OMAR KHAYYAN: UN FLORILEGIO

Como he tenido la suerte, el placer y la dicha de obtener bienes que no he buscado sino que ellos me han encontrado a mí, a veces, utilizo pequeños medios a mi alcance para devolverlos al humo: quizá alguien los recoja también sin haberlos deseado.
Un ejemplo es haber, por una serie de enigmáticas casualidades, podido colaborar en una novela, la de Octavio Colis (“El Éxtasis y la Pasión”. Madrid, 2017), haber surcado sus páginas vírgenes de lectores, un placer inefable de lector empedernido.
Otro, estar haciendo lo mismo con el libro que sobre el vino preparan Jesús Paul y Octavio Colis, aún sin título definitivo; nada diré sobre él como nada dije sobre el anterior; no es esto lo que quiero contaros sino dejar un par de líneas sobre las coincidencias, pues gracias a la factura de este libro, que promete maravillas, he recordado a un poeta que yacía en algún rincón lejano de mi memoria: Omar Ibn Ibrahim Khaiyyam (Persia, ss. XI y XII de la era cristiana; V y VI del Al-Hegir), matemático, astrónomo, metafísico, ético, jurista y naturalista, y además, poeta, un poeta epicúreo en aquella Persia refinada y culta, un poeta del amor, del vino y de la nada.
Este hecho -el reencuentro- me ha hecho muy feliz, quizá por eso no me queda más remedio que ir dejando aquí para vosotras algunos de los poemas que he ido seleccionando con el fin de que mi placer se disperse como las semillas voladoras que anuncian la primavera.

Iré transcribiendo algunos poemas de él, así, como quien hace nada, puesto que nada somos y en la nada soñamos:

I
“El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas:
sombras.
El resultado de tu meditación perpetua:
nada.”

II
“Bebe vino porque dormirás mucho tiempo
bajo tierra, sin amigo, sin mujer.
Yo te confío un secreto:
los tulipanes marchitos no vuelven a florecer.”

 

En este florilegio que iré pergeñando hay de todo, pero, por encima de las palabras sólo existe una suerte de pasividad activa que toma los bienes de la vida sin reparos ni medida. Khayyam no desea nada pero lo toma todo, bebe su vino a grandes tragos y a mi me sucede lo que a él: El mejor vino es que tengo ahora en mi copa; no deseo otro ni añoro los vinos pasados.
Un poema es una nube que viaja dejando una feraz llovizna que nunca se extingue; nos envuelve en su neblina cálida y húmeda, útero al que volver siempre.
El vino de Khayyam son los dones de la vida, el único tiempo de que disponemos: Nada hay antes y nada después.

III
“No busques la felicidad. La vida es más breve que un suspiro.
El polvo de Djemschid y de Kai-Kobad revolotea
en la polvareda rojiza que contemplas.
El universo es espejismo. La vida, un sueño.”

IV
“¡Siéntate y bebe! Gozarás de una felicidad que Mahmud
nunca conoció.
Escucha las melodías que exhalan los laúdes de los amantes:
ellas son los verdaderos salmos de David. No busques
en el pasado ni el porvenir.
¡Que tu pensamiento no vaya más allá del momento!
Ese es el secreto de la paz.”

V
“Yo no temo a la muerte.
Prefiero esta certeza que aquella otra que se me impuso al nacer.
¿Qué es la vida? Un bien que me han confiado, a mi pesar,
y que devolveré indiferente.”

 

El poeta ve el mundo que vemos todos, ve lo que nosotros vemos, y lo ve porque no hay otra cosa, no hay otro mundo; Paul Éluard lo sabía, lo poetas lo saben, miran el mundo y ven los detalles; miran el bosque y ven los árboles: Nos cuentan los árboles, las historias de los árboles.
Aquel que se obceca en no leer poesía arguyendo que no la entiende, que es críptica, complicada, que necesita de una hermeneusis (ερμηνευτική τέχνη), sólo expresa su vagancia intelectual, su dejadez, su pretender acceder a las cosas sin esfuerzo, porque un pensamiento que ha costado expresarse exige el esfuerzo del lector, y es un esfuerzo agradecido y simple, pero esfuerzo que el vago intelectual no quiere hacer, sino que lo haga alguien por él, de ahí el relativo éxito de los cantantes populares de poemas ajenos (o propios): texto fácil envuelto en música mejor o peor. Claro que hay excepciones, sin ir más lejos las “Cuatro últimas canciones” de Richard Strauss, pero ésa sería otra historia.
El poeta sabe, digo; Omar Khayyam sabía -lector seguro de Epicuro o de Lucrecio- que la vida es cada instante que se toma, sólo lo justo: que lo que sobre caiga entre los dedos como la arena de una clepsidra.

