¿ALGO DE SEXO?

¿ALGO DE SEXO?

-¿Un anecdotario quizá?-¿Qué pasa? ¿Nos va a contar ahora sus proezas sexuales, nos va a rayar con su fantasía desbordante? -No, no. Ya me libraré yo muy mucho de contar mi vida: me refiero a pergeñar algún pequeño florilegio de sexo literario, así, a vuela pluma (a vuela dedos, más bien: y me refiero a los dedos sobre el teclado, que todo lo mira usted por el lado libidinoso).

He de decir, para empezar, que carezco de todo pudor en cuanto al sexo se refiere; tampoco tengo el más mínimo pudor para expresar mis deseos ni para aceptar los de mi pareja eventual o más o menos fija. Lo mismo me pasa con la política. Me da mucho pudor, sin embargo: a) aparcar en doble fila, b) abrir los bolsos de las señoras y, por extensión, sus cajones, teléfonos, ordenadores, c) preguntar cosas a las personas que conozco (¿En qué trabajas? ¿Dónde vives?… y c) escuchar conversaciones ajenas. También me molesta enormemente que me hagan preguntas: (¿Eres vasco? Se te nota por el acento. Ésta es de una estupidez tan solemne que casi me da risa: normalmente contesto que de Huércal Overa, Murcia o de Nueva Caledonia. Por el acento.

En fin, a lo que iba. Tuve hace mucho tiempo un amigo erotómano, me decía:

-Emilio, tío, ¿me acompañas a la sección de lencería de ***? Me da corte ir solo. Le acompañaba: aunque a primera vista parezca un tipo duro, tengo buen corazón y no abandono a un amigo. Íbamos pues a tal o cual paraíso ensoñado por mi amigo y compañero (2º de Náutica. Portugalete), el cual miraba bragas y sujetadores arrobado, incluso hurtaba una u otra prenda más apetecible para la avellana de su cerebro. A veces le pillaba un vigilante, pero él contestaba muy serio con su acento sudafricano (nació allí: los de Bilbao nacen donde les da la gana)

-I wasn’t stealing it, you now? They’re not for me…tough they feel better than my underpants..

Y se quedaba tan pancho.

Yo le decía al vigilante con mi mejor sonrisa que no sabía castellano, que era un alma simple pero inofensiva: miraba la cosa (cosa, decía) y luego la volvía a su sitio.Pero otras veces, se iba al baño y volvía a la de un ratito con una sonrisa feliz y me decía:

-Llevo puestas las rosas: son de mi talla.–

¿Te la has cascado? Le decía yo.

-Claro, tío. Lo normal, no?

Un genio, mi amigo. Lo que pasa es que nunca se hizo famoso, pero el capitán Richard Burton, sí, el capitán Burton1821-1890) fue muy famoso, y no sólo como militar, diplomático, agente secreto de su Majestad británica, escritor, lingüista (29 idiomas, manejaba con soltura) y más hábil que Sherlock Holmes en el arte del disfraz. A él debemos la traducción de Las mil y una noches, del Kamasutra y del Ananga Ranga.

Un gran viajero, eso sí, y experto consumidor de drogas, Hachís y opio, preferentemente. Y encima se hizo sufí. Pero además ha sido uno de los erotómanos más conspicuos de la historia: su colección de pornografía y costumbres sexuales era enorme y erudita, lástima que su mujer -una beata lamentable y celosa- dio al fuego todo lo que pudo pillar de sus escritos y notas: poco se salvó. Pero nos quedan traducciones gloriosas como la de los Priapeos (poemas latinos a Príapo), o Il Pentamerone de Giovanni Batista Basile, alumno de Bocaccio y mucho más atrevido que él, aparte de las ya citadas. La verdad es que su vida debido ser apasionante. La tenéis publicada en España por Siruela en 1992. Supongo que habrá reediciones.

En el libro de Gavin Menzies (en el que se muestra la hipótesis de que fueron los chinos quienes descubrieron América y cartografiaron sus costas antes de que a los llamados ‘descubridores’ ni siquiera se les hubiera ocurrido (pero ésa será otra historia), en el libro, digo, 1421, el año en que China descubrió el mundo (2002; tradcc. esp.: Grijalbo, 2003) podemos leer (94) cosas como ésta:

Las concubinas y sus invitados podían disponer de ayudas sexuales y afrodisíacos. El afrodisíaco más popular estaba formado por un par de lagartos tojos, capturados mientras copulaban, a los que se sumergía en una jarra de vino. Luego se dejaba reposar en vino durante un año antes de venderlo. Estaban también “los genitales de un animal lascivo, el castor, de los que se obtenía una droga con la que se untaba el pene”, y resulta muy popular la “poción del pollo calvo”. El nombre de esta última se derivaba de un prefecto de Shu, que empezó a tomar el elixir a los setenta años. Su esposa quedó tan exhausta  de su posterior virilidad que “no podía ni sentarse ni acostarse”, e insistió hasta que su marido tiró la poción. Entonces un gallo joven la ingirió, saltó sobre una gallina y “siguió copulando varios días sin interrupción, picoteando la cabeza de la gallina hasta que la dejó completamente calva.

