STEVENSON: UN POEMA

Robert Louis Balfour Stevenson (1850-1954) , antes de decidirse por la literatura, estaba destinado a levantar faros; pertenecía a un linaje de constructores de faros en Escocia, ocupación que llenó las vidas de su abuelo Robert (1772 – 1850), sus tíos Alan (1807-1865) y David (1815-1886) y su padre, Thomas (1818-1887), así como sus dos primos, Davis Alan y Charles Alexander y un primo segundo, Alan Stevenson; todos ellos construyeron faros, sin embargo Robert Louis abandonó sus estudios de ingeniería causando con ello un enorme disgusto a su padre. Así pues, este poema puede considerarse como una expiación, como una vuelta a los brazos del padre.

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La muerte en la forma de tuberculosis persiguió a Stevenson en Edimburgo y Londres; en Grez (Francia) y en Davos (Suiza); en Nueva York y en San Francisco, y al fin lo alcanzó en Vailima (Samoa) un 3 de diciembre de 1894, a los cuarenta y cuatro años, isla donde yacen sus restos en su tumba del monte Vaea, a cuatro mil metros sobre el mar, y en cuyo epitafio rezan estos versos:

Under the wide and starry sky,

Glad did I live and gladly die,              

and I laid me down whit a will.

This be the verse you grave for me:                                                                  

Here he lies where he longed to be;                                                                  

home is the sailor, home from sea,                                                                  

and the hunter home from the hill.

 

(Bajo el inmenso y estrellado cielo, / cavad mi fosa y dejadme yacer. / Alegre he vivido y alegre muero, / pero al caer quiero haceros un ruego. / Que pongáis sobre mi tumba este verso: / Aquí yace donde quiso yacer; / de vuelta del mar está el marinero, / de vuelta del monte está cazador.)

Stevenson fue ante todo un hombre que contó historias, un tusitala como le apodaron con total exactitud y respeto las gentes de Samoa, pero también fue un maestro de maestros; así, su huella quedó en escritores como Conrad, Chesterton o Kipling. O en Borges, como él mismo reconoce:

Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson (Obra completa.  Emecé, 1997; II volumen, pág. 186).

Éste, escribí, es mi quinto libro de versos. Es razonable presumir que no será mejor o peor que los otros. A los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética. Ésta, según se sabe, nunca dejó de preocupar a cierto amigo muy querido que la literatura me ha dado, a Robert Louis Stevenson (Op. cit. Pág. 353. Prólogo a Elogio de la sombra (1969)).

O estos versos  de su poema Blind pew (Op. cit. Pág. 204) en los que Borges se dirige a Stevenson:

A ti también, en otras playas de oro,                                                                                                           te aguarda incorruptible tu tesoro:                                                                                                               la vasta y vaga y necesaria muerte.

Versos por medio de los cuales hace Borges heroica la vida de Stevenson haciendo de su muerte un fin necesario para que el poeta quede convertido en mito.

Pero hablemos un poco más del poema que aquí nos trae, de cómo ya en la primera estrofa queda claro el feliz motivo de los trabajos de su padre, gracias a los cuales “nuestro litoral indómito” ya no está sumido en la peligrosa oscuridad, porque “sobre el solitario islote”se yergue Faros” en referencia a la Isla de Faro, o Faros, donde en el año 174 de la Fundación de Roma Ptolomeo ordenó a Sóstrato de Cnido construir  la alta edificación que sirvió de hito en las llanas y carentes de referencias para el marino costas de Egipto: El Faro de Alejandría, terminado de construir ocho años más tarde.

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Este comienzo sitúa a su padre por encima de los hombres y –por supuesto- de él mismo, sobre todo al principio de la segunda estrofa (Estas son tus obras, oh padre, y en ellas tu corona); en realidad su padre es para Stevenson en este poema paradigma de filantropía, ya que gracias a él la flota navega segura hacia los innumerables amores y las esperanzas sin cuento. Las obras de su padre, en definitiva vencen a la noche del mar y llevan a buen puerto al barco como a un niño se le lleva de la mano para protegerle.

Cada uno hará su propia lectura, como hacemos con todos los poemas y textos, porque, a la postre es en la lectura donde se realiza el texto, donde el poema cobra todo su esplendor si el que lee es un lector amoroso, o toda su vergüenza si el que lee se despreocupa de palabras, ritmos y medidas e, incluso del propio significado, huyendo más que leyendo del poema.