VI
“¡Vino! ¡Mi corazón enfermo quiere ese remedio!
¡Vino de aroma almizclado! ¡Vino de color de rosa!
¡Vino para apagar el incendio de mi tristeza!
¡Vino y tu laúd de cuerdas de seda, mi bienamada!”

VII
“Todos los hombres quisieran marchar
por el camino del Conocimiento. Este camino,
unos lo buscan, otros afirman haberlo encontrado.
Pero un día una voz clamará: “¡No hay camino
ni sendero.”

VIII
“Me dicen: “No bebas más Khayyam!”
Yo les digo: “Cuando he bebido,
oigo lo que dicen las rosas, los tulipanes y los jazmines.
Digo, incluso, lo que no puede decirme mi bienamada.”

 

Como dije hace un par de días, es seguro que Omar Khayyam conocía el pensamiento de Epicuro, sea directamente, sea por la traducción que de él hizo Lucrecio, de ahí este primer poema de hoy, tan deliciosamente materialista, puesto que como dice Lucrecio, “… en realidad, ningún reposo es concedido a los átomos , porque en ningún sitio existe un fondo absoluto a donde puedan confluir y sentar sus reales. Todo lo que existe está en perpetuo movimiento…” (“De Rerum Natura”, 992 y sig.: “At nunc nimirum requies data principiorum corporibus…”). Khayyam lo dice así:

IX
“Aspirar aquí abajo a la paz: locura.
Creer en el reposo eterno: locura.
Después de tu muerte, tu sueño será breve. Renacerás
en un matojo de hierba que será pisoteado o en una flor
que el sol marchitará.”

O así, convertidos en polvo y cenizas, y de ese polvo, en barro para el alfarero:

X
“He visto ayer a un alfarero sentado ante su torno.
Modelaba las asas y los flancos de sus urnas.
Amasaba cráneos de sultanes
y manos de mendigos.”

XI
“Me pregunto qué poseo verdaderamente.
Me pregunto qué subsistirá de mí tras de mi muerte.
Nuestra vida es breve como un incendio:
llamas que se olvidan,
cenizas que el viento dispersa: Un hombre ha vivido.”

Por eso, Khayyam toma lo que la vida regala, tanto tristezas como alegrías: todo es fugaz e inane; todo conforma nuestras vidas:

XII
“No he pedido vino.
Me esfuerzo en acoger sin asombro y sin cólera
todo lo que la vida me aporta.
Partiré sin haber preguntado
a nadie sobre mi extraña estancia sobre esta tierra.”

“Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego fue el primero en osar elevar hacia ella sus efímeros ojos y contra ella rebelarse. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos del cielo con su amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor de su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza.” (“Humana ante oculos foede cum vita iaceret…” “De Rerum natura”, vv 62 – 72)

Así comienza Lucrecio su Elogio de Epicuro (Επίκουρος, ‘el aliado’ 435- 506 de la Primera Olimpiada, 341-279 antes de EC), padre del materialismo científico, faro de inteligencias en el océano de ignorancia y superstición que aún capeamos, timón a la vía.

Y así he querido terminar esta humilde selección de los poemas de Omar Khayyam en deseo de que os haya servido para conocer un poeta que escribió, pensó y bebió sobre la tierra hace más de mil años, siendo sus versos perfectamente legibles hogaño, legibles, inteligibles y peligrosos, como suelen ser los textos de aquellos que honrada e inteligentemente nos relatan la realidad, peligrosos como la Idea de Darwin (“La peligrosa idea de Darwin: Daniel C. Dennett; Galaxia Gutemberg, 2000), bellos como los hexámetros de Lucrecio Caro (anno 759 ab Urbe condita, 94 antes de EC), poeta que murió cuarenta y tres años más tarde.

