PARTE DE UNA DESPEDIDA: CONCIERTO Nº 2 DE SHOSTAKOVICH

No sé qué es lo que más aprecio de Shostakovich, si la profusa intervención de los vientos y percusión, como por ejemplo en el comienzo del cuarto movimiento de su Quinta sinfonía (todos los vientos en Re menor y un vibrante ataque de los timbales), la delicadeza y a la vez la enorme fuerza (escuchad, por ejemplo el primer movimiento allegro non troppo de su Cuarteto nº 5 en el que se aúnan estas dos cualidades que cito) de sus cuartetos de cuerda, esa frase recurrente -que no citaré aquí, pues quien quiera saber más ha de hacer un pequeño esfuerzo, pero sí daré una pista: aparece en este concierto, en el primer movimiento para ser más preciso- en casi toda su obra que nace -creo- en esta misma sinfonía, frase que a veces expresa temor, o ira, o ironía, esperanza o triunfo, a veces un lirismo oculto y perturbador o la contundencia de su expresividad, por ejemplo en este segundo Concierto para piano y orquesta en Fa mayor (op. 102) que se estrenó en 1957 interpretado por el compositor, obra escrita en tres movimientos (allegro, andante y allegro (attaca)) sin interrupción entre el segundo y tercer movimiento. Tengo el disco de la grabación del mismísimo Shostakovich que es una maravilla y un regalo inestimable de mis cuñados Jorge y Marta, y además la he encontrado en San YouTube, pero no es ésa la que voy a traer aquí sino la de Denis Matsuev con la Mariinsky Orchestra. dirigida por Valeri Gergiev, interpretación muy dramática y expresiva que no conocía y que me ha gustado.

firma musical de Shostakovich (DSCH)

Dimitri Shostakovich (Dmitrij Dmitrievič Šostakovič), que vivió desde 1906 hasta 1975, entre ellos los terribles tiempos de Stalin y que escribió esa maravilla de Quinta sinfonía para sobrevivir y que fue la que le salvó la vida sólo porque a aquel homicida compulsivo que fue Stalin no le gustó su anterior ópera, Lady Macbeth como se pudo apreciar en el artículo de Pravda (escrito quizá por el mismísimo Stalin o por él inspirado a David I. Zaslavsky, a la sazón director del periódico. El individualismo salvador de la ópera ofendió los principios de la dictadura stalinista en la que el Partido estaba por encima de toda individualidad.
En fin os dejo con el concierto citado, el nº 2 en Fa mayor que, en esta versión, dura 17 intensos minutos y veintiséis segundos.
Con él me voy despidiendo de las pocas y pocos que me seguís, tanto aquí en FB o en éste mi blog .

Últimamente me cansa un poco esto del FB y casi todo, además entreno duro con mi bici (lo cual penas me deja tiempo de reposo) preparando un viaje con ella (la bici, a ver qué estamos pensando), en principio hasta La Rioja; luego, ya veré qué hago: necesito cambiar de aires, pero no en coche ni otros transportes que no te permiten viajar sino trasladarte.

De todas formas, me despediré, pues para eso me han educado y os tendré de vez en cuando al tanto de mis andanzas por las carreteras.
Salud.

Dmitri Shostakovich with the Glazunov Quartet in 1940. Russian composer Schostakowitsch 25 September 1906 – 9 August 1975. Colourised version.