Para mí, sí es un poema de expiación, pero no sólo de eso, sino –como todo lo que toca Stevenson- un acto de amor y de ética –Stevenson amaba, como constata Borges, la ética y a la ética fue fiel toda su vida- como bien podemos leer en los dos últimos versos en los que Steveson parece apuntar en letras de oro lo que ha de ser su comportamiento ante el mundo y la humanidad en adelante: I must arise, O father, and to port / some lost, complaining seaman pilot home, de manera que promete a su padre y a sí mismo comportarse como un faro para los demás y continuar de alguna manera la labor de sus antepasados y familiares.Y también a la naturaleza (Yo no temo admitir mi parentesco / con las alegres tierras donde nacen las flores; / o con mis hermanos, los grandes árboles, / que se hablan en la brisa con agradables voces /… / De tal materia soy, de tal mi cuerpo, / que vibra por llegar a sus labios, besarlos… Del poema de la misma colección Yo no temo), aunque sea en este caso a una naturaleza que siendo peligrosa ha sido domada o, al menos, paliada por las obras de su padre.

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Debo apuntar que la traducción, tanto del poema referido To my Father,  los citados Requiem  y Yo no temo, pertenece a Javier Marías en su edición antológica de poemas de Robert Steveson titulada De vuelta del mar, y editada en Poesía Hiperión en 1980, de grato recuerdo. Y asimismo, no estará de más situar al poema en la colección de versos en el que aparece, esto es, en el libro A child’s Garden of verses and underwoods, siendo To my father el que hace el número XXVIII en la página 69 de la edición consultada (Current Literature Publishing Co. New York, 1906) y de la que dejo aquí abajo para el lector más avisado la fotografía de la portada.

 

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Siento no haber podido entregar el poema y su traducción a dos columnas, más sencillo de leer; mis conocimientos en el funcionamiento de estas máquinas son menos que improbables. Naturalmente, agradecería cualquier sugerencia a este respecto.

    

                                   TO MY FATHER 

 

Peace and her huge invasion to these shores

puts daily home; innumerable sails

dawn on the far horizon and draw near;

innumerable loves, uncounted hopes

to our wild coasts, not darkling now, approach:

Not now obscure, since thou and thine are there,

and bright on the lone isle, the foundered reef,

the long, resounding foreland, Pharos stands.

These are thy works, O father, these thy crown;

whether on high the air be pure, they shine

along the yellowing sunset, and all night

among the unnumbered stars of God they shine;

or whether fogs arise and far and wide

the low sea-level drown … each finds a tongue

and all night long tolling bell resounds:

So shine, so toll, till the sun return,

and in the heaven rides the fleet secure.

In the first hour, the seaman in his skiff

moves through the unmoving bay, to where the town

its earliest smoke into the air upbreathes

and the rough hazels climb along the beach.

To the tugg’d oar the distant echo speaks.

The ship lies resting, where by reef and roost

thou and thy lights have led her like a child.

This hast thou done, I… can I be base?

I must arise, O father, and to port

some lost, complaining seaman pilot home.

                                   A MI PADRE

 

A MI PADRE

La paz y su invasión inmensa hacia estas costas, al hogar,

pone rumbo diariamente; innumerables velas

amanecen sobre el lejano horizonte y se acercan;

innumerables amores, esperanzas sin cuento

a nuestro litoral indómito, no oscuro ya, se aproximan:

ya no en tinieblas, desde que tú y tus obras estáis en él,

y, brillante sobre el solitario islote, el arrecife hundido,

el largo y resonante cabo, se yergue Faros.

Estas son tus obras, oh padre, y ellas tu corona;

cuando el aire en lo más alto es puro, resplandecen

a lo largo del amarillento ocaso, y durante la noche entera

entre las incontables estrellas de Dios relucen;

y si las brumas ascienden y por todas partes

el nivel del mar se hunde…. Cada una halla una lengua,

y durante toda la noche resuena la campana y tañe:

resplandeced, tañed hasta que la noche se venza,

hasta que las estrellas se esfumen, y el sol ya vuelva,

y en el abra navegue la flota segura.

En la hora primera, el marino en su esquife

avanza por la bahía en calma, hacia allí donde arroja

sus humos más tempranos la ciudad al aire

y trepan por la playa los avellanos rugosos.

Al remo que hiende le habla el eco en la distancia.

El barco descansa junto al arrecife, ese remanso

adonde tú y tus luces como a un niño lo habéis llevado.

Tú has hecho esto, y yo… ¿puedo tener tanta bajeza?

Debo alzarme, oh padre, y hasta el puerto, a casa,

llevar a algún marino que se lamente perdido.

