en el mostrador vendiendo jaimitadas para armadores pobres, marineros más pobres aun. Y él no gastaba, nada le sacaba de su disciplina miserable. Ahorraba. Más años, y un día contó su dinero y encontró con que podía comprar una parte del almacén. Y lo compró.

Después de más años con el mismo régimen de hambre y miseria pudo comprar el almacén completo y, más tarde, uno de verdad enfrente, en los muelles de verdad del puerto habanero vendiendo la mierda de Regla.

¿Entró quizás entonces en un mundo de comodidades, y alegres mulatitas? No, definitivamente no, lo que hizo fue ahorrar más. Y más; entró de socio en una naviera; la terminó comprando entera. Todo para él, claro que sí.

¡Coño, era millonario!

Mandaba Batista, sí, pero hete aquí que en 1956 Castro y sus amigotes entraron en Cuba y se echaron a la Sierra. Batista y todos se descojonaban de ellos . Todos se descojonaban de ellos. Menos mi tío el miserias que se los tomó en serio, tan en serio que no se sabe cómo logró que una corporación gringa de navieras se interesara por sus cosillas; negoció astuto gracias a la pinta de pobre que seguía teniendo y justo en el 59, poco antes de la entrada de Castro en la habana y la huida de Batista, Z. vendió de puta madre, cogió los cuartos y se volvió a Mundaka.

Conoció a la que iba a ser su mujer (tampoco diré su nombre, que a lo mejor vive) que era de cuerpo lozano y bravo, bella hembra, sí señor, llegaron a los acuerdos pertinentes y casaron.

Pero Z., después de tantas penurias y penalidades, de tanta hambre, de no catar hembra ninguna, de haberse convertido en una hucha macilenta y miserable no pudo remontar el viaje de novios con aquella mujer bandera y apasionada.

En fin pudo hacer lo justo para dejarla preñada y murió. Sí, la palmó de agotamiento y quizás en este caso se pueda decir con propiedad que murió de amor.

Qué suerte algunas tocadas por el dedo del dios del himeneo: sin aguantar marido, viuda y millonaria.

Quién pillara uno así ¿eh chicas?images

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ESPÍAS

Este pasatiempo se lo dedico a mi hermano Carlos, que es el que me dio el librito.

Pues andaba yo hace nada haciendo la consabida limpieza doméstica bien armado de armas y bagajes propios de tal lucha cotidiana cuando justo en el momento en que los muchachos de Il Giardino Armónico atacaban el recurrente ritornerlo del allegro del Concierto en Re mayor, RV 93 que, como todo el mundo sabe se escribió para laúd, dos violines y bajo continuo, y se compuso hacia 1730, cuando insólitamente me topé con un librito que -aunque conspicuo- había escapado a otras limpiezas: “Historia ilustrada de la URSS” editado por la Agencia de Prensa Nóvosti en 1982 y que lleva una dedicatoria a pluma: “A mi queridísima prima Nela con muchísimo cariño”. Luis. He de decir ante todo que Nela era mi madre y que, como yo, era sospechosa de muchas cosas excepto de estalinista; de su primo Luis he de decir lo mismo a no ser que fuera un topo en el edificio diplomático de Franco como si de un Toby Esterhase carreniano y local se tratara, de manera que he quedado sorprendidísimo, remedando las esdrújulas del primo de mi madre y poco menos que atónito.
En el ’82 rondaba yo los 32 añitos y no puedo imaginar a mi mamá leyendo propaganda soviética de la Nóvosti ni nada parecido, hay que tener en cuenta que ella pasaba por una señora de la derecha moderada que jamás pudo votar a Fraga porque “era un ordinario que se tocaba sus partes en público” ni a Felipe González porque, en contra de la opinión de mi padre era “un pequeño aprendiz de canalla que no sonreía de frente”, una visionaria mi madre: en fin, ¿quizá leía este librito impelida por algún amor adolescente que suele darse entre primos?

¿O es que había otra cosa?

