POESÍA

                                                        Con cariño, dedicado a Rafael Reig tras la hilarante lectura de su novelísima La Cadena Trófica, parte segunda que es del Manual de literatura para caníbales, editado por Tusquets en Barcelona el año 2016 de la ya demasiado larga Era Cristiana.

XXI b

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Permite que me ría.

No terminar el renglón:

eso es poesía.

 

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PEDRO GARFIAS: UN SONETO

Diecisiete años tenía yo cuando en Monterrey (México) murió Pedro Garfias; dos años después, un viejo anarquista, limpiabotas en Vitoria, me fue leyendo un poemario suyo que me impresionó, no por su calidad literaria -yo sólo era un recién llegado a la poesía- sino por lo emocionante que me pareció. Busqué -inocentemente- algún libro suyo en librerías y bibliotecas sin encontrarlo, tampoco pude dar con alguien que reconociera haberle leído o simplemente haber oído hablar de él: la censura funcionaba muy, muy bien en España, así que tuve que esperar algunos años hasta que di con su primer libro, mejor dicho, un libro en que, entre otros figuraba él: Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, en una edición facsimilar de 1978 que por ahí andará y en la que aparecen poemas, además de los suyos, de Machado (Antonio, claro), Altolaguirre, Gilalbert, Serrano Plaja, Hernández y algunos otros que ahora no recuerdo. Luego fui consiguiendo otros libros aquí y allá, sobre todo allá, en México, aunque aquí, hoy en día se pueden encontrar ediciones bien facsimilares, bien nuevas, por ejemplo, las de Biblioteca de Rescate (2001) y otras de la editorial Renacimiento (Sevilla).

Garfias nació en Salamanca, así que fue español aunque en España pocos poquísimos sepan de él, y eso sucedió en 1901, así que vivió sesenta y seis años, de los cuales veintiocho los pasó en el exilio, primero en Francia, en los campos de concentración, luego en Inglaterra donde castigó duramente a su hígado y escribió su  libro Primavera en Eaton Hasting, pues fue allí, en Eaton Hasting, en un castillo donde vivió un tiempo añorando a Margarita, su compañera, y bebiendo con gran sed; de allí, y con el dinero que Margarita le envía vuelve a Francia para -con la documentación recién conseguida gracias a ella- embarcar en El Havre en el buque Sianica con rumbo a México y en la compañía de otros ocho mil españoles, su amigo Juan Rejano entre ellos; allí, en la mar pergeña el bello poema que terminará en la hospitalaria tierra mexicana, Entre España y México (“Qué hilo tan fino, qué delgado junco / nos une y nos separa / con España presente en el recuerdo, / con México presente en la esperanza.”). Así que sus primeros libros en el exilio serían el ya citado y De soledad y otros poemas (1941).

Garfias se sumó al movimiento poético más importante del s.XX, el Ultraísmo; conoce y colabora con Huidobro, Gómez de la Serna, Cansinos-Assens, y de Torre y con estos dos últimos firma el manifiesto vanguardista Ultra; colabora, en fin, con Machado, Jiménez, Lorca o Guillén, etc, es decir, la generación del 27, pero al contrario que otros participa activamente en la defensa de la República con el grado de capitán y el cargo de comisario político que le dura poco -pues es destituido- hasta el final, la derrota y el exilio, como ya he dicho.

Garfias en un recital

En México desarrolla en cinco años (43-48) casi toda su actividad siendo nombrado Secretario del director de Departamento de Acción Social de la Universidad de Monterrey, cargo del que será retirado a causa de su ya definitivo alcoholismo que le hace vagabundear por diversos lugares de México, bebiendo  y viviendo (no muy bien) de sus conferencias y recitales.

Lo mataron el alcohol y la nostalgia, y lo terminará de matar el olvido en que vive España, el olvido político, literario y estético, la sumisión a la historia de los fascistas de entonces y de ahora, siempre, claro, que no se ponga remedio y se comience a retomar su obra poética, a recuperarla de los viejos anaqueles y, sobre todo, a gozarla, pues es -como escribí arriba- emocionante y de una belleza trágica. Y para que quien no haya leído nada de Garfias he seleccionado sólo un soneto, un único poema que nunca he podido olvidar y que espero que no sea olvidado.

 

Mis ojos guías de ideal seguro,

mis pasos huellas de camino incierto,

y este nunca cansado río oscuro

con su latir de can siempre despierto.

 

Atrás la sima y en la frente el muro,

el mecanismo de la sangre abierto,

entre la niebla y el relumbre puro

me duele el corazón de no estar muerto.

 

Con temblorosa, ávida mano, un poco

de sombra y luz moldeo, esculpo acuño,

de la vida inmortal que no he vivido.

 

Vengo, voy, retrocedo, avanzo loco,

mientras pretendo retener a puño

la sombra de la sombra de un olvido.

