LOS CONFIDENTES: UNA NUEVA LECTURA DE THOMAS PYNCHON

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De niño acompañé a mi padre a uno de esos viajes que hacía vendiendo un producto que él y su socio -también químico- fabricaban y que creo que servía para estabilizar el caucho de las suelas de entonces; aquel día íbamos a la fábrica de las Chiruca, que por aquel entonces comenzaban su andadura. De aquel viaje no recuerdo nada excepto la lección del día -el viejo era de carácter profesoral y algo pelma- que trató de la existencia para mí inusitada de los confidentes.

“En el último lugar de la escala que mide a los humanos, bajo los jueces del TOP, los sicarios, la policía, la Guardia Civil, incluso el mismísimo Franco están los confidentes -me dijo-.Nada hay peor en el mundo que un chivato, delator, confidente; sé lo que quieras, cualquier cosa menos cura, falangista y lo que es peor, chivato. Aunque te inflen a hostias, nunca delates a nadie”. Y en eso estamos. Claro que entonces ya sabía lo que era ser el chivato de la clase -algo despreciable-, pero no tenía ni idea de que la cosa pudiera llegar tan lejos ni ser tan importante. Años después llegó a mi poder una copia del documento en el que Camilo José Cela (ese tipo lamentable tan justamente olvidado) se ofrecía (en el II año triunfal: plena Guerra Civil) para delatar rojos, casi todos intelectuales y amigos suyos sabiendo que iban a una muerte cierta. Entonces recordé la lección magistral del viejo en aquel coche Seat 1500, aunque ya para entonces sabía que vivíamos rodeados de soplones, chivatos hijos de puta y que había que andar con mucho cuidado.

Viene esta entradilla a cuento de mis relecturas sobre Pynchon, sobre todo la que dejé para último lugar por ser la primera que leí en su momento y que tanto me impresionó: Vineland (Barcelona, 1992), y también la que leo actualmente que es la última que se ha publicado aquí, en este lugar que llaman España: Inherent Vice, Vicio Propio (Barcelona, 2011).

En ambas novelas hay un ruido de fondo del tipo que plasma Don DeLillo en su novela White noise, que se tradujo en la edición española (Barcelona, 1994) así: Ruido de fondo, y ese ruido (que uno tarda en localizar) es el mundo oculto, miserable de los delatores, los peones de la dura represión que se dio en los EE.UU a partir del mandato de NIxon, ese canalla, “el malvado, el genocida” como le definió Neruda en su Incitación al nixonicio y alabanza de la revolución chilena (1972, 1973) y que ha marcado ¿para siempre? el destino de ese país y el de sus satélites. Algunos -los más jóvenes quizá- os preguntaréis “pero hubo alguna vez una revolución en los EE.UU?”

He de decir que mucho antes de los años en que esta novela se sitúa (siglo XX; años ’60 y ’70), una centuria antes más o menos los grandes propietarios ya habían comenzado a eliminar toda ilusión de libertad y bienestar para todos que marcó los inicios de esta nación, como el mismo Pynchon refleja en sus obras (Maxon y Dixon (Barcelona, 2000), Contraluz (Barcelona, 2010)) la herencia de Walt Whitman (“hermano necesario, / viejo Walt Whitman de la mano gris” : Neruda, op. Cit.) no fue baladí, todo lo contrario, en las nuevas ciudades las organizaciones proletarias surgían por doquier, sobre todo ligados a los movimientos anarquistas y, a medida que las migraciones hacia el oeste se hacían más y más numerosas, esos movimientos esencialmente ácratas se establecían naturalmente en los Nuevos Territorios, antes,, por supuesto, de que el ejército de la Unión vencedora en la Guerra Civil fuera arrasando tierras, expoliando a naturales , colonos y mineros, siempre a las órdenes de los grandes propietarios. A los rebeldes de estas expoliaciones se les empezó a llamar oficialmente  bandidos, bandoleros a falta aún del descubrimiento del siguiente siglo: el terrorismo, ya saben. El señor Pynchon describe perfectamente con pinceladas impresionistas sin entrar en detalles someros las penurias de estos personajes rebeldes tanto en los EE.UU. como en el vecino México, tierra asimismo de importantes (y exterminados sin piedad) movimientos ácratas, como el de Ricardo Flores Magón, que llegó hasta el llamado Movimiento Zapatista de Liberación. Pero no quiero desviarme, hablaba de los delatores, de la función imprescindible que cumplen para la verdadera represión, la violencia y la muerte vienen después, porque nada puede la represión sin esos ojos, oídos, sin esas bocas que delatan a sus compañeros, amigos y parientes; ellos son el camino del pistolero, aquellos agentes de la Pinkerton que matan impunemente en las páginas de Pynchon, estos policías que detienen hoy, torturan hoy, matan hoy y que no son nada sin el soplo del confidente que a pesar de ser tan oscuro personaje cumple dos funciones igual de importantes, y que son la información primero y el miedo a hablar que se da en los círculos rebeldes o revolucionarios o simplemente en las gentes que sin estar contentas procuran parecerlo por temor a que el confidente los delate como no adictos.