Mi madre nació en Tampico (México: ¡Viva México, cabrones!) no por nada, sino porque mi abuelo era un emigrante al que no le fue mal y que se dedicaba con su gemelo al lucrativo negocio de las gasolineras y cosas así; trabajaban -cómo no- para los gringos y durante las guerras cristeras (1926 – 1929) sucedidas en México tras la ley de 1926 del presidente Plutarco Elías calles que restringía -o mejor, anulaba- la influencia religiosa en el Estado aplicando el espíritu estricto de la Constitución de 1917; la Iglesia, como siempre que les tocan un grano se puso como se puso, creó guerrillas que atacaban al grito de ¡Viva Cristo Rey! (¿le suena al paciente lector?) y promovió entre otras cosas no utilizar vehículos ni comprar gasolina, y ahí, ahí sí que les rascaron los huevos a mis abuelos, de manera que uno, el padre de mi madre apoyó a los cristeros y el gemelo al gobierno constitucional, así, ganara quien ganara, ganarían ellos: ¡La empresa, coño!

Quién sabe si en aquellos momentos no hubo contactos beneficiosos para ambos con los servicios secretos de los gringos, de los mexicanos o de ambos que es como suele suceder, el caso es que salieron airosos y el abuelo, sin mácula gubernativa a pesar de haber actuado contra el gobierno. Y lo mismo hicieron (¿por qué no si ya salió bien una vez?) con la guerra que sucedió tras el golpe de estado de los fascistas españoles en el ’36 con el mismo éxito: El gemelo también salió airoso tras la victoria fascista de Franco y Alemania y ambos defendieron bien sus dineros en los dos países sin dar lugar a charlas de salón y -mucho menos- de chekas, comisarías, nacht und nebel, y cosas por el estilo que es de lo que se trataba. ¿Qué importan naciones y memeces por el estilo mediando pasta? Y si no id y preguntádselo a todo aquel que esté forrado y se llene la boca de patrias, y de todas formas, he de decir que, en efecto, patrias y naciones no son más que predios donde robar y huchas donde depositar dinero, o morirse de hambre si mal cuadra: a lo que se ve he heredado semejante despego por estas cosas, y eso que soy pobre.

En fin, a lo que iba, los dos hermanos intentaron copar seguridad haciendo hijos para la Empresa y para la Diplomacia, actividades éstas complementarias, pero ¿y las hijas, que las había? ¿Qué se hizo de las hijas para bien de los negocios?

Y entre ellas, la lectora de la Historia ilustrada de la URSS, porque la leía, qué duda cabe, vaya, si está hasta subrayada y a veces anotada con la letra de mi madre, con esa épsilon para la ‘e’ mayúscula que yo he imitado filialmente; y las hay curiosas o, más bien inquietantes: 21182LFoccidental, arte y triple audacia21N90, y cosas así, en unas una palabra viene precedida por una cifra (3fundamental), en otras la cierran (tranquilidad6), pero siempre incomprensibles por más que uno se esfuerce.

Ya no sé cuántas veces he leído el librito (175 páginas, fotos incluidas), y hace una par de lecturas voy llegando a la conclusión (que no a la certeza) de que hay que ver los subrayados y notas en un conjunto, lo que no sé es en qué de tipo de conjunto debo pensar, o si son varios los conjuntos incluidos en uno más grande, el caso es que creo haber descifrado algo, por ejemplo, OP.17MAD:65/98;112/41; 24/212; 145/89;VARgas, es decir, claves bastante fáciles si se sabe lo que se busca y el libro en que hay que buscar, así que supongo que OP es obra, o libro (en este caso, 17º, lo que quiere decir que ya llevaban un montón de libros utilizados), la primera cifra, página; la segunda número de palabra, en este caso: MAdrid callado enlace gran vía, o sea, Madrid, metro de Callao enlace con Gran Vía. Es ciertamente un lugar de cita, y no un rendez-vous romántico como se podía suponer en primera instancia, porque mi madre apenas salía de casa y mucho menos viajaba a Madrid alegremente, así que suponiendo que el destinatario de la clave fuera el primo Luis, ésta era una cita en un lugar de Madrid con un tal Vargas, que sería, por razones de seguridad, un nom de guerre como quiere toda la literatura especializada.