Y es que Omar Khayyan, la poesía de Omar Kayyan es clara y carece de doblez o subterfugio: No necesita ocultarse:

XIII

“Sobre la tierra abigarrada camina alguien que no es musulmán

ni infiel

que no es ni rico ni pobre. No venera a Alá

ni a sus leyes.

No cree en la verdad. No afirma nunca.

Sobre la tierra abigarrada, ¿quién es este hombre bravo

y triste?”

Siempre la fugacidad de las cosas, el viento que hace llorar a nuestros ojos y desaparece, la lluvia que anega y bendice,lo que es y no es, la paradoja de Heisenberg, la muerte portadora de vida:

XIV

“¡Mira! ¡Escucha! Una rosa tiembla en la brisa. Un ruiseñor

le canta un himno apasionado.

Una nube se ha detenido. ¡Bebamos vino!

Olvidemos que la brisa deshojará la rosa, se llevará el

canto del ruiseñor

y esa nube que os da una sombra tan preciosa.”

Pero sabed -nos dice Khayyam- que lo que se toma ha de ser tomado con pasión, con apasionada dulzura, nunca con indiferencia, guardemos la indiferencia para lo que no necesitamos, que es mucho.

Ayer mismo hablábamos en casa del amor apasionado y devastador, de la angustia que en el pecho produce; hablamos largo y tendido del asunto. El poeta es sucinto y dice más:

XV

“El amor que no devasta no es el amor.

¿Un tizón expande el calor de un brasero?

Noche y día, durante toda su vida,

el verdadero amante se consume de dolor y de gozo.”

De la misma forma existe el amor abúlico, o el amor destructivo, el amor institucional y aburrido e insano:

XVI

“Tú puedes sondear la noche que nos envuelve.

Puedes adentrarte en esa noche… No saldrás.

Vuestro primer beso debe haber sido atroz, Adán y Eva,

¡pues nos habéis creado desesperados!”

Eso respecto del amor, mas de su base epicúrea, el libre pensamiento, la única libertad que es interior y personal, la discreción como forma de vida:

XVII

“Cierra tu Corán. Piensa libremente y mira la tierra

y el cielo.

Al pobre que pasa, dale la mitad de lo que poseas.

Perdona a todos los culpables. No entristezcas a nadie.

Y escóndete para sonreír.”

Y hasta aquí hemos llegado queridas, queridos que me leéis, hasta aquí mi mínimo florilegio, este buquet de poemas que espero os hayan acercado a Omar Khayyam, este poeta que seguro os era absolutamente desconocido y que he recuperado de mis estanterías y de mi memoria gracias a la oportuna erudición de Octavio Colis, un poeta que me afirmó en mi sentido libertario de la vida en mi agradecimiento a Epicuro y Lucrecio, siempre tan releídos.

El poeta que lo es te lleva no a mundos extraños, sino que de los mundos enajenados te trae al cierto; eso es lo que hace Omar Khayyan desde hace un milenio, porque lo que vienen llamando los poderosos realidad es enajenación y el poema, certeza.

En la esperanza de haberos sido útil, el último poema en la edición que poseo, la de Ramón Hervás, 1992 y Clásicos Ucieza, 2000, un poema que une amor, vida y valiente inteligencia, que resume, en fin, la brevedad de nuestro estar aquí, tan pasajero.

XVIII

“¡Laúdes, perfumes y copas, labios, cabelleras y grandes ojos,

juguetes que el Tiempo destruye, juguetes!

¡Austeridad, soledad y labor, meditación plegaria y

renuncia,

cenizas que el Tiempo aplasta, cenizas.”

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AUTORIDADES

 

