DIÁLOGOS EN EL BELVEDERE

El otro día, penando yo los efectos de la atorvastatina en mi sangre inocente, va, y sin un rumorcillo excepto el leve aleteo (iba a escribir ‘aleve’ pero aún no he bebido tanto como Rubén (Darío, claro), aunque estoy en ello), va, digo, y se me presenta en el ventanal de mi belvedere (¡de nuevo!) el mismísimo Paráclito, así que le digo, “joder Paráclito, me has dado un susto de cojones”; me dice, “¿no te alegras de verme? mira que ya no estoy enfadado contigo, hasta aquello de suponer que mi sobrenombre, Consolador, tenía que ver con los dildos ha terminado por hacerme gracia, ya ves”; “vaya, Para, ¿te importa que llame Para? ¿no? bueno, pues ya que estamos ¿quieres un café?; que sí, me dice moviendo un poco las alas y dejando caer sobre mi suelo un plumoncillo evanescente.
Y nada, que  hago café y sirvo uno para Él y otro para mí (me pongo en minúscula porque es deber de todo anfitrión encumbrar al invitado aunque no se le haya invitado y porque no me gusta hablar mayestático), y nada, así charlando de cosas dispares se nos iba pasando la tarde que, anda, cómo llovía. Me dice en una de esas, “mira tío, esto que te digo, no vayas a tomarlo como una declaración ni nada de eso, pero ya que estamos en confianza te diré que me siento así, como muy solo, ya sabes, todos los creyentes con el Jesucristo arriba y abajo, novelas, cuentos… hasta películas le hacen, y todo porque era un jipi, ya ves, o el Viejo, siempre en las nubes, siempre enfadado y en guerras estupendas con mucha sangre y todo eso, sobre todo cabreado con los judíos que se la pasan discutiendo con Él y quejándose de de todo, pero a mí, ni puto caso, tío, tú solo te acuerdas de mí, para reírte, eso sí, pero al menos te acuerdas ¿no tendrás un whiskicito, eh?”, “¿Malta o Jameson?”, “Jameson, que es irlandés y producto católico y serio”; le pongo un vaso “¿tu no bebes?”, “tengo que salir mañana con la bici, Para, que tú con las alas y eso de dejarte llevar por due venti no sabes de qué va”. ¿Due venti? ¿eso no era del cura ese traviesón? ¿cómo era? Ah, sí, Antonino, el de Griselda, me caía bien, pero al Viejo, fatal y al final lo arruinó al pobre: mucho Tres en Uno, pero ni nos preguntó ni al jipi ni a mí, y mira cómo son las cosas, cuando el jipi se liaba con mujeres y todo eso no decía ni Pamplona, ciego que estaba por Él, ya sabes y a mí, que me den, Consolador y esas bobadas, en vez de estar en las trincheras matando moros y rojos y lo que sea con tal de pasar el rato, que mira que hay rato de sobra”, dice, y lo le digo, “venga, Para, para, que te lanzas y me das dolor de cabeza, que tú no estas para guerras, Para, que esas cosas son del Viejo, como dices, Para; lo tuyo, tío es el amor, ¿o no?”, y me salta, “¿Amor? sí claro, eyaculaciones secas, telepolvos, ¡joder!, hasta al jipi le lavaban los pies; a mí, ni hostias, coño, y ya te digo, de coño, ni tocar pelo”.
Y parecía enfadado, pero qué leches enfadado, si yo le notaba como algo que no sé, como si me estuviera vacilando, a lo espiritusanto, claro, porque de repente va y suelta todo seguido:
¿”Un altro caffé, another coffee, qa’vIn, ein weiterer Kaffee, un altre cafè, قهوة أخرى, outro café, 另一杯咖啡, otro café, 別のコーヒー, кофе, још једну кафу, o altă cafea, beste kafe bat, kahawa nyingine, alius capulus, en annen kaffe, en anden kaffe…?” Y seguía con el jodido café, y voy y le digo, “coño, Para, ¿pero sabes lenguas?
Le noté un brillo en los ojillos negros y, aunque parezca imposible una como sonrisa de coña…
Dice: “Pues claro, Tales, estuve en Babel, no recuerdas?
A veces me cae bien el Paráclito: tiene salero.

el Para en plan coña

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APARICIONES

Pues estaba yo aquí, con mis cosillas, cuando escuché como un revoloteo nervioso en el exterior; miro: no veo nada; quito el ruido de un programa lamentable de Radio Clásica con sambas argentinas y cafrunes varios y aguzo el oído: en efecto, lo dicho: un revoloteo nervioso; me dispongo a abrir el ventanal de mi Belvedere y héteme aquí que, en mis propios nasos se me aparece ¡el Paráclito! ¡joder, el mismísimo Paráclito! Pero no queda ahí la cosa, de repente va y me dice, así, en francés (el don de lenguas, I supose): “Je vous salue, Marie”, así que me quedo algo cortado frente a Él, que también me mira como dudando; al fin le digo: “Tío, Paráclito, que no soy María ni, lamentablemente, virgen, que soy Tales de Emilito, y mira que te lo digo así, sin acritud (no vaya a ser que éste me saque un ojo, que los dioses, aunque sean de tercera persona o mano o lo que sea, tienen su mala hostia, pensaba de paso).
“Ah, Tales, rapaz, que me he liado, pero ya te tenía yo ganas, que estás todo el día haciéndome chistes y metiéndote conmigo, y sólo porque tengo pluma. ¿No te da vergüenza?”
“Bueno -musité- un poco sí, claro, pero tío, es que tengo mis clientes y les gusta, ya sabes, lo del dedito, y claro… uno es débil.”
“Ya te daré yo dedito, y a tus clientes les dices que ojo con lo que pinchan, que para mí, un dedo es pan comido, carallo. Y bueno, por esta vez pase, pero quedas avisado, que m’e quedao con tu cara, Tales, coño.”
Y dando un gracioso vuelco de alas se dio la vuelta, voló un poco hacia arriba (es natural) y desapareció con bastante salero, todo hay que decirlo.
Os lo cuento así, como sucedió, joder, que aún no se me ha pasado el susto.