DIOSES DEL BAZTÁN

DIOSES DEL BAZTÁN

Hace ya muchos, muchos, años, estaba yo con mi compañero de internado y amigo Richi allá, a la orilla del río Baztán en una tarde de calurosa primavera, sentados sin pensar en nada, sin hablar de nada, escuchando el rumor del agua apacible, los destellos de los primeros insectos, el vuelo de las aves, un martín pescador a ras de agua: un rayo irisado…
En la orilla de enfrente, ligeramente escarpada se materializó la figura de una vaca, una rubia, más concretamente, con la cabeza a ras de suelo triscando la fresca yerba de la ribera resbalando casi en la pendiente; le dije a Richi:
-Como siga así, caerá al río.
-Sí -dijo con ensoñadora indiferencia-.
-Se la llevará la corriente: ahí cubre bastante.
-Puede -No estaba Richi muy charlatán aquella tarde-.
-¿Le avisarías si pudieras?
-No sé cómo, no creo.
-Pero se ahogará…
-Una vaca menos, además a ti te da asco la leche, ¿no?
-Sí, pero…
La vaca no cayó al fin, siguió triscando hacia arriba hasta que desapareció; Richi se había tumbado del todo, las manos bajo el cogote: Estaba frito, coño, hasta roncaba débilmente. Yo seguí a mis cosas, es decir a pensar nada en absoluto, a mirar sin analizar lo que veía; creo que mirar ha sido mi razón de ser, pero entonces aún no lo sabía, claro: tenía sólo catorce años, la cabeza llena de libros y ese verano conocería por primera vez el amor pero eso tampoco lo sabía. Miré a Richi dormido, flotando en el sopor de la tarde. Una culebrilla, de esas marrones de río, tan brillantes rondaba alrededor de su codo derecho. ¿Qué hacía yo? ya lo he dicho, ¿no? Miraba, sólo miraba; la culebrilla se acercó por encima del brazo hasta la oreja derecha; estuvo así unos segundos eternos y, sin más, introdujo su cabecita en el oído y lo lamió con una gracia que me sorprendió; rápidamente, fue hasta la oreja derecha e hizo lo mismo: lamió ese oído. Y se fue tranquilamente hacia la maleza. Desapareció.
El río rumoreó más alto; el valle entero sonó como si estuviera sorprendido.
Entonces recordé la clase de griego de primera hora de la mañana; el padre Diego nos hablaba de Melampo el adivino y médico tesalio cuya fama era grande en todo Tirinto y Argos; a Melampo, en su niñez unas serpientes le habían lamido los oídos otorgándole especialmente la capacidad de comprender el lenguaje de los animales; Melampo amaba sobre todo a su hermano Biante que pretendía la mano de Pero, hija de Neleo, pero éste exigía un rebaño de vacas como aportación al matrimonio; las vacas eran de Fílaco y Melampo intenta robarlas pero es hecho prisionero por Fílaco que lo encierra en prisión. Sin embargo, Melampo, gracias a que podía entender el lenguaje de los animales se entera escuchando a unos gusanos que roían las vigas de la prisión y que charlaban mientras tanto entre ellos, de que ya les quedaba poco para terminar de roer la viga: el techo no tardaría en desplomarse.
Melampo se lo hace saber así a su carcelero (sin mencionar cómo lo sabía). Todo se cumple al poco  y Fílaco, admirado, pone en libertad a Melampo y además le regala las vacas que éste intentó robar.
Melampo fue asimismo un precursor de los futuros métodos del doctor Freud, y diré cómo: Fílaco tenía un hijo, Íficlo, gran deportista, corredor de fondo; tanto corría que pasaba por encima de un campo de espigas sin tocar ni una de ellas, pero…, pero padecía sin embargo de una incapacidad genésica, y es que no se puede tener todo. “Por favor, oh sabio Melampo, cura a mi hijo y te daré lo que me pidas”,  debió decir Fílaco, y Melampo, para sanarle sacrifica dos toros y los abandona a la voracidad de las aves, pero él queda cerca, y cuando acuden los pájaros a la cena escucha su conversación; un buitre comenta que para que cure Íficlo ha de beber éste del agua con -en ella disuelta- la herrumbre del cuchillo que en tiempos había visto él se usaba para castrar carneros, lo cual produjo su impotencia. Melampo encuentra el cuchillo, aplica la cura al joven, lo sana, recibe las vacas, las lleva a Neleo y éste autoriza la boda de Pero y Biante.
Y en esto pensaba yo cuando Richi despertó dando por terminada su siesta; entonces le conté lo que había visto y le recordé la historia de Melampo.
-Estaría bien, ¿no? que pudieras entender a los animales -dije con cierta coña-.
-Les oigo -dijo Richi- y les entiendo a todos.
Me miró fijo: estaba serio.
-¡Anda ya!
-Que sí, que te digo que sí -exclamó- Ahora mismo hay en esa poza unas quince truchas charlando sobre si seguir o no río arriba; parece que la mayoría prefiere hacer noche aquí y seguir mañana.
-No te creo pero nada.
-Vale -me dijo-. Tú espera aquí y verás.
Y se fue a toda prisa en dirección al colegio. Esperé: era jueves: teníamos la tarde libre, de hecho esperé casi media hora. Entonces Richi volvió: traía un capazo, de esos que usaba fray Crispín en las cocinas para transportar el pescado.
-¿Qué haces? -Dije.
-Ahora verás:
Puso la boca a ras de agua y borboteó algo sosteniendo algo hundido el capazo; al poco rato lo levantó sacándolo del agua; me miró triunfante:
-¿Lo ves? Les he hablado, les he convencido de estarían mucho mejor descansando en el capazo y aquí las tienes: Fray Crispín me ha dicho que cocinará todo lo que le lleve.
Las truchas boqueaban en la cesta: agonizaban, morían una a una.
-¿Te das cuenta? Puedo hablar con ellos; les entiendo: Seré rico, cazaré y pescaré lo que me de la gana y seré rico -decía entusiasmado-.
Entonces se oyó un tremendo fragor en el río y en el valle, los árboles se inclinaron como con furia, el viento aulló; Richi se llevó las manos a los oídos: Gritaba de dolor.
Al poco todo quedó en calma, las truchas muertas dispersas por la yerba. Richi:
-No oigo, no oigo nada, Emilio. Nada.
Lo llevé al colegio: lloraba. Fray Sebastián le dio algún calmante y lo acostó en la enfermería…
Nada conté de lo pasado pues no me creerían y seguro que salía con algún castigo por mentiroso aparte de ser el hazmerreír de todo el colegio.
La sordera se le pasó en un par de semanas a Richi, aunque jamás recuperó ni toda la audición ni su alegría de antes, pero eso no fue lo peor.
Encima suspendió griego.
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