 

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AFRODITA: UN POEMA

Después de una larga antipatía (bilateral) con mi ordenador y a consiguiente agrafia, una circunstancia excepcional (la estancia de mi hija en casa y su décimo sexto aniversario) me hace retomar el blog y apuntar este poema, no sé si bueno (sí sé, pero más vale que me calle), pero sí muy querido por mí; pero además, otra circunstancia me ha puesto sobre el teclado: los últimos apuntes de Mera (“Desde un faro”) con tanto acierto como justo cabreo, apuntes que me han hecho sentirme como un vago impenitente, así que aquí, de nuevo y, aunque el cabreo de Mera se suma a mi propio cabreo, no voy a daros hoy sino un poema, y un poema de amor, o más bien a la atracción del Amor. A su belleza enigmática.
Es verdad que nos rodean los imbéciles, cretinos codiciosos, estultos de grandes bocas delanteras por donde salen memeces sin cuento y enormes culos traseros por donde entra de todo, pero hoy no tengo ganas de hablar de ellos, ni de que me quiten un segundo de este día en que mi hija cumple sus diez y seis años, y graba así de bien el recitado del poema que escribo más abajo

ELLE DANS L’ECUME

“Toda mujer quisiera
en una noche encapotada y fiera
estarse a solas abrazando al mar.”

Eduardo Marquina.

A ella no le gustan las aves,
Ella todas las aves ausenta:
Cormoranes, abubillas,
Garzas, pardelas, tarabillas, cernícalos suspensos,
Rapidísimos halcones, gerifaltes, malvasías,
Oropéndolas y porrones osculados.
Incluso las águilas calzadas o la grulla
Damisela ignora.

Ella tiene puertas y ventanas;
Las abre o las cierra desde dentro
Con un código sencillo o complicado
Cuya clave las aves desconocen,
Cuya clave es un misterio para los seres que viven
De vivir. O del aire.

Ella es un tesoro en un tesoro
Escondido, oculto entre pliegues de miradas
Oferentes y barreras infranqueables.
Nace de la espuma de remotos mares
Y en ella se oculta con labios que llaman
Rechazando.

En ella son océanos los ojos y en ello
Los seres del aire caen, creyendo que el Azul es azul,
Y siendo abismo oscuro
Lo que era luz ayer es hoy desasosiego.
Y es que puede amar, mas cuando ama
Se oculta.

Mira pasar más allá de los cristales
Los seres que viven en el aire. Los mira, y
Puede que llame a alguno, como al acaso,
Y lo incendia en los ojos por detrás de sus ventanas,
Y ella lo ve, y a veces tiembla de placer como
Tiemblan los papiros en la leve brisa de la aurora.

Quizá ahora (radiante) extienda las dos manos
Entreabriendo la dúctil ventana, aspire el humo
Del ser en llamas que sólo quiere el tacto,
El roce, la caricia con que seguir ardiendo
Y morir. Y el juego cambia; y Ella se recoge;
Y cierra la ventana. Y sucede el frío oscuro, no la muerte

Anhelada, no los labios, no la Palabra: Frío
Del abismo mudo, la vida
Suspensa en los ojos sin remedio,
La cruel incertidumbre que el aire
Dosifica, tan avara, que el ser del cielo,
Ya fuere chova o collalba a veces vislumbrada,
Boquea e intenta remontar un vuelo
Que no es vuelo, sino un ser por la nada. Malherido.

Le gusta el mar, ama
Descubierta el mar. Sueña que el mar
Entra en su lecho aparente y, solícito,
La roba y la retorna
Al verdadero, a la venera entre radiantes
Espumas, olas doradas que de sus cabellos parten
A las orillas albas, los días prometidos,
Silentes ocasos, atónita calma.

Azures horizontes,
Glaucos espacios fronteras imprecisas
Que no reconoce más allá
De sí misma, la palidez de la piel, los ojos
Que beben toda la luz con un deleite
Que sólo ella reconoce y dosifica.

Cintilan los ojos cuando brilla
El mar, cuando en ellos reverberan estrellas
Y planetas en la prístina noche.
Mas apresa la luz: no la devuelve,
No devuelve estrellas y planetas
Sino que los hace arcanos sólo por ella compartidos.

Besa el mar con temblores que recuerdan
Primeras entregas, ignorando acaso
Que es furia masculina la amenazante espuma
Que envuelve y ciega,
Que la aturde, porque el mar sólo es abismo
Y muerte. Y vida renovada.

Besa el mar, sí, y en cianóticos labios
Se disuelve ya olvidando el nombre
Con que los lejanos
Seres que viven en el aire sueñan
Cada noche: Recoge en el cabello
La última arena. La sal.

Y ya no es Ella, es Afrodita
Naciendo y muriendo cada instante
Para los seres del aire, para los evos que destilan
Por sus ojos, por las manos que acarician
Reclamando:
Por el cuerpo de seda. Por Tu cuerpo de seda.

Renace el sol por la Punta de la Media Naranja;
Tomo café: las nueve de esta mañana en que
Alfred Schulz dirige a la Sinfónica
De Leningrado: “Mi Patria”, Smetana (Vysehrrad,
Moldavia, Sarka, Blanik), recorre mis venas
Y mi memoria hasta la lágrima. La certeza:
No hay más patria que la que se elige; no hay más dioses
Que los que miro con la punta de los dedos.