                                                                                                 

 

 

UN POEMA DE YEVGUENI YEVTUSHENKO

Hace ya muchos años alguien me habló de un poeta recién descubierto, Yevgueni Yevtushenko, entonces y en la edición que conservo Evgueni Evtuchenko; hablé ayer mismo de él con una amiga, concretamente del poema que dio título a la edición española de Alianza (1968) “Entre la ciudad sí y la ciudad no”, según la traducción de entonces, de Natalia Ivanova y Jesús López Pacheco. Aparecía en castellano Yevtushenko como el poeta de las nuevas generaciones soviéticas, una especie de rayo de esperanza que quería ser preciso y vigoroso como Vladímir Mayakovski y fugaz y tierno como Boris Pasternak. Y a fe que lo consiguió.
Esta edición de que hablo, la de Alianza (1968), la que adquirí y conservo desde entonces la hizo el mismo Yevtuchenko a su paso por España, casi en secreto, como se puede suponer, puesto que por mucho poeta que fuera liberador, también era ciudadano soviético al uso (fue nombrado en el ’89 diputado del Soviet Supremo); así que hemos de suponer que el poeta decía lo que quería decir y no una loa a la aún poderosa y represora Unión Soviética o un peloteo al mundo capitalista de enfrente.
Así que leí el libro, casi sin esperanza de leer algo bueno: prejuicios, ya se sabe; abominaba de los stalinistas, libertario como era yo (sigo siendo hogaño libertario, pero en la derrota y la desesperanza), y el libro, los poemas me fueron ganando, y lo hicieron porque ya no hablaba del repugnante realismo materialista ni de la colectividad como bien supremo ni de la sabia dirección del Partido-Para-El-Bien-De-Los-Pueblos, ni de las maravillas y alegrías del capitalismo feroz USA sino de una universal convivencia y también de la tensión constante que ello conlleva, puesto que tanto la aparente felicidad de un mundo o la oscura visión del otro son falsas en sí mismas. La tensión de que habla Yevtuchenko es la que mantiene despierto y alerta al lector, al ciudadano consciente, reflexivo y responsable de sus actos.
Y como esto no da mucho de sí, y sólo quería introduciros a la poesía de Yevtushenko a quienes no sepáis nada de él, traigo aquí el poema que dio título a la colección de que hablo y que procede de cuatro libros, “Saludando con la mano” (1962), “Ternura” (1962), “Lancha de enlace” (1966) y “Lo que me pasa” (1966). Este poema, concretamente aparece en el libro citado “Lo que me pasa” y, después de pensarlo un poco, me decido por la traducción del ’68 que cito arriba en desdoro de otra más reciente de Rolando Alarcón, que no termina de gustarme (no quiero decir que sea mala, ojo, simplemente prefiero la primera, seguramente porque es la que llevo en mi memoria).
ENTRE LA CIUDAD SÍ Y LA CIUDAD NO
Soy un rápido tren
                               que hace años va y viene
Entre la ciudad Sí
                                y la ciudad No.
Mis nervios están tensos
                                        como cables
entre la ciudad No
                                                y la ciudad Sí.
Todo está muerto y asustado en la ciudad No.
Es como un despacho empapelado con tristeza.
Fruncen el ceño en él todas las cosas.
Hay recelo en los ojos de todos los retratos.
Cada mañana enceran con bilis su parquet.
Son sus sofás de falsedad, sus paredes de desgracias.
Jamás en él un buen consejo te darán,
Ni un ramo de flores, ni un simple saludo.
Las máquinas de escribir teclean, con copia, la respuesta:
“No-no-no… no-no-no… no-no-no…”
Y cuando al fin se apagan todas sus luces
los fantasmas inician su lúgubre ballet.
Jamá, ni aunque revientes, billete lograrás
para escapar de la negra ciudad No.
La vida, en cambio, en la ciudad Sí, es un canto de mirlo.
Carece de paredes la ciudad, es como un nido.
Las estrellas te piden acogerte en sus brazos.
Y, sin avergonzarse, los labios solicitan tus labios
con un quedo susurro: “Todo son tonterías…”
La reseda incitante solicita ser cortada,
y ofrecen los rebaños la leche en sus mugidos,
y en nadie hay asomo de recelo,
y adonde quieras ir, te llevarán al instante trenes, barcos, aviones.
y, con rumor de años, va el agua murmurando:
“Sí-sí-sí-… sí-sí-sí… sí-sí-sí…”
Sólo que, a veces, en verdad, es aburrido
que todo se me de apenas sin esfuerzo en esta ciudad Sí multicolor y deslumbrante.
¡Mejor ir y venir hasta el fin de mi vida
                                                                entre la ciudad Sí
y la ciudad No!
                                  ¡Mejor tener los nervios tensos como cables
entre la ciudad No
                                      y la ciudad Sí!

OMAR KHAYYAN: UN FLORILEGIO

Como he tenido la suerte, el placer y la dicha de obtener bienes que no he buscado sino que ellos me han encontrado a mí, a veces, utilizo pequeños medios a mi alcance para devolverlos al humo: quizá alguien los recoja también sin haberlos deseado.
Un ejemplo es haber, por una serie de enigmáticas casualidades, podido colaborar en una novela, la de Octavio Colis (“El Éxtasis y la Pasión”. Madrid, 2017), haber surcado sus páginas vírgenes de lectores, un placer inefable de lector empedernido.
Otro, estar haciendo lo mismo con el libro que sobre el vino preparan Jesús Paul y Octavio Colis, aún sin título definitivo; nada diré sobre él como nada dije sobre el anterior; no es esto lo que quiero contaros sino dejar un par de líneas sobre las coincidencias, pues gracias a la factura de este libro, que promete maravillas, he recordado a un poeta que yacía en algún rincón lejano de mi memoria: Omar Ibn Ibrahim Khaiyyam (Persia, ss. XI y XII de la era cristiana; V y VI del Al-Hegir), matemático, astrónomo, metafísico, ético, jurista y naturalista, y además, poeta, un poeta epicúreo en aquella Persia refinada y culta, un poeta del amor, del vino y de la nada.
Este hecho -el reencuentro- me ha hecho muy feliz, quizá por eso no me queda más remedio que ir dejando aquí para vosotras algunos de los poemas que he ido seleccionando con el fin de que mi placer se disperse como las semillas voladoras que anuncian la primavera.