Más adelante…:

los chinos se sientan enormemente intrigados por las exóticas mujeres de Malaca: “La capacidad mental de las esposas excede con mucho a la de sus maridos. En el caso de que una de las esposas tenga una relación muy íntima con uno de nuestros compatriotas, y esta le permita celebrar fiestas e ir de jarana con ella, su marido parece estar tranquilo y no se enfada, sino que sencillamente observa: “Mi esposa es hermosa, y el chino está encantado con ella””. Los hombres de Malaca dedicaban una cantidad de tiempo considerable a dar placer a sus mujeres. Les ayudaban en ello unas cuenta de cristal de fabricación china que todavía se practica hoy en algunas partes del sudeste asiático.

(Cuando un hombre ha llegado a su vigésimo año, coge la piel que rodea el pene, y con un fino cuchillo en forma de cebolla la abre e inserta una docena de pequeñas cuentas bajo la piel  (…) Una vez insertadas, cuando andan se produce un tintineo que se considera hermoso…)

(…) Dei Conti (Niccolo dei Conti, 1395-1469. cartógrafo) describe cómo los orgasmos de las mujeres se veían potenciados por las cuentas insertadas en los penes de los muchachos…

Sobre los placeres sexuales chinos (y demás placeres adjuntos: comidas y bebidas) hay mucha literatura, pero a mí me gusta especialmente uno que brilla con luz propia en mi biblioteca: El de Jin Ping Mei, traducido (no muy afortunadamente, según mi parecer) como El erudito de las carcajadas (Atalanta, 2011), un libro muy divertido y preciosamente ilustrado.

-Maldita esclava, tu papi está deseando acostarse contigo en el fondo de su corazón.

-y dejó al descubierto su miembro para que Li Ping’er lo viera.

Asustadísima ella exclamó:

-Ah ¿Qué has hecho para que esté tan grande?

Tomé la poción del monje bárbaro:

-Si no te acuestas conmigo, me voy a morir de excitación…

El primer libro porno o erótico o como se quiera llamar que leí fue el de Georges Bataille, Histoire de l’oeil (aparecido en1928 en edición clandestina firmada bajo seudónimo (Lord Auch) con litografías de André Masson) y lo hice en mi francés incipiente y trabajoso (lo que no entendía con claridad lo ponía yo gustosamente) cuando era un tierno adolescente interno allá, en el bonito valle del Baztán. Más tarde tuve una edición parisina de Ruedo ibérico que algún bastardo hijo de un hurón y una camella me robó impunemente y que nunca he podido volver a adquirir. Como la historia la llevaban unos adolescentes (y me identificaba con ellos) -ella, Simone- sobre todo- de una manera en extremo perversa, ya podéis imaginar cómo pasaba yo mis ratos libres. Cuando vi en París la película de Nagisa Òsima, L’empire de sens, cuando Toku “pone un huevo” recordé ardientemente la escena en que Simone “ponía” el suyo. Qué tiempos.

Me aficioné a Bataille; leí Bleu du ciel , L’impossible, Ma mère …y de él pasé a Apollinaire, a Les Onze Mille Verges ou les Amours d’un hospodar, “Las once mil vergas” en la edición española, también publicada en forma clandestina en 1906. Estaba lanzado, vaya y gracias a estas novelas tan -digamos- fricativas, fui aprendiendo algo de francés, para que luego digan que el impulso sexual no sirve para gran cosa.

En fin, no voy a enumerar aquí la cantidad enorme de literatura erótica que he devorado desde Apuleyo y Catulo hasta aquí, porque tardaría unos cuarenta años en terminar el articulo, Tampoco diré cómo he aplicado sus enseñanzas: sólo un par de curiosidades que quizá no sean muy conocidas para la mayor parte de vosotras, oh pacientes lectoras y lectores.

Una sería el caso del escritor E.T.A. Hoffman (1776-1822), que quitó el Wilhelm de su nombre y lo sustituyó por Amadeus (Ernst Teodor Amadeus) porque admiraba a Mozart, y que llamaba a su padrastro (un déspota): “Dios mío”. Le conocemos por sus cuentos fantásticos (Offenbach compuso en él inspirado su ópera Los cuentos de Hoffman, su relato inquietante El hombre de arena que también utilizó Leo Delibes en su ballet Copelia, y (me arriesgo a decir) La banda de Thrash Metal Metallica (Enter Sandman), su famoso personaje, el ‘Kapellmeister’ Johannes Kreisler que inspiró a Schumann y a Wagner, Los autómatas, Vampirismo aparte de una copiosa producción musical, pues también fue músico. Y no malo.

