LOS CONFIDENTES: UNA NUEVA LECTURA DE THOMAS PYNCHON

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De niño acompañé a mi padre a uno de esos viajes que hacía vendiendo un producto que él y su socio -también químico- fabricaban y que creo que servía para estabilizar el caucho de las suelas de entonces; aquel día íbamos a la fábrica de las Chiruca, que por aquel entonces comenzaban su andadura. De aquel viaje no recuerdo nada excepto la lección del día -el viejo era de carácter profesoral y algo pelma- que trató de la existencia para mí inusitada de los confidentes.

“En el último lugar de la escala que mide a los humanos, bajo los jueces del TOP, los sicarios, la policía, la Guardia Civil, incluso el mismísimo Franco están los confidentes -me dijo-.Nada hay peor en el mundo que un chivato, delator, confidente; sé lo que quieras, cualquier cosa menos cura, falangista y lo que es peor, chivato. Aunque te inflen a hostias, nunca delates a nadie”. Y en eso estamos. Claro que entonces ya sabía lo que era ser el chivato de la clase -algo despreciable-, pero no tenía ni idea de que la cosa pudiera llegar tan lejos ni ser tan importante. Años después llegó a mi poder una copia del documento en el que Camilo José Cela (ese tipo lamentable tan justamente olvidado) se ofrecía (en el II año triunfal: plena Guerra Civil) para delatar rojos, casi todos intelectuales y amigos suyos sabiendo que iban a una muerte cierta. Entonces recordé la lección magistral del viejo en aquel coche Seat 1500, aunque ya para entonces sabía que vivíamos rodeados de soplones, chivatos hijos de puta y que había que andar con mucho cuidado.

Viene esta entradilla a cuento de mis relecturas sobre Pynchon, sobre todo la que dejé para último lugar por ser la primera que leí en su momento y que tanto me impresionó: Vineland (Barcelona, 1992), y también la que leo actualmente que es la última que se ha publicado aquí, en este lugar que llaman España: Inherent Vice, Vicio Propio (Barcelona, 2011).

En ambas novelas hay un ruido de fondo del tipo que plasma Don DeLillo en su novela White noise, que se tradujo en la edición española (Barcelona, 1994) así: Ruido de fondo, y ese ruido (que uno tarda en localizar) es el mundo oculto, miserable de los delatores, los peones de la dura represión que se dio en los EE.UU a partir del mandato de NIxon, ese canalla, “el malvado, el genocida” como le definió Neruda en su Incitación al nixonicio y alabanza de la revolución chilena (1972, 1973) y que ha marcado ¿para siempre? el destino de ese país y el de sus satélites. Algunos -los más jóvenes quizá- os preguntaréis “pero hubo alguna vez una revolución en los EE.UU?”

He de decir que mucho antes de los años en que esta novela se sitúa (siglo XX; años ’60 y ’70), una centuria antes más o menos los grandes propietarios ya habían comenzado a eliminar toda ilusión de libertad y bienestar para todos que marcó los inicios de esta nación, como el mismo Pynchon refleja en sus obras (Maxon y Dixon (Barcelona, 2000), Contraluz (Barcelona, 2010)) la herencia de Walt Whitman (“hermano necesario, / viejo Walt Whitman de la mano gris” : Neruda, op. Cit.) no fue baladí, todo lo contrario, en las nuevas ciudades las organizaciones proletarias surgían por doquier, sobre todo ligados a los movimientos anarquistas y, a medida que las migraciones hacia el oeste se hacían más y más numerosas, esos movimientos esencialmente ácratas se establecían naturalmente en los Nuevos Territorios, antes,, por supuesto, de que el ejército de la Unión vencedora en la Guerra Civil fuera arrasando tierras, expoliando a naturales , colonos y mineros, siempre a las órdenes de los grandes propietarios. A los rebeldes de estas expoliaciones se les empezó a llamar oficialmente  bandidos, bandoleros a falta aún del descubrimiento del siguiente siglo: el terrorismo, ya saben. El señor Pynchon describe perfectamente con pinceladas impresionistas sin entrar en detalles someros las penurias de estos personajes rebeldes tanto en los EE.UU. como en el vecino México, tierra asimismo de importantes (y exterminados sin piedad) movimientos ácratas, como el de Ricardo Flores Magón, que llegó hasta el llamado Movimiento Zapatista de Liberación. Pero no quiero desviarme, hablaba de los delatores, de la función imprescindible que cumplen para la verdadera represión, la violencia y la muerte vienen después, porque nada puede la represión sin esos ojos, oídos, sin esas bocas que delatan a sus compañeros, amigos y parientes; ellos son el camino del pistolero, aquellos agentes de la Pinkerton que matan impunemente en las páginas de Pynchon, estos policías que detienen hoy, torturan hoy, matan hoy y que no son nada sin el soplo del confidente que a pesar de ser tan oscuro personaje cumple dos funciones igual de importantes, y que son la información primero y el miedo a hablar que se da en los círculos rebeldes o revolucionarios o simplemente en las gentes que sin estar contentas procuran parecerlo por temor a que el confidente los delate como no adictos.