Iré transcribiendo algunos poemas de él, así, como quien hace nada, puesto que nada somos y en la nada soñamos:

I
“El vasto mundo: un grano de polvo en el espacio.
Toda la ciencia de los hombres: palabras.
Los pueblos, las bestias y las flores de los siete climas:
sombras.
El resultado de tu meditación perpetua:
nada.”

II
“Bebe vino porque dormirás mucho tiempo
bajo tierra, sin amigo, sin mujer.
Yo te confío un secreto:
los tulipanes marchitos no vuelven a florecer.”

 

En este florilegio que iré pergeñando hay de todo, pero, por encima de las palabras sólo existe una suerte de pasividad activa que toma los bienes de la vida sin reparos ni medida. Khayyam no desea nada pero lo toma todo, bebe su vino a grandes tragos y a mi me sucede lo que a él: El mejor vino es que tengo ahora en mi copa; no deseo otro ni añoro los vinos pasados.
Un poema es una nube que viaja dejando una feraz llovizna que nunca se extingue; nos envuelve en su neblina cálida y húmeda, útero al que volver siempre.
El vino de Khayyam son los dones de la vida, el único tiempo de que disponemos: Nada hay antes y nada después.

III
“No busques la felicidad. La vida es más breve que un suspiro.
El polvo de Djemschid y de Kai-Kobad revolotea
en la polvareda rojiza que contemplas.
El universo es espejismo. La vida, un sueño.”

IV
“¡Siéntate y bebe! Gozarás de una felicidad que Mahmud
nunca conoció.
Escucha las melodías que exhalan los laúdes de los amantes:
ellas son los verdaderos salmos de David. No busques
en el pasado ni el porvenir.
¡Que tu pensamiento no vaya más allá del momento!
Ese es el secreto de la paz.”

V
“Yo no temo a la muerte.
Prefiero esta certeza que aquella otra que se me impuso al nacer.
¿Qué es la vida? Un bien que me han confiado, a mi pesar,
y que devolveré indiferente.”

 

El poeta ve el mundo que vemos todos, ve lo que nosotros vemos, y lo ve porque no hay otra cosa, no hay otro mundo; Paul Éluard lo sabía, lo poetas lo saben, miran el mundo y ven los detalles; miran el bosque y ven los árboles: Nos cuentan los árboles, las historias de los árboles.
Aquel que se obceca en no leer poesía arguyendo que no la entiende, que es críptica, complicada, que necesita de una hermeneusis (ερμηνευτική τέχνη), sólo expresa su vagancia intelectual, su dejadez, su pretender acceder a las cosas sin esfuerzo, porque un pensamiento que ha costado expresarse exige el esfuerzo del lector, y es un esfuerzo agradecido y simple, pero esfuerzo que el vago intelectual no quiere hacer, sino que lo haga alguien por él, de ahí el relativo éxito de los cantantes populares de poemas ajenos (o propios): texto fácil envuelto en música mejor o peor. Claro que hay excepciones, sin ir más lejos las “Cuatro últimas canciones” de Richard Strauss, pero ésa sería otra historia.
El poeta sabe, digo; Omar Khayyam sabía -lector seguro de Epicuro o de Lucrecio- que la vida es cada instante que se toma, sólo lo justo: que lo que sobre caiga entre los dedos como la arena de una clepsidra.

VI
“¡Vino! ¡Mi corazón enfermo quiere ese remedio!
¡Vino de aroma almizclado! ¡Vino de color de rosa!
¡Vino para apagar el incendio de mi tristeza!
¡Vino y tu laúd de cuerdas de seda, mi bienamada!”

VII
“Todos los hombres quisieran marchar
por el camino del Conocimiento. Este camino,
unos lo buscan, otros afirman haberlo encontrado.
Pero un día una voz clamará: “¡No hay camino
ni sendero.”

VIII
“Me dicen: “No bebas más Khayyam!”
Yo les digo: “Cuando he bebido,
oigo lo que dicen las rosas, los tulipanes y los jazmines.
Digo, incluso, lo que no puede decirme mi bienamada.”

 

Como dije hace un par de días, es seguro que Omar Khayyam conocía el pensamiento de Epicuro, sea directamente, sea por la traducción que de él hizo Lucrecio, de ahí este primer poema de hoy, tan deliciosamente materialista, puesto que como dice Lucrecio, “… en realidad, ningún reposo es concedido a los átomos , porque en ningún sitio existe un fondo absoluto a donde puedan confluir y sentar sus reales. Todo lo que existe está en perpetuo movimiento…” (“De Rerum Natura”, 992 y sig.: “At nunc nimirum requies data principiorum corporibus…”). Khayyam lo dice así:

IX
“Aspirar aquí abajo a la paz: locura.
Creer en el reposo eterno: locura.
Después de tu muerte, tu sueño será breve. Renacerás
en un matojo de hierba que será pisoteado o en una flor
que el sol marchitará.”

O así, convertidos en polvo y cenizas, y de ese polvo, en barro para el alfarero:

X
“He visto ayer a un alfarero sentado ante su torno.
Modelaba las asas y los flancos de sus urnas.
Amasaba cráneos de sultanes
y manos de mendigos.”

XI
“Me pregunto qué poseo verdaderamente.
Me pregunto qué subsistirá de mí tras de mi muerte.
Nuestra vida es breve como un incendio:
llamas que se olvidan,
cenizas que el viento dispersa: Un hombre ha vivido.”