Pero lo que ya no es tan notorio es que también escribió una novela erótica o porno, una de monjas, que ponía mucho en la época, Sor Mónica, Schwester Monika (erzäet und erfahrt) en el original (1815), en el que escribió cositas como ésta:

Con sumo cuidado levanté sus pequeños piececitos y observé entre las graciosas nalgas, la más bella mariposa alada (Lithosia rosea) que nunca haya visto mi voluptuosa fantasía.

Una novela muy digna de leer, dicho sea de paso.

Y como muestra de rarezas citaré aquí la curiosísima y excitante (y muy fuera de lo que hoy llamamos lo políticamente correcto) novela Josephine Mutzen-Bacher, Oder Junggendgeschichte einer Wienerischen Dirne, novela publicada en forma anónima en 1902.

Todo el mundo conoce a Félix Salten (1869.1945), el simpático creador de la archifamosa novela Bambi, una vida en el bosque (1923) y El sabueso de Florencia (1923), novelas ambas que inspiraron a la factoría Disney, las películas Bambi (1942) y The Saggy dog (2006).

Bueno, pues fue Salten quien escribió Josephine Mutzen-Baker, cuya protagonista comienza su aventura sexual a la edad de ¡siete años! novela de la cual no pienso extraer nada, no porque me de apuro hacerlo -que ni el más mínimo- sino que, tal y como está el patio, a lo mejor me encuentro con una denuncia por apología de la pederastia o algo así sin que nadie tenga en cuenta de que yo no soy el autor del texto, pero sí os diré que en la novela de Salten se inspiró la fundación del famoso Club Horack, en honor al cervecero Horack, personaje de la novela que tenía “una máquina de gran tamaño y delgadez”, de manera que sólo se admitían miembros que hicieran honor a esta cualidad.

Es -advierto- un libro muy difícil de conseguir, al menos a mí me costó un montón de tiempo encontrarlo en la única edición española que conozco, La de Jesús Díez. Barcelona, 1979 y que es un compendio de la editada en París en 1931.

Dos cositas más para terminar. Primero un relato de Frederic Brown (1906-1972): La flauta mágica, que trata de un matrimonio en segunda luna de miel en Calcuta, él, George (50 años) y ella, Elsa, (40); Elsa está decepcionada porque su marido no parece interesado en el el sexo, no al menos en el de ella y el viaje estaba siendo, por decirlo de una manera expresiva, harto seco…

Entonces llegaron a Calcuta. Llegaron apenas pasado mediodía. Después de refrescarse rápidamente en el hotel, decidieron salir a recorrer la ciudad, a fin de ver lo más que pudieran en las veinticuatro horas que pensaban pasar en ella. Y así llegaron al mercado. Y allí vieron a un fakir que realizaba el encantamiento de la cuerda. No la versión espectacular y complicada , en la que un chico trepa por la cuerda y… ¡Ustedes conocen tan bien como yo en qué consiste el gran truco del encantamiento de la cuerda! La que vieron fue la versión simplificada. El fakir, sentado ante un trozo de cuerda arrollado a sus pies, tocaba en su flauta unos compases sencillos que repetía constantemente y, a medida que tocaba, la cuerda se elevaba , rígida. Y esto sugirió a Elsa una idea maravillosa, de la que nada dijo, sin embargo a George. Volvió con él a hotel y, terminada la comida, esperó a que como todas las noches, subiera a acostarse a las nueve. (…)Gracias al intérprete consiguió comprar la flauta de fakir y aprender el secreto de la melodía que, repetida sin cesar, hacía erguir la cuerda. Volvió entonces al hotel. Subió a la habitación conyugal. George dormía como un lirón, según su costumbre. Sentándose cerca del lecho, Elsa comenzó a ejecutar la breve melodía, que reiniciaba una y otra vez… Y a medida que los compases iban repitiéndose, la sábana que cubría a su marido iba levantándose como empujada desde abajo. Cuando la sábana alcanzó una altura que le pareció suficiente, Elsa dejó la flauta y, con un grito de alegría, descubrió el cuerpo de su marido… Y entonces vio, perfectamente erguido, el cinturón del pijama de George.

¿A que mola?

Bueno, y la segunda cosita…

Todo el mundo sabe cómo acabó la tormentosa pasión entre Rimbaud y Verlaine: Este último le disparó dos tiros en la última discusión, uno le alcanzó a Rimbaud en un brazo y el otro falló, pero no es de los amantes de lo que quiero hablar pues otros lo hacen mejor que yo, sino de un solo soneto que viene aquí al pelo en este pequeño florilegio de sexo y literatura.