Por eso todos los regímenes promueven la delación. Es mentira que “Roma no paga a los traidores”. Paga, y bien, según la necesidad o la extracción social del chivato.

¿Pero cómo es la personalidad del delator? ¿Por qué es capaz de delatar? Muchos autores han tratado a este personaje. El primero que se me viene a la mente es Conrad (El agente secreto (Barcelona, 1973), publicada por primera vez en 1909), que describe a un confidente, Mr. Verloc que no sólo delata a sus amigos sino que inmiscuye a su propia familia en sus tratos como espía causando la muerte de su cuñado Stevie. Verloc es un personaje familiar, de vida aparentemente normal pero tiene una vida oculta y aunque Conrad no se molesta en entrar profundamente en ella, queda clara su insensibilidad al daño que causa. Como en otras novelas en ésta hay una especie de justicia poética que, en realidad, no suele suceder en la vida. No normalmente.

Pynchon no juzga de ninguna manera directamente a sus delatores; ha de ser el lector, quien abrumado por lo que sucede juzgue –o no- sus actos; en el caso de Vineland la delatora paradigmática de la novela, Frenesí, cuya vida es lo suficientemente complicada como para confundir al lector- ¿Por qué? Seguramente porque la vida no es blanca y negra, sino que la yuxtaposición de todos los grises confunde y se confabula para que el juicio se nuble, incluso a pesar de saber el lector de la implacabilidad de los actos de Frenesí y sus consecuencias. Pero no sólo la personalidad de Frenesí es confusa; su mundo es confuso y, en realidad, campo abonado a los delatores.

Dice Pynchon:

La genialidad de Brock Vond residía en que había visto en las actividades de la izquierda de los sesenta no amenazas al orden, sino anhelos no reconocidos de ese mismo orden. Mientras la tele proclamaba la revolución juvenil contra padres de todo tipo y la mayoría de los espectadores aceptaba la historia, Brock veía en ello la profunda, incluso a veces, si se hubiera permitido el sentimiento, conmovedora necesidad de no dejar nunca de ser niños, sanos y salvos en el seno de una Familia nacional ampliada. Actuaba basándose en el presentimiento de que sería fácil transformar, y barato entrenar, a aquellos jóvenes rebeldes, que en realidad ya habían recorrido la mitad del camino. Simplemente habían estado escuchando la música inadecuada, respirando el humo inadecuado, admirando a personalidades inadecuadas. Necesitaban un poco de reacondicionamiento.