Por eso, Khayyam toma lo que la vida regala, tanto tristezas como alegrías: todo es fugaz e inane; todo conforma nuestras vidas:

XII
“No he pedido vino.
Me esfuerzo en acoger sin asombro y sin cólera
todo lo que la vida me aporta.
Partiré sin haber preguntado
a nadie sobre mi extraña estancia sobre esta tierra.”

“Cuando la vida humana yacía a la vista de todos torpemente postrada en tierra, abrumada bajo el peso de la religión, cuya cabeza asomaba en las regiones celestes amenazando con una horrible mueca caer sobre los mortales, un griego fue el primero en osar elevar hacia ella sus efímeros ojos y contra ella rebelarse. No le detuvieron ni las fábulas de los dioses, ni los rayos del cielo con su amenazante bramido, sino que aún más excitaron el ardor de su ánimo y su deseo de ser el primero en forzar los apretados cerrojos que guarnecen las puertas de la Naturaleza.” (“Humana ante oculos foede cum vita iaceret…” “De Rerum natura”, vv 62 – 72)

Así comienza Lucrecio su Elogio de Epicuro (Επίκουρος, ‘el aliado’ 435- 506 de la Primera Olimpiada, 341-279 antes de EC), padre del materialismo científico, faro de inteligencias en el océano de ignorancia y superstición que aún capeamos, timón a la vía.

Y así he querido terminar esta humilde selección de los poemas de Omar Khayyam en deseo de que os haya servido para conocer un poeta que escribió, pensó y bebió sobre la tierra hace más de mil años, siendo sus versos perfectamente legibles hogaño, legibles, inteligibles y peligrosos, como suelen ser los textos de aquellos que honrada e inteligentemente nos relatan la realidad, peligrosos como la Idea de Darwin (“La peligrosa idea de Darwin: Daniel C. Dennett; Galaxia Gutemberg, 2000), bellos como los hexámetros de Lucrecio Caro (anno 759 ab Urbe condita, 94 antes de EC), poeta que murió cuarenta y tres años más tarde.

Y es que Omar Khayyan, la poesía de Omar Kayyan es clara y carece de doblez o subterfugio: No necesita ocultarse:

XIII

“Sobre la tierra abigarrada camina alguien que no es musulmán

ni infiel

que no es ni rico ni pobre. No venera a Alá

ni a sus leyes.

No cree en la verdad. No afirma nunca.

Sobre la tierra abigarrada, ¿quién es este hombre bravo

y triste?”

Siempre la fugacidad de las cosas, el viento que hace llorar a nuestros ojos y desaparece, la lluvia que anega y bendice,lo que es y no es, la paradoja de Heisenberg, la muerte portadora de vida:

XIV

“¡Mira! ¡Escucha! Una rosa tiembla en la brisa. Un ruiseñor

le canta un himno apasionado.

Una nube se ha detenido. ¡Bebamos vino!

Olvidemos que la brisa deshojará la rosa, se llevará el

canto del ruiseñor

y esa nube que os da una sombra tan preciosa.”

Pero sabed -nos dice Khayyam- que lo que se toma ha de ser tomado con pasión, con apasionada dulzura, nunca con indiferencia, guardemos la indiferencia para lo que no necesitamos, que es mucho.

Ayer mismo hablábamos en casa del amor apasionado y devastador, de la angustia que en el pecho produce; hablamos largo y tendido del asunto. El poeta es sucinto y dice más:

XV

“El amor que no devasta no es el amor.

¿Un tizón expande el calor de un brasero?

Noche y día, durante toda su vida,

el verdadero amante se consume de dolor y de gozo.”

De la misma forma existe el amor abúlico, o el amor destructivo, el amor institucional y aburrido e insano:

XVI

“Tú puedes sondear la noche que nos envuelve.

Puedes adentrarte en esa noche… No saldrás.

Vuestro primer beso debe haber sido atroz, Adán y Eva,

¡pues nos habéis creado desesperados!”

Eso respecto del amor, mas de su base epicúrea, el libre pensamiento, la única libertad que es interior y personal, la discreción como forma de vida:

XVII

“Cierra tu Corán. Piensa libremente y mira la tierra

y el cielo.

Al pobre que pasa, dale la mitad de lo que poseas.

Perdona a todos los culpables. No entristezcas a nadie.

Y escóndete para sonreír.”

Y hasta aquí hemos llegado queridas, queridos que me leéis, hasta aquí mi mínimo florilegio, este buquet de poemas que espero os hayan acercado a Omar Khayyam, este poeta que seguro os era absolutamente desconocido y que he recuperado de mis estanterías y de mi memoria gracias a la oportuna erudición de Octavio Colis, un poeta que me afirmó en mi sentido libertario de la vida en mi agradecimiento a Epicuro y Lucrecio, siempre tan releídos.

El poeta que lo es te lleva no a mundos extraños, sino que de los mundos enajenados te trae al cierto; eso es lo que hace Omar Khayyan desde hace un milenio, porque lo que vienen llamando los poderosos realidad es enajenación y el poema, certeza.

En la esperanza de haberos sido útil, el último poema en la edición que poseo, la de Ramón Hervás, 1992 y Clásicos Ucieza, 2000, un poema que une amor, vida y valiente inteligencia, que resume, en fin, la brevedad de nuestro estar aquí, tan pasajero.

XVIII

“¡Laúdes, perfumes y copas, labios, cabelleras y grandes ojos,

juguetes que el Tiempo destruye, juguetes!