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AUTORIDADES

 

Desde que recuerdo y de todas partes me han achacado problemas con la autoridad sumiéndome en un estado perplejo del que salí -afortunadamente- una vez consciente de mi propia juventud e individualidad.
Y es que yo siempre he sido muy respetuoso con la autoridad, por ejemplo, si necesito de la filosofía de la música acudiré puntual y devotamente a Eugenio Trías, si de mecánica cuántica, a Murray Gel-Mann; a Richard Dawkins si quiero saber algo de evolucionismo o etología o a Daniel Dennet si necesito alguna precisión sobre filosofía de la ciencia o detalle de la teoría de Darwin; del mismísimo Darwin si pretendo entender el mundo que me rodea o del que fue en su momento mi despertador a la vida, al materialismo y a la conciencia de mi propio ser, Epicuro de Samos. En fin, autoridades hay para cada cosa, como lo es constantemente el señor Pynchon en mi percepción anarquista de la sociedad o Harold Bloom en mis siempre escasos conocimientos literarios.
Entonces ¿a qué autoridad se refieren los que me achacan tal carencia de sentimientos hacia ella? ¿Quizás a la de Michael de Montaigne? No puede ser puesto que soy lector recurrente de sus deliciosos ensayos. ¿Kafka, Proust, Beckett, Shakespeare, Bach, Shostakovich, Newton, Lucrecio, Dante, Mann, Chéjov, Pope, Melville, Galdós, Flauvert,y ese larguísimo etcétera que va llenando mi vida haciendo que sepa dónde estoy, que conozca mi inanidad y no sufra por ello.
Si necesito saber algo que despierta mi curiosidad sé de autoridades que me ayudarán en mi búsqueda, por ejemplo, quiero saber de las aves que pasan en su migración por Estaca de Bares, nada más fácil: Tengo aquí mismo, a mano a Antonio Sandoval, ¿Necesito ampliar mis minúsculos conocimientos musicales? Luis ángel de Benito acudirá raudo a mi servicio. Así para tantas y tantas cosas, ésas que nos hacen realmente libres, en un sentido filosófico que es -siendo decepcionar a alguien- el único en el que se puede ser libre: Ya sabéis, la libertad tal y como se nos pretende presentar es tan sólo un anzuelo burgués, un señuelo, una quimera.
¿Entonces de qué autoridades me hablan, me acosan por todas partes?
¿Se refieren quizá a jueces, obispos, reyes, políticos, toda esa gente autoencumbrada? ¿a sus esbirros? ¿A todos ellos?
¿De qué son autores para proclamarse autoridad?
Porque con ellos, con esta gente, sí que tengo problemas, los he tenido y los seguiré teniendo.
Con el sistema patriarcalista, con las religiones, la obcecación y el fanatismo, con la letra con sangre entra, el miedo constante, la pérdida, la esclavitud, el engaño, los sistemas educativos (o adiestrativos, mejor), los dioses al fin, hechos a semejanza de la estupidez humana que aunque no sea sí parece infinita.

¿Un esbirro, llámalo policía, soldado, general, guardia, munícipe… es una autoridad? Venga ya; ¿lo es acaso un rey cuyo único mérito es vaginal? ¿Un juez que repite como engolado

Epicuro de Samos

Epicuro de Samos

loro lo que está escrito o lo que le ordenan repetir?

Estos, que nos acosan desde siempre con semejante concepto equívoco, sean presidentes, jefes militares, capitalistas ahítos de riquezas, papas, ulemas, y toda esa plaga enferma y paranoica que vampirizan el mundo no son autoridades de ninguna clase.
Son El Poder, y cuando te están diciendo que debes respetar a la autoridad te están diciendo que respetes el Poder, su poder, un poder basado únicamente en la violencia y el terror (leed a Hesíodo), el poder de las armas, de las leyes que en ellas se sustentan, el poder de la mentira, del asesinato, de las cárceles y torturas, el Poder que acalla y vence sobre las conciencias, el Poder que hace de las sociedades ganado y de las fronteras establos.
Ese poder yo no respeto, ni reconozco, ni acato sino por la fuerza de sus armas; con ese poder sí que he tenido problemas toda mi vida, y los tendré hasta que muera para ser nada, para ya no ser objetivo del Poder.
Si basáramos nuestros juicios, nuestras actitudes en una equilibrada mixtura de nuestra curiosidad, nuestro instinto social y de supervivencia y las autoridades que nos han precedido o que aún están entre nosotros no viviríamos subyugados, enajenados, ausentes.
¿Queréis que acabe este pequeño artículo con un par de soluciones? Pues no tengo, sólo sé que si uno no hace nada por sí mismo tampoco debe esperar que alguien lo haga por él o piense por él, y no me refiero a esa compulsión por adquirir juguetes, objetos, pequeñas miserias, sino sabiduría, ¿y cómo se adquiere esta sabiduría? Desde luego no acatando sistemas sin crítica, no suponiendo a otro saberes ni facultades que no tiene, no entregando a payasos mediáticos la propia individualidad y juicio porque “es más cómodo”.
Pensar, reflexionar todos los días un poco para empezar ya sería un gran paso.
Pero no se dará.