El soneto que sigue lo escribieron los dos amantes cuando la cosa era divertida y apasionada, cuando recorrían tabernas portuarias en Londres bebiendo desaforadamente. Es el soneto L’idole. Sonnet du trou du cul:

Obscur et froncé comme un œillet violet
Il respire, humblement tapi parmi la mousse
Humide encor d’amour qui suit la fuite douce
Des Fesses blanches jusqu’au cœur de son ourlet.

Des filaments pareils à des larmes de lait
Ont pleuré, sous le vent cruel qui les repousse,
À travers de petits caillots de marne rousse
Pour s’aller perdre où la pente les appelait.

Mon Rêve s’aboucha souvent à sa ventouse;
Mon âme, du coït matériel jalouse,
En fit son larmier fauve et son nid de sanglots.

C’est l’olive pâmée, et la flûte caline;
C’est le tube où descend la céleste praline:
Chanaan féminin dans les moiteurs enclos!

 

En realidad, este poema, escrito por Rimbaud y Verlaine, es intraducible, dada la cantidad de juegos de palabras, referencias de sentido ambiguo o múltiple, palabras con significado doble (culto-popular) y hasta bromas internas que contiene. ésta es una versión más o menos literal, sólo para hacerse una idea, pero el texto español casi no tiene nada que ver con el francés. Para ejemplo basta decir que “œillet” significa tanto “clavel” como “ojete”, por lo que “œillet violet” podría traducirse como “clavel violeta” o como “ojete amoratado”, entre otras posibilidades.

 

El ídolo (soneto del agujero del culo)

Oscuro y fruncido como un clavel violeta,
respira, abrigado entre el musgo humildemente,
húmedo aun del amor que fluye lentamente
por sus blancas nalgas hasta su borde orlado.

Filamentos como lágrimas de leche
lloraron, bajo el viento cruel que los rechaza,
cruzando pequeños coágulos de lodo rosa
hacia donde la vertiente los llama a perderse.

Mi boca a menudo se ha unido a su ventosa;
mi alma, el coito material anhela:
allí cava su lagrimal y de sus llantos morada.

Es el olivo desmayado, y la flauta mimosa;
es el tubo en que descienden celestes golosinas :
¡Canaán femenina entre humedades cercada!

 

LOS CONFIDENTES: UNA NUEVA LECTURA DE THOMAS PYNCHON

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De niño acompañé a mi padre a uno de esos viajes que hacía vendiendo un producto que él y su socio -también químico- fabricaban y que creo que servía para estabilizar el caucho de las suelas de entonces; aquel día íbamos a la fábrica de las Chiruca, que por aquel entonces comenzaban su andadura. De aquel viaje no recuerdo nada excepto la lección del día -el viejo era de carácter profesoral y algo pelma- que trató de la existencia para mí inusitada de los confidentes.

“En el último lugar de la escala que mide a los humanos, bajo los jueces del TOP, los sicarios, la policía, la Guardia Civil, incluso el mismísimo Franco están los confidentes -me dijo-.Nada hay peor en el mundo que un chivato, delator, confidente; sé lo que quieras, cualquier cosa menos cura, falangista y lo que es peor, chivato. Aunque te inflen a hostias, nunca delates a nadie”. Y en eso estamos. Claro que entonces ya sabía lo que era ser el chivato de la clase -algo despreciable-, pero no tenía ni idea de que la cosa pudiera llegar tan lejos ni ser tan importante. Años después llegó a mi poder una copia del documento en el que Camilo José Cela (ese tipo lamentable tan justamente olvidado) se ofrecía (en el II año triunfal: plena Guerra Civil) para delatar rojos, casi todos intelectuales y amigos suyos sabiendo que iban a una muerte cierta. Entonces recordé la lección magistral del viejo en aquel coche Seat 1500, aunque ya para entonces sabía que vivíamos rodeados de soplones, chivatos hijos de puta y que había que andar con mucho cuidado.

Viene esta entradilla a cuento de mis relecturas sobre Pynchon, sobre todo la que dejé para último lugar por ser la primera que leí en su momento y que tanto me impresionó: Vineland (Barcelona, 1992), y también la que leo actualmente que es la última que se ha publicado aquí, en este lugar que llaman España: Inherent Vice, Vicio Propio (Barcelona, 2011).

En ambas novelas hay un ruido de fondo del tipo que plasma Don DeLillo en su novela White noise, que se tradujo en la edición española (Barcelona, 1994) así: Ruido de fondo, y ese ruido (que uno tarda en localizar) es el mundo oculto, miserable de los delatores, los peones de la dura represión que se dio en los EE.UU a partir del mandato de NIxon, ese canalla, “el malvado, el genocida” como le definió Neruda en su Incitación al nixonicio y alabanza de la revolución chilena (1972, 1973) y que ha marcado ¿para siempre? el destino de ese país y el de sus satélites. Algunos -los más jóvenes quizá- os preguntaréis “pero hubo alguna vez una revolución en los EE.UU?”