¡Austeridad, soledad y labor, meditación plegaria y

renuncia,

cenizas que el Tiempo aplasta, cenizas.”

¿SE PUEDE HACER POESÍA CON LA SECUENCIA DE FIBONACCI

Después de un periodo sumido en la agrafia y prepóstero como un cárabo converso al día, Tere Díaz Charlín​ me ha recordado que nunca he comentado nada sobre Inger Christensen (1935 – 2009), cuyo libro Alfabeto se ha convertido desde su publicación por Sexto Piso el pasado año en mi libro de poesía de cabecera; la novela sigue quedando para Mr. PYnchon. Si mento la famosa Secuencia de Fibonacci es porque Christensen la utiliza para construir la primera parte de su poema, es decir que la cantidad de versos en cada estrofa es la suma de los dos precedentes (0, 1,1,2, 3, 5, 8, 13…): Todo un hallazgo poético, y lo que es mucho mejor, de una belleza impresionante, emocionante, más bien. He dicho que el libro contiene un solo poema, un poema que define el mundo desde unos ojos humanos, una Cosmogonía hecha a la medida de la inteligencia humana. Las anteriores cosmogonías eran siempre teogonías: hipótesis para ser creídas, dogmas para la sumisión y el desconcierto, Alfabeto, no, Alfabeto nos muestra el mundo inteligible, pero también la acción de los humanos sobre él; el texto ya es una muestra de la capacidad humana de producir belleza; el contenido también incluye la disposición humana de destrozarla: La estirpe humana en una larga y cruel infancia destripando el planeta donde habitan (“Escribo como el invierno / escribo como la nieve / y el hielo y el frío / y la oscuridad y la muerte / escriben.”), desamando esa belleza que nos rodea por doquier y que Christensen describe emocionada: Todo lo que existe. Existir…, el verbo más importante del poema, el que nos recuerda con su constancia poética que no estamos solos, que compartimos un espacio con otras especies que no nos pertenecen, ni ellas ni el espacio. La existencia de los demás seres, las cosas minerales o aéreas, los sucesos como la muerte…, eso es lo que importa, lo que el libro, desde su primera estrofa (un verso, principio de la secuencia: “Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen”), afirma vehementemente (segunda estrofa: dos versos: “los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras / y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno), de manera que esa existencia, ese existir se hace omnipresencia, envuelve el poema, lo protege y le da sentido. Toda esta primera parte del poema, la que descansa sobre la estructura de la Secuencia va cobrando velocidad y ritmo con ella, pero también consigue envolver al lector, tocar el corazón del lector hasta casi ahogarle de emoción… Es curioso lo que me pasa con los libros que amo, al final de las muchas lecturas que me dan termino pensando que de alguna forma los he escrito yo, supongo que a causa de la proliferación de imágenes que me van produciendo, de vidas que vivo en ellos, de emociones que suscitan, siempre distintas y semejantes en las diversas lecturas, en las que unas veces unas partes, frases o estrofas cobran más importancia -brillan más- y en otras ocasiones son otras partes del texto las que surgen como amaneceres renovados. ¿Quién sabe? Termino ya sin decir nada más y dejando que sea Christensen quien lo haga en estos pocos versos que han aparecido al azar del abrir el libro: La nieve no es de niguna manera nieve cuando nieva en pleno junio la nieve no ha caído de ninguna manera del cielo en junio la nieve ha surgido por sí misma y ha florecido en junio como los manzanos los albaricoqueros los castaños en junio perderse en la verdadera nieve que en la nieve de junio con flores y semillas cuando no vas a morir nunca Sólo hacer mención de la excelente traducción de Francisco J. Uriz (1932) , no en vano Premio Nacional de Traducción de la Academia sueca y Premio por la difusión de la literatura sueca en el extranjero recibidos en 1975 y en 2008. Comprad este libro: No os arrepentiréis.

TRES FRASES DE STENDHAL Y UN POEMA DE QUEVEDO

Como no he querido extenderme, recojo sólo éstas, de principio de la novela Rojo y negro por su eficiencia lapidaria.

Como Stendhal sabía exactamente todo lo que pasaba por las cabezas de sus personajes (increíble mérito desde mi punto de vista, tanto en cuanto que yo no sé ni siquiera lo que pasa por la mía propia), hemos de colegir que lo que dejó escrito es cierto por encima de toda duda. Helas aquí:

“…; pero si el viajero hace un examen detenido de su persona*, hallará a la par que ese aire típico de dignidad de los alcaldes de pueblo y esa expresión de endiosamiento y de suficiencia, un no sé qué indefinido que es síntoma de pobreza de entendimiento y de estrechez de mentalidad, y terminará por pensar que las pruebas únicas de inteligencia que ha dado o es capaz de dar el alcalde consisten en hacerse pagar con puntualidad y exactitud lo que le deben, y en no pagar, o en retardar todo lo posible el pago de lo que él debe a los demás.”

*Se refiere, claro, al alcalde Rênal

 

“En realidad de verdad, las tales personas prudentes y moderadas ejercen el más fastidioso de los despotismos y son causa de que la permanencia en las ciudades pequeñas se haga insoportable a los que han vivido en la inmensa república llamada París. La “tiranía de opinión”… ¡y qué opinión, santo Dios! Es tan estúpida en las pequeñas ciudades de Francia como en los Estados Unidos de América.”**

** Mil perdones por las dobles comillas: mi máquina, carente de la más mínima piedad ortográfica carece de comillas horizontales.