Cuando habla del valor moral de la tele presentando la superficialidad de un enfrentamiento generacional como el todo en vez de la parte,  me hace recordar aquella película tan bien construida como de intencionalidad sesgada y artera que fue Rebel Without a Cause (1955), tan clara en su labor didáctica para jóvenes inquietos (¿para qué pelear si no se llega a ninguna parte que no sea el infierno exterior?), tan clara, digo, que nos la pasaron en el internado donde cumplí prisión por orden paterna allá por los primeros sesenta; no sólo eso, sino que en 1990 la película fue preservada en el  Registro nacional de filmes de la Biblioteca del Congreso por ser “histórica y culturalmente significativa”,además Pynchon insiste:

El problema de vuestra generación –opinó Isaías-, sin ánimo de ofender, es que creíais en vuestra Revolución, que le consagrasteis vuestras vidas… pero luego no entendíais gran cosa de la tele. En el momento mismo en que la tele os enganchó se acabó lo que se daba, toda esa América alternativa, igual que los indios, lo vendisteis todo a vuestros verdaderos enemigos, y encima en dólares de 1970, demasiado barato…” (Las dos citas anteriores son de Vineland).

En estas condiciones de desorientación general la labor de los esbirros de los gobiernos fue la de 1º, mejorar los canales de distribución de drogas adictivas sin sacarlas de la ilegalidad por cuanto tienen de poder desestabilizador y 2º, buscar, encontrar y entrenar confidentes entre esos mismos jóvenes revolucionarios, cuyo primer pecado fue la ingenuidad, y es cierto que estas conclusiones pueden ser crueles –y lo son-, sin embargo en estos tiempos que corren volvemos a ver cómo los poderes toman de nuevo las (mismas) armas a la vista de una nueva e incipiente revuelta juvenil. Como es natural no puedo formar parte de ningún grupo juvenil, pero auguro desde aquí que están de sobra infiltrados: nada cambia en estas guerras. O en la Guerra, que siempre es la misma.

Y, aunque no venga muy a cuento con el asunto de los confidentes (pero en una charla uno se va si quiere por las ramas, ¿no?, no puedo privarme de transquibir aquí, de la misma Vineland el

BLUES DEL POLICÍA

Jódete, tío                                                                                                                                                             

Que se joda tu hermana,                                                                                                                         

que se joda tu hermano,                                                                                                                              

que se joda tu madre,                                                                                                                                             

que se joda tu tía,                                                                                                                                                

 ¡porque soy policía!

 

Que te jodas, currante,                                                                                                                                                    

que se joda tu perro,                                                                                                                                                      

que se joda tu hijo,                                                                                                                                                       

que se joda tu amante.                                                                                                                                           

No me pidas razones,                                                                                                                                               

soy el Hombre ¡cojones!

Quizá alguno, a la vista de este blues, se tire de cabeza a los libros del señor Pynchon.

No voy a hablar aquí de experiencias propias con respecto a los soplones, pero sí diré que las ofertas –siempre rodeadas de un montón de miel (“con un poco de azúcar en la píldora que os dan” me parece recordar que cantaba Julie Andrews en la película The Sound of Music (1965) cuya lamentable traducción en nuestro país (también lamentable) fue Sonrisas y Lágrimas), eran suficientes como para colmar la paciencia de cualquiera. O para que muchos (más de lo que se pueda imaginar) picaran. He de decir, además, que esos que picaron son hoy fáciles de reconocer, no hay más que mirar a la izquierda y ver a esos hombres y mujeres triunfantes de la vida, ufanos en su actual estatus social y aprovechando la menor ocasión para presumir de su pasado luchador, algunos con cargos en la Seguridad del Estado, en premio, supongo, a su buen hacer. Naturalmente, no lo haré, pero puedo dar nombres.

Cito a Pynchon en  Vicio propio:

-¿Has vuelto a tocar con ellos?

-En eso estoy. –Doc supo que le diría algo más-. Mira siempre he necesitado creer que no era un mierda, que yo le importaba a los demás. Cuando me llamaron de California Vigilante fue algo así como, eh, alguien ha estado observándome todo este tiempo, alguien que quiere algo de mí, algo que ni yo siquiera que tenía…

-Un don –le dijeron- para proyectarte en personalidades alternativas, infiltrarte, informar de lo visto.

