LISTADOS

LISTADOS

Por encima de todas las cosas escritas están las listas; amo las listas, como a algunos lectores compulsivos que conozco , me fascinan, y por tanto, amo los diccionarios, que son listas de listas porque cada entrada forma parte de una o varias listas, por ejemplo, taza, que está en la lista de palabras que comienzan por T, pero también en objetos para tomar café, té, infusiones varias, medir la cantidad de arroz, de azúcar, tazas de loza, de porcelana, de vidrio y de cristal, de manera que las listas de un diccionario rozan el infinito. Y están los diccionarios de fósiles, de minerales, de cristalografía, de filosofía, religión, mitologías, de aves, de mamíferos, de ungulados, de anélidos, que forman un enorme grupo de invertebrados protóstomos de aspecto vermiforme,  de anuros y uroledos, de orden y de uso… por tener, tengo en casa diccionarios de todo lo citado, de varias lenguas, algunas de las cuales no comprendo, un diccionario de perfumería, otro de bosques caducifolios del norte de España, de la Selva Negra, de plantas gimnospermas, angiospermas y monospermas; tengo un diccionario de insectos y otro de anatomía humana y tengo otro de geografía política, uno verdaderamente oportuno que se titula Diccionario de la ignorancia (1998), dirigido por Michel Cazenave, y que trata, como su título indica, de lo que no sabemos: cosmología negra, vacío cuántico, matemática como modelo de la realidad, sopa prebiótica, la locura, la inteligencia artificial y  -por supuesto- el no-saber,  y alguno más que se me escapa ahora. Y tengo para mi goce los 23 tomos con sus cinco apéndices de la Enciclopedia Hispanoamericana de Muntaner y Simón comenzada a publicar en 1887 y terminada en 1910.

Me gusta cuando en un libro aparece una lista entre las cuales destaco las que hace Joyce en el Ulises (cap. 17), listas excelsas, como ésta primera: 

¿De qué deliberó el duumvirato (Bloom – Stephen) durante su itinerario?

Música, literatura, Irlanda, Dublín, París, la amistad, la mujer, la prostitución, la alimentación, la influencia de la luz de gas, o la luz de arco voltaico en el crecimiento de los paraheliótrópicos árboles adyacentes, la exhibición de cubos de basura municipales par emergencias, la Iglesia Católica, Romana, el celibato eclesiástico, la nación irlandesa, la educación jesuítica, las carreras, el estudio de la medicina, el día de ayer, el maléfico influjo de la víspera de fiesta, el desmayo de Stephen.

O ésta que a mí me anonada porque -entre otras cosas- en su día escribí un diccionario de términos marineros que no me ha hecho modestamente millonario:

¿Qué admiraba en el agua Bloom, amador del agua, sacador de agua, portador de agua volviendo al fogón?

Su universalidad: su igualdad democrática y su fidelidad a la naturaleza buscando su propio nivel: su vastedad en el océano de la proyección de Mercator: su profundidad no sondeada en la fosa de Sundam en el Pacífico excediendo las 8.000 brazas: la inquietud de sus olas y partículas superficiales visitando uno tras otros todos los puntos del litoral: la independencia de sus unidades: la variabilidad de los estados del mar: su quiesciencia hidrostática en calma: su turgidez hidrocinética en las aguas muertas y en las mareas vivas: su apaciguamiento después de la devastación: su esterilidad en los casquetes circumpolares, ártico y antártico: su importancia climática y comercial: su preponderancia de 3 a 1 sobre la tierra seca en el globo: su indisputable hegemonía en extensión de leguas cuadradas por toda la zona por debajo del trópico subecuatorial de Capricornio: la estabilidad multisecular de su fosa original: su lecho lúeofulvo: su capacidad para disolver y contener en solución todas las sustancias solubles incluyendo millones de toneladas de los metales más preciosos: sus lentas erosiones de penínsulas y promontorios con tendencia a bajar sus depósitos aluviales: su peso y volumen y densidad: su imperturbabilidad  en lagos y lagunas de meseta: su gradación de colores en las zonas tórrida y templada y frígida: sus ramificaciones vehiculares en corrientes continentales en cuencas lacustres y ríos confluyentes y fluyentes al mar con sus tributarios y las corrientes oceánicas: corriente del Golfo, con sus ramas nordecuatorial y sudecuatorial: su violencia en maremotos, trombas marinas, erupciones, torrentes, remolinos, desbordamientos, avenidas, olas de fondo, divisorias de aguas, géiseres, cataratas, torbellinos, maelstroms, inundaciones, diluvios, aguaceros: su vasta curva ahorizontal circumterrestre: su secreto en los manantiales y la humedad latente, revelada por instrumentos rabdománticos o higrométricos y ejemplificada por el agujero en la pared en Ashtown Gate, la saturación del aire, la destilación del rocío: la sencillez de su composición, dos partes constitutivas de hidrógeno por una parte constitutiva de oxígeno: sus virtudes curativas: su capacidad de hacer flotar en las aguas del Mar Muerto: su perseverante penetrabilidad en arroyuelos, canales, diques insuficientes, vías de agua en buques: su propiedades para limpiar, apagar la sed y el fuego, alimentar la vegetación: su infalibilidad como paradigma y parangón: sus metamorfosis como vapor, niebla, nube, lluvia, nevisca, nieve, granizo: su fuerza en mangueras rígidas: su variedad de formas en lagos y bahías y golfos y calas y ensenadas y lagunas y atolones y archipiélagos y estrechos y estrechos y fiordos y minches y estuarios y brazos de mar: su solidez en glaciares, icebergs, témpanos: su docilidad en hacer funcionar ruedas hidráulicas, turbinas, dínamos, plantas hidroeléctricas, lavaderos, tenerías, fábricas textiles: su utilidad en canales, en ríos, si navegables, en dique flotantes, y secos: su potencialidad derivable de mareas embridadas o cursos de agua cayendo de un nivel a otro nivel: su fauna y su flora submarina (anacústica, fotofóbica), numéricamente, si no literalmente, los habitantes del globo: su ubicuidad al constituir  el 90% del cuerpo humano: la nocividad de sus efluvios en marismas lacustres, pantanos pestilentes, agua de macetas echada a perder, charcos estancados bajo la luna menguante.

¿No es una belleza? Y aún hay lectores que temen a Joyce.

Recuerdo las listas infinitas de Borges de el Aleph o de La Biblioteca de Babel (El jardín de los senderos que se bifurcan, 1941; Ficciones, 1944), una biblioteca aparentemente infinita pero finita aunque de enorme e inimaginable vastedad al limitarse por las 410 páginas por volumen, 40 renglones por página y 80 símbolos por renglón. Una biblioteca que es un universo cerrado con todo lo que contiene que son todos los libros posibles inteligibles o ininteligibles arbitrariamente ordenados o desordenados y que precede o preexiste a lo humano.

Los listados de los lugares e historias que el Danubio recorre y alimenta según Magris (El Danubio,1986), a saber: Alemania, Austria, Hungría, Checoslovaquia, Yugoeslavia,Rumanía y Bulgaria, con todos y cada uno de los lugares que visita, 85, si mal no recuerdo, comenzando por las dos fuentes, la de Brigach y la de Breg y acabando en el hermoso e inmenso delta del Danubio cuya ciudad más oriental es Sulina, en el canal del centro,  o del mismo Magris, el listado secreto de Microcosmos; 1997, la encadenada relación de dioses y diosas en la novela de Roberto Calasso (Las bodas de Cadmo y Harmonía, 1988) o la precisa relación de Antonio Ruiz de  Elvira en su libro imprescindible Mitología Clásica (1975).

