PURCELL: DIDO Y ENEAS

Henry Purcell

En 1678, Nahum Tate (1652-1715), poeta laureado, conocido por su adaptación de la obra de Shakespeare, Ricardo II, publicó la obra Theodosius, or The Force of Love (“Teodosio o la fuerza del amor”), y sobre otra obra suya adaptó un libreto para Henry Purcell; de esta colaboración nació la ópera Dido and Aeneas (1688 o quizá anterior), “Dido y Eneas” para nosotros. Pero antes de seguir con esta ópera, me gustaría decir algo más del poeta y libretista Nahum Tate respecto de su adaptación del dicho Ricardo II en la cual alteró los nombres de los personajes y el texto escena por escena de manera que éste respetara la majestad real y la dignidad de los tribunales, pero Nahum  -cuyo padre fue acusado de espionaje y colaboración con el gobierno de Londres delatando los planes de la Rebelón Irlandesa de 1641, cuya familia fue atacada y cuya casa familiar fue reducida a cenizas como represalia; el padre, Faithful Teate, terminó trasladándose a Inglaterra. Escribió, aparte de otras cosas, un sermón dedicado a Oliver y Henry Cromwell- Nahum, digo tenía sus propias ideas y Cromwell estaba, por lo visto entre ellas, así que El Usurpador Siciliano (1681), título de la obra citada, fue prohibida a la tercera representación a causa de la muy posible interpretación política republicana.

Por su parte, Purcell, considerado el más grande entre los músicos británicos por los propios británicos, no sé si por su propia grandeza sino también algo por la mediocridad de sus sucesores, es -sin duda- el restaurador  de la música y de la escena británica caída en la más absoluta pacatería del fundamentalismo cristiano durante la dictadura republicana de Cromwell tras la ejecución de Carlos I. Durante la Restauración y bajo los años de Carlos II fue cuando Purcell se mantuvo en la cima musical británica con obras para la escena, óperas como Dido y Eneas, Abdelazar, tragedia debida a Aphra Behn (1640-1689) que, aparte de ser la primera escritora profesional en lengua inglesa,

Aphra Behn

fue espía británica en varias cortes; semióperas como King Arthur o The Fairy Queen, canciones para los Aires, Canciones y Diálogos elegidos de John Playford, Himnos para la portentosa voz de bajo profundo del reverendo John Gostling, del que se sabe poseía una tesitura de al menos dos octavas, uno de ellos, quizá el más conocido sea el They that go down to the sea in ships, escrito en agradecimiento por el salvamento en naufragio del rey en el buque Solent, unas cincuenta canciones de taberna y libertinaje (aunque algunos suponen que una cierta cantidad de estas le son falsamente atribuidas) de las cuales me gustaría escribir en otra ocasión, música religiosa, los conocidos anthems (himnos) profanos y diversas canciones  como Music for a while, bastante música incidental para el teatro o la conocidísima Música para los funerales de la Reina Mary.

Pero hoy sólo quiero escribir un poco sobre la única ópera de Purcell, la célebre Dido and Aeneas, en tres actos con libreto -como he apuntado antes- de Nahum Tate adaptada de su obra Brutus of Alba or The Enchanted Lovers  y de la Eneida, Canto IV de Ovidio que relata la trágica relación entre Dido, primera reina de Cartago e inventora literaria del “isoperímetro” y Eneas, superviviente troyano de la guerra que llega desviado de su rumbo hacia la península itálica por una tempestad la costa cartaginesa del cual se enamora la reina inmediatamente siendo por él correspondida; el tiempo pasa pero Eneas está destinado por Júpiter para fundar una estirpe en el Lacio, de manera que el troyano intenta partir de Cartago al amparo de la noche; Dido se entera y vuela a convencerle de que se quede pero, sin éxito, lo ve partir. Desesperada erige una gran pira donde dispone la espada del héroe, algunas ropas por él abandonadas y el tronco del árbol que resguardaba la cueva donde se amaron intensamente por vez primera. Al alba, subió Dido a la pira y, enterrando la espada en su pecho se desplomó sobre las leñas; la hermana de Dido, Ana que en vano intentó disuadirle, ordena prender fuego a la pira, siendo tras la muerte considerada divinidad por su pueblo.

La primera representación de esta tristísima histoire d’amour sucedió en un colegio de señoritas, el de Josias Priest en Chelsea, Londres allá por el verano de 1688, para turbación de las honestas doncellas allí recluidas que, supongo yo se derritieron con esta historia y, sobre todo con el maravilloso Lamento de Dido final, donde hasta las piedras lloran, pero también para la consternación del profesorado y autoridades locales que no debieron ver demasiado adecuada la ópera para las virginales mentes femeninas a su custodia. De hecho el estreno comercial de la obra no sucedió hasta 1700 en Londres. Y, como curiosidad (que si os fijáis bien no es tan curiosa) diré que en España, la ópera se estrenó en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1956, es decir cuando yo ya había cumplido los cinco años e iba a por los seis: para mí pronto, pero para la historia, bien tarde, como suelen suceder estas cosas en España.

El libreto estricto, que parece ser alegórico, se refiere a los gozos del matrimonio entre los dos monarcas que, en segunda lectura, parece referirse al de Guillermo III de Inglaterra y María, Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda; Jacobo II aparece como un Eneas desorientado por maquinaciones de la Hechicera y sus brujas (que representan al catolicismo de Roma, a los papistas), significando Dido

Queen Mary

al pueblo británico abandonado por Roma. Cierto que la ópera es una tragedia, sin embargo el genio de Purcell la aligera con de vez en cuando con escenas amables como la canción (del marinero 1º): Take a boozy short leave of your nymphs on the shore, and silence their mourning with vows of returning, though never intending to visit them more, cuya moraleja explica a las jovencitas ardientes que no deben ceder a las promesas y -sobre todo-proposiciones de los ardientes jóvenes, lo cual debió sin duda arrebolar unas cuantas mejillas en el internado.

Henry Purcell, que murió de neumonía a los 36 años, al negarse su esposa a abrirle la puerta de casa una fría noche invernal en que volvía él como otras noche a deshoras y bastante achispado fue enterrado frente a su órgano en la Abadía de Westminster en 1695 con los mayores honores. El Reino Unido no ha dado más que otro enorme músico, Benjamin Britten, un gran músico, Edward Elgar, un músico que no amo demasiado pero que es un maestro, Michael Nyman y, coño, The Who.

Os traigo una magnífica versión, la de Cristine Pluhar y su agrupación l’Arpeggiata y ocho voces sopranos (2), contratenores (2), tenores (2), un barítono y un bajo, y tres solistas, Mariana Flores y Céline Scheen , sopranos y Marc Mauillon, barítono. A L’Arpeggiata ya la he traído más veces así que no hace falta presentación, lo único, repetir que soy devoto de ésta y de su directora, Cristine Pluhar que elige para esta ocasión la dirección historicista a manos, sin batuta, en el Tivoli Vredenburg de Utrecht, en 2015. No he logrado identificar al director de escena, así que me atrevo a decir que ésta se debe al trabajo conjunto de L’Arpeggiata y, sea como fuere, he de decir que es una puesta en escena maravillosamente minimalista desde el simple escenario hasta el último gesto de los cantantes.

En fin, una ópera no demasiado larga -poco más de hora y media- para disfrutar este u otro fin de semana, así que con ese fin aquí la apunto:

Perdérsela sería como mínimo un enorme error entre los que gustéis de la ópera o de la música en general que, sinceramente, espero seáis incapaces de cometer.