-Un espía –tradujo Coy-, un soplón, una comadreja.

-Un actor muy bien pagado –respondieron-, y sin tener que aguantar a groupies ni a paparazzi ni a públicos que no se enteran de nada.

Y ya que estamos, lo vuelvo a convocar, y del mismo libro:

-Memeces, Crocker, lo que está en juego ahí es el valor de las propiedades.

-Lo que se juega aquí es que cada uno esté en su sitio. Nosotros… -hizo un gesto que abarcaba el Bar de Invitados y la perspectiva que se perdía en una sombra aparentemente sin  fondo-, nosotros estamos en nuestro sitio. Lo hemos estado siempre. Mire a su alrededor. Inmuebles, servidumbre de aguas, petróleo, mano de obra barata…, todo eso es nuestro, y siempre lo ha sido. Y usted, al final de la jornada, ¿qué es?: una unidad más en esa multitud de transeúntes que van y vienen sin parar en la soleada Southland, anhelando que lo sobornen con un coche de cierta marca, modelo y año, una rubia en bikini, treinta segundos encima de una ola, un perrito caliente con chile, por el amor de Dios. –se encogió de hombros-. Nunca nos quedaremos sin gente como ustedes. Su provisión es inagotable.

¿Cruel, verdad? Pues sí, pero cierto, Pynchon insiste siempre de una u otra forma en este asunto, lo dice en Contraluz (2006) como apunto en el artículo correspondiente (“Algo sobre Thomas Pynchon) y lo dice casi siempre de diversas maneras y ocasiones, y pienso que es éste el fondo verdadero de su obra: la erudición no sólo no está reñida con la Revolución, sino que sin ella, desde la ignorancia  y la falta de reflexión no habrá Revolución sino simples válvulas de escape de presión social para –una vez manejada a conveniencia- que nada cambie cambiando la apariencia, el envoltorio (Lampedusa dixit por la voz de don Fabrizio Corbera, príncipe de Salina en su novela Il Gattopardo (1958), mal traducida como El Gatopardo cuando debería decir El Serval, en fin, otra vez por las ramas).

A estos fin es sirve en primera instancia el delator, al que hemos de ver como un ser débil e inseguro que delatando se ve crecido en importancia social, a fin de cuentas una persona así –no clara sino normalmente sumamente complicada- termina creyendo lo que necesita creer y, a medida que pasen los años, estará seguro de que hizo moralmente bien llevando a sus amigos, compañeros, familiares a la cárcel, exilio, pobreza, muerte mientras aquellos que en verdad poseen duermen tranquilos sabiendo que la ponzoña está suficientemente administrada en los otros, los que no poseen, los esclavos.

 

 

 

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TRES FRASES DE STENDHAL Y UN POEMA DE QUEVEDO

Como no he querido extenderme, recojo sólo éstas, de principio de la novela Rojo y negro por su eficiencia lapidaria.

Como Stendhal sabía exactamente todo lo que pasaba por las cabezas de sus personajes (increíble mérito desde mi punto de vista, tanto en cuanto que yo no sé ni siquiera lo que pasa por la mía propia), hemos de colegir que lo que dejó escrito es cierto por encima de toda duda. Helas aquí:

“…; pero si el viajero hace un examen detenido de su persona*, hallará a la par que ese aire típico de dignidad de los alcaldes de pueblo y esa expresión de endiosamiento y de suficiencia, un no sé qué indefinido que es síntoma de pobreza de entendimiento y de estrechez de mentalidad, y terminará por pensar que las pruebas únicas de inteligencia que ha dado o es capaz de dar el alcalde consisten en hacerse pagar con puntualidad y exactitud lo que le deben, y en no pagar, o en retardar todo lo posible el pago de lo que él debe a los demás.”