Desde que recuerdo y de todas partes me han achacado problemas con la autoridad sumiéndome en un estado perplejo del que salí -afortunadamente- una vez consciente de mi propia juventud e individualidad.
Y es que yo siempre he sido muy respetuoso con la autoridad, por ejemplo, si necesito de la filosofía de la música acudiré puntual y devotamente a Eugenio Trías, si de mecánica cuántica, a Murray Gel-Mann; a Richard Dawkins si quiero saber algo de evolucionismo o etología o a Daniel Dennet si necesito alguna precisión sobre filosofía de la ciencia o detalle de la teoría de Darwin; del mismísimo Darwin si pretendo entender el mundo que me rodea o del que fue en su momento mi despertador a la vida, al materialismo y a la conciencia de mi propio ser, Epicuro de Samos. En fin, autoridades hay para cada cosa, como lo es constantemente el señor Pynchon en mi percepción anarquista de la sociedad o Harold Bloom en mis siempre escasos conocimientos literarios.
Entonces ¿a qué autoridad se refieren los que me achacan tal carencia de sentimientos hacia ella? ¿Quizás a la de Michael de Montaigne? No puede ser puesto que soy lector recurrente de sus deliciosos ensayos. ¿Kafka, Proust, Beckett, Shakespeare, Bach, Shostakovich, Newton, Lucrecio, Dante, Mann, Chéjov, Pope, Melville, Galdós, Flauvert,y ese larguísimo etcétera que va llenando mi vida haciendo que sepa dónde estoy, que conozca mi inanidad y no sufra por ello.
Si necesito saber algo que despierta mi curiosidad sé de autoridades que me ayudarán en mi búsqueda, por ejemplo, quiero saber de las aves que pasan en su migración por Estaca de Bares, nada más fácil: Tengo aquí mismo, a mano a Antonio Sandoval, ¿Necesito ampliar mis minúsculos conocimientos musicales? Luis ángel de Benito acudirá raudo a mi servicio. Así para tantas y tantas cosas, ésas que nos hacen realmente libres, en un sentido filosófico que es -siendo decepcionar a alguien- el único en el que se puede ser libre: Ya sabéis, la libertad tal y como se nos pretende presentar es tan sólo un anzuelo burgués, un señuelo, una quimera.
¿Entonces de qué autoridades me hablan, me acosan por todas partes?
¿Se refieren quizá a jueces, obispos, reyes, políticos, toda esa gente autoencumbrada? ¿a sus esbirros? ¿A todos ellos?
¿De qué son autores para proclamarse autoridad?
Porque con ellos, con esta gente, sí que tengo problemas, los he tenido y los seguiré teniendo.
Con el sistema patriarcalista, con las religiones, la obcecación y el fanatismo, con la letra con sangre entra, el miedo constante, la pérdida, la esclavitud, el engaño, los sistemas educativos (o adiestrativos, mejor), los dioses al fin, hechos a semejanza de la estupidez humana que aunque no sea sí parece infinita.

¿Un esbirro, llámalo policía, soldado, general, guardia, munícipe… es una autoridad? Venga ya; ¿lo es acaso un rey cuyo único mérito es vaginal? ¿Un juez que repite como engolado

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos

loro lo que está escrito o lo que le ordenan repetir?

Estos, que nos acosan desde siempre con semejante concepto equívoco, sean presidentes, jefes militares, capitalistas ahítos de riquezas, papas, ulemas, y toda esa plaga enferma y paranoica que vampirizan el mundo no son autoridades de ninguna clase.
Son El Poder, y cuando te están diciendo que debes respetar a la autoridad te están diciendo que respetes el Poder, su poder, un poder basado únicamente en la violencia y el terror (leed a Hesíodo), el poder de las armas, de las leyes que en ellas se sustentan, el poder de la mentira, del asesinato, de las cárceles y torturas, el Poder que acalla y vence sobre las conciencias, el Poder que hace de las sociedades ganado y de las fronteras establos.
Ese poder yo no respeto, ni reconozco, ni acato sino por la fuerza de sus armas; con ese poder sí que he tenido problemas toda mi vida, y los tendré hasta que muera para ser nada, para ya no ser objetivo del Poder.
Si basáramos nuestros juicios, nuestras actitudes en una equilibrada mixtura de nuestra curiosidad, nuestro instinto social y de supervivencia y las autoridades que nos han precedido o que aún están entre nosotros no viviríamos subyugados, enajenados, ausentes.
¿Queréis que acabe este pequeño artículo con un par de soluciones? Pues no tengo, sólo sé que si uno no hace nada por sí mismo tampoco debe esperar que alguien lo haga por él o piense por él, y no me refiero a esa compulsión por adquirir juguetes, objetos, pequeñas miserias, sino sabiduría, ¿y cómo se adquiere esta sabiduría? Desde luego no acatando sistemas sin crítica, no suponiendo a otro saberes ni facultades que no tiene, no entregando a payasos mediáticos la propia individualidad y juicio porque “es más cómodo”.
Pensar, reflexionar todos los días un poco para empezar ya sería un gran paso.
Pero no se dará.