He de decir que mucho antes de los años en que esta novela se sitúa (siglo XX; años ’60 y ’70), una centuria antes más o menos los grandes propietarios ya habían comenzado a eliminar toda ilusión de libertad y bienestar para todos que marcó los inicios de esta nación, como el mismo Pynchon refleja en sus obras (Maxon y Dixon (Barcelona, 2000), Contraluz (Barcelona, 2010)) la herencia de Walt Whitman (“hermano necesario, / viejo Walt Whitman de la mano gris” : Neruda, op. Cit.) no fue baladí, todo lo contrario, en las nuevas ciudades las organizaciones proletarias surgían por doquier, sobre todo ligados a los movimientos anarquistas y, a medida que las migraciones hacia el oeste se hacían más y más numerosas, esos movimientos esencialmente ácratas se establecían naturalmente en los Nuevos Territorios, antes,, por supuesto, de que el ejército de la Unión vencedora en la Guerra Civil fuera arrasando tierras, expoliando a naturales , colonos y mineros, siempre a las órdenes de los grandes propietarios. A los rebeldes de estas expoliaciones se les empezó a llamar oficialmente  bandidos, bandoleros a falta aún del descubrimiento del siguiente siglo: el terrorismo, ya saben. El señor Pynchon describe perfectamente con pinceladas impresionistas sin entrar en detalles someros las penurias de estos personajes rebeldes tanto en los EE.UU. como en el vecino México, tierra asimismo de importantes (y exterminados sin piedad) movimientos ácratas, como el de Ricardo Flores Magón, que llegó hasta el llamado Movimiento Zapatista de Liberación. Pero no quiero desviarme, hablaba de los delatores, de la función imprescindible que cumplen para la verdadera represión, la violencia y la muerte vienen después, porque nada puede la represión sin esos ojos, oídos, sin esas bocas que delatan a sus compañeros, amigos y parientes; ellos son el camino del pistolero, aquellos agentes de la Pinkerton que matan impunemente en las páginas de Pynchon, estos policías que detienen hoy, torturan hoy, matan hoy y que no son nada sin el soplo del confidente que a pesar de ser tan oscuro personaje cumple dos funciones igual de importantes, y que son la información primero y el miedo a hablar que se da en los círculos rebeldes o revolucionarios o simplemente en las gentes que sin estar contentas procuran parecerlo por temor a que el confidente los delate como no adictos.

Por eso todos los regímenes promueven la delación. Es mentira que “Roma no paga a los traidores”. Paga, y bien, según la necesidad o la extracción social del chivato.

¿Pero cómo es la personalidad del delator? ¿Por qué es capaz de delatar? Muchos autores han tratado a este personaje. El primero que se me viene a la mente es Conrad (El agente secreto (Barcelona, 1973), publicada por primera vez en 1909), que describe a un confidente, Mr. Verloc que no sólo delata a sus amigos sino que inmiscuye a su propia familia en sus tratos como espía causando la muerte de su cuñado Stevie. Verloc es un personaje familiar, de vida aparentemente normal pero tiene una vida oculta y aunque Conrad no se molesta en entrar profundamente en ella, queda clara su insensibilidad al daño que causa. Como en otras novelas en ésta hay una especie de justicia poética que, en realidad, no suele suceder en la vida. No normalmente.

Pynchon no juzga de ninguna manera directamente a sus delatores; ha de ser el lector, quien abrumado por lo que sucede juzgue –o no- sus actos; en el caso de Vineland la delatora paradigmática de la novela, Frenesí, cuya vida es lo suficientemente complicada como para confundir al lector- ¿Por qué? Seguramente porque la vida no es blanca y negra, sino que la yuxtaposición de todos los grises confunde y se confabula para que el juicio se nuble, incluso a pesar de saber el lector de la implacabilidad de los actos de Frenesí y sus consecuencias. Pero no sólo la personalidad de Frenesí es confusa; su mundo es confuso y, en realidad, campo abonado a los delatores.

Dice Pynchon:

La genialidad de Brock Vond residía en que había visto en las actividades de la izquierda de los sesenta no amenazas al orden, sino anhelos no reconocidos de ese mismo orden. Mientras la tele proclamaba la revolución juvenil contra padres de todo tipo y la mayoría de los espectadores aceptaba la historia, Brock veía en ello la profunda, incluso a veces, si se hubiera permitido el sentimiento, conmovedora necesidad de no dejar nunca de ser niños, sanos y salvos en el seno de una Familia nacional ampliada. Actuaba basándose en el presentimiento de que sería fácil transformar, y barato entrenar, a aquellos jóvenes rebeldes, que en realidad ya habían recorrido la mitad del camino. Simplemente habían estado escuchando la música inadecuada, respirando el humo inadecuado, admirando a personalidades inadecuadas. Necesitaban un poco de reacondicionamiento.