 

¡La importancia! ¿Es nada, por ventura? La importancia es el respeto de los necios, el pasmo de los niños, la envidia de los ricos y el desprecio del sabio.”

 

Se dio en llamar progreso a la invención de máquinas que sustituían con ventaja el trabajo –normalmente muy duro- de las mujeres y los hombres; eso comenzó a suceder, como siempre a costa de la miseria de muchos y enriquecimiento de pocos, en la llamada Revolución industrial, que ha resultado ser la única de las revoluciones que perdura, seguramente porque  favorece a una clase minoritaria y poderosa apuntalada en las costas  del resto, sin poder, ni nada que se le parezca. Hubo otras revoluciones, digo, pero como eran sociales, ahí quedaron sumidas en el olvido después de un amanecer tormentoso, un mediodía turbio y una noche universal y entrópica: Así (dicen) es la vida.

Hoy, el progreso, es también maquinista, pero ya de una invasión de maquinitas que superan con un halo enorme de estupidez la utilidad para la que fueron pensadas, véase el teléfono portátil, llamado-quién sabe por qué, móvil, y toda la serie de memeces inútiles alrededor de la electrónica: En fin, progresamos porque consumimos.

Pero leemos estas tres frases únicas (antes debo recordar a mis virtuales lectoras que Rojo y negro se publicó en noviembre de 1830, es decir: han pasado 182 años y diez meses), y, no sé, pero yo no veo el progreso, el que debiera ennoblecernos, por ninguna parte.

Los alcaldes, ya de pueblo, ora de ciudad, son generalmente unos brutos que nadan alegremente en la incuria, excepto a la hora de hacer cuentas (sumar y multiplicar, sólo), cualidad que hemos de ampliar al resto de las clases políticas, las clases broncíneas, no porque están permanentemente bronceadas (que suelen estarlo) sino por haberse convertido en estatuas de bronce. Tal es su importancia, la misma de que escribe Stendhal, esa que es pasmo de los niños, y lo digo por el exponencial crecimiento del infantilismo de las clases populares y no tan populares que, aun sufriendo todos los rigores de la casi pobreza o pobreza a secas, aplauden al paso de la duquesa de aquí, la alcaldesa de allá y demás señoritos del papel cuché, sobre todo si estos y aquellas son caballeros y jinetas en sus corceles enjaezados y olé, y es que uno es una joven promesa a los treinta y nueve años, ni más ni menos: dulce juventud, de inacabable duración sin necesidad de elixires ni chorradicas. ¡Viva la juerga! Más o menos lo que leí un día ya lejano en el campus de Santiago, una buena pintada: Pedín traballo e déronme calimotxo.

Pero esto que escribo es –naturalmente- demagogia y ganas de joder como bien dirán esas simpáticas y apacibles personas el ratito que apartan un ojo del televisor para ir a mear o pillar algo perfectamente asqueroso en la nevera. Si ya lo dicen los medios, ¿no son acaso terroristas próximos a ETA esas gentes que protestan por esto o aquello fuera de las lindes democráticas tan duramente conseguidas por un tal Juan Carlos, entre otros valientes luchadores y defensores de las más preciadas libertades del pueblo?

En fin, paro. Pero sólo de momento: otro día más, ahora, Quevedo en su largo pero sustancioso poema: ¿parece mentira que hayan pasado tantos (siglos)?

 

EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA CONTRA LAS COSTUMBRES PRESENTES DE LOS CASTELLANOS, ESCRITA A DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE DE OLIVARES, EN SU VALIMIENTO

 

No he de callar por más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,

puede hablar el ingenio, asegurado

de que mayor poder le atemorice.

 

En otros siglos pudo ser pecado

severo estudio y la verdad desnuda,

y romper el silencio el bien hablado.

 

Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,

que es lengua la verdad de Dios severo,

y la lengua de Dios nunca fue muda.

 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero,

ni eternidad divina los separa,

ni de los dos alguno fue primero.

 

Si Dios a la verdad se adelantara,

siendo verdad, implicación hubiera

en ser, y en que verdad de ser dejara.

 

La justicia de Dios es verdadera,

y la misericordia, y todo cuanto

es Dios, todo ha de ser verdad entera.

 

Señor Excelentísimo, mi llanto

ya no consiente márgenes ni orillas:

inundación será la de mi canto.

 

Ya sumergirse miro mis mejillas,

la vista por dos urnas derramada

sobre las aras de las dos Castillas.

 

Yace aquella virtud desaliñada,

que fue, si rica menos, más temida,

en vanidad y en sueño sepultada.

 

Y aquella libertad esclarecida,

que en donde supo hallar honrada muerte,

nunca quiso tener más larga vida.

 

Y pródiga de l’alma, nación fuerte,

contaba, por afrentas de los años,

envejecer en brazos de la suerte.

 

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños

del paso de las horas y del día,

reputaban los nuestros por extraños.

 

Nadie contaba cuánta edad vivía,

sino de qué manera: ni aun un’hora

lograba sin afán su valentía.

 

La robusta virtud era señora,

y sola dominaba al pueblo rudo;

edad, si mal hablada, vencedora.

 

El temor de la mano daba escudo

al corazón, que, en ella confiado,

todas las armas despreció desnudo.

 

Multiplicó en escuadras un soldado

su honor precioso, su ánimo valiente,

de sola honesta obligación armado.

 

Y debajo del cielo, aquella gente,

si no a más descansado, a más honroso

sueño entregó los ojos, no la mente.

 

Hilaba la mujer para su esposo

la mortaja, primero que el vestido;

menos le vio galán que peligroso.