The art of living

Y sin lugar a dudas La vida instrucciones de uso (1978) De Georges Perec, obra de culto, un libro que según el mismo Perec se ha construido como una casa en la que las habitaciones se unen unas a otras siguiendo la técnica del puzzle. Perec nos explica haberse inspirado en El diablo cojuelo, de Luis Pérez de Guevara (1641) en la traducción (o más bien adaptación) de Lesage (1707), en en una escena que aparece en el Gengi Monogatari (+/- 1000) o La novela de Gengi, de Murasaki Shibiku, uno de los tesoros preferidos de mi biblioteca) y, finalmente en un dibujo de Saul Steinberg, The Art of Living (1949) en el vemos un edificio sin fachada con todas las habitaciones y sus ocupantes y objetos. El resultado es una novela de elementos cruzados con más de cien personajes, aunque al final todo acabe girando alrededor del millonario Bartlebooth (acrónimo del Bartleby de Melville y del Barnabooth de Larbaud) y del constructor de puzzles, Gaspar Winkles, y está concebido a la manera oulipiana (de Oulipo, acrónimo de ouvroir de litératture potentielle , método creado por escritores y matemáticos franceses y fundado por Raymond Queneau y François le Lionnais en 1960). Pero no seguiré explicando este texto porque temo que los que no lo conozcan le van a pillar canguelo: siempre es mejor leer sin prejuicios, ni buenos ni malos. Lamentablemente no logro encontrar mi ejemplar en las estanterías: es posible que con tantos traslados en mi vida, haya decidido reinventarse a sí mismo como sugiere el texto y se haya transmutado en personaje imaginario del sótano de la señora Moureau. Y por ahí ande, de manera que no puedo apuntar aquí alguna de las páginas de esta obra maestra, de culto creciente desde su aparición en 1978, culto al que me adscribí yo mismo en 1993 al aparecer la edición de Anagrama, edición que, precisamente es la que se me ha escapado de las estanterías.

Perec relata detalladamente cada objeto, cada estado, cada personaje que están en cada lugar de cada estancia un ejercicio de literatura hiperrealista para los muy caprichosos; frikis nos llaman ahora: bien.

Del mismo Queneau (1903-1976), podéis leer todo un listado completo de formas retóricas a partir de una anécdota común y corriente bajo el epígrafe Notaciones. A partir de ella, siguen 99 formas retóricas, narrativas, poéticas, musicales, etc. que reinterpretan el mismo texto. El libro se titula, por si a alguien le interesa Ejercicios de estilo (1947, y 1987 de la edición en castellano de Cátedra).

Pero ya que he nombrado al Oulipo, no puedo por menos que poneros un ejemplo de un texto interpretado a la manera oupiliana, de una de sus formas más conocidas: el método de transformación S+7, algo laborioso pero muy sencillo y que consiste en partir de u texto base y -con ayuda de un diccionario reemplazar en él cada sustantivo (S) por la séptima entrada (+7) que se encuentre después de dicho sustantivo: muy divertido:

En la prisa creó Dipsómano el cientopiés y las tijeretas. Pero las tijeretas eran confusión y vacío; había tintorerías por encima de la ablución y el esplín de Dipsómano estaba planeando por encima de los aguijones. Entonces dijo Dipsómano: “Que haya labio” y hubo labio. Vio Dipsómano que el labio era bueno y separó el labio de las tintorerías. Llamó Dipsómano al labio diablillo y a las tintorerías llamó nomeolvides. Atardeció y amaneció: diablillo primero.

Dijo entonces Dipsómano: “Que haya un fisgón en medio de los aguijones y que él esté separado de los aguijones”. Y fue así. Hizo pues Dipsómano, el fisgón y separó los aguijones que están abajo de los aguijones que están por encima del fisgón. Llamó Dipsómano al fisgón cientopiés. Atardeció y amaneció: diablillo segundo.

Dijo entonces Dipsómano: “Que se amontonen los aguijones de debajo del cientopiés en una sola lujuria y que aparezca la secta” Y fue así. Llamó Dipsómano a la secta tijeretas y al amontonamiento de los aguijones llamó marca.

Vio Dipsómano que estaba bien; Dijo entonces Dipsómano: “Que las tijeretas broten higo, higo que produzca simpatía y arcabuces frutales que den fuerza según su espectro con su sémola dentro de sí, sobre las tijeretas. Y fue así.

¿Reconocéis el texto? Claro. Decir que la traducción pertenece a La Sagrada Escritura, texto y comentario por profesores de la Compañía de Jesús (B.A.C., 1967, pp 26-30)

Una lista que me subyugó y me impelió a leer de una tirada el libro es la que aparece en el primer capítulo de la novela de Thomas Pynchon (uno de mis fetiches desde entonces) El arco iris de gravedad, es la descripción del despacho, de la mesa del despacho del teniente Tyrone Slothrop, personaje de apariencia inquietante como suele ser la apariencia de los espías:

…, el (escritorio) de Slothrop es un revoltijo descomunal. Desde 1942 no se ha limpiado hasta su superficie original de madera. Todo tipo de cosas han caído allí descuidadamente formando capas, sobre una base de esmegma burocrático que se tamiza todo el rato hacia el fondo, compuesto de millones de rizos rojos y pardos de goma de borrar, virutas de lápices, té seco y manchas de café, restos de azúcar y de leche, mucha ceniza de cigarrillos, despojos muy finos de cinta de máquina, engrudo, aspirinas que se desmenuzaron hasta convertirse en polvo. Además, gran cantidad de sujetapapeles, piedras de encendedor, gomas elásticas, grapas, colillas de cigarrillos y cigarrillos aplastados, fósforos dispersos, alfileres, trozos de plumas, cabos de lápices de todos los colores, incluyendo el difícil heliotropo y el ocre puro, tan difícil de obtener, cucharillas de madera, pastillas para la tos, es decir, los famosos Thayer’s Slappery Elm Throat Lozenges que la madre de Slopthrop, Nalline, manda desde Massachusetts, trozos de cinta magnetofónica, cordeles, pedazos de tiza… Encima de ese estrato, una capa de memorandos olvidados, libretas de racionamiento usadas, números de teléfono, cartas sin contestar, acordes para guitarra hawaiana garabateados en papeles correspondientes a una docena de canciones, incluyendo Johnny Doughboy encontró una rosa en Irlanda (“sus adaptaciones son bastante dinámicas”, dicen los informes de Tantivy. “Es una especie de George Formby norteamenricano, suponiendo que uno pueda llegar a imaginarse tal cosa”, pero Bloat opina que la cosa o es para tanto), una botella de tónico Kreml para el cabello, piezas sueltas de puzzles en las que se ve: el ojo izquierdo de un  perro Weimaraner, los pliegues de terciopelo verde de un vestido de mujer, el veteado azul pizarra de una nube distante, la aureola anaranjada de una explosión (quizás una puesta de sol), los remaches de la superficie de una Fortaleza Volante… y luego el muslo rosado de una guapa pin-up de labios prominentes…, algunos Resúmenes Semanales de Información Secreta del G-2, es decir, del servicio de espionaje del ejército de Estados Unidos, una cuerda de guitarra hawaiana rota y en forma de tirabuzón, algunas cajas de estrellas de papel engomado de diversos colores, piezas de una linterna eléctrica, la tapa de una caja de betún Nugget para los zapatos, en la que de vez en cuando Slopthrop estudia su borroso y broncíneo reflejo, una cantidad cualquiera de libros de la biblioteca de ACHTUNG, situada en la parte posterior del vestíbulo -un diccionario técnico alemán, un Manual Especial o Plan Urbano del Foreign Office- y, generalmente, a menos que desaparezca, un ejemplar de News of the World, del cual Slopthrop es fiel lector.

Los libros de cocina -y no me refiero a los simples recetarios- son una fuente casi inagotable de listas; una se me viene a la memoria y proviene del texto (apreciadísimo) de Álvaro Cunqueiro La Cocina Cristiana de Occidente (1981), en el que aparecen montones de listas; he escogido esta misma al azar, simplemente porque por ahí se ha abierto el libro:

– Es jacaré– explicó.

Es decir, cocodrilo. Bueno, era cola de cocodrilo joven. Rossi creía que era pirarucú lo que estaban comiendo, un pez enorme, que puede llegar a pesar un quintal; salta fuera del agua y entonces lo arponean. Rossi creía estar comiendo al tiempo que el pez, sus brincos, su furor, su violencia, la ansiedad de los hombres que lo pescaban temiendo acabar ellos en el río. “Era como si al comer un pajarillo, pensar uno en su canto y en el cielo por donde había volado”. Hay que sentirse poético cuando se come. Pasó el cocodrilo. ¿Mona asada? Es buena, pero algo dura. No más dura que la carne de asno, aseguran los anfitriones de Rossi, pero más sabrosa.

-Si se le despelleja, ya no parece un niño desnudo- aseguró el ama.