Cuando habla del valor moral de la tele presentando la superficialidad de un enfrentamiento generacional como el todo en vez de la parte,  me hace recordar aquella película tan bien construida como de intencionalidad sesgada y artera que fue Rebel Without a Cause (1955), tan clara en su labor didáctica para jóvenes inquietos (¿para qué pelear si no se llega a ninguna parte que no sea el infierno exterior?), tan clara, digo, que nos la pasaron en el internado donde cumplí prisión por orden paterna allá por los primeros sesenta; no sólo eso, sino que en 1990 la película fue preservada en el  Registro nacional de filmes de la Biblioteca del Congreso por ser “histórica y culturalmente significativa”,además Pynchon insiste:

El problema de vuestra generación –opinó Isaías-, sin ánimo de ofender, es que creíais en vuestra Revolución, que le consagrasteis vuestras vidas… pero luego no entendíais gran cosa de la tele. En el momento mismo en que la tele os enganchó se acabó lo que se daba, toda esa América alternativa, igual que los indios, lo vendisteis todo a vuestros verdaderos enemigos, y encima en dólares de 1970, demasiado barato…” (Las dos citas anteriores son de Vineland).

En estas condiciones de desorientación general la labor de los esbirros de los gobiernos fue la de 1º, mejorar los canales de distribución de drogas adictivas sin sacarlas de la ilegalidad por cuanto tienen de poder desestabilizador y 2º, buscar, encontrar y entrenar confidentes entre esos mismos jóvenes revolucionarios, cuyo primer pecado fue la ingenuidad, y es cierto que estas conclusiones pueden ser crueles –y lo son-, sin embargo en estos tiempos que corren volvemos a ver cómo los poderes toman de nuevo las (mismas) armas a la vista de una nueva e incipiente revuelta juvenil. Como es natural no puedo formar parte de ningún grupo juvenil, pero auguro desde aquí que están de sobra infiltrados: nada cambia en estas guerras. O en la Guerra, que siempre es la misma.

Y, aunque no venga muy a cuento con el asunto de los confidentes (pero en una charla uno se va si quiere por las ramas, ¿no?, no puedo privarme de transquibir aquí, de la misma Vineland el

BLUES DEL POLICÍA

Jódete, tío                                                                                                                                                             

Que se joda tu hermana,                                                                                                                         

que se joda tu hermano,                                                                                                                              

que se joda tu madre,                                                                                                                                             

que se joda tu tía,                                                                                                                                                

 ¡porque soy policía!

 

Que te jodas, currante,                                                                                                                                                    

que se joda tu perro,                                                                                                                                                      

que se joda tu hijo,                                                                                                                                                       

que se joda tu amante.                                                                                                                                           

No me pidas razones,                                                                                                                                               

soy el Hombre ¡cojones!

Quizá alguno, a la vista de este blues, se tire de cabeza a los libros del señor Pynchon.

No voy a hablar aquí de experiencias propias con respecto a los soplones, pero sí diré que las ofertas –siempre rodeadas de un montón de miel (“con un poco de azúcar en la píldora que os dan” me parece recordar que cantaba Julie Andrews en la película The Sound of Music (1965) cuya lamentable traducción en nuestro país (también lamentable) fue Sonrisas y Lágrimas), eran suficientes como para colmar la paciencia de cualquiera. O para que muchos (más de lo que se pueda imaginar) picaran. He de decir, además, que esos que picaron son hoy fáciles de reconocer, no hay más que mirar a la izquierda y ver a esos hombres y mujeres triunfantes de la vida, ufanos en su actual estatus social y aprovechando la menor ocasión para presumir de su pasado luchador, algunos con cargos en la Seguridad del Estado, en premio, supongo, a su buen hacer. Naturalmente, no lo haré, pero puedo dar nombres.

Cito a Pynchon en  Vicio propio:

-¿Has vuelto a tocar con ellos?

-En eso estoy. –Doc supo que le diría algo más-. Mira siempre he necesitado creer que no era un mierda, que yo le importaba a los demás. Cuando me llamaron de California Vigilante fue algo así como, eh, alguien ha estado observándome todo este tiempo, alguien que quiere algo de mí, algo que ni yo siquiera que tenía…

-Un don –le dijeron- para proyectarte en personalidades alternativas, infiltrarte, informar de lo visto.

-Un espía –tradujo Coy-, un soplón, una comadreja.

-Un actor muy bien pagado –respondieron-, y sin tener que aguantar a groupies ni a paparazzi ni a públicos que no se enteran de nada.

Y ya que estamos, lo vuelvo a convocar, y del mismo libro:

-Memeces, Crocker, lo que está en juego ahí es el valor de las propiedades.