NEUROMANTE

Me hace gracia la pregunta que viene en el recuadro alto de cada muro del facebook: “¿Qué estás pensado?”: Normalmente contestaría: “Pienso que estoy hasta los cojones “, más o menos lo que escribía un viejo (y antiguo) amigo no hace mucho, pero ahora mismo, que me he puesto a escribir aquí pensaba: “¡Joder, cómo me gusta Shostakovich!”, y es que estaba sonando en la clásica portuguesa Antena Dois, pero de él ya escribiré en otro momento, ahora pensaba hacerlo sobre una novela de William Gibson, creo que porque la nombré no recuerdo con qué motivo en algún post de este medio arriba nombrado.
La novela en cuestión, creo que es única, de hecho,  Gibson no la ha superado (siempre desde este humilde punto vista), y es que puso la cota muy alta. Su título: Neuromante; fecha de publicación: 1984 (en España: Minotauro, 1989); fue, sin duda, la novela-fetiche de los años ochenta
Y me la he vuelto a leer: comencé el viernes por la noche y la acabé 24 horas más tarde (no 24 horas leyendo, claro: también como de vez en cuando y hago otras cosas), y me ha vuelto a convencer: no hay duda, es una gran novela de SF, en este caso, ciencia ficción informática, con una muy bien construida estructura de novela negra; comienza muy bien (“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizando en un canal muerto”), y acaba mejor (“En alguna parte, muy cerca, la risa que no era risa…”). Y ahora recuerdo por qué salió este título hace alguna semana: Por su protagonista femenina, Molly, una mujer no dependiente, no cuidadora abnegada de su hombre, no esclava de su amor ni de su deseo: aparte del hombre, fuerte e independiente: un paradigma de liberación. Molly es un personaje cruel y cariñoso; sensual pero terminante a la hora de utilizar su entrenamiento para el asesinato como hasta ahora han podido ser los personajes masculinos de las novelas (películas, lírica, teatro…); matar y ser una inmejorable amante . Parece una tontería, pero creo que no lo es: Cualquiera entiende que un hombre sea arrostrado, actúe, actúe, actúe y ame varias veces en transcurso de la misma historia, pero no sucede lo mismo en el caso de las mujeres: ellas tienen un papel recurrente en toda literatura, y está por debajo del hombre: Édescargal decide y actúa (como ya he escrito); ella espera como una Penélope cualquiera a que las cosas sucedan, y si consigue lo que parece desear (que suele ser siempre lo mismo y una majadería: el amor para siempre, o el poder) lo hace mediante artimañas de mujer. ¿No es estúpido?
Gibson, por medio de Molly, cambia ese reparto de papeles, siendo ella la mujer de acción y él, Case, el hombre que necesita y espera esa acción, que es lo que suele suceder casi siempre, aunque las artes -y menos las costumbres sociales- lo reconozcan.
Bienvenida pues esta relectura refrescante (dos “re”. ¡qué desastre!) que me sirve, además del habitual gozo que se espera de una buen libro, de ánimo y seguridad suficiente para recomendarla a cualquiera que tenga mis mismas apetencias respecto de la literatura (y la vida).