 

Acompañaba el lado del marido

más veces en la hueste que en la cama;

sano le aventuró, vengóle herido.

 

Todas matronas, y ninguna dama:

que nombres del halago cortesano

no admitió lo severo de su fama.

 

Derramado y sonoro el Oceano

era divorcio de las rubias minas

que usurparon la paz del pecho humano.

 

Ni los trujo costumbres peregrinas

el áspero dinero, ni el Oriente

compró la honestidad con piedras finas.

 

Joya fue la virtud pura y ardiente;

gala el merecimiento y alabanza;

sólo se cudiciaba lo decente.

 

No de la pluma dependió la lanza,

ni el cántabro con cajas y tinteros

hizo el campo heredad, sino matanza.

 

Y España, con legítimos dineros,

no mendigando el crédito a Liguria,

más quiso los turbantes que los ceros.

 

Menos fuera la pérdida y la injuria,

si se volvieran Muzas los asientos;

que esta usura es peor que aquella furia.

 

Caducaban las aves en los vientos,

y expiraba decrépito el venado:

grande vejez duró en los elementos.

 

Que el vientre entonces bien diciplinado

buscó satisfación, y no hartura,

y estaba la garganta sin pecado.

 

Del mayor infanzón de aquella pura

república de grandes hombres, era

una vaca sustento y armadura.

 

No había venido al gusto lisonjera

la pimienta arrugada, ni del clavo

la adulación fragrante forastera.

 

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos, y ajos duros,

tan bien como el señor, comió el esclavo.

 

Bebió la sed los arroyuelos puros;

de pués mostraron del carchesio a Baco

el camino los brindis mal seguros.

 

El rostro macilento, el cuerpo flaco

eran recuerdo del trabajo honroso,

y honra y provecho andaban en un saco.

 

Pudo sin miedo un español velloso

llamar a los tudescos bacchanales,

y al holandés, hereje y alevoso.

 

Pudo acusar los celos desiguales

a la Italia; pero hoy, de muchos modos,

somos copias, si son originales.

 

Las descendencias gastan muchos godos,

todos blasonan, nadie los imita:

y no son sucesores, sino apodos.

 

Vino el betún precioso que vomita

la ballena, o la espuma de las olas,

que el vicio, no el olor, nos acredita.

 

Y quedaron las huestes españolas

bien perfumadas, pero mal regidas,

y alhajas las que fueron pieles solas.

 

Estaban las hazañas mal vestidas,

y aún no se hartaba de buriel y lana

la vanidad de fembras presumidas.

 

A la seda pomposa siciliana,

que manchó ardiente múrice, el romano

y el oro hicieron áspera y tirana.

 

Nunca al duro español supo el gusano

persuadir que vistiese su mortaja,

intercediendo el Can por el verano.

 

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

y entonces fue el trabajo ejecutoria,

y el vicio gradüó la gente baja.

 

Pretende el alentado joven gloria

por dejar la vacada sin marido,

y de Ceres ofende la memoria.

 

Un animal a la labor nacido,

y símbolo celoso a los mortales,

que a Jove fue disfraz, y fue vestido;

 

que un tiempo endureció manos reales,

y detrás de él los cónsules gimieron,

y rumia luz en campos celestiales,

 

¿por cuál enemistad se persuadieron

a que su apocamiento fuese hazaña,

y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

abreviado en la silla a la jineta,

y gastar un caballo en una caña!

 

Que la niñez al gallo le acometa

con semejante munición apruebo;

mas no la edad madura y la perfeta.

 

Ejercite sus fuerzas el mancebo

en frentes de escuadrones; no en la frente

del útil bruto l’asta del acebo.

 

El trompeta le llame diligente,

dando fuerza de ley el viento vano,

y al son esté el ejército obediente.

 

¡Con cuánta majestad llena la mano

la pica, y el mosquete carga el hombro,

del que se atreve a ser buen castellano!

 

Con asco, entre las otras gentes, nombro

al que de su persona, sin decoro,

más quiere nota dar, que dar asombro.

 

Jineta y cañas son contagio moro;

restitúyanse justas y torneos,

y hagan paces las capas con el toro.

 

Pasadnos vos de juegos a trofeos,

que sólo grande rey y buen privado

pueden ejecutar estos deseos.

 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado,

con desembarazarnos las personas

y sacar a los miembros de cuidado;

 

vos distes libertad con las valonas,

para que sean corteses las cabezas,

desnudando el enfado a las coronas.

 

Y pues vos enmendastes las cortezas,

dad a la mejor parte medicina:

vuélvanse los tablados fortalezas.

 

Que la cortés estrella, que os inclina

a privar sin intento y sin venganza,

milagro que a la invidia desatina,

 

tiene por sola bienaventuranza

el reconocimiento temeroso,

no presumida y ciega confianza.

 

Y si os dio el ascendiente generoso

escudos, de armas y blasones llenos,

y por timbre el martirio glorïoso,

 

mejores sean por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

os muestre, a su pesar, campos serenos.

 

Lograd, señor, edad tan venturosa;

y cuando nuestras fuerzas examina

persecución unida y belicosa,

 

la militar valiente disciplina

tenga más platicantes que la plaza:

descansen tela falsa y tela fina.

 

Suceda a la marlota la coraza,

y si el Corpus con danzas no los pide,

velillos y oropel no hagan baza.

 

El que en treinta lacayos los divide,

hace suerte en el toro, y con un dedo

la hace en él la vara que los mide.