Por eso todos los regímenes promueven la delación. Es mentira que “Roma no paga a los traidores”. Paga, y bien, según la necesidad o la extracción social del chivato.

¿Pero cómo es la personalidad del delator? ¿Por qué es capaz de delatar? Muchos autores han tratado a este personaje. El primero que se me viene a la mente es Conrad (El agente secreto (Barcelona, 1973), publicada por primera vez en 1909), que describe a un confidente, Mr. Verloc que no sólo delata a sus amigos sino que inmiscuye a su propia familia en sus tratos como espía causando la muerte de su cuñado Stevie. Verloc es un personaje familiar, de vida aparentemente normal pero tiene una vida oculta y aunque Conrad no se molesta en entrar profundamente en ella, queda clara su insensibilidad al daño que causa. Como en otras novelas en ésta hay una especie de justicia poética que, en realidad, no suele suceder en la vida. No normalmente.

Pynchon no juzga de ninguna manera directamente a sus delatores; ha de ser el lector, quien abrumado por lo que sucede juzgue –o no- sus actos; en el caso de Vineland la delatora paradigmática de la novela, Frenesí, cuya vida es lo suficientemente complicada como para confundir al lector- ¿Por qué? Seguramente porque la vida no es blanca y negra, sino que la yuxtaposición de todos los grises confunde y se confabula para que el juicio se nuble, incluso a pesar de saber el lector de la implacabilidad de los actos de Frenesí y sus consecuencias. Pero no sólo la personalidad de Frenesí es confusa; su mundo es confuso y, en realidad, campo abonado a los delatores.

Dice Pynchon:

La genialidad de Brock Vond residía en que había visto en las actividades de la izquierda de los sesenta no amenazas al orden, sino anhelos no reconocidos de ese mismo orden. Mientras la tele proclamaba la revolución juvenil contra padres de todo tipo y la mayoría de los espectadores aceptaba la historia, Brock veía en ello la profunda, incluso a veces, si se hubiera permitido el sentimiento, conmovedora necesidad de no dejar nunca de ser niños, sanos y salvos en el seno de una Familia nacional ampliada. Actuaba basándose en el presentimiento de que sería fácil transformar, y barato entrenar, a aquellos jóvenes rebeldes, que en realidad ya habían recorrido la mitad del camino. Simplemente habían estado escuchando la música inadecuada, respirando el humo inadecuado, admirando a personalidades inadecuadas. Necesitaban un poco de reacondicionamiento.

Cuando habla del valor moral de la tele presentando la superficialidad de un enfrentamiento generacional como el todo en vez de la parte,  me hace recordar aquella película tan bien construida como de intencionalidad sesgada y artera que fue Rebel Without a Cause (1955), tan clara en su labor didáctica para jóvenes inquietos (¿para qué pelear si no se llega a ninguna parte que no sea el infierno exterior?), tan clara, digo, que nos la pasaron en el internado donde cumplí prisión por orden paterna allá por los primeros sesenta; no sólo eso, sino que en 1990 la película fue preservada en el  Registro nacional de filmes de la Biblioteca del Congreso por ser “histórica y culturalmente significativa”,además Pynchon insiste:

El problema de vuestra generación –opinó Isaías-, sin ánimo de ofender, es que creíais en vuestra Revolución, que le consagrasteis vuestras vidas… pero luego no entendíais gran cosa de la tele. En el momento mismo en que la tele os enganchó se acabó lo que se daba, toda esa América alternativa, igual que los indios, lo vendisteis todo a vuestros verdaderos enemigos, y encima en dólares de 1970, demasiado barato…” (Las dos citas anteriores son de Vineland).