-Lo que se juega aquí es que cada uno esté en su sitio. Nosotros… -hizo un gesto que abarcaba el Bar de Invitados y la perspectiva que se perdía en una sombra aparentemente sin  fondo-, nosotros estamos en nuestro sitio. Lo hemos estado siempre. Mire a su alrededor. Inmuebles, servidumbre de aguas, petróleo, mano de obra barata…, todo eso es nuestro, y siempre lo ha sido. Y usted, al final de la jornada, ¿qué es?: una unidad más en esa multitud de transeúntes que van y vienen sin parar en la soleada Southland, anhelando que lo sobornen con un coche de cierta marca, modelo y año, una rubia en bikini, treinta segundos encima de una ola, un perrito caliente con chile, por el amor de Dios. –se encogió de hombros-. Nunca nos quedaremos sin gente como ustedes. Su provisión es inagotable.

¿Cruel, verdad? Pues sí, pero cierto, Pynchon insiste siempre de una u otra forma en este asunto, lo dice en Contraluz (2006) como apunto en el artículo correspondiente (“Algo sobre Thomas Pynchon) y lo dice casi siempre de diversas maneras y ocasiones, y pienso que es éste el fondo verdadero de su obra: la erudición no sólo no está reñida con la Revolución, sino que sin ella, desde la ignorancia  y la falta de reflexión no habrá Revolución sino simples válvulas de escape de presión social para –una vez manejada a conveniencia- que nada cambie cambiando la apariencia, el envoltorio (Lampedusa dixit por la voz de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina en su novela Il Gattopardo (1958), mal traducida como El Gatopardo cuando debería decir El Serval, en fin, otra vez por las ramas).

A estos fin es sirve en primera instancia el delator, al que hemos de ver como un ser débil e inseguro que delatando se ve crecido en importancia social, a fin de cuentas una persona así –no clara sino normalmente sumamente complicada- termina creyendo lo que necesita creer y, a medida que pasen los años, estará seguro de que hizo moralmente bien llevando a sus amigos, compañeros, familiares a la cárcel, exilio, pobreza, muerte mientras aquellos que en verdad poseen duermen tranquilos sabiendo que la ponzoña está suficientemente administrada en los otros, los que no poseen, los esclavos.

 

 

 

AFRODITA: UN POEMA

Después de una larga antipatía (bilateral) con mi ordenador y a consiguiente agrafia, una circunstancia excepcional (la estancia de mi hija en casa y su décimo sexto aniversario) me hace retomar el blog y apuntar este poema, no sé si bueno (sí sé, pero más vale que me calle), pero sí muy querido por mí; pero además, otra circunstancia me ha puesto sobre el teclado: los últimos apuntes de Mera (“Desde un faro”) con tanto acierto como justo cabreo, apuntes que me han hecho sentirme como un vago impenitente, así que aquí, de nuevo y, aunque el cabreo de Mera se suma a mi propio cabreo, no voy a daros hoy sino un poema, y un poema de amor, o más bien a la atracción del Amor. A su belleza enigmática.
Es verdad que nos rodean los imbéciles, cretinos codiciosos, estultos de grandes bocas delanteras por donde salen memeces sin cuento y enormes culos traseros por donde entra de todo, pero hoy no tengo ganas de hablar de ellos, ni de que me quiten un segundo de este día en que mi hija cumple sus diez y seis años, y graba así de bien el recitado del poema que escribo más abajo

ELLE DANS L’ECUME

“Toda mujer quisiera
en una noche encapotada y fiera
estarse a solas abrazando al mar.”

Eduardo Marquina.

A ella no le gustan las aves,
Ella todas las aves ausenta:
Cormoranes, abubillas,
Garzas, pardelas, tarabillas, cernícalos suspensos,
Rapidísimos halcones, gerifaltes, malvasías,
Oropéndolas y porrones osculados.
Incluso las águilas calzadas o la grulla
Damisela ignora.

Ella tiene puertas y ventanas;
Las abre o las cierra desde dentro
Con un código sencillo o complicado
Cuya clave las aves desconocen,
Cuya clave es un misterio para los seres que viven
De vivir. O del aire.

Ella es un tesoro en un tesoro
Escondido, oculto entre pliegues de miradas
Oferentes y barreras infranqueables.
Nace de la espuma de remotos mares
Y en ella se oculta con labios que llaman
Rechazando.

En ella son océanos los ojos y en ello
Los seres del aire caen, creyendo que el Azul es azul,
Y siendo abismo oscuro
Lo que era luz ayer es hoy desasosiego.
Y es que puede amar, mas cuando ama
Se oculta.

Mira pasar más allá de los cristales
Los seres que viven en el aire. Los mira, y
Puede que llame a alguno, como al acaso,
Y lo incendia en los ojos por detrás de sus ventanas,
Y ella lo ve, y a veces tiembla de placer como
Tiemblan los papiros en la leve brisa de la aurora.