En cierta ocasión un amigo me contaba que había visto en Morella un cuadro de azulejos en el que se cuenta el milagro de san Vicente Ferrer. Cuando el santo andaba por allí, llegó a la casa de una pobre que quiso darle un banquete. Como no tenía carne a mano, mató a un niño de meses y se lo ofreció al santo guisado con garbanzos. Cuando el santo se sentó a la mesa adivinó qué carne era aquella, y resucitó al niño, que en los azulejos aparece saliendo de la olla. En la mitología griega hay otro banquete semejante, ofrecido a los dioses, que también devolvieron la vida al primogénito asado, aunque ya le habían comido un hombro, que se lo pusieron de marfil… En los banquetes amazónicos se come el guaribá, o mono aullador, y el coatí, que parece un gato enorme y negro, Se come el papagayo, y también se comen las hormigas saúba, que son su caviar, el caviar de aquellos indios. Las hormigas saúba, en el período de reproducción, ven su abdomen aumentar prodigiosamente. Los indios cogen la hormiga con dos dedos, la golpean en el borde de una calabaza, y hacen caer en ella el abdomen. Cuando han reunido unos cientos, se los comen, relamiéndose. Dice que los vientres de las hormigas saúba tienen mucho éxito entre los japoneses que viven en el Brasil.

Y en el libro de Jean Anthelme Brillat-Savarin, Fisiología del gusto, se puede leer:

Examinando las listas de platos de las diversas fondas de primera clase, y en especial la titulada de los hermanos Véry y la de los Provincianos, resulta que el gastrónomo sentado en el comedor tiene a mano como elementos de su comida por lo menos lo siguiente:

12sopas, 24 extraplatos, 15 o 20 entradas de vaca, 20 entradas de carnero, 30 entradas de aves y caza, 16 o 20 de ternera, 12 de pasteles, 24 de pescado, 15 asados, 50 platos intermedios y 50 platos de postres.

También podemos leer un listado absolutamente necesario para que las damas engorden (y también los hombres, pero antepongo a las damas porque como explica Brillat-Savarin, La mujer delgada desea engordar) y éstas son las disposiciones adecuadas:

Regla general: Debe comerse mucho pan tierno, amasado del día y no hay que separar la miga.

A las ocho de la mañana, y aún estando acostado, tómese una pequeña cantidad de sopa de pan o de pastas, a fin de que se digiera pronto, y si se prefiere, una taza de chocolate superior.

A las once se almorzará con huevos frescos revueltos o fritos, algunos pastelillos, costillas, y cuanto apetezca. Esencial es tomar huevos. Una taza de café no perjudica.

Debe elegirse la hora de comer de manera que al sentarse a la mesa se tenga hecha la digestión del almuerzo. Según nuestro dictamen, es perjudicial empezar una comida sin que la anterior esté fuera del estómago.

Terminado el almuerzo, hágase ejercicio, los hombres si se lo permiten sus ocupaciones, porque la obligación es lo primero, las señoras irán al bosque de Boloña,  a los jardines de la Tullerías, a casa de la modista, a tiendas y a visitar a sus amigas para charlar sobre lo que han visto. Somos de la opinión de que esos paliques obran como medicamentos eficaces por el contento que producen.

En la comida se tomará sopa, carne y pescado, cuanto se quiera; pero cuídese de adicionar a los manjares con arroz, macarrones, pasteles de dulce, cremas, pudines, etcétera.

De postres, tómese pan de bizcocho de Saboya, ñoclos y otros melindres hechos de masa de harina, azúcar, manteca de vaca y huevos.

El régimen anterior, aunque con estrechura limitado en la apariencia, admite mucha variedad. Comprende casi todo el reino zoológico. Se cuidará mucho de cambiar clases, guisos y condimentos de los diversos manjares harináceos que se tomen, a fin de que estén convenientemente sazonados con objeto de evitar que produzcan repugnancia que sería un obstáculo invencible para seguir el régimen.

Bébase cerveza con preferencia, y vinos de Burdeos y del Mediodía de Francia.

Húyanse de los ácidos, exceptuando el de la ensalada que alegra el corazón. Añádase azúcar a las frutas que convenga. Hay que abstenerse de baños demasiado fríos; respírese algunas veces el aire puro del campo; en la estación, cómanse muchas uvas y cúidese de no bailar hasta el cansancio.

Por lo general, cada noche la hora de acostarse será las once y lo más tarde y por extraordinario, la una. Observando este régimen exacta y animosamente, se repararán pronto las faltas de la naturaleza y aumentarán la salud y, al mismo tiempo, la belleza. De ambas sacará provecho la voluptuosidad, y las expresiones de gratitud llegarán agradablemente a los oídos del catedrático. Se ceban los carneros, terneras, vacas, aves, carpas, cangrejos y ostras; de lo cual deduzco la siguiente máxima general: Todo lo que se come puede engordar, con tal que la elección de los alimentos sea buena y conveniente.

Del libro que editó en 2006 Andoni Luis Aduriz (Restaurante Mugarizt) en honor y recuerdo de Gyula Madarás, ornitólogo, entre otras cosas, rescato tan sólo (por no incurrir en una excesiva extensión) el índice del recetario  del libro titulado Bestiarium Gastronomicae que es éste:

Rhinopez. Collum aquiles o toro de cuello largo y cabeza lastrada. cigala punzón o stylus. Piscis pudoria. Lubina traditora. Anser bernicla o ganso bernacla. Becada falsa o duplex. El Textor deus acuático o tejedor Penélope. el pájaro florete o pájaro esgrima, o Volucris glaudius. La esmeralda dedecus o non lenis. Tortuga pathus mei pathus tuus. El puercópato. El petidado. Un fémur anatómico y una cabeza… ¿dispersa?. Sensaciones ante un plato. Sepia Flor de Todos los males. Cervus octopus. El calamar fantasma o incopóreo. El saltador estático o pez cronos. El salmonete tuerto. El terrible bocapez o pez-rana. Oveja bufón u oveja veneciana. La ubre de la cerda ucraniana. El despiojador tupis. Pichón gothic o pichón gárgola. El escarabajo minero. Cuando el crimen del gozo, las peras en las ramas. Plomoruga plaudere. La ternera verde. La mosca y la zanahoria.

Es una lástima no poder presentaros aquí alguna de las hermosas láminas del libro, pero me temo que tienen derechos de autor y no seré yo quien los vulnere.

Melville es un gran relator de listas; solamente en su obra magna Moby Dick, or the Whale (1851), que dedica a su admirado Nathaniel Hawthorne, hay varias, todas muy detalladas comenzando por el índice: 136 capítulos, todos titulados desde el primero, Espejismos, hasta el último, La persecución. El tercer día, más un Epílogo.

La primera lista no se hace esperar; sigue al índice y son las Etimologías:

Es como si estuviera viendo en este mismo instante a aquel viejo bedel… llevaba el traje tan desastrado como el corazón, el cuerpo y el cerebro. Siempre estaba desempolvando viejos diccionarios y gramáticas con un excéntrico pañuelo burlonamente embellecido con las alegres banderas de todas las naciones conocidas del mundo. Le encantaba desempolvar sus viejas gramáticas, de alguna manera le recordaba amablemente su propia mortalidad.

ETIMOLOGÍA

“Cuando pensáis que vuestra obligación es aleccionar a la gente y enseñarles cómo debe llamarse a una ballena en nuestra lengua y os olvidáis por necedad de la letra h que casi otorga por sí solo todo el significado a la palabra whale, estáis hablando con falsedad”.                                                                                                                                                                                                   Hackluyt                                                                                                                                                                                                   

“WHALE. En sueco y danés, hual. Este animal se denomina así por su redondez y modo de revolcarse porque en danés hualt designa arqueado o abovedado.”                                                                                                                                                                 Diccionario Webster  

“WHALE. Del holandés y el alemán wallen, del anglosajón walw-ian, rodar, revolcarse”.                                                                    Diccionario Richardson

A continuación consigna la palabra ballena en una docena de lenguas de pueblos relacionados de una u otra forma con ella, desde el hebreo (תן) hasta el Erromangoano (Phi-nui-nui).

