VELLOS

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Tenía yo hace ya bastantes años una amiga que me regalaba libros y en cada uno de ellos metía al albur entre sus páginas -uno por página afortunada- dos o tres pelos de su coño, regalo que hacía sin más palabras: Toma he encontrado este libro, así, sin más, y me lo daba.

Por aquella época yo aún viajaba mucho en mi condición de marino mercante; ella justificaba su capricho o fantasía o ambas cosas diciendo que le fascinaba que un pelo de su coño acabara olvidado entre las páginas de un libro abandonado quizá en Antofagasta o en las islas Juan Fernández o en Montevideo o en Ciudad del Cabo o en Semersooq o en Port aux Basques o en Boston o en Veracruz o en Hamburgo, o en Rotterdam o en Memel, Libau, Sotplmuni, Ronne, Arjánguelsk (Arcángel), o cualquier puerto perdido en el Orinoco, Amazonas, Missisipi, ¿quién sabe?

Pensaba mucho en ello -decía-, y decía también que ese ello la ponía fuera de sí, la inflamaba, empapaba, decía con la voz ronca entre susurros y jadeos y los ojos en otra parte en la cual ya no estaba yo sino un libro olvidado en cualquier café fastuoso o miserable, en cualquier cabaret ensombrado de humo, que soñaba que en cada uno de esos pelos iba ella a esos puertos ignotos y lejanos y que en cada uno de ellos se revolcaría con un hombre al que quizás no entendería ni una palabra pero que la haría gozar de inefables placeres, placeres a los que se sumaría el de desconocer nombres, orígenes, vidas, y el de desaparecer al los pocos días sin dejar otra huella que un simple pelo.

Traté con esta mujer a lo largo de un par de años, cuando, desembarcado volvía a mi ciudad, a Bilbao, con los bolsillos llenos de plata, libre del todo y sin otra cosa que hacer que divertirme y derrochar lo ganado en aquellos meses en la mar, y luego, de repente, desapareció y ya nunca más supe de ella. Nada, ni rastro. Nada.

Hoy, por alguna enigmática razón he encontrado en mis estanterías un ejemplar de la obra de Cornelio Nepote (100- +/- 25 era cristiana) Vidas de varones ilustres (De viris illustribus) en una edición de 1963 Debida a Editorial Iberia. Hacía siglos que no veía este libro que, como algunos otros ha soportado traslados, aguas, pérdidas, préstamos desde hace ya unos cuarenta o cuarenta y tantos años, así que con curiosidad y un deje de amor al valiente objeto y otro del placer de hallarlo ileso lo he abierto hojeándolo azarosamente, y en ello estando he encontrado uno de ellos, un pelo de aquel coño difuminado por la niebla de los tiempos,

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pero súbitamente recordado. No hay ninguna duda: es de ella, Ella. Y ahí queda, donde lo he hallado, en la página 11 en que Nepote comienza a narrar la invasión de Darío, que envió un ejército de veinte mil combatientes a las órdenes de Datis y Artafernes,  y la defensa que planea oponer Milcíades, que es partidario de enfrentar a Darío, no desde las murallas sino en campo abierto venciendo a un ejército diez veces mayor haciendo que los persas huyeran no a su campamento sino a sus naves.

Recuerdo el hecho del regalo, recuerdo el lugar y las sábanas por el suelo.

No puedo recordar, sin embargo, su nombre, ni sus ojos, ni su faz, ni su altura. Ni su nombre, el que me dio, por otra parte, seguramente falso.

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