*Se refiere, claro, al alcalde Rênal

 

“En realidad de verdad, las tales personas prudentes y moderadas ejercen el más fastidioso de los despotismos y son causa de que la permanencia en las ciudades pequeñas se haga insoportable a los que han vivido en la inmensa república llamada París. La “tiranía de opinión”… ¡y qué opinión, santo Dios! Es tan estúpida en las pequeñas ciudades de Francia como en los Estados Unidos de América.”**

** Mil perdones por las dobles comillas: mi máquina, carente de la más mínima piedad ortográfica carece de comillas horizontales.

 

¡La importancia! ¿Es nada, por ventura? La importancia es el respeto de los necios, el pasmo de los niños, la envidia de los ricos y el desprecio del sabio.”

 

Se dio en llamar progreso a la invención de máquinas que sustituían con ventaja el trabajo –normalmente muy duro- de las mujeres y los hombres; eso comenzó a suceder, como siempre a costa de la miseria de muchos y enriquecimiento de pocos, en la llamada Revolución industrial, que ha resultado ser la única de las revoluciones que perdura, seguramente porque  favorece a una clase minoritaria y poderosa apuntalada en las costas  del resto, sin poder, ni nada que se le parezca. Hubo otras revoluciones, digo, pero como eran sociales, ahí quedaron sumidas en el olvido después de un amanecer tormentoso, un mediodía turbio y una noche universal y entrópica: Así (dicen) es la vida.

Hoy, el progreso, es también maquinista, pero ya de una invasión de maquinitas que superan con un halo enorme de estupidez la utilidad para la que fueron pensadas, véase el teléfono portátil, llamado-quién sabe por qué, móvil, y toda la serie de memeces inútiles alrededor de la electrónica: En fin, progresamos porque consumimos.

Pero leemos estas tres frases únicas (antes debo recordar a mis virtuales lectoras que Rojo y negro se publicó en noviembre de 1830, es decir: han pasado 182 años y diez meses), y, no sé, pero yo no veo el progreso, el que debiera ennoblecernos, por ninguna parte.

Los alcaldes, ya de pueblo, ora de ciudad, son generalmente unos brutos que nadan alegremente en la incuria, excepto a la hora de hacer cuentas (sumar y multiplicar, sólo), cualidad que hemos de ampliar al resto de las clases políticas, las clases broncíneas, no porque están permanentemente bronceadas (que suelen estarlo) sino por haberse convertido en estatuas de bronce. Tal es su importancia, la misma de que escribe Stendhal, esa que es pasmo de los niños, y lo digo por el exponencial crecimiento del infantilismo de las clases populares y no tan populares que, aun sufriendo todos los rigores de la casi pobreza o pobreza a secas, aplauden al paso de la duquesa de aquí, la alcaldesa de allá y demás señoritos del papel cuché, sobre todo si estos y aquellas son caballeros y jinetas en sus corceles enjaezados y olé, y es que uno es una joven promesa a los treinta y nueve años, ni más ni menos: dulce juventud, de inacabable duración sin necesidad de elixires ni chorradicas. ¡Viva la juerga! Más o menos lo que leí un día ya lejano en el campus de Santiago, una buena pintada: Pedín traballo e déronme calimotxo.

Pero esto que escribo es –naturalmente- demagogia y ganas de joder como bien dirán esas simpáticas y apacibles personas el ratito que apartan un ojo del televisor para ir a mear o pillar algo perfectamente asqueroso en la nevera. Si ya lo dicen los medios, ¿no son acaso terroristas próximos a ETA esas gentes que protestan por esto o aquello fuera de las lindes democráticas tan duramente conseguidas por un tal Juan Carlos, entre otros valientes luchadores y defensores de las más preciadas libertades del pueblo?

En fin, paro. Pero sólo de momento: otro día más, ahora, Quevedo en su largo pero sustancioso poema: ¿parece mentira que hayan pasado tantos (siglos)?

 

EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA CONTRA LAS COSTUMBRES PRESENTES DE LOS CASTELLANOS, ESCRITA A DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE DE OLIVARES, EN SU VALIMIENTO

 

No he de callar por más que con el dedo,

ya tocando la boca o ya la frente,

silencio avises o amenaces miedo.