 

Mandadlo así, que aseguraros puedo

que habéis de restaurar más que Pelayo;

pues valdrá por ejércitos el miedo,

y os verá el cielo administrar su rayo.

 

 

AFRODITA: UN POEMA

Después de una larga antipatía (bilateral) con mi ordenador y a consiguiente agrafia, una circunstancia excepcional (la estancia de mi hija en casa y su décimo sexto aniversario) me hace retomar el blog y apuntar este poema, no sé si bueno (sí sé, pero más vale que me calle), pero sí muy querido por mí; pero además, otra circunstancia me ha puesto sobre el teclado: los últimos apuntes de Mera (“Desde un faro”) con tanto acierto como justo cabreo, apuntes que me han hecho sentirme como un vago impenitente, así que aquí, de nuevo y, aunque el cabreo de Mera se suma a mi propio cabreo, no voy a daros hoy sino un poema, y un poema de amor, o más bien a la atracción del Amor. A su belleza enigmática.
Es verdad que nos rodean los imbéciles, cretinos codiciosos, estultos de grandes bocas delanteras por donde salen memeces sin cuento y enormes culos traseros por donde entra de todo, pero hoy no tengo ganas de hablar de ellos, ni de que me quiten un segundo de este día en que mi hija cumple sus diez y seis años, y graba así de bien el recitado del poema que escribo más abajo

ELLE DANS L’ECUME

“Toda mujer quisiera
en una noche encapotada y fiera
estarse a solas abrazando al mar.”

Eduardo Marquina.

A ella no le gustan las aves,
Ella todas las aves ausenta:
Cormoranes, abubillas,
Garzas, pardelas, tarabillas, cernícalos suspensos,
Rapidísimos halcones, gerifaltes, malvasías,
Oropéndolas y porrones osculados.
Incluso las águilas calzadas o la grulla
Damisela ignora.

Ella tiene puertas y ventanas;
Las abre o las cierra desde dentro
Con un código sencillo o complicado
Cuya clave las aves desconocen,
Cuya clave es un misterio para los seres que viven
De vivir. O del aire.

Ella es un tesoro en un tesoro
Escondido, oculto entre pliegues de miradas
Oferentes y barreras infranqueables.
Nace de la espuma de remotos mares
Y en ella se oculta con labios que llaman
Rechazando.

En ella son océanos los ojos y en ello
Los seres del aire caen, creyendo que el Azul es azul,
Y siendo abismo oscuro
Lo que era luz ayer es hoy desasosiego.
Y es que puede amar, mas cuando ama
Se oculta.

Mira pasar más allá de los cristales
Los seres que viven en el aire. Los mira, y
Puede que llame a alguno, como al acaso,
Y lo incendia en los ojos por detrás de sus ventanas,
Y ella lo ve, y a veces tiembla de placer como
Tiemblan los papiros en la leve brisa de la aurora.

Quizá ahora (radiante) extienda las dos manos
Entreabriendo la dúctil ventana, aspire el humo
Del ser en llamas que sólo quiere el tacto,
El roce, la caricia con que seguir ardiendo
Y morir. Y el juego cambia; y Ella se recoge;
Y cierra la ventana. Y sucede el frío oscuro, no la muerte

Anhelada, no los labios, no la Palabra: Frío
Del abismo mudo, la vida
Suspensa en los ojos sin remedio,
La cruel incertidumbre que el aire
Dosifica, tan avara, que el ser del cielo,
Ya fuere chova o collalba a veces vislumbrada,
Boquea e intenta remontar un vuelo
Que no es vuelo, sino un ser por la nada. Malherido.

Le gusta el mar, ama
Descubierta el mar. Sueña que el mar
Entra en su lecho aparente y, solícito,
La roba y la retorna
Al verdadero, a la venera entre radiantes
Espumas, olas doradas que de sus cabellos parten
A las orillas albas, los días prometidos,
Silentes ocasos, atónita calma.

Azures horizontes,
Glaucos espacios fronteras imprecisas
Que no reconoce más allá
De sí misma, la palidez de la piel, los ojos
Que beben toda la luz con un deleite
Que sólo ella reconoce y dosifica.

Cintilan los ojos cuando brilla
El mar, cuando en ellos reverberan estrellas
Y planetas en la prístina noche.
Mas apresa la luz: no la devuelve,
No devuelve estrellas y planetas
Sino que los hace arcanos sólo por ella compartidos.

Besa el mar con temblores que recuerdan
Primeras entregas, ignorando acaso
Que es furia masculina la amenazante espuma
Que envuelve y ciega,
Que la aturde, porque el mar sólo es abismo
Y muerte. Y vida renovada.

Besa el mar, sí, y en cianóticos labios
Se disuelve ya olvidando el nombre
Con que los lejanos
Seres que viven en el aire sueñan
Cada noche: Recoge en el cabello
La última arena. La sal.

Y ya no es Ella, es Afrodita
Naciendo y muriendo cada instante
Para los seres del aire, para los evos que destilan
Por sus ojos, por las manos que acarician
Reclamando:
Por el cuerpo de seda. Por Tu cuerpo de seda.

Renace el sol por la Punta de la Media Naranja;
Tomo café: las nueve de esta mañana en que
Alfred Schulz dirige a la Sinfónica
De Leningrado: “Mi Patria”, Smetana (Vysehrrad,
Moldavia, Sarka, Blanik), recorre mis venas
Y mi memoria hasta la lágrima. La certeza:
No hay más patria que la que se elige; no hay más dioses
Que los que miro con la punta de los dedos.