Y así o parecidas son todas, sin embargo, las anotaciones no he podido descifrarlas con seguridad, seguramente me falta paciencia y método, cosa que mi madre había de tener con esa afición suya por crucigramas, charadas y jeroglíficos que la tenían abstraída durante horas. Y yo pensando que se aburría todo el día en aquel sofá suyo que era terrenus vetitus para el resto del mundo. Que ya me hubiera gustado llevar una vida así, tan apasionante como la de mi madre, no ésta, que como puede ver el amable lector si se va al relato anterior a este mismo, no sale de pasar el polvo, mopa y fregona en estos tranquilos pero aburridos días de esforzado amo de casa.

http://www.youtube.com/watch?v=u9m3ghjN0REmd5448738244

UNA DE EMIGRANTES

                        GONDRA, EL BANDIDO

 

Ésta es una historia que recibí de mi tío Nicolás, que a la vez la recibió de su padre, y éste, del suyo que era Capitán de la Mercante allá por la segunda mitad del siglo diecinueve y que la oyó a un marinero de su tierra (que antes de ser marinero fue emigrante desnudo en el Río de la Plata) en una taberna de Antofagasta.

Rigoberto Portuondo, hijo de un humilde pescador allá en el Cantábrico vizcaíno. Sin oficio aprendido, pues aunque recibió apasionados y múltiples palos paternos no amó nunca las artes de la pesca; en su más profundo yo era de tierra, como las berzas y se negó tozudo como buen campesino vocacional, a distinguir amura de aleta.

Su  madre y su tío materno al que llamaban Flautas por ser asmático se compadecieron del muchacho y, a espaldas del padre, le hicieron un hatillo con algo de ropa, unas alpargatas nuevas que no debía usar más que en caso de extrema necesidad, unos cuantos talos de borona y un trozo de tocino. En el revés de la camisa le cosió su madre un billete de cinco pesetas y un pasaje a Buenos Aires que le compró el tío Flautas muy en secreto; al cuello, la madre le puso un detentebala* pensando en la mucha maldad que hay por el mundo y, a pesar de su atavismo contra el agua, cruzó el Atlántico mirando siempre a sus pies descalzos medio firmes en la cubierta de los pobres y llegó, al fin, a Buenos Aires con demediada salud, pero con alivio.

Sin embargo, por más empeño que puso, el chico no encontró acomodo en la ciudad, y después de muchas hambres y muchas calamidades y miserias, alguien le contó que buscaban pastores vascos al otro lado de los Andes, en un  país al que llamaban Chile, y en el que había tanta plata que hasta las ovejas iban limpias, imagen que a Rigoberto, ya un par o tres años más viejo y sin enviar un cuarto a casa le conmovió en lo más profundo de su alma montaraz y terrestrona.