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,

puede hablar el ingenio, asegurado

de que mayor poder le atemorice.

 

En otros siglos pudo ser pecado

severo estudio y la verdad desnuda,

y romper el silencio el bien hablado.

 

Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,

que es lengua la verdad de Dios severo,

y la lengua de Dios nunca fue muda.

 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero,

ni eternidad divina los separa,

ni de los dos alguno fue primero.

 

Si Dios a la verdad se adelantara,

siendo verdad, implicación hubiera

en ser, y en que verdad de ser dejara.

 

La justicia de Dios es verdadera,

y la misericordia, y todo cuanto

es Dios, todo ha de ser verdad entera.

 

Señor Excelentísimo, mi llanto

ya no consiente márgenes ni orillas:

inundación será la de mi canto.

 

Ya sumergirse miro mis mejillas,

la vista por dos urnas derramada

sobre las aras de las dos Castillas.

 

Yace aquella virtud desaliñada,

que fue, si rica menos, más temida,

en vanidad y en sueño sepultada.

 

Y aquella libertad esclarecida,

que en donde supo hallar honrada muerte,

nunca quiso tener más larga vida.

 

Y pródiga de l’alma, nación fuerte,

contaba, por afrentas de los años,

envejecer en brazos de la suerte.

 

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños

del paso de las horas y del día,

reputaban los nuestros por extraños.

 

Nadie contaba cuánta edad vivía,

sino de qué manera: ni aun un’hora

lograba sin afán su valentía.

 

La robusta virtud era señora,

y sola dominaba al pueblo rudo;

edad, si mal hablada, vencedora.

 

El temor de la mano daba escudo

al corazón, que, en ella confiado,

todas las armas despreció desnudo.

 

Multiplicó en escuadras un soldado

su honor precioso, su ánimo valiente,

de sola honesta obligación armado.

 

Y debajo del cielo, aquella gente,

si no a más descansado, a más honroso

sueño entregó los ojos, no la mente.

 

Hilaba la mujer para su esposo

la mortaja, primero que el vestido;

menos le vio galán que peligroso.

 

Acompañaba el lado del marido

más veces en la hueste que en la cama;

sano le aventuró, vengóle herido.

 

Todas matronas, y ninguna dama:

que nombres del halago cortesano

no admitió lo severo de su fama.

 

Derramado y sonoro el Oceano

era divorcio de las rubias minas

que usurparon la paz del pecho humano.

 

Ni los trujo costumbres peregrinas

el áspero dinero, ni el Oriente

compró la honestidad con piedras finas.

 

Joya fue la virtud pura y ardiente;

gala el merecimiento y alabanza;

sólo se cudiciaba lo decente.

 

No de la pluma dependió la lanza,

ni el cántabro con cajas y tinteros

hizo el campo heredad, sino matanza.

 

Y España, con legítimos dineros,

no mendigando el crédito a Liguria,

más quiso los turbantes que los ceros.

 

Menos fuera la pérdida y la injuria,

si se volvieran Muzas los asientos;

que esta usura es peor que aquella furia.

 

Caducaban las aves en los vientos,

y expiraba decrépito el venado:

grande vejez duró en los elementos.

 

Que el vientre entonces bien diciplinado

buscó satisfación, y no hartura,

y estaba la garganta sin pecado.

 

Del mayor infanzón de aquella pura

república de grandes hombres, era

una vaca sustento y armadura.

 

No había venido al gusto lisonjera

la pimienta arrugada, ni del clavo

la adulación fragrante forastera.

 

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos, y ajos duros,

tan bien como el señor, comió el esclavo.

 

Bebió la sed los arroyuelos puros;

de pués mostraron del carchesio a Baco

el camino los brindis mal seguros.

 

El rostro macilento, el cuerpo flaco

eran recuerdo del trabajo honroso,

y honra y provecho andaban en un saco.