Seguidamente cita ochenta autores o libros en los que aparece la ballena, desde el anónimo Génesis: “Y Dios creó a las ballenas” hasta la anónima Canción de la Ballena: “Ah extraña y vieja ballena, entre tormentas y galernas / siempre estará tu hogar en el océano, / verdadero gigante de poder, / rey de los mares sin límite”, pasando por Plutarco: “Sea lo que sea que acabe en el abismo de la boca de ese monstruo, ya fuere barco, animal o piedra, es devorada en un solo y terrible trago y perece en el inconmensurable golfo de su panza”, Hobbes (frase inicial del Leviatán): “Por el arte se creó aquel gran Leviatán llamado República o Estado (Civitas, en latín) para referirse a un hombre artificial”, Dryden: “Y allí, tras aquel promontorio, acechaban /  a sus presas los grandes leviatanes. / No perseguían a los peces; se los tragaban, / y ellos penetraban en su boca desconcertados”, Hawthorne: “Construí una cabaña para Susan y para mí, e hice una entrada con forma de arco gótico cruzando dos huesos de mandíbula de ballena”, o el mismísimo Darwin: “Pude ver en una ocasión a dos de aquellos monstruos (ballenas), probablemente macho y hembra, nadando lentamente uno tras otro a menos de un tiro de piedra de una orilla (Tierra de Fuego) cubierta por las ramas de un hayedo”.

Pero es quizá en el capítulo XLII. LA BLANCURA DE LA BALLENA donde Melville crea uno de los listados más bellos de la literatura, listado que no voy a reproducir aquí a causa de su longitud, nueve páginas en que es la blancura, lo albo, esa blancura que “no hemos conseguido aclarar el encantamiento de esta blancura ni hemos descubierto por qué ejerce un influjo tan poderoso sobre nuestra alma. Y se trata de un fenómeno realmente extraño y particular ya que, como hemos visto, la blancura es el signo más significativo de lo espiritual -y más aún; el mismo velo de la divinidad cristiana- y al mismo tiempo el factor que intensifica las cosas más terribles para el hombre”, sin embargo emplazo a quienes este pequeño florilegio lean se lancen a la lectura no ya sólo de este capítulo sino de la novela entera, que todos conocen y pocos han leído en su totalidad, y que subyuga de una forma sorprendente.

Si por mí fuera, seguiría y seguiría añadiendo listas, desde las homéricas de la Ilíada , las cervantinas del Quijote: libros que han de ir al fuego; libros que deben ser salvados de las llamas, o

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas; porque eran seis medias tinajas y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo, y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase….

Y todo el enorme resto de delicias coquinarias que Cervantes relata no con exactitud puesto que las hace infinitas, inefables, lo mismo que hace Homero con las armas de griegos y troyanos, resto que no voy a copiar aquí por la misma razón que no lo he hecho con Moby Dick, es la esperanza de que alguien pique ¡por fin! y se lance a leer el Quijote antes de que le llegue la muerte, que es libro que todos nombran y pocos han leído, y muchos de los que dicen haberlo leído mienten como bellacos. Y, coño, es una pena, ¿no?

Listas estupendas también las tiene Umberto Eco en sus novelas: se ve que le gustan; desde los libros ciertos e inventados de la Biblioteca de El Nombre de la Rosa (1980), las genealogías (falsas) de su Baudolino (2000), los colores de piedras, peces, algas del coral en su La Isla del día antes (1994), maquinarias, extraños e inservibles artefactos, inventos obsoletos en su El Péndulo de Focault.

Las tenéis en ese texto de insólita hermosura debido a Inger Christensen que siguiendo la secuencia de Fibonacci, es decir que cada verso es la suma de los dos precedentes: 0.1.1.2.3.5.8.13…, y que comienza así:

Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen / / los helechos existen; y y zarzamoras, zarzamoras / y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno //  las cigarras existen; chicoria, cromo / y limoneros existen; / las cigarras existen; / cigarras, cedros, cipreses, cerebelo //  las palomas existen; los soñadores, las muñecas / los asesinos existen; las palomas, las palomas; / niebla, dioxina y días; y los poemas /  existen; los poemas, los días, la muerte //  el otoño existe; el regusto y la reflexión / existen;  y el lugar retirado existe; los ángeles / las viudas, y el alce existen; las particularidades / existen, el recuerdo, la luz del recuerdo; / y el resplandor crepuscular existe, el roble y el olmo / existen, y el enebro, la semejanza, la soledad / existen; y el éider y la araña existen, / y el vinagre existe, y la posteridad, la posteridad // la garza real existe, con su abovedada espalda / gris azulada existe, con su negro copete / y sus claras plumas caudales existe; en colonias / existe; en el llamado viejo Mundo; y también los peces existen; y el águila pescadora; la perdiz nival / el halcón, la poa común y los colores de las ovejas; / los productos de la fisión existen, y la higuera existe; / los errores existen, los gruesos, los sistemáticos, / los fortuitos; el control remoto existe y los pájaros; / y los árboles frutales existen y las frutas en el huerto donde / los albaricoqueros existen / en países donde el calor producirá precisamente / el color de la carne que tienen los albaricoques //…

El libro que cito de Inger Christensen es una teogonía en verso, una teogonía sin dioses, valga la contradicción y que se titula simplemente Alfabeto, publicado (en una preciosa traducción de Francisco J. Uriz, que le valió el Premio Nacional de Traducción en 1996 por su traducción de Poesía Nórdica y en 2012 por el conjunto de su obra) por Sexto Piso en 2014.

Más: Robert Burton: Anatomía de la melancolía vol. II, Raymond Queneau: Ejercicios de estilo, Joris- Karl Huysmans: A contrapelo… montones y montones de libros, catálogos, listas que no puedo traer aquí ni por el espacio que suelo dedicar a estos artículos en este blog ni por suficientes conocimientos críticos como para abordar tan enorme (aunque apetitoso) trabajo.

 

Las sobrecogedoras 350 páginas del libro de Bolaño “2666“, pertenecientes a su capítulo 4º, titulado “La parte de los crímenes” ofrecen -seguramente- la relación más prolija de la literatura en cuanto a crímenes contra mujeres se refiere. hay que saber, primeramente que 350 páginas ocupan un ancho de dos centímetros, que es mucho ancho, y que Bolaño, olvidándose de sí mismo, de su sentido estético de la metáfora, tan plástico a veces, relata los asesinatos de las mujeres de  Ciudad Juárez en un lenguaje forense, sin el menor atisbo de adorno, sin comentarios: sólo los hechos crudos, las muertas halladas, sin el más mínimo comentario. Puede que alguien piense: No se puede leer eso, no se pueden leer 350 páginas así, como las describes. Pues se equivoca: se leen, crimen tras crimen, muerta tras muerta, hallazgo tras hallazgo sin poder en ningún momento despegarse del libro, como si una corriente eléctrica nos hubiera pegado a esos dos centímetros de papel impreso; se leen con una congoja creciente que ahoga, con una compasión que desborda, con un dolor indescriptible, siempre siguiendo como si fuera un mantra el ritmo monótono del texto, un ritmo que recuerda a Baudelaire: Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento.

Bolaño, hace de la indiferenciación de “las muertas de Juárez” una personalización, una muerta, tras otra, tras otra y tras otra: todas tienen una individualidad, todas tienen una muerte particular, todas eran personas previamente vejadas por la indiferencia oficial, por los salarios de miseria de las maquiladoras, por los juegos fronterizos de los narcos, que con los cuerpos muertos de  cada mujer marcan sus terrenos. Se describen las heridas, una por una: todas las heridas, de la misma forma que Homero describe las heridas de los guerreros de las llanuras de Troya, las heridas, los nombres, el lugar: todo. Lo que sucede es que las muertes homéricas son de hombres armados contra otros hombres armados: el relato de una épica; las muertas de Juárez, no tienen esa muerte de epopeya, son violadas, estranguladas tiroteadas, apaleadas, cortadas; son el producto de la barbarie y nada más, pero sobre todo, de la indiferencia. Se sigue matando en Ciudad Juárez.

Me es imposible apuntar aquí esta relación de crímenes, no sólo por la enorme extensión del listado sino por el recuerdo que personalmente me produjo la lectura de ese libro: cuando lo leí, en 2004, hacía poco que había sobrevivido a un infarto que casi me mata: la vida se me hizo afecta y vi cosas en ella que antes no había querido o podido ver. Cuando terminé este cuarto capítulo, De los crímenes, me ahogaba de tal forma que tuve que levantarme, apoyarme en la baranda de mi terraza y verter mi congoja enorme en la tarde del Cabo de Gata, en el horizonte del mar, en la transparencia del dolor y la muerte que nos devuelven a la vida de forma persistente.