¿Para qué mentir? Un viaje duro, terrible, siempre hacia el ocaso sin que nunca amaneciera en el abotargado ánimo de nuestro pastor en ciernes de regaladas ovejas, atravesando praderas, llanuras eternas, heladas y asfixiantes, ríos como mares, siendo comida de jejenes y sin nada para comer aparte de raíces, insectos y algún mamífero miserable que caía en sus trampas o lagarto que pillaba al despiste con un piolín gastado para el lazo corredizo; trabajando en ranchos inmensos por la comida y poco más, aprendiendo su anhelado oficio de pastor, de caballista, de peón, de mamporrero, y aprendiendo a usar la faca que ganó en no muy leal combate con un tarado que le quiso el detentebala porque le gustó el corazoncito que sale. “Para regalar a mi noviecita”, dijo unos minutos antes de morir. Y para cuando llegó a la Mar Chiquita, ya habían pasado por sus pies más de ciento y pico leguas; se podía decir que estaba hecho un hombre y, una vez plantado en Tucumán, un hombre hecho y derecho, con algo de plata, un zurrón de piel medio curtida que apestaba, con algo de comida y una faca colgada a su cintura. Ya no usaba alpargatas ni pies descalzos, sino unas botas viejas que también quitó al tarado una vez hubo éste transitado a mejor vida. Y aun le cayeron unas cuantas leguas para acercarse a Alemania, subirse hasta el Salar de Hombre Muerto y juntarse con un grupo de hombres y mujeres que, como él, iban en busca de la plata de Chile, esa gente que siempre quiere ir más allá porque no saben muy bien dónde quedarse, para buscar por aquellas nieves el puesto de Oruro; de allí unos irían a Potosí, por la plata-plata, y otros –más desconfiados del dinero fácil que aquel camino predicaba- procurarían enfilar el paso de Condur Pacheta, que lleva a Cochabamba, todos bien prevenidos –eso sí- por mor de las dificultades de los pasos y el temor de los bandoleros que infestaban aquellos desérticos parajes andinos; todos sometidos –decía la peonada de las estancias- al terrible Comandante Gondra, famoso sobre todo por no dejar testigos sino para carnaza de cóndores y demás carroñeros hambrientos.

Pero a la fuerza ahorcan, y para arriba tiró el grupo de pobretones con sus escasos enseres, sus ahorros y una menguada recua. También llevaba cada uno sus miedos que ocultaban a los demás hablando –poco- de proyectos, ilusiones, la familia allá tan lejos, pero los más callaban, y  estos pensamientos quedaban bajo boinas y sombreros, y en eso estaba Rigoberto mientras fatigaba por los repechos interminables de los Andes, pensando en su lugar natal, en los padres, en que quizá tendría que haberse hecho marinero, en la pobreza que –Dios mediante- remediaría en estas lejanas tierras una vez dejaran ventiscas y nieves y frío para bajar a los fértiles valles de leche y miel.

Y una mañana, a eso de un sol en su cénit helado, vieron el desfiladero que separaba los dos pasos.

Una vez allí dentro no pudieron por menos que ver enfrente unos jinetes que cortaban el paso; Rigoberto miró hacia atrás buscando reparo: otros jinetes les cerraban la retaguardia. ¿De dónde habían salido? El cerco se apretaba, y entonces vieron que todos iban armados de carabina, faca y pistolón; largas cananas prietas de plomo cruzaban los pechos de aquellos hombres. Se oyó una voz. Como un trueno: “¡Desmontad, carajo! ¡Todas las armas al suelo! ¡Todas, todas! Si le pillo a alguno armado de un palillo lo va a pasar mal.

Obedecieron ¿cómo no? Rigoberto miró a sus compañeros, doce hombres y cinco mujeres –niños no, a Dios gracias- temerosos que miraban entre ellos y el suelo, sin atreverse a alzar los ojos hasta aquellos armados, fieros, adustos semblantes. “Parecen muy cabreados”, se dijo Rigoberto, que se había atrevido a mirar con los ojos entrecerrados. “Hemos hecho todo este viaje de los cojones para venir a dar con unos bandidos en el desierto: qué mierda de vida”.

Los jinetes desmontaron, y con rapidez ensayada fueron hacia ellos; volvió a tronar la voz de antes: ¡Vacíense los bolsillos, carteras, relojes, joyas, dinero cosido, plata oculta: Todo! (“Y cómo joyas, pensó Rigoberto compungido”). Se dejó la carabina a la funerala, de un bolso extrajo un saquito de piel del que pinzó tabaco que lió con la otra mano. Dijo, con una sonrisa de hijoputa atravesándole las barbas veteadas: “Y de paso se me quitan también las ropas grandes y las camisas” –se dirigió a la tropa- “no queremos que se pierda sangre ¿eh, muchachos?