 

Pudo sin miedo un español velloso

llamar a los tudescos bacchanales,

y al holandés, hereje y alevoso.

 

Pudo acusar los celos desiguales

a la Italia; pero hoy, de muchos modos,

somos copias, si son originales.

 

Las descendencias gastan muchos godos,

todos blasonan, nadie los imita:

y no son sucesores, sino apodos.

 

Vino el betún precioso que vomita

la ballena, o la espuma de las olas,

que el vicio, no el olor, nos acredita.

 

Y quedaron las huestes españolas

bien perfumadas, pero mal regidas,

y alhajas las que fueron pieles solas.

 

Estaban las hazañas mal vestidas,

y aún no se hartaba de buriel y lana

la vanidad de fembras presumidas.

 

A la seda pomposa siciliana,

que manchó ardiente múrice, el romano

y el oro hicieron áspera y tirana.

 

Nunca al duro español supo el gusano

persuadir que vistiese su mortaja,

intercediendo el Can por el verano.

 

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

y entonces fue el trabajo ejecutoria,

y el vicio gradüó la gente baja.

 

Pretende el alentado joven gloria

por dejar la vacada sin marido,

y de Ceres ofende la memoria.

 

Un animal a la labor nacido,

y símbolo celoso a los mortales,

que a Jove fue disfraz, y fue vestido;

 

que un tiempo endureció manos reales,

y detrás de él los cónsules gimieron,

y rumia luz en campos celestiales,

 

¿por cuál enemistad se persuadieron

a que su apocamiento fuese hazaña,

y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

abreviado en la silla a la jineta,

y gastar un caballo en una caña!

 

Que la niñez al gallo le acometa

con semejante munición apruebo;

mas no la edad madura y la perfeta.

 

Ejercite sus fuerzas el mancebo

en frentes de escuadrones; no en la frente

del útil bruto l’asta del acebo.

 

El trompeta le llame diligente,

dando fuerza de ley el viento vano,

y al son esté el ejército obediente.

 

¡Con cuánta majestad llena la mano

la pica, y el mosquete carga el hombro,

del que se atreve a ser buen castellano!

 

Con asco, entre las otras gentes, nombro

al que de su persona, sin decoro,

más quiere nota dar, que dar asombro.

 

Jineta y cañas son contagio moro;

restitúyanse justas y torneos,

y hagan paces las capas con el toro.

 

Pasadnos vos de juegos a trofeos,

que sólo grande rey y buen privado

pueden ejecutar estos deseos.

 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado,

con desembarazarnos las personas

y sacar a los miembros de cuidado;

 

vos distes libertad con las valonas,

para que sean corteses las cabezas,

desnudando el enfado a las coronas.

 

Y pues vos enmendastes las cortezas,

dad a la mejor parte medicina:

vuélvanse los tablados fortalezas.

 

Que la cortés estrella, que os inclina

a privar sin intento y sin venganza,

milagro que a la invidia desatina,

 

tiene por sola bienaventuranza

el reconocimiento temeroso,

no presumida y ciega confianza.

 

Y si os dio el ascendiente generoso

escudos, de armas y blasones llenos,

y por timbre el martirio glorïoso,

 

mejores sean por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

os muestre, a su pesar, campos serenos.

 

Lograd, señor, edad tan venturosa;

y cuando nuestras fuerzas examina

persecución unida y belicosa,

 

la militar valiente disciplina

tenga más platicantes que la plaza:

descansen tela falsa y tela fina.

 

Suceda a la marlota la coraza,

y si el Corpus con danzas no los pide,

velillos y oropel no hagan baza.

 

El que en treinta lacayos los divide,

hace suerte en el toro, y con un dedo

la hace en él la vara que los mide.

 

Mandadlo así, que aseguraros puedo

que habéis de restaurar más que Pelayo;

pues valdrá por ejércitos el miedo,

y os verá el cielo administrar su rayo.