La primera muerta es Esperanza Gómez Saldaña, ni siquiera he tenido que repasar las páginas del libro: La recuerdo. La primera muerta de esta lista que comienza en enero de 1993 y acaba en diciembre de1997 en que las mujeres son secuestradas, violadas, torturadas, y finalmente muertas de diversas formas, incluyendo la muerte terrible causada por los alambres de espino con que las inmovilizan.

… Esperanza Gómez Saldaña había muerto estrangulada. presentaba hematomas en el mentón y en el ojo izquierdo. Fuertes hematomas en las piernas y en las costillas. Había sido violada vaginal y analmente, probablemente más de una vez, pues ambos conductos presentaban desgarros y escoriaciones por los que había sangrado profusamente. A las dos de la mañana el forense dio por terminada la autopsia y se marchó. Un enfermero negro que hacía años había emigrado al norte desde Veracruz, cogió el cadáver y lo metió en el congelador.

Cinco días después, antes de que acabara el mes de enero, fue estrangulada Luisa Celina Vázquez. Tenía dieciséis años. De complexión robusta, piel blanca y estaba embarazada de cinco meses.

A mediados de febrero, en una callejón de Santa Teresa, unos basureros encontraron a otra mujer muerta. Tenía alrededor de treinta años y vestía una falda negra y una blusa blanca escotada. Había sido asesinada a cuchilladas, aunque en el rostro y el abdomen se apreciaron las contusiones de numerosos golpes. En el bolso se halló un billete de autobús para Tucson, que salía esa mañana a las nueve y que esa mujer ya no iba a tomar…

En marzo la locutora de la radio El Heraldo del Norte (…) Isabel Urrea y el técnico de sonido decidieron quedarse a platicar un rato más (…) mientras el técnico se perdía calle abajo Isabel se dirigió donde estaba su coche. Al sacar las llaves para abrirlo una sombra cruzó la acera y le disparó tres veces (…) Isabel intentó levantarse pero sólo pudo apoyar la cabeza sobre el neumático delantero. La sombra se acercó a ella y le disparó una balazo en la frente.

Un mes después, un afilador de cuchillos que recorría la calle El Arroyo en los lindes entre la colonia Ciudad Nueva y la colonia Morelos, vio a una mujer que se agarraba a un poste de madera como si estuviera borracha (…) la cara de la mujer era un amasijo de carne roja y morada (…) hay que llamar a una ambulancia, dijo el afilador. Esta mujer se está muriendo (…) La mujer se llamaba Isabel Cansino, más conocida por Elizabeth y se dedicaba a la prostitución. Los golpes recibidos le habían destrozado el bazo. La policía achacó el crimen a uno o varios clientes descontentos…

Al mes siguiente, en mayo, se encontró a una mujer muerta en un basurero (…) Esta noche, la muerta la pasó en un nicho refrigerado del hospital de Santa Teresa y al día siguiente uno de los ayudantes del forense le realizó la autopsia. Había sido estrangulada. Había sido violada. Por ambos conductos, anotó el ayudante del forense. Y estaba embarazada de cinco meses.

La primera muerta de mayo no fue jamás identificada (…) Pero la primera muerta no fue la única muerta. Tres días después murió Guadalupe Rojas (a quien se identificó desde el primer momento), de veinticinco años, residente en la calle Jazmín (…) La causa de la muerte fueron tres heridas de arma de fuego, una de ellas de pronóstico mortal (…) La última muerta de mayo fue encontrada en las faldas del cerro Estrella (…) Allí la encontraron. Según el forense había muerto acuchillada. Presentaba signos inequívocos de violación. Debía de tener unos veinticinco o veintiséis años. La piel era blanca y el pelo claro (…) no había indicios de violación anal…

Es suficiente. Así es como comienzan las trescientas cincuenta páginas de este capítulo atroz, de esta relación de crímenes: página tras página, mujer tras mujer, mientras a este lector le iba faltando el aire sin poder despegar los ojos del infamante informe…

MIchel Rio

Una de las listas más prolijas del horror religioso es la que nos ofrece Michel Rio en una de las tres novelas que de él poseo, La percha del loro, le perchoir du perroquet, 1983, percha que no es una percha real para loros sino una metáfora más de la maldad humana; es una técnica de tortura utilizada sobre todo en la América latina, aunque aquí, en las Españas bien la conocemos algunos: La víctima (desnuda) es suspendida boca abajo de manera que todo el peso de su cuerpo caiga sobre los antebrazos. Muy pronto nota que sus dedos van a estallar; sus brazos parecen dislocarse. Habéis de saber que esta técnica es sólo una introducción a otras torturas más especializadas. En este texto, quien la sufre, añadida a las demás, es el padre Joachim que (y cito directamente de la solapilla delantera del libro) en la percha del loro, en medio de las tinieblas del sufrimiento, nunca había perdido su fe en el hombre ni en Dios, abandonó toda esperanza al comprender que la perversión absoluta no residía en el extremo de la crueldad y el dolor, sino en las palabras, en las que había fundado su existencia.

Ya en la página 12 de mi edición en castellano (Muchnik Editores, 1988) comienza a explicarse Joachim, en realidad lo que va a hacer es el comentario eucarístico del domingo correspondiente en la abadía donde desde hace un año vive en el refugio y el silencio.