Quizá ahora (radiante) extienda las dos manos
Entreabriendo la dúctil ventana, aspire el humo
Del ser en llamas que sólo quiere el tacto,
El roce, la caricia con que seguir ardiendo
Y morir. Y el juego cambia; y Ella se recoge;
Y cierra la ventana. Y sucede el frío oscuro, no la muerte

Anhelada, no los labios, no la Palabra: Frío
Del abismo mudo, la vida
Suspensa en los ojos sin remedio,
La cruel incertidumbre que el aire
Dosifica, tan avara, que el ser del cielo,
Ya fuere chova o collalba a veces vislumbrada,
Boquea e intenta remontar un vuelo
Que no es vuelo, sino un ser por la nada. Malherido.

Le gusta el mar, ama
Descubierta el mar. Sueña que el mar
Entra en su lecho aparente y, solícito,
La roba y la retorna
Al verdadero, a la venera entre radiantes
Espumas, olas doradas que de sus cabellos parten
A las orillas albas, los días prometidos,
Silentes ocasos, atónita calma.

Azures horizontes,
Glaucos espacios fronteras imprecisas
Que no reconoce más allá
De sí misma, la palidez de la piel, los ojos
Que beben toda la luz con un deleite
Que sólo ella reconoce y dosifica.

Cintilan los ojos cuando brilla
El mar, cuando en ellos reverberan estrellas
Y planetas en la prístina noche.
Mas apresa la luz: no la devuelve,
No devuelve estrellas y planetas
Sino que los hace arcanos sólo por ella compartidos.

Besa el mar con temblores que recuerdan
Primeras entregas, ignorando acaso
Que es furia masculina la amenazante espuma
Que envuelve y ciega,
Que la aturde, porque el mar sólo es abismo
Y muerte. Y vida renovada.

Besa el mar, sí, y en cianóticos labios
Se disuelve ya olvidando el nombre
Con que los lejanos
Seres que viven en el aire sueñan
Cada noche: Recoge en el cabello
La última arena. La sal.

Y ya no es Ella, es Afrodita
Naciendo y muriendo cada instante
Para los seres del aire, para los evos que destilan
Por sus ojos, por las manos que acarician
Reclamando:
Por el cuerpo de seda. Por Tu cuerpo de seda.

Renace el sol por la Punta de la Media Naranja;
Tomo café: las nueve de esta mañana en que
Alfred Schulz dirige a la Sinfónica
De Leningrado: “Mi Patria”, Smetana (Vysehrrad,
Moldavia, Sarka, Blanik), recorre mis venas
Y mi memoria hasta la lágrima. La certeza:
No hay más patria que la que se elige; no hay más dioses
Que los que miro con la punta de los dedos.

Portada ARCANO TRECE. CUENTOS CRUELES

Pilar Pedraza

Valdemar, 2000

¿Por qué leer este libro?

 

arcano trece

Pilar Pedraza es, creo el único ejemplar de feminismo sadista de que disponemos en España, una autora  muy poco conocida a pesar de poseer un estilo sutilísimo y perturbador, o quizá por eso, nunca se sabe.

No hay nada que sobre en esta colección de relatos, ni un término que sirva de relleno o de redundancia de manera que su lectura va inoculándose, o instilándose como un tósigo lentamente, casi sin que se note, para sumirnos en un mundo en el que nada sobrevive sin dolor, o sin pesar, o sin ambos: ¿Melancolía de la crueldad? Seguramente. Y también de la Muerte, cosa que ya indica su título: El arcano XIII del Tarot es la Muerte.

Esas veladas y no tan veladas referencias a Bataille, quizá a Las lágrimas de Eros, a la tortura placentera e inevitable que recuerdan a la británica Angela Carter en su El doctor Hoffmann y las infernales máquinas del deseo, o a Los pájaros de Camilla Paglia, novela que fue llevada al cine por Hitchcock en una versión que no llegó a plasmar el trasfondo sexual del terror y que tal vez por eso a mí no me satisfizo del todo.

No voy a enumerar aquí el listado de obras de Pedraza, ni su lugar de nacimiento ni su expediente académico hasta llegar al doctorado en Historia, curiosidades fácilmente salvables, pero sí citaré su traducción de Hypnerotomachia Poliphili que ella retitula como El sueño de Polífilo, bellísimo y misterioso texto de culto que ya nos hace entrever su peculiar y exquisito gusto literario, siendo asimismo Pedraza escritora de culto de la que citaré también su ensayo Máquinas de amar. El secreto del cuerpo artificial (Valdemar, 1998) título también inquietante (y recomendable) que se referirá a esas mujeres artificiales, autómatas, etc. partiendo del mito de Pigmalión.

Para terminar diré que esta noche pasada me dormí pensando en cómo escribir esta crítica que no es crítica sino impresión y soñé uno de los relatos de Arcano trece: Artículos de piel. Lo soñé literalmente, lo único diferente fue que en vez de ella era yo, o yo era ella, quién sabe, los sueños cabalgan desatados por nuestras sinapsis.

Me desperté bañado en sudor.

Pero ya estaba muerto.

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