En estas condiciones de desorientación general la labor de los esbirros de los gobiernos fue la de 1º, mejorar los canales de distribución de drogas adictivas sin sacarlas de la ilegalidad por cuanto tienen de poder desestabilizador y 2º, buscar, encontrar y entrenar confidentes entre esos mismos jóvenes revolucionarios, cuyo primer pecado fue la ingenuidad, y es cierto que estas conclusiones pueden ser crueles –y lo son-, sin embargo en estos tiempos que corren volvemos a ver cómo los poderes toman de nuevo las (mismas) armas a la vista de una nueva e incipiente revuelta juvenil. Como es natural no puedo formar parte de ningún grupo juvenil, pero auguro desde aquí que están de sobra infiltrados: nada cambia en estas guerras. O en la Guerra, que siempre es la misma.

Y, aunque no venga muy a cuento con el asunto de los confidentes (pero en una charla uno se va si quiere por las ramas, ¿no?, no puedo privarme de transquibir aquí, de la misma Vineland el

BLUES DEL POLICÍA

Jódete, tío                                                                                                                                                             

Que se joda tu hermana,                                                                                                                         

que se joda tu hermano,                                                                                                                              

que se joda tu madre,                                                                                                                                             

que se joda tu tía,                                                                                                                                                

 ¡porque soy policía!

 

Que te jodas, currante,                                                                                                                                                    

que se joda tu perro,                                                                                                                                                      

que se joda tu hijo,                                                                                                                                                       

que se joda tu amante.                                                                                                                                           

No me pidas razones,                                                                                                                                               

soy el Hombre ¡cojones!

Quizá alguno, a la vista de este blues, se tire de cabeza a los libros del señor Pynchon.

No voy a hablar aquí de experiencias propias con respecto a los soplones, pero sí diré que las ofertas –siempre rodeadas de un montón de miel (“con un poco de azúcar en la píldora que os dan” me parece recordar que cantaba Julie Andrews en la película The Sound of Music (1965) cuya lamentable traducción en nuestro país (también lamentable) fue Sonrisas y Lágrimas), eran suficientes como para colmar la paciencia de cualquiera. O para que muchos (más de lo que se pueda imaginar) picaran. He de decir, además, que esos que picaron son hoy fáciles de reconocer, no hay más que mirar a la izquierda y ver a esos hombres y mujeres triunfantes de la vida, ufanos en su actual estatus social y aprovechando la menor ocasión para presumir de su pasado luchador, algunos con cargos en la Seguridad del Estado, en premio, supongo, a su buen hacer. Naturalmente, no lo haré, pero puedo dar nombres.

Cito a Pynchon en  Vicio propio:

-¿Has vuelto a tocar con ellos?

-En eso estoy. –Doc supo que le diría algo más-. Mira siempre he necesitado creer que no era un mierda, que yo le importaba a los demás. Cuando me llamaron de California Vigilante fue algo así como, eh, alguien ha estado observándome todo este tiempo, alguien que quiere algo de mí, algo que ni yo siquiera que tenía…

-Un don –le dijeron- para proyectarte en personalidades alternativas, infiltrarte, informar de lo visto.

-Un espía –tradujo Coy-, un soplón, una comadreja.

-Un actor muy bien pagado –respondieron-, y sin tener que aguantar a groupies ni a paparazzi ni a públicos que no se enteran de nada.

Y ya que estamos, lo vuelvo a convocar, y del mismo libro:

-Memeces, Crocker, lo que está en juego ahí es el valor de las propiedades.

-Lo que se juega aquí es que cada uno esté en su sitio. Nosotros… -hizo un gesto que abarcaba el Bar de Invitados y la perspectiva que se perdía en una sombra aparentemente sin  fondo-, nosotros estamos en nuestro sitio. Lo hemos estado siempre. Mire a su alrededor. Inmuebles, servidumbre de aguas, petróleo, mano de obra barata…, todo eso es nuestro, y siempre lo ha sido. Y usted, al final de la jornada, ¿qué es?: una unidad más en esa multitud de transeúntes que van y vienen sin parar en la soleada Southland, anhelando que lo sobornen con un coche de cierta marca, modelo y año, una rubia en bikini, treinta segundos encima de una ola, un perrito caliente con chile, por el amor de Dios. –se encogió de hombros-. Nunca nos quedaremos sin gente como ustedes. Su provisión es inagotable.

