UN POEMA: LAS ERGOGRAFÍAS

No recuerdo cuándo escribí este poema, pero de vez en cuando relata el mundo con precisión, seguramente porque nada se desvanece del todo o quizás porque a veces, la vida parece, más que una vida, una composición musical enmarcada en el serialismo:

 

Mares en los ojos, ríos

De soledad recorren nuestro cuerpo;

Glaucos abismos. Recónditos

Secretos desde las arterias

Absorben el miedo y lo almacenan tan vecino

A la cotidiana memoria

Que sólo el leve roce,

La sutil brisa del acaso lo despierta

Engrandecido:

Como un desierto de horizontes infinitos;

Como un desierto de círculos sin lágrimas.

Como una vejez de arena.

La soledad es el miedo que se mira

Sin pausa; el brillo del ojo

Que mira al ojo.

Y lo apuñala.

 

Fotografía de Octavio Colis

 

HEISENBERG Y LOS CUERPOS HIPNÓTICOS

Existe Heisenberg y el principio de incertidumbre:

busca la mayor certeza del dónde y menos sabrás

no sólo de ese dónde, ese momento, sino quién o qué es: su masa, su velocidad.

Y también existe la certidumbre

y el vértigo de ser nada en el rincón último del Universo

o de la noche o la tiniebla

o de la postrera luz del ocaso del Sol.

Y al final, uno recurre a lo visible,

al rastro de lo visible, al sueño del último mirlo que es como un suspiro oscuro.

La certidumbre,

lo que se toca, lo que eriza el vello.

Lo que se sabe: Si me besas

con tus dedos, si me rozas

con tus labios, si tu ojos me traspasan

moriré otra vez, una vez más moriré.

Me desvaneceré como un viento terral al calor de la mañana

en la corriente espesa y dulce de tus arterias.