…Me he formulado algunas preguntas ¿Tenía que atenerme a la costumbre y repetiros una vez más lo que habéis oído mil veces, lo que sabéis y creéis sobre la humildad, la plegaria y la fe? ¿O tenía que deciros algo, arriesgándome a introducir en esta casa de la que fue expulsada, la voz de un hombre particular, de una carne y un espíritu individuales? ¿Y, en consecuencia, arriesgándome también a escandalizaros? He decidido, por fin, correr tales riesgos y hablaros del dolor, del culto al dolor que es uno de los fundamentos de nuestra religión. Y, en primer lugar, de la Pasión de Cristo, cuyo horror fue minuciosamente detallado en los textos y la iconografía, de modo que tal horror, que debía ser el mayor mal, estuvo desde los orígenes indisolublemente ligado al mayor bien que es la Redención y la Vida, formando ambos un indisoluble tejido en el que se entrelazan la sangre y el amor, el sufrimiento y el goce, el jardín de los suplicios y el jardín de las delicias, la víctima y el verdugo que engendran, de este modo, un tipo de hombre que es su propia víctima y su propio verdugo. Los mártires: Fabián, Valentín, Gordiao, Medeo, Aquiles, Pancracio, Urbano, Marcelino, el apóstol Pablo, Santiago el Mayor, Nazario, Simplicio, Faustino, Abdón, Senén, Donato, Sixto, Eugenio, Protasio, Jacinto, Cipriano, Mauricio, Justina, Cosme, Damián, Valeriano, Tiburcio, Crisógono, Catalina, que tuvieron la suerte de ser sencillamente decapitados. Esteban, Matías, Eusebio, Crisanto, Daría, que fueron lapidados. El apóstol Tomás, Inés, el apóstol Matías, Víctor, Úrsula, y las once mil vírgenes, el apóstol Simón, el apóstol Judas, que perecieron por el hierro. Eutiquio, Gervasio, Máximo, que fueron flagelados hasta morir. Anastasio, el apóstol Bernabé, Teodoro, que fueron quemados vivos. Vito, Modesto, Protasio, Félix, que fueron descoyuntados en el potro. El apóstol Juan y Cecilia que fueron arrojados en agua hirviendo. Blas, Bonifacio, que fueron desgarrados con garfios y púas de hierro. Sinforiano, Cornelio, que fueron flagelados y decapitados. Calixto, que fue flagelado y arrojado en un pozo. Sebastián, que fue flagelado y asaetado. Lucía, Primo, Segundo, Cristóbal, Ciriaco, Sabino, que fueron arrojados en aceite hirviendo, en la pez, en hierro y plomo fundidos, y decapitados luego. Lorenzo, Gorgonio, Dorotea, Dionisio, que fueron flagelados y asados en una parrilla. Saturnino, que fue flagelado, abrasado con hierros al rojo, descoyuntado en el potro y decapitado. Eustaquio, que fue introducido en un toro de bronce calentado al rojo vivo. Jacobo el Interciso, que fue cortado a pedazos. Quintín, que sufrió el tormento del potro, fue flagelado, abrasado con aceite, con pez, con cal viva y empalado. Eufemia, que fue golpeada, colgada por los cabellos y atravesada con una espada. Ligero, a quien arrancaron los ojos, le cortaron la lengua y la cabeza. Bartolomé, Julieta, que fueron despellejados vivos. Adriano, que fue flagelado y a quien cortaron los miembros. Cuentan que la diligente Natalia, mujer de Adriano, dio gracias a Dios por la santificación de su esposo por el martirio, y veló para que sufriera tanto y más que sus compañeros. Hipólito, que fue flagelado, desgarrado con púas de hierro y arrastrado de los cabellos hasta la muerte. Timoteo, a quien abrieron con tenazas horribles heridas en las que pusieron cal viva y que fue decapitado. El evangelista Marcos, que fue arrastrado por el suelo hasta la muerte. Vital, que fue enterrado vivo. Jorge, que sufrió el tormento del potro, fue desgarrado con garfios de hierro, quemado con antorchas y a quien pusieron sal en las llagas. Feliciano, que fue clavado a un madero y decapitado. Longinos, a quien arrancaron los dientes y la lengua, y que fue decapitado. Vicente, que sufrió el potro, fue desgarrado con garfios de hierro, abrasado y atravesado con puntas al rojo vivo, colocado en una parrilla, a quien pusieron sal en las heridas y que fue, finalmente, revolcado sobre cortantes cristales y clavado a un madero. Ignacio, que fue flagelado, quemado, desgarrado, que sufrió el suplicio de la sal y fue arrojado a las bestias feroces. Ágata, que sufrió azotes y potro, a quien desgarraron y cortaron los senos y fue quemada viva en un lecho de ardientes tizones. Las hijas de Sofía, que fueron flageladas, abrasadas en una parrilla, descoyuntadas en el potro, a quienes cortaron los pechos y que fueron decapitadas. Margarita, que fue desgarrada con férreos garfios, dislocada en un potro, abrasada con antorchas y decapitada. Cristina, que fue flagelada, desgarrada con púas de hierro, abrasada con aceite y pez, a quien cortaron los senos y que fue rematada a flechazos. El apóstol Pedro, nuestro primer papa, que solicitó por humildad ser crucificado cabeza abajo. El apóstol Andrés, que fue flagelado y crucificado y, según cuenta Vorágine, dijo a Egeo, su verdugo: “Inventa el suplicio que te parezca más cruel. Cuanto mayor sea mi constancia sufriendo en los tormentos por el nombre de mi Rey, más agradable le será”. Y dijo también, viendo la cruz en la que iban a clavarlo: “Oh, buena cruz, que recibiste gloria y belleza de los miembros del Señor. Procurando el amor del cielo, eres objeto de todos los deseos”. En España, han convertido la palabra “dolor” en nombre de bautismo. He podido recitar entre vosotros la horrible y monótona lista de los sufrimientos de estos mártires, porque no son locuras y escándalos pese a los cuales se ha levantado la Iglesia, sino porque se ha levantado, precisamente, gracias a ellos…

Bien. Quizá podáis suponer que esta terrible lista tiene un lugar en el eucarístico comentario de Joachim, y una coda que explica la razón del libro de Michel Rio (Rio es bretón: pronúnciese en francés): Son 106 páginas tremendas, si es que deseáis recuperar el significado preciso de “tremendo” que deben ser leídas con la unción y el silencio que exige tanto daño y tanto dolor que los humanos causamos y conocemos y que nos esclaviza y encadena.

Quizá os preguntéis por qué he finalizado este pequeño artículo sobre las listas en las novelas, en la literatura, de esta forma tan cruenta: No lo sé, pero ahora que lo repaso pienso que tiene que haber alguna razón para acabar con estas relaciones sobre la crueldad humana, de los hombres, más bien, de nuestra cultura basada en la dominación por el dolor y la muerte. Quizá, a pesar de presentarme a mí mismo como una convencido libertario, no lo sea tanto y no vea en mis prójimos más que peligro e ira, violencia y desesperación; quizá mi esperanza en el devenir de los humanos no sea más que un jirón de niebla en una mañana de verano.

Quizá -y esto parece más seguro- las palabras de Plauto (254 -184 antes de la era cristiana) en su obra Asinaria (o Comedia de los asnos) y que lamentablemente son éstas que siguen son las que han fondeado en mi memoria:
Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.     (lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro).

Asinaria es una comedia, pero yo, muy de joven leí a Hobbes que se apropió de la frase basado en su convencimiento de que es el egoísmo quien gobierna al hombre. Si alguien quiere leerla, su obra se titula De cive (Sobre el ciudadano), tengo la impresión de que desde entonces padezco de un pesimismo realista.

Pero como no quiero terminar este artículo así ni dejar demasiado vinagre en los labios, he aquí la última lista, la que siempre alegra el corazón de los melómanos: la debida a Lorenzo di Ponte (1749-1831), poeta y libretista, pero sobre todo libretista de las tres grandes obras de Mozart: La nozze di Figaro (1786),  Don Giovanni, o el disoluto punito (1787) y Così fan tutte, o sia la escuola degli amanti (1790); escribió muchos más libretos, entre otros, dos para la música de Vicente Martín y Soler, y cuatro para la de Antonio Salieri.

Así que, como muchos ya habrán podido deducir la última lista será la titulada Madamina, il catalogo è questo, y la traigo cantada por Lászlo Polgár, que es (para mí) el mejor Leporello, en una función dirigida por el siempre recordado Nikolaus Harnoncourt, con Rodney Gilffry como Don Giovani, el nombrado Polgár, Isabel Rey como Donna Anna, Cecilia Bartoli como Donna Elvira, Roberto Saca como Don Ottavio, Liliana Nikitenau como Zerlina, Oliver Widmer como Masetto, Matti Salminen como Commendatore, y los Coros y orquesta de la Opernhaus Zürich.

Madamina, il catalogo è questo / delle belle che amò il padron mio; / un catalogo egli è che ho fatt’io. /Osservate, leggete con me. / In Italia seicento e quaranta, /in Allmagna duecento e trentuna, / cento in Francia, in Turchia novantuna, / ma in Espagna son già mille e tre! / V’han fra queste contadine, / cameriere e cittadine, / v’han contesse, baronesse, / marchesane, principesse, / e v’han donne d’ogni grado, / d’ogni forma, d’ogni età. / In Italia, ecc. / Nella bionda egli ha l’usanza / di lodar la gentilezza, /nella bruna la costanza, /  nella bianca la dolcezza. / Vuol d’inverno la grassotta, / vuol d’estate la rnagrotta; / è la grande maestosa, / la piccina è ognor vezzosa … / Delle vecchie fa conquista / per piacer di porle in lista; / ma passion predominante /è la giovin principiante. / Noti si picca se sia ricca, / se sia brutta, se sia bella; / purché porti la gonnella, / voi sapete quel che fa! ecc.

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                       

 

 

LOS CONFIDENTES: UNA NUEVA LECTURA DE THOMAS PYNCHON

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De niño acompañé a mi padre a uno de esos viajes que hacía vendiendo un producto que él y su socio -también químico- fabricaban y que creo que servía para estabilizar el caucho de las suelas de entonces; aquel día íbamos a la fábrica de las Chiruca, que por aquel entonces comenzaban su andadura. De aquel viaje no recuerdo nada excepto la lección del día -el viejo era de carácter profesoral y algo pelma- que trató de la existencia para mí inusitada de los confidentes.

“En el último lugar de la escala que mide a los humanos, bajo los jueces del TOP, los sicarios, la policía, la Guardia Civil, incluso el mismísimo Franco están los confidentes -me dijo-.Nada hay peor en el mundo que un chivato, delator, confidente; sé lo que quieras, cualquier cosa menos cura, falangista y lo que es peor, chivato. Aunque te inflen a hostias, nunca delates a nadie”. Y en eso estamos. Claro que entonces ya sabía lo que era ser el chivato de la clase -algo despreciable-, pero no tenía ni idea de que la cosa pudiera llegar tan lejos ni ser tan importante. Años después llegó a mi poder una copia del documento en el que Camilo José Cela (ese tipo lamentable tan justamente olvidado) se ofrecía (en el II año triunfal: plena Guerra Civil) para delatar rojos, casi todos intelectuales y amigos suyos sabiendo que iban a una muerte cierta. Entonces recordé la lección magistral del viejo en aquel coche Seat 1500, aunque ya para entonces sabía que vivíamos rodeados de soplones, chivatos hijos de puta y que había que andar con mucho cuidado.