¿Cruel, verdad? Pues sí, pero cierto, Pynchon insiste siempre de una u otra forma en este asunto, lo dice en Contraluz (2006) como apunto en el artículo correspondiente (“Algo sobre Thomas Pynchon) y lo dice casi siempre de diversas maneras y ocasiones, y pienso que es éste el fondo verdadero de su obra: la erudición no sólo no está reñida con la Revolución, sino que sin ella, desde la ignorancia  y la falta de reflexión no habrá Revolución sino simples válvulas de escape de presión social para –una vez manejada a conveniencia- que nada cambie cambiando la apariencia, el envoltorio (Lampedusa dixit por la voz de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina en su novela Il Gattopardo (1958), mal traducida como El Gatopardo cuando debería decir El Serval, en fin, otra vez por las ramas).

A estos fin es sirve en primera instancia el delator, al que hemos de ver como un ser débil e inseguro que delatando se ve crecido en importancia social, a fin de cuentas una persona así –no clara sino normalmente sumamente complicada- termina creyendo lo que necesita creer y, a medida que pasen los años, estará seguro de que hizo moralmente bien llevando a sus amigos, compañeros, familiares a la cárcel, exilio, pobreza, muerte mientras aquellos que en verdad poseen duermen tranquilos sabiendo que la ponzoña está suficientemente administrada en los otros, los que no poseen, los esclavos.

 

 

 

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AFRODITA: UN POEMA

Después de una larga antipatía (bilateral) con mi ordenador y a consiguiente agrafia, una circunstancia excepcional (la estancia de mi hija en casa y su décimo sexto aniversario) me hace retomar el blog y apuntar este poema, no sé si bueno (sí sé, pero más vale que me calle), pero sí muy querido por mí; pero además, otra circunstancia me ha puesto sobre el teclado: los últimos apuntes de Mera (“Desde un faro”) con tanto acierto como justo cabreo, apuntes que me han hecho sentirme como un vago impenitente, así que aquí, de nuevo y, aunque el cabreo de Mera se suma a mi propio cabreo, no voy a daros hoy sino un poema, y un poema de amor, o más bien a la atracción del Amor. A su belleza enigmática.
Es verdad que nos rodean los imbéciles, cretinos codiciosos, estultos de grandes bocas delanteras por donde salen memeces sin cuento y enormes culos traseros por donde entra de todo, pero hoy no tengo ganas de hablar de ellos, ni de que me quiten un segundo de este día en que mi hija cumple sus diez y seis años, y graba así de bien el recitado del poema que escribo más abajo

ELLE DANS L’ECUME

“Toda mujer quisiera
en una noche encapotada y fiera
estarse a solas abrazando al mar.”

Eduardo Marquina.

A ella no le gustan las aves,
Ella todas las aves ausenta:
Cormoranes, abubillas,
Garzas, pardelas, tarabillas, cernícalos suspensos,
Rapidísimos halcones, gerifaltes, malvasías,
Oropéndolas y porrones osculados.
Incluso las águilas calzadas o la grulla
Damisela ignora.

Ella tiene puertas y ventanas;
Las abre o las cierra desde dentro
Con un código sencillo o complicado
Cuya clave las aves desconocen,
Cuya clave es un misterio para los seres que viven
De vivir. O del aire.

Ella es un tesoro en un tesoro
Escondido, oculto entre pliegues de miradas
Oferentes y barreras infranqueables.
Nace de la espuma de remotos mares
Y en ella se oculta con labios que llaman
Rechazando.

En ella son océanos los ojos y en ello
Los seres del aire caen, creyendo que el Azul es azul,
Y siendo abismo oscuro
Lo que era luz ayer es hoy desasosiego.
Y es que puede amar, mas cuando ama
Se oculta.

Mira pasar más allá de los cristales
Los seres que viven en el aire. Los mira, y
Puede que llame a alguno, como al acaso,
Y lo incendia en los ojos por detrás de sus ventanas,
Y ella lo ve, y a veces tiembla de placer como
Tiemblan los papiros en la leve brisa de la aurora.

Quizá ahora (radiante) extienda las dos manos
Entreabriendo la dúctil ventana, aspire el humo
Del ser en llamas que sólo quiere el tacto,
El roce, la caricia con que seguir ardiendo
Y morir. Y el juego cambia; y Ella se recoge;
Y cierra la ventana. Y sucede el frío oscuro, no la muerte

Anhelada, no los labios, no la Palabra: Frío
Del abismo mudo, la vida
Suspensa en los ojos sin remedio,
La cruel incertidumbre que el aire
Dosifica, tan avara, que el ser del cielo,
Ya fuere chova o collalba a veces vislumbrada,
Boquea e intenta remontar un vuelo
Que no es vuelo, sino un ser por la nada. Malherido.