Reían, aquellas bestias reían, parece que con ganas antiguas, pero no dejaban de apuntarles. Rigoberto miró de hurtadillas al que parecía ser el jefe, la voz de trueno y suave acento lejano que se le enredaba en la memoria, pero otra voz interrumpió sus pensamientos: “¿Las mujeres también, comandante?” Todo eran sonrisas, sonrisitas, mejor, los muy cabrones; uno de los viajeros –los nervios quizá- también dejó escapar una sonrisa como bobalicona: Tremendos culatazos bien aplicados en el estómago y frente se la borró dejándole a cambio un rictus de dolor y un reguero de sangre sobre los ojos que ya eran de miedo. Pánico.

“¿Estas idiota, Gervasio?” –dijo el Comandante- “A las mujeres me las desnudas pagando, Gervasio. A éstas no, Gervasio. No somos salvajes; cristianos decentes somos, Gervasio.”

Lo hicieron, claro, todos se fueron quitando las prendas nerviosos, acojonados frente a los caños de las carabinas; también Rigoberto mientras el título de Comandante se le metía como un relámpago por la memoria. “Es el Comandante Gondra” –pensó- “El bandido de los Andes, el asesino de hombre, mujeres y niños. Estamos jodidos, ahora sí que estamos jodidos.” Y una vez desnudo el torso se arrodilló en tierra y, mientras se santiguaba, dijo entre dientes: “Aitaren, Semearen eta Espiritu Santuaren izenean, amen.”**

Pero el Comandante le había oído. Dijo: “Zu, jainkojale!”***; se le acercó, le levantó de un tirón del suelo, acercó la cara barbada a la suya; dijo: “Zein da zure izena? Nun arraio zauz?**** Sacó fuerzas Rigoberto no supo de dónde y miró al rostro del que le iba a matar: “Nire izena Rigoberto Portuondo naiz, jaun. Mundakako naiz, jaun.” *****Y se dispuso a morir.

“¿De Mundaca?” Dijo en castellano mirando a sus hombres que no podían entender el vascuence. “¿Y de quién eres hijo?” “De Pacho Portuondo y Juana Ibiñaga.” Contestó como pudo Rigoberto mientras el mundo empezaba a desaparecer bajo sus pies; superó una basca; el Comandante le estaba hablando, pero se había perdido algo- “¿Juana? ¿Al fin se casó con ese pelón? Joder, meapilas, Pacho siempre fue un pelón, perdona que te diga, nunca valió más que para ir a la mar por nada; pensar que yo cortejaba a tu madre, yo, Ángel Gondra, casi novio de tu madre, ya ves, y al final me vine solo para América porque la Juana estaba pegada a la tierra, hay que joderse. Y terminó casando con el memo de Pacho ¿Quién iba a decirlo?”

“Bueno”, -continuó- “somos paisanos, así que puedes elegir…”

Ahora sí que Rigoberto miró de frente, tieso como una vara ante el Comandante. “Nire aitama…,”****** –siguió en castellano sin saber por qué- “a mis padres ya los ha mentado una vez. Máteme si quiere, pero que sea la última vez que me los menta.” Y echó mano atrás, a la vaina vacía de la faca.

Potruak dakozuz, mutil…”******* –dijo Gondra, y luego:

“¡Quitadme a estos otros del medio, recoged todo y marchando, que hace un frío de cojones!”

De esta forma, Rigoberto Portuondo encontró en medio de los Andes a uno de su pueblo, salvó la vida, halló oficio lucrativo al pasar a la tropa del Comandante Gondra, y andando el tiempo, le sustituyó. Pero ésa es otra historia.

NOTAS

*

Detentebala: Escapulario de afecto carlista y de diversos motivos, siendo el común un corazón (de Jesús, claro) que –dicen, pero no he comprobado- tenía la virtud de parar las balas que iban dirigidas al portante.

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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

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Meapilas.

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¿Cómo te llamas? ¿De dónde coño eres?

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Soy Rigoberto Portuondo, señor. De Mundaca, señor.

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A mis padres…

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Sí que tienes cojones, chaval.

Emilio Barrenetxea, A Guarda. Primavera de 2775 (AUC)