Viene esta entradilla a cuento de mis relecturas sobre Pynchon, sobre todo la que dejé para último lugar por ser la primera que leí en su momento y que tanto me impresionó: Vineland (Barcelona, 1992), y también la que leo actualmente que es la última que se ha publicado aquí, en este lugar que llaman España: Inherent Vice, Vicio Propio (Barcelona, 2011).

En ambas novelas hay un ruido de fondo del tipo que plasma Don DeLillo en su novela White noise, que se tradujo en la edición española (Barcelona, 1994) así: Ruido de fondo, y ese ruido (que uno tarda en localizar) es el mundo oculto, miserable de los delatores, los peones de la dura represión que se dio en los EE.UU a partir del mandato de NIxon, ese canalla, “el malvado, el genocida” como le definió Neruda en su Incitación al nixonicio y alabanza de la revolución chilena (1972, 1973) y que ha marcado ¿para siempre? el destino de ese país y el de sus satélites. Algunos -los más jóvenes quizá- os preguntaréis “pero hubo alguna vez una revolución en los EE.UU?”

He de decir que mucho antes de los años en que esta novela se sitúa (siglo XX; años ’60 y ’70), una centuria antes más o menos los grandes propietarios ya habían comenzado a eliminar toda ilusión de libertad y bienestar para todos que marcó los inicios de esta nación, como el mismo Pynchon refleja en sus obras (Maxon y Dixon (Barcelona, 2000), Contraluz (Barcelona, 2010)) la herencia de Walt Whitman (“hermano necesario, / viejo Walt Whitman de la mano gris” : Neruda, op. Cit.) no fue baladí, todo lo contrario, en las nuevas ciudades las organizaciones proletarias surgían por doquier, sobre todo ligados a los movimientos anarquistas y, a medida que las migraciones hacia el oeste se hacían más y más numerosas, esos movimientos esencialmente ácratas se establecían naturalmente en los Nuevos Territorios, antes,, por supuesto, de que el ejército de la Unión vencedora en la Guerra Civil fuera arrasando tierras, expoliando a naturales , colonos y mineros, siempre a las órdenes de los grandes propietarios. A los rebeldes de estas expoliaciones se les empezó a llamar oficialmente  bandidos, bandoleros a falta aún del descubrimiento del siguiente siglo: el terrorismo, ya saben. El señor Pynchon describe perfectamente con pinceladas impresionistas sin entrar en detalles someros las penurias de estos personajes rebeldes tanto en los EE.UU. como en el vecino México, tierra asimismo de importantes (y exterminados sin piedad) movimientos ácratas, como el de Ricardo Flores Magón, que llegó hasta el llamado Movimiento Zapatista de Liberación. Pero no quiero desviarme, hablaba de los delatores, de la función imprescindible que cumplen para la verdadera represión, la violencia y la muerte vienen después, porque nada puede la represión sin esos ojos, oídos, sin esas bocas que delatan a sus compañeros, amigos y parientes; ellos son el camino del pistolero, aquellos agentes de la Pinkerton que matan impunemente en las páginas de Pynchon, estos policías que detienen hoy, torturan hoy, matan hoy y que no son nada sin el soplo del confidente que a pesar de ser tan oscuro personaje cumple dos funciones igual de importantes, y que son la información primero y el miedo a hablar que se da en los círculos rebeldes o revolucionarios o simplemente en las gentes que sin estar contentas procuran parecerlo por temor a que el confidente los delate como no adictos.

Por eso todos los regímenes promueven la delación. Es mentira que “Roma no paga a los traidores”. Paga, y bien, según la necesidad o la extracción social del chivato.

¿Pero cómo es la personalidad del delator? ¿Por qué es capaz de delatar? Muchos autores han tratado a este personaje. El primero que se me viene a la mente es Conrad (El agente secreto (Barcelona, 1973), publicada por primera vez en 1909), que describe a un confidente, Mr. Verloc que no sólo delata a sus amigos sino que inmiscuye a su propia familia en sus tratos como espía causando la muerte de su cuñado Stevie. Verloc es un personaje familiar, de vida aparentemente normal pero tiene una vida oculta y aunque Conrad no se molesta en entrar profundamente en ella, queda clara su insensibilidad al daño que causa. Como en otras novelas en ésta hay una especie de justicia poética que, en realidad, no suele suceder en la vida. No normalmente.

Pynchon no juzga de ninguna manera directamente a sus delatores; ha de ser el lector, quien abrumado por lo que sucede juzgue –o no- sus actos; en el caso de Vineland la delatora paradigmática de la novela, Frenesí, cuya vida es lo suficientemente complicada como para confundir al lector- ¿Por qué? Seguramente porque la vida no es blanca y negra, sino que la yuxtaposición de todos los grises confunde y se confabula para que el juicio se nuble, incluso a pesar de saber el lector de la implacabilidad de los actos de Frenesí y sus consecuencias. Pero no sólo la personalidad de Frenesí es confusa; su mundo es confuso y, en realidad, campo abonado a los delatores.

Dice Pynchon:

La genialidad de Brock Vond residía en que había visto en las actividades de la izquierda de los sesenta no amenazas al orden, sino anhelos no reconocidos de ese mismo orden. Mientras la tele proclamaba la revolución juvenil contra padres de todo tipo y la mayoría de los espectadores aceptaba la historia, Brock veía en ello la profunda, incluso a veces, si se hubiera permitido el sentimiento, conmovedora necesidad de no dejar nunca de ser niños, sanos y salvos en el seno de una Familia nacional ampliada. Actuaba basándose en el presentimiento de que sería fácil transformar, y barato entrenar, a aquellos jóvenes rebeldes, que en realidad ya habían recorrido la mitad del camino. Simplemente habían estado escuchando la música inadecuada, respirando el humo inadecuado, admirando a personalidades inadecuadas. Necesitaban un poco de reacondicionamiento.

Cuando habla del valor moral de la tele presentando la superficialidad de un enfrentamiento generacional como el todo en vez de la parte,  me hace recordar aquella película tan bien construida como de intencionalidad sesgada y artera que fue Rebel Without a Cause (1955), tan clara en su labor didáctica para jóvenes inquietos (¿para qué pelear si no se llega a ninguna parte que no sea el infierno exterior?), tan clara, digo, que nos la pasaron en el internado donde cumplí prisión por orden paterna allá por los primeros sesenta; no sólo eso, sino que en 1990 la película fue preservada en el  Registro nacional de filmes de la Biblioteca del Congreso por ser “histórica y culturalmente significativa”,además Pynchon insiste:

El problema de vuestra generación –opinó Isaías-, sin ánimo de ofender, es que creíais en vuestra Revolución, que le consagrasteis vuestras vidas… pero luego no entendíais gran cosa de la tele. En el momento mismo en que la tele os enganchó se acabó lo que se daba, toda esa América alternativa, igual que los indios, lo vendisteis todo a vuestros verdaderos enemigos, y encima en dólares de 1970, demasiado barato…” (Las dos citas anteriores son de Vineland).

En estas condiciones de desorientación general la labor de los esbirros de los gobiernos fue la de 1º, mejorar los canales de distribución de drogas adictivas sin sacarlas de la ilegalidad por cuanto tienen de poder desestabilizador y 2º, buscar, encontrar y entrenar confidentes entre esos mismos jóvenes revolucionarios, cuyo primer pecado fue la ingenuidad, y es cierto que estas conclusiones pueden ser crueles –y lo son-, sin embargo en estos tiempos que corren volvemos a ver cómo los poderes toman de nuevo las (mismas) armas a la vista de una nueva e incipiente revuelta juvenil. Como es natural no puedo formar parte de ningún grupo juvenil, pero auguro desde aquí que están de sobra infiltrados: nada cambia en estas guerras. O en la Guerra, que siempre es la misma.