Le gusta el mar, ama
Descubierta el mar. Sueña que el mar
Entra en su lecho aparente y, solícito,
La roba y la retorna
Al verdadero, a la venera entre radiantes
Espumas, olas doradas que de sus cabellos parten
A las orillas albas, los días prometidos,
Silentes ocasos, atónita calma.

Azures horizontes,
Glaucos espacios fronteras imprecisas
Que no reconoce más allá
De sí misma, la palidez de la piel, los ojos
Que beben toda la luz con un deleite
Que sólo ella reconoce y dosifica.

Cintilan los ojos cuando brilla
El mar, cuando en ellos reverberan estrellas
Y planetas en la prístina noche.
Mas apresa la luz: no la devuelve,
No devuelve estrellas y planetas
Sino que los hace arcanos sólo por ella compartidos.

Besa el mar con temblores que recuerdan
Primeras entregas, ignorando acaso
Que es furia masculina la amenazante espuma
Que envuelve y ciega,
Que la aturde, porque el mar sólo es abismo
Y muerte. Y vida renovada.

Besa el mar, sí, y en cianóticos labios
Se disuelve ya olvidando el nombre
Con que los lejanos
Seres que viven en el aire sueñan
Cada noche: Recoge en el cabello
La última arena. La sal.

Y ya no es Ella, es Afrodita
Naciendo y muriendo cada instante
Para los seres del aire, para los evos que destilan
Por sus ojos, por las manos que acarician
Reclamando:
Por el cuerpo de seda. Por Tu cuerpo de seda.

Renace el sol por la Punta de la Media Naranja;
Tomo café: las nueve de esta mañana en que
Alfred Schulz dirige a la Sinfónica
De Leningrado: “Mi Patria”, Smetana (Vysehrrad,
Moldavia, Sarka, Blanik), recorre mis venas
Y mi memoria hasta la lágrima. La certeza:
No hay más patria que la que se elige; no hay más dioses
Que los que miro con la punta de los dedos.

Portada ARCANO TRECE. CUENTOS CRUELES

Pilar Pedraza

Valdemar, 2000

¿Por qué leer este libro?

 

arcano trece

Pilar Pedraza es, creo el único ejemplar de feminismo sadista de que disponemos en España, una autora  muy poco conocida a pesar de poseer un estilo sutilísimo y perturbador, o quizá por eso, nunca se sabe.

No hay nada que sobre en esta colección de relatos, ni un término que sirva de relleno o de redundancia de manera que su lectura va inoculándose, o instilándose como un tósigo lentamente, casi sin que se note, para sumirnos en un mundo en el que nada sobrevive sin dolor, o sin pesar, o sin ambos: ¿Melancolía de la crueldad? Seguramente. Y también de la Muerte, cosa que ya indica su título: El arcano XIII del Tarot es la Muerte.

Esas veladas y no tan veladas referencias a Bataille, quizá a Las lágrimas de Eros, a la tortura placentera e inevitable que recuerdan a la británica Angela Carter en su El doctor Hoffmann y las infernales máquinas del deseo, o a Los pájaros de Camilla Paglia, novela que fue llevada al cine por Hitchcock en una versión que no llegó a plasmar el trasfondo sexual del terror y que tal vez por eso a mí no me satisfizo del todo.

No voy a enumerar aquí el listado de obras de Pedraza, ni su lugar de nacimiento ni su expediente académico hasta llegar al doctorado en Historia, curiosidades fácilmente salvables, pero sí citaré su traducción de Hypnerotomachia Poliphili que ella retitula como El sueño de Polífilo, bellísimo y misterioso texto de culto que ya nos hace entrever su peculiar y exquisito gusto literario, siendo asimismo Pedraza escritora de culto de la que citaré también su ensayo Máquinas de amar. El secreto del cuerpo artificial (Valdemar, 1998) título también inquietante (y recomendable) que se referirá a esas mujeres artificiales, autómatas, etc. partiendo del mito de Pigmalión.

Para terminar diré que esta noche pasada me dormí pensando en cómo escribir esta crítica que no es crítica sino impresión y soñé uno de los relatos de Arcano trece: Artículos de piel. Lo soñé literalmente, lo único diferente fue que en vez de ella era yo, o yo era ella, quién sabe, los sueños cabalgan desatados por nuestras sinapsis.

Me desperté bañado en sudor.

Pero ya estaba muerto.

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