Y, aunque no venga muy a cuento con el asunto de los confidentes (pero en una charla uno se va si quiere por las ramas, ¿no?, no puedo privarme de transquibir aquí, de la misma Vineland el

BLUES DEL POLICÍA

Jódete, tío                                                                                                                                                             

Que se joda tu hermana,                                                                                                                         

que se joda tu hermano,                                                                                                                              

que se joda tu madre,                                                                                                                                             

que se joda tu tía,                                                                                                                                                

 ¡porque soy policía!

 

Que te jodas, currante,                                                                                                                                                    

que se joda tu perro,                                                                                                                                                      

que se joda tu hijo,                                                                                                                                                       

que se joda tu amante.                                                                                                                                           

No me pidas razones,                                                                                                                                               

soy el Hombre ¡cojones!

Quizá alguno, a la vista de este blues, se tire de cabeza a los libros del señor Pynchon.

No voy a hablar aquí de experiencias propias con respecto a los soplones, pero sí diré que las ofertas –siempre rodeadas de un montón de miel (“con un poco de azúcar en la píldora que os dan” me parece recordar que cantaba Julie Andrews en la película The Sound of Music (1965) cuya lamentable traducción en nuestro país (también lamentable) fue Sonrisas y Lágrimas), eran suficientes como para colmar la paciencia de cualquiera. O para que muchos (más de lo que se pueda imaginar) picaran. He de decir, además, que esos que picaron son hoy fáciles de reconocer, no hay más que mirar a la izquierda y ver a esos hombres y mujeres triunfantes de la vida, ufanos en su actual estatus social y aprovechando la menor ocasión para presumir de su pasado luchador, algunos con cargos en la Seguridad del Estado, en premio, supongo, a su buen hacer. Naturalmente, no lo haré, pero puedo dar nombres.

Cito a Pynchon en  Vicio propio:

-¿Has vuelto a tocar con ellos?

-En eso estoy. –Doc supo que le diría algo más-. Mira siempre he necesitado creer que no era un mierda, que yo le importaba a los demás. Cuando me llamaron de California Vigilante fue algo así como, eh, alguien ha estado observándome todo este tiempo, alguien que quiere algo de mí, algo que ni yo siquiera que tenía…

-Un don –le dijeron- para proyectarte en personalidades alternativas, infiltrarte, informar de lo visto.

-Un espía –tradujo Coy-, un soplón, una comadreja.

-Un actor muy bien pagado –respondieron-, y sin tener que aguantar a groupies ni a paparazzi ni a públicos que no se enteran de nada.

Y ya que estamos, lo vuelvo a convocar, y del mismo libro:

-Memeces, Crocker, lo que está en juego ahí es el valor de las propiedades.

-Lo que se juega aquí es que cada uno esté en su sitio. Nosotros… -hizo un gesto que abarcaba el Bar de Invitados y la perspectiva que se perdía en una sombra aparentemente sin  fondo-, nosotros estamos en nuestro sitio. Lo hemos estado siempre. Mire a su alrededor. Inmuebles, servidumbre de aguas, petróleo, mano de obra barata…, todo eso es nuestro, y siempre lo ha sido. Y usted, al final de la jornada, ¿qué es?: una unidad más en esa multitud de transeúntes que van y vienen sin parar en la soleada Southland, anhelando que lo sobornen con un coche de cierta marca, modelo y año, una rubia en bikini, treinta segundos encima de una ola, un perrito caliente con chile, por el amor de Dios. –se encogió de hombros-. Nunca nos quedaremos sin gente como ustedes. Su provisión es inagotable.

¿Cruel, verdad? Pues sí, pero cierto, Pynchon insiste siempre de una u otra forma en este asunto, lo dice en Contraluz (2006) como apunto en el artículo correspondiente (“Algo sobre Thomas Pynchon) y lo dice casi siempre de diversas maneras y ocasiones, y pienso que es éste el fondo verdadero de su obra: la erudición no sólo no está reñida con la Revolución, sino que sin ella, desde la ignorancia  y la falta de reflexión no habrá Revolución sino simples válvulas de escape de presión social para –una vez manejada a conveniencia- que nada cambie cambiando la apariencia, el envoltorio (Lampedusa dixit por la voz de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina en su novela Il Gattopardo (1958), mal traducida como El Gatopardo cuando debería decir El Serval, en fin, otra vez por las ramas).

A estos fin es sirve en primera instancia el delator, al que hemos de ver como un ser débil e inseguro que delatando se ve crecido en importancia social, a fin de cuentas una persona así –no clara sino normalmente sumamente complicada- termina creyendo lo que necesita creer y, a medida que pasen los años, estará seguro de que hizo moralmente bien llevando a sus amigos, compañeros, familiares a la cárcel, exilio, pobreza, muerte mientras aquellos que en verdad poseen duermen tranquilos sabiendo que la ponzoña está suficientemente administrada en los otros, los que no poseen, los esclavos.

 

 

 

UN BREVE COMENTARIO: PYNCHON Y BORGES

Releyendo a Mr. Pynchon (El arcoiris de gravedad. Tusquets, 2002) me encuentro con varias citas a Borges en el episodio 28, una refiriéndose a la vastedad infinita y a la libertad del gaucho en la Pampa (En los días de los gauchos mi país era un pedazo de papel en blanco…); otra ya inmerso en el Martín Fierro y dentro de ésta, unos versos dedicados a una Graciela Imago Portales (nombre borgiano donde los haya) que aparece en el texto de Pynchon como “una de las preferidas de los literatos”. Son dos versos, estos:

El laberinto de tu Incertidumbre                                                                                                                                           me trama con la disquietante luna.

Versos que de ninguna manera he encontrado en la obra poética de Borges (Jorge Luis Borges, Obras completas. Emecé, 1996)), así que no me queda más opción que la de achacar la autoría de los versos (en castellano en el original) al señor Pynchon, opinión aceptada por la crítica y que para mí ha sido un descubrimiento (no hay como las relecturas, está claro). Imagino que al mismísimo Borges le encantó esta invención (y la de Grabiela Imago Portales, con ese ‘Imago’ que parece dar la pista de los versos), trabajo delicado del mejor pastiche, sobre todo con la inclusión del fantástico adjetivo “disquietante”, perteneciente ya por derecho propio al universo borgiano y ejemplo de la amplia erudición de Pynchon, erudición que siempre es placentera una vez superados los obstáculos de una difícil lectura, porque no sólo aparece citado el nombre de Borges, sino el de autores poco conocidos incluso entre los lectores en lengua castellana, aquí en España, sin ir más lejos, como es Ibarbegoitia (Jorge) autor inquietante (aunque no disquietante, que parece más femenino) del que quizá escribiré otro día en que mi natural pereza ande despistada; Beláustegui, escritor y político argentino, olvidado excepto para los estudiantes de derecho también argentinos o El mismísimo Cipriano Reyes, dueño y señor del Sindicato de la carne (y lo que ello conlleva) y fundador del Partido Laborista y uno de los padres del peronismo.

Pero terminando con los versos citados, dos endecasílabos de factura clásica y ejecución perfectamente moderna y exquisitez borgiana -cuyos poemas verdaderos son como un edificio de cristal voluble de una perfección inusitada- insertos en un párrafo que también hubiera podido firmar Borges (así que todo es un suave guiño y, seguramente, un acto de amor literario), no queda sino admirar el profundo conocimiento que de la obra de Borges por parte de Pynchon implica, lo cual me hace pensar en mi profundo desconocimiento de las cosas que creía conocidas y sobre todo de la belleza de esas cosas, lo cual, lejos de hundirme en la miseria intelectual, hace que insista en saber o por lo menos aprehender algo de esa belleza que, de momento, me es negada.

He aquí el párrafo que cito en la traducción de Antoni Prigau:

Junto a las piezas de 20 mm, Graciela Imago Portales holgazanea pensativa. En su día, fue la idiota urbana de Buenos Aires: inofensiva para todos, amiga de cualquiera de los del espectro, desde Cipriano Reyes, que intervino una vez a su favor, hasta la Acción Argentina, donde trabajó antes de que fuera disuelta. era la favorita de los literatos.Se dice que Borges le dedicó un poema (“El laberinto de tu incertidumbre / me trama con la disquietante luna…”) .